47. A Elena Garro, 2 de abril de 1937

 

Una carta de Helena, la inconstante Helena, le provoca a su novio la que quizás sea la más iracunda de la serie, escrita en confeso estado de ebriedad en grado mariachi. (Según explicará en otra carta, más adelante, decidió no enviarla pero acabó haciéndolo, por “error”.) Luego de un precario ejercicio de ecuanimidad, la misiva desencadena su violencia. El conflicto es una prolongación de sus celos y su ira ante el hecho de que Helena continúa realizando las actividades (teatrales, sociales) que ya se han comentado en cartas previas y con las que él está en desacuerdo. La “enfermedad” que Helena ha padecido la última semana, que tan inquieto tiene a su novio, era más bien cautela, pues la preocupaba decirle que alguno se ha propasado con ella. Ahora Helena ha decidido narrar lo ocurrido para adelantarse con prudencia a que lo haga otro y porque no quiere colocar a su novio en una situación “comprometida”.

 

Como era predecible, el muy celoso Octavio exige saber quién osó meterse a su territorio. Calculo que los veloces cambios de tono obedecen a que escribe la carta en diversos momentos de la jornada, mientras avanzan la furia y el alcohol. De nueva cuenta, el joven abraza el rol del varón impuesto no sólo por el medio y los tiempos, sino por su padre dominante, a quien tantas veces vio ebrio, maltratando y engañando a su madre. Se siente responsable de haber acercado a Helena al mundo de sus amigos cultivados que, como él lo teme, la llevan a la frivolidad y la apartan de lo que él considera que es la verdadera misión de ella (escribir y… amarlo), sobre todo ahora que la mira desde la conciencia del activista combativo en que se está convirtiendo … 


 

[Mecanuscrita]

 

Helen:

      Hoy mismo tu carta. Tú me lo pides “para no salir el domingo”. Yo te la escribo, justamente, para que salgas el domingo. Después de un silencio de una semana, justa, y a pesar de varias cartas mías, me escribes una amada, aborrecible y mala carta, todo junto. No es literatura que yo diga amada y abominable al mismo tiempo. Tú lo sabes. Como desde siempre, procuro escribir con la mayor exactitud, con la mayor frialdad. La pasión, así, se me vuelve algo más duradero que una simple explosión, algo más irreparablemente decidido y veraz con lo profundo que alienta en mí, con aquello a lo que no se puede traicionar sin riesgo de ser un malvado o un hombrecillo movido por todos los vientos.

      Son las doce de la noche. Este día ha sido extraordinariamente agitado. Salgo de una sesión, mañana tengo otra y el lunes un mitin en el que tengo que decir unas palabras.[1] Y, además, declaraciones, y cartas, y los trabajos de la escuela, de la que, por otra parte, no sé qué pensar aún. Pero toda esa fatiga, en los últimos días sobre todo, no tiene mayor peso que una pluma y tiene, en ocasiones, un carácter liberador. A fuerza de realizar tareas externas, de darse, tan estúpidamente a lo objetivo, uno se idiotiza a tal grado que solo existe como máquina calculadora. Sé que el regreso es terrible, que yo puedo sepultarte bajo una montaña de papel, de palabras y de carreras inútiles, pero tú reapareces con tu verdadera imagen al final de todo; como soledad, como descarnada, loca y cruel soledad. No me importa herirte, no quiero tener precauciones, estás tan dentro de mí, tan fieramente dentro de mí, que ya no me importa causarle un daño con mis palabras a la chiquilla encantadora que eres, a la niña tibia,[2] al árbol que se iba madurando lentamente. Siempre tuve terror de causarte daño, de crearte heridas y resentimientos: sin embargo, ésta ha sido mi fortuna en la vida, mi lotería y el premio de mi deseo sincero, yo he sido la gente que más te ha herido, la gente que te ha lanzado al más sucio, infame y torvo de los mundos, al mundo de la nada, de la vanidad y el vacío, al mundo malvado que frecuentas, al mundo que respiras y con el que me envenenas.

      ¿Cómo entender tu carta? ¿Cómo, por Dios, Helena, entender a un amor propio y a una bondad? No tiene que ver aquí el bien, ni si eres buena o mala. Pero yo te dije, lo debes recordar, y es lástima, o es fortuna que estemos lejos, porque mi irritación es muy grande, que tú dejaras esas cosas y sin embargo no lo has hecho.[3]  Odio las discusiones por carta, odio los reproches y sé que la actitud digna, que nunca ha sido la mía, porque yo desprecio esa dignidad hecha a costa de mutilación, de lo mejor y más espontáneo de uno, debía ser el silencio o mi regreso a México para hacer algo. Lo peor es la distancia, la distancia y la impotencia en que me encuentro. Y no soy lo bastante fuerte para callar. En primer lugar –y esta aclaración será la última, porque no quiero, no quiero, óyelo, que te lo estoy gritando, que te lo quiero marcar con sangre, con hierro, a golpes, que se me replique con malas interpretaciones, con tontas y pueriles razones– yo no te escribí despóticamente. Me opuse y me opongo a que se adelanten las gentes a la realidad, a que me coloquen en situaciones en que no se debe colocar a nadie: no era, entiéndelo, entiéndelo, que me colocaras en una situación comprometida, porque eso es estúpido, es denigrante para ti y para mí: nunca me has colocado en ninguna situación, he sido yo, y has sido tú, los que libre y voluntariamente, hemos creado nuestro mundo: pero yo contestaba a tu carta, que he releído mil veces, en la que me hablabas de los planes y de no sé cuantas cosas más: y las malas interpretaciones de tu carta, las insensateces y puerilidades me obligaron, contra mi voluntad a escribirte una carta paternal y racional,[4] una carta hecha a costa de mi pasión y de mi amor, hecha a costa de mi impaciencia, una carta de hombre, de hombre y no de mequetrefe, y no de irresponsable y de canalla. Y como no soy irresponsable ni canalla, y como soy hombre y tú pesas en mí, yo te escribí esa carta pidiéndote, al mismo tiempo que tu voluntad, a la que tenía derecho, a pesar de los gestos altaneros, porque tú me la habías dado, tu colaboración. Recuerdo el término, quería que tú me ayudaras y me entendieras. Que fueras una mujer capaz de entender la realidad. Y tú, contestando a mi suplica y a mi orden, a mi amor, que nunca, aunque tú digas lo contrario, ha sido desleal, paseas con miserables, con bandidos, con canallitas. Te advierto que aunque tú no me escribas jamás, tengo que saber todo lo relativo a lo que me cuentas, a lo que me ultrajas, porque yo me vengaré de ellos, del imbécil que haya sido.[5] Y a propósito de idiotas siento una gran alegría de que el mil veces bandolero de Micy[6] se haya muerto y ojalá se muera toda su familia y toda la familia de los que andan contigo, y te juro que las copas de aquí en adelante han de ser a la salud del que hizo que se estrellara ese coche. La cólera me ciega, y así te mando la carta. No merezco lo que has hecho, pero tú, quizá no merezcas nada, ni mi cólera, sino un tiro, algo con qué aniquilarte.

 

[Continúa a mano]

 

Helen, estoy loco. Aniquilado. Quisiera estar sereno y tú me lo impides con tu carta. Veo tu retrato, niña mía, hermosa mía. A esta carta contestarás con otra, más exaltada aún. Todo se habrá roto aún más. Quiero saber quiénes fueron. No quiero que continúes en la Universidad, en el teatro, en todo eso.

      ¿Qué significación tiene todo? ¿En qué me has hecho caso? ¿En qué me has entendido? ¿Te doy lástima? Está tranquila, estoy lejos y, además, ya que te colocas en ese plan de misericordia, sabe que no la necesito.

      En fin: mi carta no era lo que tú quisiste que fuera. Y esto es lo que has buscado: una malvada carta. No quito una palabra, así me muera. Y ojalá se mueran todos ustedes con su Gide,[7] su Moreno, y el hijo de mala madre, el trastornado que te acompaña y el mulato de Gálvez, y toda esa gentuza.[8] No contestes si no me dices quién te acompañó esa tarde; y no tengas miedo, se puede burlar de mí, estoy lejos. Tú, y todos ustedes, traidores, algún día pagarán esto. Veo tu retrato, tu retrato, y no sé qué hacer, si amarte o matarte. Y, solo, solo y lejos. Lejos de todos, menos de la cólera. Todo, todo, no tiene excusa: ni el silencio, ni la conducta. Y menos, mucho menos la interpretación, tan denigrante para mí, de mi carta. Enseña a todo el mundo, a tus amigos, esta carta: yo me río de ellos y los escupo, miserables. Que no me escriba ninguno de ellos porque no les contesto. Y tú, pisotéame y haz lo que quieras.

            Octavio.

 

NOTAS

[1] No hay registro, hasta ahora, de ese mitin el lunes 5 de abril. Confío en que una revisión que está realizando Ángel Gilberto Adame del Diario del Sureste de estos meses aportará información sobre el activismo de Paz que habremos de incorporar a estas notas. Por lo pronto, supongo Paz se refiere a uno de los mítines organizados por el Comité Pro España al que pertenecía.

[2] En el poema V de Bajo tu clara sombra aparece la “Tibia mujer de somnolientos ríos” (11:36).

[3] Como se vio en cartas anteriores, Paz le pide, y luego le exige, que no participe más en el teatro universitario, que no vaya a la cafetería de moda, que no busque trabajo en revistas de modas…

[4] Se refiere a la carta 42, del 22 de marzo.

[5] Helena le ha contado que alguien intentó propasarse. Descrubrir quién fue se convertirá en obsesión del novio, y ocultarlo, de la novia…

[6] ¿Micy? Quizás quiso decir Micky…

[7] El grupo de teatro universitario, como se ha mencionado antes, preparaba la puesta en escena de Perséfona de André Gide. El libro de Gide, Regreso de la URSS, ya es la lectura del día en el mundo entero. En México han adelantado algunas partes revistas como Letras de México. El joven Paz, buen precomunista, le manifiesta su iracundia.

[8] Dos amigos de Paz: Manuel Moreno Sánchez, que estaba cerca del teatro universitario, y Ramón Gálvez, aprendiz de poeta que llegó a colaborar en Taller poético.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lugares

  • México
  • Yucatán

Lustros

  • 1935-1939
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