55. A Elena Garro, 15 de abril de 1937

Octavio Paz

 

Singular carta: el viajero se percata de que en su viaje a Mérida se ha traído con él a sí mismo; de que si ha huído de Helena y de la capital ha sido para estar más cerca de ambas. Incluye un improvisado poema (no recogido) para la lila Helena. (G.S.) 


 

Mérida, 15 de abril

 

Helena:

 

Te escribo. Me siento en la máquina. ¿No es absurdo, idiota, todo esto? Siempre escribiendo, siempre hablando. ¿De qué sirve? Palabras, palabras, la máquina sonando, y tú, siempre, lejos de las palabras, lejos del ruido de la máquina. Palabras, palabras.[1] Todo, hasta lo más hondo, hasta lo indecible, hasta el amor, el deseo, el odio, en palabras. Y tú, inasible, siempre escapándote de la red de mis palabras, de la red de mis pensamientos. Eres como un animal salvaje, como una corza que siempre se escapa, que siempre burla al cazador. Qué fatiga, Helena, qué espantoso esfuerzo es éste. Lejos, siempre, perdida allá en lo claro, en lo habitable. Trabajo todo el día y nada me cansa, nada me duele y angustia. Pero mi mente, mi corazón, mi sien, está golpeando solitariamente, está llamando inútilmente, está esperando y acechando algo que se va, algo que se pierde y se rehúsa. No tienes la culpa. ¿Yo la tengo? ¿Qué fue lo que me llevó a dejar México? No sé: la aventura, el deseo de ganar dinero, la poesía, tú, el asco a una ciudad que se me había hecho insoportable y por la que ahora lloro…[2] Todo eso, nada de eso. Huir, huir, alcanzarte. El odio, el amor. Lo que me aleja de ti, lo que me une. Prueba difícil, Helena, prueba de la soledad, de la ausencia. Me escapé de México para volver a él resuelto, hecho. Y aquí, en plenas murallas de la cultura (más allá Quintana Roo, a dos días) estoy en la situación del que parte más lejos todavía, hasta borrar de su corazón su propia imagen, la imagen que ustedes, amigos míos, amante mía, conocieron. El odio a lo que me rodeaba, el amor de lo que me cercaba, me hizo venir. El odio a mí mismo me está haciendo partir más lejos. La desesperación de no poder regresar, de no poder besarte, me aleja más de ti, hace que desee irme todavía más allá.

 

            Cuando recibo cartas de México siento alegría. Son algo salvador. Pero, a veces, después de su seducción, me dejan más desolado, más hundido en Mérida. Es terrible. Todo el tiempo tengo la conciencia de que estoy transitoriamente, pero de pronto la realidad me toca: entonces todo lo que es encantador por su misma provisionalidad adquiere su horrenda desnudez, su verdadero carácter. Es muy agradable dormir en hamaca, pero de pronto se piensa que es algo degradante algo que me aleja de la manera de dormir de ustedes. Y no usar corbata. Y así todo. Ir al cine, vivir en el mundo de ustedes, y regresar, después, a Mérida. Pues con las cartas es peor. Es algo duro. Me vuelvo un llorón provinciano.

 

[lo que sigue escrito a mano]

 

               Es la melancolía, la tristeza. La murria, que desde ayer, se me ha acentuado. ¿Habrá influido en esto el hecho de no haber recibido carta tuya? No sé. El hecho es que estoy insoportable.

 

            Estos días han sido hermosos, por la ausencia del sol y del calor. He pensado en ti y he recordado que tú gustabas de cielos empañados, de días nublados. Y se me ha aguzado el decaimiento, la añoranza. ¿Recuerdas los últimos días? ¿Recuerdas el bosque? Verde, con mil verdes tonos, verde sombrío hasta hundirse en el sepia de los árboles, hasta hundirse en el misterio de las calzadas; verde claro tocando el cielo verde-azul; y el olor de la tierra, y el frío de las hojas verdes. Y la transparencia juvenil del aire. ¿Te recuerdas? Vestida de azul, con el pelo rubio, tímido. Y tu risa, y tu caminar, y mi hombro colmado de tu cabeza, que era como una flor, como un animal blando y niño. Helena, ¡qué triste es recordar! Estoy, para ti, insoportablemente cursi a lo mejor. Quiero leer a María de Isacs [sic], algo muy triste, muy pasado de moda.

 

            Cambié de pluma –afortunadamente. En media hora he usado tres tintas. He escrito de corrido, pero he ido necesitando la máquina, la pluma. Está atardeciendo. Ha llegado la correspondencia, más tarde que de costumbre, sin nada para mí. Los empleados se van. La escuela se queda sola, con los alumnos en los patios, lejanos, gritando gritos de adolescencia. Estoy solo, en la dirección; veo, ahora con mayor claridad, cuál es la soledad mansa de la tarde. Y eso me produce una gran tristeza, una tristeza incomunicable. Quizá sea mejor la violencia que esta resignación solitaria, que esta mortal y tranquila certidumbre de la soledad.

 

            Cada quien habla de cosas distintas. Cada quien tiene un mundo. Yo estoy aquí, guardando mi secreto, mi mundo. ¿Y cuál es ese secreto? ¿Eres tú, es México, es el regreso? Sí, todo eso. Y mi esencia irracional, mi tristeza. Todo eso. Quisiera ser, realmente, un poeta. Sé, amor mío, lejana Helena, que yo ahora no puedo, materialmente, escribir, explicar. ¡Qué horrible es explicar, entender, comprender, con razones y palabras! Si estuvieras aquí te quedarías callada, junto a mí, en la luz. Estaríamos juntos, callados, entre la tarde trémula, muriente. Tuve una novia, me parece que fue en Abril…[3] Y te acuerdas, amor mío, niña mía, piel mía, aire mío tan cruelmente arrancado de mí, perfume mío, violeta, flor cortada apenas al nacer, pájaro, amor, amor mío, suave, limpio, tibio amo, te acuerdas de aquella canción “pero ay qué triste es ver a un hombre que se apasiona por una joven que no sabe corresponder”[4]) ¿Y te acuerdas de toda la melancólica familia de palabras que ha creado la ausencia de los amantes?  ¿Y te acuerdas de mí?

 

            No sé si habrás recibido mis cartas. Una del lunes y otra de ayer. Yo, la última que recibí fue la del lunes martes. De cualquier modo, escríbeme. La carta de Deva es incompleta ¿qué pasó? Nada más me llegó una hoja. Dile que no sea absurda, que hasta que no me escriba una completa no le contesto.

 

            Intenté escribir a los amigos. No pude. No sé qué me pasa. Quisiera que hubiera un radio, algo, una pantalla, para verte, para saber lo que haces a esta hora. Son las siete de la noche del jueves 15 de abril. ¿Qué hacías a esta hora? Procura recordar.

 

            Pasan los camiones (aquí sí hay automóviles, pero también hay calesas), con un timbre infantil. Si alguien habla resuena fuertemente, conmueve el aire silencioso. También hay muchas bicicletas, con bocinas ridículas. Y, a veces, el ruido del camión en la calle es como un huracán, algo terrible que se te echa encima. Dentro de poco empezará la noche, la noche del trópico, tan distinta de la de allá. Las estrellas brillan más, a pesar de que el cielo está empañado siempre y es menos puro que el de México. El viento mece los cocos y las palmas. Mérida, ciudad española, encerrada y sofocada,[5] gime. Gime toda en el ruido de las veletas, en la respiración de los hombres y las mujeres encerrados en lo oscuro, en la carrera del viento. Yo, como todas las noches, procuraré oír México. Puede que ahora lo logre porque ya compusieron el radio.

 

            Helena, ¿hablo contigo? ¿Hablo a solas, en mi cuarto? Estoy en Mérida, lejos de ti, pero eso no es lo importante, sino saber si hablo contigo, o si, como loco, estoy hablando solo. ¡Sería tan hermoso que pudieras decirme algo! No sé, creo que no hay ninguna mujer como tú. Puede que haya, pero no hay, hasta ahora, o no ha aparecido. Te quiero, ayer rabiosamente, con todo mi deseo. Hoy, mansamente, con toda mi tristeza.

 

            Sin embargo no estoy desesperado. Al principiar la carta sí, un poco. Pero más bien triste. Creo que no se llama Melancolía. Una palabra gris, fea y cursi. Añoranza. Nostalgia. Los portugueses usan una muy hermosa: saudade.

Eres la joven de las lilas,
eres la dulce joven de las lilas.[6]
Estas en todas partes,
en el crecido espanto de la noche,
en la rueda del viento.
Eres la joven de la tarde.
No te llamas Helena;
tu nombre no se dice con palabras,
sino con lentos signos y perfumes,
sino con vaga música del corazón.
No se te llama con palabras,
sino con el callado grito de mis labios,
con la flor que me crece de los ojos.
Me crecen lilas de los ojos,
me crece una flor triste de la carne,
me creces en la piel,
eres la tibia flor, el pájaro callado
que me crece de todo lo que toco.
Eres la joven música
que sostiene la tarde con su nombre.[7]

 

               Lo acabo de hacer. Es una cursilería. No cambia nada. Pero lloré con esas vanas palabras. Helena, Helena, voy a decirte ahora Elena, que es un nombre muy humilde y opaco, muy para mí. Un nombre de novela cursi. Helena es lo otro. Hoy eres Elena. Remedios es algo más[8]. Pero Elena, sin h, es algo muy poco, muy pequeño, como yo ahora. Elena mía, hoy serás mi novia tonta, y lee con ojos tontos mi carta. Perdón.

 

            Te quiero, me consumo en ti. Quisiera estar a tu lado. ¿Cuándo será? Quisiera también creer en Dios y en todas esas cosas confortantes. Sólo creo en la vida, en lo que pasa y huye. Creo en ti, pero creo en ti como vida, como lo que pasa. Esto es terrible. No quiero que sea así. Quiero que contestes, que me digas que me quieres, que me beses, que me mandes un retrato; que me digas “sí” siempre, a pesar de todo. Te beso, te lloro, lloro la flor que eres, el vestido y el cuerpo, la música que eres, el llanto que eres, vida mía (te acuerdas), vida, tuyo

 

            Octavio

 

NOTAS

[1] En la poesía del periodo la exaltación del amor o del conocimiento de sí mismo suele incluir la palabra adánica, la que significa por primera vez; el amor provoca la ausencia de palabras o es desnudarse de palabras; si las dice la amada caen de su boca como las frutas del árbol. Y, como en este caso, son una fatiga irónica, como la de Hamlet (“Words, words, words.”)

[2] Como recordará el lector, el fluctuante Paz llevaba un mes celebrando haberse alejado de la ciudad decadente y pecaminosa que ahora echa de menos…

[3] Cita de nuevo la “Nueva canción de la vida profunda”, de Ricardo Arenales (Porfirio Barba Jacob).

[4] “Horas negras”, un bolerazo del melancólico Samuel Margarito Lozano, tuvo su fama.

[5] En sus “Notas” sobre Mérida escribe “Mérida es una población española, señorial y lenta…” (13: 190).

[6] En la carta 51, Helena le contó que se había comprado un vestido de color lila.

[7] Paz nunca recogió este curioso atisbo de poema, tan psicoanalizable…

[8] “Remedios, es el nombre íntimo que Paz le da a Elena, Helena. Ya mencioné que “Remedios” es la dedicataria de Raíz del hombre (1937).

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lugares

  • México
  • Yucatán

Lustros

  • 1935-1939
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