45. A Elena Garro, 30 de marzo de 1937

Octavio Paz

 

A su regreso de la hacienda de Xtabay, no hay carta de Helena esperándolo. Como en tantas otras ocasiones, el entusiasmo final de la carta anterior se muda en resquemor y melancolía … 


 

Mérida, marzo 30 de 1937

Helen:

      Regresé ayer en la mañana, esperando que en la tarde recibiría carta tuya. Nada. Fue un día bastante desagradable. Molido por el camino, deshecho por el calor y el cansancio, con una especie de fiebre, me encontré de pronto con la certeza de que yo no era más que un recuerdo. Hasta para mí mismo era un recuerdo. Sólo fatiga, sed y angustia, una obscura opresión que me nublaba todo. Toda la soledad, toda la tristeza, que lentamente iba acumulando en el fondo de mí, de pronto estalló, se hizo visible. Todo este tiempo yo había buscado el olvido, el olvido de mí y de mis conciencias, de mis conciencias dije bien, y había vagado alrededor de las cosas. Después de la desesperación que traía, y que cesó o se aquietó, escondida como una fiera dentro de mí, yo estaba tranquilo, seguro, fuerte. Claro que te extrañaba, pero era una dulce nostalgia, un suave deseo de tus labios y tu carne, en las hermosas noches de la ciudad, blanca, rosa, tibia, yo te soñaba en cada ventana, en cada calle. Las calles desembocan en el Paraíso, en la noche, decía yo. Hay calles que desembocan en el amor, fatalmente. Yo siempre recorría esas calles contigo, íbamos en una negra calesa, recorriendo las largas calles del amor, de nuestro amor. La ciudad era blanca y era una tibia y segura espera. Cada luna, cada piedra que yo veía eran la promesa de contemplarlas y vivirlas juntos. De pronto se da uno cuenta de que vive solo, de que no hay nada detrás del sueño. Las cosas que nosotros alimentamos con nuestra vida, con nuestra espera, con nuestro aliento, viven sin nosotros e inexorablemente pasan. Eso es angustioso. Mérida no era nuestra ciudad, sino una ciudad cualquiera, que vive sin nosotros. Y yo tampoco permanezco y vivo con el amor y sin el amor. Yo no vivo para ti, sino para una estúpida sangre que me recorre, para un estúpido aire que respiro, para nada, para fines distintos a tí y a mí. Y luego tú existes sin mí y eso me enloquece, me llena de miedo, de rabia y de desesperación. Qué sed tengo, Helen, qué sed y qué deseo de que esto no sea cierto, de que no podemos vivir y nada vive sin nosotros. Yo mismo me huyo, me rechazo y te rechazo cuando pienso en esto. Todo inútil, todo falso. Inventamos algo para no morir y luego sufrimos para que no mueran nuestras invenciones. De pronto el hombre se queda desnudo, sin nada a qué asirse, hundido dentro de sí, viéndose a sí mismo. Y yo me veo como algo desoladoramente estéril, veo a la muerte, a una ridícula e incansable muerte disfrazada de vida.[1] Entonces necesito de ti, de ti, amor mío, agua mía, sed mía, porque esa muerte que veo no es la que ansío, sino la que aborrezco. Es la conciencia vacía, la perfecta impotencia para todo.

      Toda la soledad se agolpa, toda la aridez de los hombres desterrados, la tristeza infinita de la ausencia. Todo esto es muy cursi para ustedes, pero para mí es algo tan vivo, tan terrible, que creo que no me entiendas. Tú estás sin mí, y sufres por eso, pero yo vivo sin ti y sin nada. No hay nada, sino tus cartas, que me recuerde mi verdadera vida, que responda a lo que yo pregunto. Si cruzo una calle yo ya sé lo que esa calle me dirá, la palabra que escucharé, aquí no hay palabras, sino solo vacío y desesperación. ¿A dónde ir, adonde preguntar por ti, por mí? ¿En dónde reconocerme, saber de mí, escuchar lo que yo deseo, lo que me tiene dominado? Estoy pensando en México, sueño tu pelo y tus ojos, lo que me dirás, y de pronto me encuentro sin respuesta, como un loco, como un hombre ahogado en la nada, en una campana neumática.[2] Tú tienes muchos recursos, no puedes, tan fácilmente sufrir esta sensación. Te defiende todo. Puedes olvidarme, en el peor de los casos, pero siempre encuentras respuesta de mí y de tu deseo. Yo te tengo dentro de mí y cuando intento sacarte nada te reconoce, ni me reconoce. Eres como un secreto. Pero yo también soy un secreto, un secreto que no puedo decir a nadie, porque entonces moriría, me convertiría en algo sin eco. Los días que estuve en la finca me reconfortaron mucho. Sopló, el último día, viento, y hubo una lluvia que hubiera deseado mojarte la piel y el pelo. Yo besé tu carne y tu pelo, para recordarte. Tu pelo tan maravillosamente rubio, que me ha hecho tanto bien. Entonces hizo frío, y en la tarde Novaro, Cortés y yo nos tiramos en nuestras hamacas, desnudos. Vivíamos en un cuarto solo, altísimo, en un tercer piso, pero muy alto, de veinte o veinticinco metros, la luz caía muy mansamente, como en el Valle y yo soñaba en ti.

A 25 metros en el “castillo” de Xtabay.

      Entonces cerramos las puertas, menos una, que dejaba ver un verde mar vegetal, de altísimos árboles. Cantamos, y creo que todos, a escondidas, lloramos un poco por ustedes y por nosotros. Cantamos muchas canciones, y entre ellas Tu Partida, Rayando el Sol, Una mañana de frío invierno, húmeda y triste, nos despedimos yo y la joven, Un viejo Amor, y otras muchas (La Amapola del Camino, entre otras).[3] Llegó la noche y todos estábamos callados. Entonces juramos ser amigos siempre, porque jamás podríamos olvidar esa tarde. Qué hermoso sentimiento es la amistad y la viril comunidad en el amor, en la desgracia. Dijimos que la vida nos puede hacer malas pasadas, puede romper la amistad, pero nunca podrá tocar el momento sagrado en que tres jóvenes tontos lloraron por tres niñas tontas, que a lo mejor no los recordaban en ese instante. Fue el domingo por la tarde, un día después de que te escribí la carta.[4]

      Helen, escribirte me hace bien. Ya no tengo la angustia de la soledad, ya no tengo la angustia de mi soledad y de que el tiempo pasa y nuestro instante, como tú dices, también pasa.

      Debemos obrar en serio. El tiempo corre fuera de nosotros, nos devora, nos envuelve. Alimentemos al tiempo, dominemos a este tiempo que puede ser nuestro aliado. Es necesario que tú te cures, que pongas todo tu empeño en esto, que pienses que existes para mí y que debes ser mi esclava y darme gusto. Cúrate. Arráncame del vacío y dame la alegría, tu fecunda alegría. Tengo un gran miedo de morir, un gran miedo de morir este año, después es distinto y sí quiero la muerte. Siempre la he querido, la deseo todos los días, pero no antes de ti, no antes de tu llegada. Helen te quiero, te adoro, escríbeme pronto, que necesito de ti, de tus monerías, de tus encantadores chistes. Cuéntame muchas cosas, que yo aquí vegeto estúpidamente. Estoy siempre en espera de ti, de tus ojos, de tu letra, de todo lo que te represente. Tu pelo es finísimo y ahora comprendo el fetichismo.[5] Por ese mechoncito yo moriría, yo lo defendería y lo adoro como a Dios.[6]

      Contesta pronto, bien mío, hermosa mía.

Octavio

 

Saludos a Deva, Estrella, etc.

Helen, olvidaba decirte. Mi dirección es Escuela Secundaria Federal, calle 60, no 462.

¿Por eso no me has escrito? Dile a Rafael[7] que te arregle algo, pues en una carta me dice que no se puede en la secundaria [manuscrito alrededor del texto:] sino que te van a dar otra cosa, “que te van a dar una situación, así sea pequeña, en la universidad”. Trata con discreción el punto para que yo pueda intervenir, aunque no creo que se echen para atrás.

¡Mándame la H. de M.[8] de Vasconcelos!

¡La mujer más hermosa eres tú, linda, ja!

 

[Manuscrito en el primer folio:]

Ya no te escribo porque mi mozo, Octavio Novaro, se va al correo y me ha hecho terminar. Contéstame.

 

NOTAS

[1] “Vigilias II” (13:244 y ss.) se relaciona con estas estas emociones e ideas.

[2] En “Vigilias IV” esta imagen del ahogado en la nada se llama “El Monstruo” (13:177):

alimento de mí, padre ciego, que no piensa ni desea, anterior a la luz y a mi nombre: único y verdadero yo. Nada sabe de mí y nada sé de él, pero él y yo somos el mismo y lo mismo.

Es una suerte de sosias que más tarde, ya a la mitad al menos de la década de los años cuarenta, reaparece en “Antes de dormir”, texto de la sección “Arenas movedizas” de ¿Águila o sol? (11:157). Tanto “Vigilias IV” como éste escrito, emparientan con la carta. Escribe en “Antes de dormir”:

Así tú. Te has instalado en mi pecho y como una campana neumática desalojas pensamientos, recuerdos y deseos. Invisible y callado, a veces te asomas por mis ojos para ver el mundo de afuera; entonces me siento mirado por los objetos que contemplas y me sobrecoge una infinita vergüenza y un gran desamparo.

[3] Es básicamente el mismo repertorio de canciones sentimentales que, ante una fogata, aún cantan los jóvenes en México.

[4] El domingo fue el 28, y la carta a que se refiere es, pues, la del 27, la que lleva el número 43 en esta edición.

[5] En las cartas de 1935 ya lo había practicado con los guantes.

[6] Sospecho que glosa la letra de alguna canción popular.

[7] Su amigo Rafael López Malo.

[8] La ya mencionada Breve historia de México.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lugares

  • México
  • Yucatán

Lustros

  • 1935-1939
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