6. A Elena Garro, 23 de julio de 1935

Octavio Paz

 

Esta carta y su contexto se comentan en Los idilios salvajes, p. 151 y ss. (G.S)


 

Helena:

……..Tu carta ha sido leída. Quisiera escribirte un poco impersonalmente, con toda frialdad. Eso querría decir que soy capaz de recobrar mi yo, mi razón, en medio del torbellino. Sería, en verdad, una deliciosa carta, la carta de un amigo lejanamente interesado, con un amor sereno, como cuando te pedía (en una carta que nunca te entregué) estar más cerca de tu ternura. Pensaba entonces que la pasión nos envolvería armoniosamente en un amable vértigo; creía en la mediocre felicidad de amarte con esperanzas. Ahora tengo la felicidad de amarte sin ellas, abandonado a tus labios, a tu adorable maldad, a tu bondad. Mi ex-Helena siempre será mi Helena, y su grande amor seré yo. Hemos sido demasiado ingenuos y de aquí proviene el castigo: pensabas en el grande amor y quizás él pasó junto a ti (se llamaba Carlos o Juan, probablemente Octavio) mientras esperabas el pequeño amor.

……..¡Qué trabajo me ha costado escribir esto! Estaba casi tranquilo, pero al releerlo, agotado por unas cuantas palabras, he sentido dolor. Dolor, a secas, un inexplicable dolor. Cuando leí tu carta me conmoví: te amé más. Después volví a leerla, fríamente. Lo que adiviné en ella fue la confusión de sentimientos en que vivimos. Nuestra razón (nuestra moral, la decencia aborrecible) es la causante de todo. ¡Qué obscura es la conciencia del hombre! No la que tú mencionas (esta es tu conciencia superficial, es tu decencia, tu bondad que no amo) sino la verdadera, la que hace que me beses con deseos de dejarme, la que me ata a ti como un definitivo destino.

……..Los tiempos en que podía llorar como si fuera Felipe[1] están lejos de mí, pero pueden regresar mañana. Porque te amo puedo un día descansar en ti, sin deseos, tranquilamente. Pero que esa ternura filial no tenga nada que ver con la decencia, con la moral. No quiero que pienses que tu sinceridad me hiere: tu desnudez no es completa, porque en nosotros se agitan fuerzas obscuras, que no nos atrevemos a revelar, que nunca hemos visto. Cuando regresas de la vida que te doy, entonces te arrepientes y te hundes en lo otro. Sufro mucho con eso. Quise que esta carta fuera ordenada, pero es imposible. Regresas de la vida, traicionas a la vida, a tu amor por mí. No amas en mí al de antes, sino al de ahora, y por eso tus labios desesperados se unen a los míos. En realidad nosotros ya no tenemos nada que explicarnos sino a la hora amarga de la soledad, en la que pensamos en el amor ido. ¡Terrible y desoladora fugacidad de la gracia, del amor! El domingo antepasado fuí al panteón, a ver a mi padre, en quien no pensaba.[2] Regué la tierra para que hubiera flores y levanté una humedad tierna de ella: allí lloré dulcemente (como un día lo hubiera podido hacer en tus hombros), cuando salí del panteón supe que habíamos de morir, pero después de haber hecho algo. La muerte era una realidad casi placentera, y me hablaba de cosas que no se corrompen en el deseo. Ya ves que te hablo como un amigo, casi como un hermano.

……..Ahora (cada día de ausencia lo aumenta), estás lejos de mí. Te recobra tu familia, y te pierdes a tí misma. Pierdes la posibilidad de perderte, dirás. Me siento casi sin fuerzas, pero tranquilo. He logrado conmoverte, arder un minuto contigo. Pero —ya en plano de confesar— te digo que ese camino no es el de la felicidad, sino el de la comodidad. Ese camino es una traición a ti misma, a tu bondad y a tu maldad, a lo más sagrado de ti. Te entregas ahora a la normalidad, a las costumbres. Puede que nunca más pruebes la vida siempre nueva de la pasión. El grande amor es éste, nuestro, que odias porque te revela lo que tu asustadizo deber no quiere conocer: somos un pedazo de pecado, pero esa es nuestra grandeza. Dios está a través de tu carne, de tus labios.[3] Esta carta será leída con frialdad, pero quiero que te conmueva para que seas más auténtica. Vives a veces de fantasmas, como Deba [sic].[4] Nunca has jugado conmigo, sino con tu propio corazón. Tu corazón es el que ha sido traicionado, no el mío. Yo puedo morirme, desaparecer de tus ojos amados, ser un recuerdo solamente, pero ese recuerdo te dirá de tu humanidad dolorosa, te dirá de que no eres la que piensas o la que quieres ser, sino una Helena escondida que se te reveló de pronto, en una ráfaga, una noche, cuando te abandonaste a mis brazos. Esa revelación de tu yo escondido —el yo que amo, ni malo ni bueno— sólo la pudiste tener conmigo, con tu nada dulce Octavio. Esta es la luz de verdad que te puedo dar. Ten valentía en tus sentimientos. Ama la decisión, la vida desnuda de tu alma. No aspires a la felicidad, si en verdad quieres algún día estar cerca de Dios. Tu papá[5] te debía hablar de esto, pero es muy difícil que se tenga el valor de empujar a una hija amada a la infelicidad. Quiero que en tu carne perecedera vibre la voluntad de acercarte a Dios. Y eso sólo es posible por lo que tú llamas pecado, que no es (se acabó la tinta) sino la conciencia de nuestra miseria humana.[6] Todo esto es un poco impropio en una carta de amor. Pero nuestro amor —el que te tengo y el que me tienes a pesar de ti— se ha de ver iluminado por su bondad terrible. A veces Dios se nos aparece con rostro de demonio, como me aparezco yo ante ti. Es falso que me beses para castigar tu maldad —tu inocente maldad— que no me ama. Luchan en ti el amor tranquilo y confesable que me quisieras tener y la satánica fuerza que une nuestros labios. Luchan tu amor feliz y tu grande amor. Sólo que tú llamas tu grande amor al amor feliz, al pequeño. No es tu moral la que, como expiación, hace que, fugazmente, te abandones a mí, sino tu profundo amor a la vida. Es una lucha entre tus sueños ingenuos y la desesperación de morir abrazada a otro cuerpo. Tu moral, tu deber, vienen después, cuando te reintegras al mundo cotidiano.[7] Todo esto es un esfuerzo desesperado de lucidez, que me ha costado sangre y amargura, pero también una felicidad divina, porque he sentido el soplo de Dios en mi agujero de maldad y de egoísmo. Tus palabras quedan atrás y sólo sale de ti tu angustia, por la que te amo ahora, en Dios, en la comunión de Dios. Ojalá su frescura bendita baje a tu alma y te reconcilie con la verdadera vida, que está en mí. Ahora estoy gozoso, gozoso de mi amor por ti, que ha trascendido de ti, que me hace amar al pecador que soy, y a la vida, toda temblorosa, ardiente, en mis manos, estas manos que no olvidarán jamás las tuyas. Que mis palabras te iluminen, te hagan mejor, es mi único deseo. Sólo así podrás reconciliarte contigo misma, con esa Helena llorosa, olvidada, que sepultas cada vez que no me amas. ¿Ves cómo tu conflicto radica en que me amas a pesar de ti y no al contrario? Este Octavio no es más que una máscara, un hombre obscuro que se morirá, pero en él —en toda su pequeñez, de la que ahora estoy orgulloso—  se realiza la congoja de otra alma, apasionada. Quiero que me leas a solas, con toda la posible humildad de que seas capaz. Sin prejuicios. No sé si recibiré carta tuya mañana, pero ya casi no lo siento, porque tu amor me ha hecho más bueno, más humilde.

……..No he contestado a tu carta. No podría hacerlo. Sé que sin embargo amas a la vida. Tu temor del camión no es el tonto temor a lo cursi, a la coquetería, sino al profundo amor que te tienes. Eso me enorgullece. No serás jamás una coqueta, ni te casarás con un pelele, pero aunque así fuera, ya lo puedes hacer sin temor, porque un día de tu vida te abandonaste con verdad, contra tu idea del amor, al amor grande.

……..Ahora sí podría ser nuestro Felipe. No te creas demasiado a ti misma. Yo hago lo mismo. Le tengo desconfianza a mi razón, a mi deber, al engañoso deber que me traiciona. Esta ya no es una carta de amor banal, puesto que me confieso contigo. Un día te hablé del amor como educación, otro del amor como pasión: ahora lo hago como comunión con Dios, a través de tus labios. Quiero que florezca tu cuerpo, tu alma, que se te revelen las fuerzas satánicas que tenemos dentro. Son divinas, no satánicas.[8] Pero la felicidad, la comodidad de los hombres las ha enmascarado. Quisiera darte algo de mi felicidad actual, de mis tranquilas lágrimas. Todo te lo debo a ti, por ti soy como soy. Quisiera verte. Besarte. Llorar contigo. Ser feliz, con la felicidad verdadera, no con la otra de que te he hablado.

……..Vi a Estrella. Quiero que ella también sea feliz; lo mismo Deba. Ahora amo a todos, porque tú me has rescatado de la soledad y de la amargura. Esta carta se prolonga. Mañana, aunque tú no me escribas, yo lo haré. Te amo sin esperanzas ¿no es la mejor manera? Eres mi Amiga, pero también mi Esposa, y la mujer que amo. Nada de ex, ni de amar por deber. Te amo y puedo morir. Debo morir. Te amo. Siempre tuyo

………………..Octavio

 

Helena:

……..He besado tus labios, en tu carta. He aspirado tu dulzura y lo que tú llamas —ingenuamente— tu maldad. Amo tus labios, así, angustiados, pero algún día los besaré tranquilos. Tengo tus guantes. Que ellos sean el pretexto de nuestra cita. “Siempre es necesario tener pretextos”. Hoy dormiré tranquilo. Hazlo tú así.

……..Tu amargo, pero no amargado,

………………..Octavio

(Son las 12. Sueñas?)

 

NOTAS

[1] “Felipe”, como se verá, es el hijo imaginario que Octavio y Helena avisoran para su futuro. Quizás por las intensas lecturas alemanas de esta época del joven Paz, pueda suponerse que la pareja eligió a “Felipe”, el precioso niño que aparece en Las cuitas del joven Werther (27 de mayo), que provoca en Charlotte y en Werther la fantasía de tener un hijo. Según Joseph Campbell es propio de la narrativa de individuación imaginar, luego de la boda sagrada, el nacimiento del hijo héroe (en Mythic Worlds, Modern Words, p. 8).

[2] Supongo que le faltó completar la frase con “hacía tiempo”, o equivalente. Se recordará que el abogado Paz Solórzano había muerto muy trágicamente unos meses antes, el 10 de marzo.

[3] Paz glosa el séptimo “Himno” de Novalis, también conocido como el “Himno a la Cena” del Señor [Hymne. “Wenige wissen…”], de las Canciones espirituales: “sólo quien bebe el aliento de la vida de unos labios tibios y amados” entiende el “significado divino” del amor de Dios.

[4] En carta anterior conocimos a Estrella Garro, ahora aparece la otra hermana, Devaki, a quien la familia llama Deva. (Devaki es la madre de Krishna, y Deva es el nombre genérico de lo divino en el hinduismo.)

[5] El asturiano José Garro Melendreras pertenecía a una sociedad teosófica y conocía las religiones de la India. Paz lo estimaba. A la madre Navarro Benítez la aborreció tanto como Elena Garro a la madre de Paz. En una carta futura Paz le escribirá a Helena que está al tanto de “dos o tres pasiones permanentes: el odio que me tienes, el amor que me tienes, el rencor a mi madre.” Cuando murió la madre Garro, Paz escribió “Epitafio de una vieja”, que aparece en Ladera este (11:356), donde se compadece del padre Garro, en cuya tumba entierran a su esposa. Era “una bruja”, le escribe a Carlos Fuentes el 5 de noviembre de 1968.

[6] Ideas muy cercanas al Nietzsche de La genealogía de la moral (capítulo 7 del “Tercer ensayo”). En las “Vigilias III” (13: 168), escritas en estos tiempos, Paz menciona ese libro.

[7] Sigue con el mismo escrito de Nietzsche (capítulo 18 del “Tercer ensayo”).

[8] Paz piensa en el daemon socrático-platónico (Simposio, República), pasado por el Nietzsche de La gaya ciencia (Libro IV: 340 y 341); o bien, en el Satán “libertario” que aparece en sus lecturas anarquistas juveniles: Proudhon (en Idea general de la revolución) y Bakunin (en Dios y el Estado): para ambos Satanás es “el primer librepensador”, representación de la libertad rebelde y guía de la futura libertad femenina. (Giosué Carducci y su famoso “Himno a Satanás” sostiene lo propio en verso, lo mismo que William Blake, y Shelley y…) Lamentablemente para su causa, ni Helena ni sus padres encuentran recomendable a ninguno de los dos Satanes.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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