46. A Elena Garro, 31 de marzo de 1937

Octavio Paz

 

Luego de un par de días más sin carta, le escribe Paz a su novia (que podría haber respondido lo mismo) que se encuentra “Tan desdichado contigo como sin ti”. Otra síntesis que, no por parecer de la trova yucateca, es menos elocuente de su entredicho.


 

Mérida, marzo 31 de 1937

Querida Helen:

      No he recibido carta. El día ha pasado así, sin nada, a excepción de un telegrama de mi madre. Me felicita[1] y se queja de mi silencio. Ese silencio mío ahora se refleja, absurdamente, en el tuyo. Por un momento pensé que se debía al cambio de domicilio, y que las cartas estaban detenidas, o en la pensión en que vivía. Nada.

      Son las once de la noche; esta carta que pensaba enviarla hoy, no saldrá pues, sino hasta mañana. ¿Cuándo llegará a México? ¿Qué tiempo hacen las cartas? Y la prisa del avión, que parte y no espera. Todo eso, el desgaste nervioso, la ausencia y los contratiempos de aquí, me hacen recordar, le hacen a mi cuerpo, mejor dicho, aquel calosfrío, más bien nervioso, que antes tenía.

      ¿Estás enferma? ¿Qué tienes? ¿O, solamente, no escribes por otras razones? ¿por no querer escribir jamás? Yo no sé. No quiero hacer conjeturas. Pronto tendré, lo creo, respuesta. Escribe, por lo menos, que ya no escribirás, o lo que te ocurre. Y si, por desdicha, sigues enferma –enferma o, simplemente, incapaz de escribir– ¿por qué no lo hace Deva? No entiendo, no quiero entender esta situación.

      Al sentarme a escribir mil cosas se agolpaban frente de mí, pero en estos diez minutos se han ido secando todas ellas, y yo voy quedando hecho una espina rencorosa, una dura interrogación. ¿Me estoy quedando solo? Solo, a los 20 días de ausencia? Solo, así, con la soledad de los [… …][2]! Yo soy un pobre diablo burgués, un artista –y por lo mismo, un amante de la imaginación. Soy un teórico de la aventura y de la soledad. Y esta ida a Mérida, cuando la he querido juzgar desde el punto de vista de la desesperación, siempre me ha producido risa. Tenía todo bien calculado, pero estos cálculos de joven metódico (te advierto que estoy desesperado por la presencia de uno, que, cerca de mí, todo el día se dedica a eso: a la mutilación de la vida a través por el orden más estúpidamente burgués (algo así, peor, mucho peor, Margarita Garduño?[3]) fracasan siempre. Y ahora, una vez más, si tu silencio es lo que presiento, fracasarán nuevamente. Entonces, el mundo será ancho y estrecho, amargo y amplio. Entonces, el joven que, por su propio desorden, amó al orden capaz de llevarlo a la fecundidad desordenada de tu amor, volverá a ser aquel que esterilizó el orden, que mató el orden, porque la vida, el amor, de pensaba llenarlo, se murieron. Y entonces el desorden, el más hermoso, bajo, desorden vendrá de nuevo. Tú me atas a lo de allá, porque tú eres el retorno, la dulzura y, también, la terrible presencia del desorden fecundo. Pero yo estoy dispuesto a renunciar al orden y al desorden de tu amor, a mi vida y a mi fecundidad. También, yo, puedo ser parte de un desorden falso, de una mentirosa fuga –ahora sí, real–  a donde habite la nada, mi vacío.[4]

Octavio.

 

Helen:

      2 pliegos apenas. Ahora otro más. He abierto la carta. No añado ni quito nada. Son las 11 de la mañana y la espera llena de duda se hace cada vez más punzante, más tercamente empeñada en engañarse. Yo vivo, ahora, no sobre tu recuerdo ni entre tu espera, sino entre la duda de que estás enferma o de que yo ya no exista. Sólo, solo. Esto es hermoso y triste. Esto me seduce y me aterroriza. Solo. Depende de ti. Te advierto que yo no deseo que te falsifiques. Tan desdichado contigo como sin ti. Pero, eso sí, tan profundamente viviente contigo, como ruin mecánicamente sin ti. Tendría, entonces, que buscar el desorden fuera, en las cosas que aumentan el desorden, y lo vuelven diario. En esas cosas de la soledad frente al mundo. Tu mundo es mi mundo, pero hay otros ásperos mundos, otros vivientes y horrendos mundos, habitables a pesar de todo. El mundo de los desesperados. Y tú, allí, donde estás, Helen mía, única vida mía, estrella y fuego, ¿qué haces?  Sin mí: ¿es posible esto? Sí, lo es. Es duro, pero lo es. Quiero saber, sin embargo, que no es cierto, que no estás enferma y que no me olvidas, que no soy un desterrado. Tuyo,

Octavio

Aclara las cosas

 

[Alrededor del texto del folio uno: ]

Si estás enferma, dilo, que me tienes en gran angustia, en gran amargura. No tengo rabia. Tengo la sensación de hundirme […][5] en la nada.

 

NOTAS

[1] Este día cumple 23 años de edad.

[2] Dos palabras ilegibles.

[3] Margarita Garduño, prima de Elena Garro y compañera de Paz en la universidad.

[4] Estos argumentos aparecen, aquí y allá, en “Vigilias IV”. Por ejemplo: “’Estoy vacío’: lleno de mí”, o “El caos no es el desorden sino la sistemática repetición de algo que no tiene sentido y que, además, no tiene fin” (13:177)

[5] Una palabra ilegible.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lugares

  • México
  • Yucatán

Lustros

  • 1935-1939
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