52. A Elena Garro, 8 de abril de 1937

Octavio Paz

 

[manuscrita]

 

Mérida, 8 abril

Helen:

            Quisiera escribirte en máquina, para ahorrar papel y timbres (yo también ya me contagié del delirio) pero no es posible hacerlo. Son las 6 de la tarde –hay un paro de la F.S.E. (electricistas[1]) contra el alza de precios. Marcelino Domingo no viene todavía: eso ha echado a perder mis planes, pero seguimos trabajando.[2] La burocracia es espantosa y la aborrezco íntegramente: estoy arrepentido de haber aceptado esta chamba. Si fuera tan solo profesor estaría muy contento. Además, aquí se tiene la manía del orden, de un orden súper-burocrático.

 

            Tu carta es muy graciosa y encantadora, como tú, como la rubia hermosa a quien veo desde aquí; una mocosa rubia que está fatal y definitivamente loca, y a quien no beso, sino que le doy una larga mordida, hasta hacerla llorar. Rubia: no seas tonta y deja la danza y deja la locura. ¿Qué es eso de echarse a bailar a media noche? ¿Qué no cuidarse? ¿Qué cometer tanta imprudencia? Contradictoria: quieres tu cuerpo y no lo cuidas, y lo tratas como un vestido que se lava y se plancha pero que no se cose (¡qué poético!) El calor ha cesado: hay norte. Está nublado y se puede andar sin corbata, de saco. (Veo que has enseñado las fotos a Ortiz[3]. ¿Qué tal? Todo se sabe.)

 

            Es muy muy molesto ser papá cuando se quiere ser amante. Pero yo, tu papá, te ordeno: que sin excusa y castigada sin besos ni dulces, no abandones la cama sin abrigarte debidamente; no bailes; no salgas mucho; tomes pastillas, te cures y te  conviertas en una gente seria que se ama tanto que es capaz de sacrificar una tarde a costa de obtener mil. Inapelablemente, niña desobediente, a la cama a la hora justa, sin desarreglos. Tu gripa me alarma: estás muy débil y quiero que te cures. Por lo que respecta a Perséfona[4] y a todo eso: es mejor que lo dejes, me duele horriblemente verte en esas andanzas, y examinada por tanto imbécil. De modo que déjalo. No me has contado en qué acabó lo de Best y lo del cine.[5] Y lo de las fotos del cuatrojos ese del fotógrafo.[6] Pido inmediata contestación. Ya llegó la hora de las cartas y yo no recibo nada tuyo. ¿Mañana será?

 

            Tus cartas a veces dejan incompletas cosas: cuéntame todo, detalladamente. ¿Cuántos días has estado enferma? ¿Ya estás mejor? Sufro de saber que tú te quemas en mil pequeñas incomodidades, en mil malestares, que, aunque no graves, sí minan tu salud, tu cuerpo, tu cuerpo que amo tanto, que sueño aquí en la soledad, rubio, largo, ágil. Tu pelo, que guardo aquí, que me oye respirar, que alimento con mi sudor; todo, tu carne, tu alegría, tu carácter, que se deshace en lugar de afirmarse y revelarse, todo traicionado por la enfermedad. No, Helen, no debes tratarte así. Debes amarte con mayor violencia, pero con mayor hondura. Y debes amarme a mí y a todo lo que, a la larga, fecunda, riega, y hace crecer la vida. Difícil a lo fácil, a lo que es flor de un día, fácil a todo lo otro, aún a aquello que niegue lo que nosotros creemos sin importancia (¡qué pedante!, dirás). Sí, pedante padre que quiere verte en sus brazos, en su lecho, aquí, junto a mí.[7]

 

            Helen: ¿qué amiga es esa? Quisiera que dejaras ese baile, porque te mezcla y confunde con mil situaciones y hechos, con mil lodos y mil bocas. Quisiera que fuera para mí.[8] Tú misma te quejas de ti misma y comprendes que te dispersas. Te reconoces frágil y sin embargo te complaces en lo frágil, o, por lo menos, sólo le opones una lamentación. Va en ello tu salud, tu dulce, fiero, cuerpo de espiga, tu alma, la continuidad de tu carácter. Todo, hasta yo, pobre diablo, yo también voy ahí, en el montón de cosas que tú, espléndida e imprudentemente, olvidas por lo que no merece nada. Celos, celos míos: sí, pero también, no es recurso, celos de la vida, envidia de la vida al ver cómo se entrega a la nada lo demás. No quiero que seas “fundamental” ni “ordenada”, sino ya sabes a lo que me refiero. A que te entregues y pierdas a la vida, no al turbio fluir de la sordidez o al encantador y elegante río de la danza y el arte. Yo te quiero a ti, despojada de todo, sin nada más que tú. Yo, tú, amor, frenético amor mío. ¡Qué larga, qué terrible la noche! ¡Tus cartas, Helena, qué desgarradoras! Todo te recuerda, todo te llama, te grita, dulce, lastimera, penetrantemente. El vaho seco de la ciudad, el olor del caballo sudoroso, el cielo turbio, la hamaca azul y roja, mi corazón, mi sexo: ¡todo! La sombra se me echa encima y quizá ya no pueda acabar pues las velas las mandan hasta las 71/2, hora de la junta del Comité Pro España en la que tengo que rendir el informe pues, como lo sabes, soy de los dirigentes y, un Pizarro (un huacho –mexicano– que tú no conoces), encargado de la dirección general. En mi próxima, sin falta, te hablo de las mestizas. ¡Cómo me gustaría verte con tu traje blanco, tu hipil, tu rebozo, tus zapatos y tu hermoso collar de oro! En la calle rueda una calesa, Helen mía, mía, no del arte, ni de la vanidad, ni de nada, sino mía. Cómo, en esta tarde, andaríamos en calesa, recorriendo todos los colores, del blanco al que brota de la respiración del blanco, al crema, al rosa, tibios y amaneciendo del calor. Y tú, con tus sandalias, la única rubia de Mérida, mi orgullo, mi vanidad y, también, mi destino. Que la espera te temple, que te haga más hermosa, más limpia, más amante, diosa mía, mujer extraordinaria, estrella, árbol, nube, carne adorada. Te espera tu esperado y desesperado

 

Octavio

 

            Helen, la sombra se viene. Vuelo al buzón. Te voy a recomendar lo que sigue (tuve que cortar la carta por diez mequetrefes: latas de ser señor de oficina), infórmate por teléfono si Ramírez está enfermo. No es necesario que vayas. En caso de que no esté enfermo, recuérdale la carta de González Aparicio[9] y que me urge me recomiende con el gobernador, como le indiqué en mi carta. Es algo fundamental para mí y para ti (ya tengo una vela, pero es algo incómodo.) Esto me urge para ganarme a Palomo (el gobernador)[10]. Por supuesto que tú sólo le dirás a Ramírez que “si no ha olvidado la carta de González Aparicio”. Nada más.

 

            Clemente, Clemente López Trujillo, un gran poeta y el director del Diario del Sureste. ¿Enterada? La estampilla la corté y pedí goma en un café. ¡Enterada! ¿Qué más, señorita curiosa?

 

            Creo que recibiré, en próxima carta tuya, relato fiel de lo que aconteció (no lo olvido[11]) y, también, de lo demás que te digo en ésta. Por último y como recomendación, si en la U. se hacen tontos, no digas nada y escríbeme, para ver si yo puedo arreglarlo.[12]

 

            Helen mía, soy un latoso que te utiliza de secretaria, y eso con mucho temor de que lo hagas mal y con mucho dolor de mostrarte. No salgas, sino arregla lo de Ramírez por teléfono. Cúrate. ¿Te sigues inyectando? ¿Bien, sin aumentar la dosis? Un millón de besos , en todos lados.

 

Octavio

 

(Deva es una ingrata[13].)

 

NOTAS

[1] En agosto de 1937, el presidente Cárdenas creará la Comisión Federal de Electricidad en Mérida. La FSE es la Federación de Sindicatos Electricistas.

[2] El Diario del Sureste informa que ese día 8 hubo una junta del Comité Pro-Democracia Española en la Wscuela para Hijos de Trabajadores para prganizar la visita de Domingo (que no ocurriría).

[3] Las fotos de su cara que le envió días antes. ¿Raúl Ortiz Ávila o Gustavo Ortiz Hernán? Ambos eran periodistas activos en el diario El Nacional…

[4] Ya se comentó antes (en la carta número 39) que Garro participa en un proyecto de puesta en escena de la Perséfone de André Gide (que había aparecido hacía poco en Sur, traducida por Borges) que, al parecer, dirigiría Xavier Villaurrutia. La pieza original llevaba música de Stravinsky. Quizás Garro, que se interesaba en la coreografía, aspiraba a fungir como tal en esa producción. “Fue en ese tiempo cuando Xavier Villaurrutia me propuso que montáramos en escena Perséfona de André Gide. En esos felices años de mi vida, yo era coreógrafa del Teatro Universitario, dirigido por Julio Bracho, y habíamos tenido un gran éxito en Bellas Artes”, le escribe Garro a Carlos Landeros en Yo, Elena Garro (en Laberinto de Milenio, 24 de febrero de 2007).

[5] Hay noticia de un cortometraje de Best Maugard, “Humanidad” (1933) en el que aparece Garro. Al parecer, era un homenaje a las instituciones públicas (la Beneficencia, la Escuela de Sordomudos) e incluía escenas actuadas. En 1937, Best prepara su película La mancha de sangre, sobre la que he escrito aquí https://www.letraslibres.com/espana-mexico/cultura/dos-manchas-sangre

[6] En otra carta, Garro había mencionado que había sido invitada a posar para una publicación sobre modas.

[7] Fantasía habitual, como lo explica Jung (en Aion): Unir los roles de la esposa y la hija es presentir que “encarnan y transmiten la imagen omnipresente y sin edad de la Mujer, lo que corresponde, para el hombre, con su realidad más íntima”.

[8] En el ensayo sobre el amor a Elena Garro, en Los idilios salvajes, hay una sección que comenta el arquetipo de la bailarina y lo que significaba para Paz.

[9] Enrique Ramírez y Ramírez. El abogado Enrique González Aparicio (1890-1940), veterano del vasconcelismo, colaboraba en la revista Ruta y acababa de publicar un ensayo sobre la economía yucateca en el libro colectivo El ejido en Yucatán (Ed. México nuevo, 1937)

[10] Florencio Palomo Valencia gobernó Yucatán como interino (julio de 1936 a enero de 1938).

[11] Se refiere, nuevamente, al episodio del sujeto que intentó enamorarla.

[12] Paz continúa presionando a Salvador Toscano y otros amigos en la UNAM para que le den trabajo a Garro.

[13] La hermana de Garro, Devaki, que no le escribe.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lugares

  • México
  • Yucatán

Lustros

  • 1935-1939
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