7. A Elena Garro, 24 de julio de 1935

Octavio Paz

 

Se comenta en Los idilios salvajes, p. 155 y ss. (G.S)


 

Amiga mía:

……..El silencio tuyo —esperado—  me angustia. Estoy otra vez solo. Toda la tarde la he pasado en casa, reflexionando en nosotros. No he leído tu carta en todo este tiempo: la tengo cercana, en mi escritorio, junto a tus guantes, huellas de tí misma (ahora remota), inexplicablemente en mi casa. Me esfuerzo —y lo logro— en estar tranquilo. Cuido los rasgos de la letra y el orden de las ideas; todo, así, se hace más sereno. El pensamiento es a veces cruel, pero logra clarificar las situaciones, ordenarlas; con él, tenemos una imagen —a veces falsa— de nosotros. Lo turbio se aclara, la confusión desaparece. Con ellas el dolor y la alegría. Nos queda la melancolía, la nobleza elegante de la soledad que es capaz de ordenar el mundo.[1]

……..Te he dicho que tu silencio no me extraña, pero sí me acongoja. He perdido la serenidad de anoche. Anoche estaba iluminado; ahora me hundo en la amargura, en la infecundidad de un dolor estéril.[2] Todo esto merece una explicación. Quiero estar ahora en el trance de confesarme y de aclararme a mí mismo, y a tí. Esto no es, en la acepción corriente, una carta de amor. Pero ojalá que descubras su estremecimiento detrás de su lucidez. Jamás he escrito tan objetivamente, y con tanta verdad. En este tiempo es seguramente singular que un hombre se desnude de tal modo ante la que ama. Quiero explicar, objetiva y fríamente, lo de anoche. Esto es una infamia y una traición a mí y a la vida, pero no importa.

……..Hablé de dos felicidades. Una consistente en cierta blandura ante la vida; huída de la conciencia última del hombre. Otra consistente en un abandonarse a Dios, en máscara de diablo o de santo. (Es preferible hablar de lo demoniaco y de lo santo, que del bien y del mal. Tú entiendes la distinción.) Yo te invitaba a negarte a la primera y a entregarte a la segunda. Sé todo lo que quiere decir esto y no me arrepiento: es precipitarte para salvarte en el verdadero amor. Octavio Paz no es para tí —no era, mejor dicho— sino una tangible forma de tu destino; no amabas en mí sino a tu destino, a tu pasión, a lo más valioso de tu vida. Mis palabras de anoche no son para que me ames con tu razón (ya te he dicho que te amo aunque tú no me quieras), sino para, dolorosamente, rescatarte de tus preocupaciones y sumergirte (a sabiendas de lo que tú arriesgarás —lo mío no tiene ahora importancia) en la autenticidad. Ser auténtico es lo más difícil, pero hay que esforzarse para serlo. Ya ves que mi amor —como siempre— es también una renuncia de mí mismo.

……..Esta felicidad apasionada, peligrosa, sólo es posible mediante el amor definitivo, quiero decir, desesperado. Amaremos muchas veces, pero a condición de que nos entreguemos definitiva y totalmente a cada amor. Lo otro es marchitarse. Te marchitas cada vez que te traicionas.

……..Es horrible este tono de preceptor. Me siento solo y amargado. Me hacen falta tus manos, tus hombros. ¡Que tu ternura fuera tan rica que pudieras ser mi amante y mi esposa, mi hija y mi madre![3] Ser un niño, nacido de tus lágrimas, de tus labios, de una lágrima tuya, que enmedio del deseo me aquietase. Anoche te quería muy extrañamente. Había en mí la seguridad de mi salvación, por mi amor y mi triunfo sobre tí, sobre tu vida obscura y ciega. Junto a esta alegría estaba una leve tristeza, la melancolía de que mi amor trascendiese un poco de tí, para salvarme, y realizarme en el mundo. Ahora no estoy confortado, ni valeroso, sino débil; he vuelto a la soledad de mi amor y a mi orgullo.

……..No importa que se prolongue esta carta. Quizá después ya no podremos decirnos nada. Y yo siento un alivio en ir diciendo mi alegría y mi dolor.

……..Lo anterior —acerca del tono de anoche—  necesita una confesión. Después de esto me sentiré tranquilo.

……..Ayer por la tarde leí tu carta, como te dije. Después salí. Llovía. Fuí al centro, a un asunto; estaba en una esquina con una gente, cuando pasó una mujer a la que no veía hace un año. Sabía que ella, a una señal mía, era capaz de irse conmigo. Me despedí para alcanzarla. Ya cerca de ella, como una ráfaga, tu imagen (una a modo de eléctrica,[4] indefinible presencia) me detuvo. Algo así como cuando leí que te decías mi Helena. Retrocedí, no por moralidad o fidelidad (en las que no creo),[5] sino porque sentí  que estaba ligado a tí para siempre, que te tenía hasta en los huesos, y que aquellos labios serían amargos y sólo lograrían envilecerme estérilmente. No por miedo a la vileza, sino a su esterilidad, a la traición a mí mismo, a mi deseo. No era aquella mujer la elegida por mi destino. Regresé y entré a una iglesia; allí dí gracias a Dios porque te amaba. Cuando recuerdo eso me da alegría: he podido ser fiel a mi corazón, a mi deseo. He sido limpio. ¿Qué más puedo esperar de la vida, de tu amor?

……..Ahora tengo la conciencia, la certeza de que otros labios sólo me hundirán, me degradarán y yo a ellos. Los tuyos, que debían ser los míos, están lejos. Tú, La Elegida, estás lejos de mí. “El la amaba y ella era amable. Pero él no era amable y ella no lo amaba”.[6] ¿Es cierto? Ámame. Necesito tus labios. Tu silencio es espantoso.

……..Esta carta es demasiado. Quiero saber de tí, oírte; aunque sea de lejos. Si tú quieres no te hablaré. Muéstrate. No me compadezcas. ¿Te veré el sábado? Háblame o escribe. Yo ya no lo haré.[7] Tuyo,

………………..Octavio

 

NOTAS

[1] En su célebre tratado sobre La soledad (1840), Johann Georg Zimmerman suele referirse a la “elegancia” de esa emoción. En ese ensayo, que circula en español desde 1850 (Madrid: Imprenta de D. Agustín Espinosa), Paz pudo leer los párrafos sobre Numa: “No era la melancolía lo que le hacía huir de los hombres; se decía que tenía en su soledad una sociedad noble y encantadora […], la sabiduría adquirida en la calma de la soledad” (p. 139)

[2] En la serie de “Vigilias” (13: 137-180), aparece la idea de fecundidad varias veces. Por ejemplo, en la número IV: “Mi desprecio me llevaba a herirla, para después compadecerla y, así, poder amarla con nueva pureza. (Pero todos estos pensamientos, si ésa es la palabra que puede designar tales vergüenzas, me producían cólera y asco. Irremediable, brotó la infecundidad.)” Paz fecha esta última, “Vigilias IV”, en 1938.

[3] En “Vigilias 3”, evidentemente redactado en estos mismos días de 1935, escribe (13:160): “Deseo encontrar la voz más honda dentro de mí, esa que es, simultáneamente, mi madre y mi hija, pero ¿cuál es ella?”. Paz fechó la primera de las “Vigilias” (13:140) el 10 de agosto de 1935. Hay evidencia, al cruzar información de las cartas con esas prosas, de que inició su redacción en junio.

[4] Le gusta ese adjetivo al joven Paz: en Raíz del hombre escribe un par de veces sobre el cabello eléctrico de ella, o que su propia piel se queda “herida en el vacío eléctrico que dejaba tu cuerpo” (13:65).

[5] En “Vigilias IV” (13:175) escribe que “La fidelidad parece una deshonra a los modernos”.

[6] Cita una frase que Heine adjudica a un “Viejo drama” y que emplea como epígrafe en “Evelina”, de Ideen. Das Buch Le Grand (1826) recogido en sus Reisebilder (Cuadros de viaje. Madrid. Biblioteca clásica, 1889, p. 191) que, supongo, Paz leyó en la biblioteca del abuelo. Entre otras cosas, Heine escribe ahí un encendido elogio de la India y su literatura (capítulo V).

[7] La carta se escribe en miércoles. Paz deja pasar tres días. Al parecer no se vieron el sábado y, por fin, escribe de nuevo el domingo 28.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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