43. A Elena Garro, ¿27? de marzo de 1937

Octavio Paz

 

Por alguna razón, Helena recortó del manuscrito el saludo y la fecha. Creo, sin embargo, que se trata del escrito “largo, largo” prometido en la carta anterior. (Más adelante se referirá a “la carta” escrita el día 27.) El joven Paz reacciona —como se apreciará a lo largo de la carta— como el hombre de la casa, el que pone orden, el responsable, el proveedor y el protector, un rol que asume no sólo por las costumbres patriarcales de la época, sino por hallarse a cargo de mantener a su madre desde su viudez en 1935, un motivo más de rencillas entre la novia y la madre, ante las que el joven se afirma como el “jefe” y casi como el “chingón” que analizaría en El laberinto de la soledad (1950) y en tantos otros escritos, como un obstáculo civilizatorio: “El machismo mexicano: en el dominio de la sexualidad y de las relaciones familiares, como en tantos otros, todavía está viva la herencia dual de México: el pasado hispanoárabe, con su culto al patriarca y a Don Juan, y la tradición indígena, no menos rígida y opresora de la mujer.”[1]

 

Creo que la estuvo redactando a lo largo de dos o tres días, pues cambia de tema y de temperatura muy velozmente: de los líos laborales a los nacientes conflictos entre Helena y la madre del poeta; de la alegría por recibir respuesta de Helena a lamentar “el odio que me tienes, el amor que me tienes”, a lo que él responde que porque le hace “bien y mal”, quiere casarse. Y de ahí a una despedida particularmente encendida…

 

Hay secciones en las que prevalece cierto desaliño, sobre todo en la puntuación (que corregí).


 

      Te escribo a las doce de la mañana. Tengo un dolor en la cabeza terrible, aumentado por el calor. Están todas las ventanas abiertas y a veces entra una brisa. Estoy desnudo, pues de otro modo no soportaría el zumbar de la sangre en la sien; es un golpe monótono, como de maníaco prisionero, como una idea obsesionante, una canción que te está pegando todo el día. El dolor de cabeza es por la desvelada de anoche; terminé tu carta, la puse en el correo y fuimos al periódico, que es nuestro cuartel general en las noches. (Las noches aquí son muy hermosas y es la hora en que realmente se puede vivir: en las demás sólo se respira y suda.) Y en el periódico una llamada telefónica: lo que habíamos arreglado el día anterior, nuevamente desconocido por estos desgraciados,[2] que no tienen el sentido de la palabra dada; después de, por debilidad del Centro, haber aceptado todo su personal, ahora  piden el cese de toda la gente de México, a excepción de Novaro y yo; eso, nos dicen cínicamente, en tanto que ustedes organizan la escuela, y dentro de dos meses les pediremos sus renuncias. Yo antes me reía, pero ahora veo que hay mucho de verdad en sus estúpidas amenazas, tanto como mentira en sus abrazos y cortesías. Maestros rurales que pretenden ser de secundaria, profesores de primaria convertidos en agitadores profesionales, capaces de hacer un motín con tal de ganar tres centavos más, canalla envalentonada por la inexplicable benevolencia de Cárdenas, eso son los maestros de escuelas. Juntas, sindicatos, maestros en el arte del disparate y la voracidad ignorante; y no sólo eso, sino el odio el guacho,[3] al extranjero. Este odio es general en Yucatán; anoche íbamos Cortés, Novaro y yo a media calle, en donde había más fresco: entre la sombra gritos de niños, de niños que inconcientemente nos odian ya: “guachis, guachis, desgraciados presumidos, ja.” Y eso en todos lados. Aquí vivimos en una isla: un muchacho Martí, director de una sinfónica que ha creado aquí, violinista, y gente muy agradable;[4] su esposa, disque escritora, artista, pero mexicana, como él, y gente agradable;[5] un noruego que en las playas se desnuda y escandaliza a todo Progreso, según me han dicho, compositor muy fino y verdadero aventurero, músico también;[6] López Trujillo, un gran poeta, un alto poeta y un hombre que se ha hecho amar por mí, pues es un leal amigo; un sabio, un arqueólogo, maestro mío en cuestiones mayas, que es mi afición y diversión única. Todos venimos de México, excepto el arqueólogo, que viene de E.U. o de Francia, no sé bien.[7] Esto allá puede aparecer ridículo, aquí no lo es; la gente odia, la gente lo mira a uno insolentemente, las muchachas, para desesperación de C[ortés] T[amayo], lo miran como a un pobre diablo, el vacío, el silencio, la conspiración del silencio es todo lo que uno tiene aquí. Es el viejo rencor mexicano, aumentado con un énfasis, una retórica del carácter, que el mexicano no tiene, pues es inteligente y humilde, y un orgullo de lo más estúpido. Estoy furioso, enfermo de tratar con esta gente. Lo propio ocurre con Novaro. Nuestros enemigos son canallas, gente vil, gentuza, maestritos de primaria que quieren ganar un dinero que no soñaron nunca, nuestros amigos son la misma cosa, aliados de agrupaciones rivales, y, además, terriblemente aburridos. Te imaginas lo que sentiría anoche yo, a las cinco de la mañana, después de haber oído un millón de veces este estribillo. Pues, si compañeros, da resultado que las tareas organizativas, da resultado, da resultado. Da resultado me pega en la frente, me golpea, me persigue. Y eso dicho por un maestro plástico (¿qué quiere decir eso? Profesor de dibujo) que ni siquiera es yucateco, pero que no tiene el delito de ser mexicano. Es judío, con grandes narices y un sudor que empapa la camisa que usa. Unas narices y una risita. Diez mil obreros me siguen. Compañero Paz, me dice otro, y otro habla de las Misiones, y nada se arregla y todos son promesas y la lucha sigue. Quizá tengamos que acudir a la renuncia o a la lucha en la calle con los alumnos que estén de nuestra parte. La escuela se debe abrir y se abrirá, eso sí hemos jurado Novaro y yo. Entre los amigos, (releo la carta), faltan las gringas y su amigo, ya están reconciliados.[8] Los cito aquí por tontería, pero te quiero contar todo, tengo hambre, HAMBRE, de conversar contigo, de contarte todo, como antes, hasta las peores tonterías. Te advierto que no he tomado, claro que sí una cerveza(I), un vaso de vino, pero no lo he hecho con exceso.

 

[Al pie de la página, manuscrito:] (I) No he tomado en todo el tiempo, menos en el momento de hacer la carta ¿se entiende?

 

      Por la ventana llega el habla de esta gente, y te juro que he pegado un salto de rabia, estoy sólo, afortunadamente, solo contigo, mi amor. Mis amigos, mis latosos amigos, están en diversas comisiones para arreglar el conflicto: yo aquí me quedé ordenando los papeles y estoy  ahora solo, solo y muy triste, porque me faltas tú, porque eres como un sueño, como una vocecita humilde, como algo muy puro que se esconde adentro de mi corazón, ciega y gozosamente, tengo tus labios aquí, Helen, y ahora sentí, te juro, la mordida, el beso de tus labios en mi cuello, cuando nos podremos besar? ¿Cuándo te tomaré de la cintura y te daré un beso en la boca, y otro en los pechos? ¿Cuándo, cuándo, vida mía? Hambre de tí, que eres como el agua de allá, no el agua dura de aquí, hambre de ti, de tus ojos, de tu pelo. Aquí te tendrías que cortar el pelo por el calor. No, ¿verdad, amor mío?

      Mira, Helen. Hoy, en el correo, me dieron tu carta del sábado, anterior a la de dos páginas. ¿Todavía no estabas enferma? ¿Cómo es eso? No entiendo bien, Tuve que ir al correo porque la echaron mal, pues era necesario porte triple. Escribe mejor en papel largo, como yo. No te digo que en máquina, porque eso es muy feo, pero yo lo hago así porque escribo más, me entiendes y es más rápido. Tu carta la he leído dos veces, y me parece tan hermosa que voy a suspender la máquina para volverla a leer. Te advierto que no me parece justo, aunque sea muy chistoso, lo de la novia del amigo, y aunque me da risa, sentí un poco de lástima: creo que estás equivocada, que no es la institutriz del Luisón que conocemos. Ahora mismo vuelvo a la máquina, hermosura mía.

      ¿Sabes que tu carta es muy hermosa? Y, al mismo tiempo, un poco inexacta en algunas cosas que luego te explicaré. No importa, te adoro, te quiero con locura, te juro que te quiero, júrame que me amas. Rubia insignificante, chiquilla divina, todo es poco para ti.

      Tuve que suspender la carta por la llegada de mis amigos, que necesitaban la máquina para los trabajos de la Escuela. En la tarde salí muy temprano, a  Progreso, invitado por las americanas de que te hablado.[9] Nadamos, conversamos y luego nos regresamos en el más hermoso anochecer que he visto, en la llanura que no corta ninguna montaña, sino que es plana, y tocado en las cuatro partes con el infinito, ahí se tiene conciencia de la tierra y del cielo y en dónde se separan y en dónde se juntan; atravesamos entre el fuego de los pastos, la candela, y subían al cielo espesas espirales de humo, y un fuego lento, pastoso, un fuego perezoso y sólido, con un sabio rojo que, teniendo toda la fuerza del otro que conocemos, no tenía tu aéreo ímpetu; fue algo inolvidable. Llegué y otra carta. La leo con atención, con amor y calma, pues desde el principio me previenes en ella de que la debo leer así; ¡qué extraña carta, Helen, qué distinta de la anterior, de todas las anteriores! En tus cartas, amor mío, veo la persistencia de un mismo temperamento, de un mismo carácter (sólo tu las puedes escribir así, nadie en el mundo sería capaz de hacerlo) pero también veo la presencia de muchos estados de ánimo y, más que nada, la ausencia de una voluntad. No hay voluntad, eres víctima, siempre, de todas las fuerzas y pasiones que te habitan: eres víctima de la belleza, para después ser arrebatada por la trivialidad, o por la cólera. Y sin embargo yo veo ahí dos o tres pasiones permanentes, el odio que me tienes, el amor que me tienes, el rencor a mi madre, etc. Pero las pasiones parece que cambian, como la llama con el viento, y no hay un poder sobre tí, tu voluntad, o en su ausencia mi voluntad, que conduzca y equilibre esos cambios y esas pasiones. Algo superior a lo que te domina, para que no seas víctima de tí misma. Te advierto que yo odio, como tú, esta manera de vivir y que creo que debemos ser víctimas, víctimas obedientes e indefensas de nuestro destino. Pero a condición de que nuestro destino sea lo verdadero y no haya mil destinos falsos, engañándonos con la mentira de que ellos son los verdaderos. Y en este caso tu destino no es el combate, entre sí, de dos tres pasiones; eso necesariamente tiene que ser transitorio y tú los ves así, muy claramente, pues de otro modo sería la muerte, el agotamiento físico y moral en la más aniquiladora y estéril de las luchas. Los acontecimientos, el tiempo mismo, y más que nada la maduración del afecto positivo, de tu amor, o la desaparición de él (ya ves que me pongo razonable como tú) harán que el combate interior ceda. Pero, de cualquier modo que ocurra, esto se refiere a lo interior y en lo interior yo tengo que decirte que estás totalmente equivocada al hablar de bloques únicos y al hablar de cómo piensa mi mamá y de los planes de ella. No es cierto que tú no entres en sus planes, no es cierto, absolutamente, y perdona que te lo diga tan bruscamente, que esos planes quieran reglamentar estúpidamente mi vida: ni yo lo permitiría ni ella lo piensa. Al decirte lo de mi título, ella lo que desea es un apoyo de tu parte para presionarme en este aspecto;[10] aunque se trata de una carta íntima, y, más que nada, aunque tú me debías creer, como ha habido tantas cosas malas de ambas partes, como ha habido tal imprudencia de las dos partes y hay toda una triste, triste para mí, situación de hecho, yo te mando la carta de mi mamá en que me habla de eso, por ella comprenderás como tú no estás fuera de sus planes, ni dentro de sus planes, sino que sabe que esos planes son míos nada más y que yo no los cambio por nada, ni por ti ni por ella, ni por nadie.[11] Ella lo que quiere, y es muy natural, es que yo tenga una situación, un título, algo que me dé la posibilidad de ganar dinero; pero es absolutamente reservada, porque respeta mis planes, acerca de lo que piensa de ellos. Esto último, lo de su reserva, es cierto en la medida en que yo no le consulto, pero cuando lo hago ella me dice francamente lo que piensa. Y ella piensa, en este caso, que no debe pensar nada y que lo más que me puede decir es que yo debo ser un hombre hecho. Simplemente. Pero te repito, ella tendrá esperanzas, como tu madre las tiene respecto de tu porvenir, pero no planes, ni yo soy una niña. Quiero terminar este incidente, por última vez, diciéndote esto: no quiero, absolutamente, que tú te coloques en la postura absurda de estar combatiendo. No se combate contra ningún bloque, sino, en todo caso, conmigo, como yo no quiero combatir con tu familia sino contigo. Todo amor, en cierto tiempo, es un combate, [12] pero no hay que hacer del combate bloques ni nada de esas fantasías. No es mi madre, en todo caso, quien me ha impedido las cosas, ha sido la vida y nuestra conducta; nuestra conducta, la tuya y la mía. Y la vida, la vida que hasta ahora empiezo a vencer y que quizá pueda vencer. Y si no quiero que combatas contra ningún bloque, tampoco quiero que digas que no quieres combatir, no quieres combatir porque no hay tal combate. El combate está en otro sitio: está en tu corazón, en tu alma, y en la mía. Nada más. Nada menos. Con la carta de mi mamá verás que ella lo que quiere es que tú la ayudes para que yo me reciba, y ella, la ella de la conversación, me imagino, no es más que una discreta manera de insinuar la posibilidad de que tú seas esa ella. De insinuar o respetar esa posibilidad. También verás por la carta algo que me desagrada profundamente: no tienes que contarle a nadie, como yo no le cuento a nadie, ni a mi mamá, si estamos enojados o contentos, si te escribí angustiado o alegre, eso se queda para nosotros y tu puedes decir que andamos bien, pero sin necesidad de decir: me acaba de escribir y está enojado porque no le he escrito o está alegre. Recuerda eso siempre.

      Pero tu carta es algo más importante que todo esto. Es algo tan importante, tan vivo, tan urgente, que ahora mismo contesto, punto por punto, a todo lo que me dices. En primer lugar me dices que no tienes fe, que tienes miedo de tener fe. Que, por tanto, para salvarte de una decepción, no me cultivas. A eso tengo que decirte esto: tú tienes que colaborar, así, en términos políticos te escribo, contagiado por las discusiones sindicales, conmigo en todo. Tú tienes miedo de tener fe, de ilusionarte. Yo tengo miedo de dos cosas: de casarme contigo, todavía tan variable, y de perderte. Yo te quiero, pero, más que nada, te necesito, me haces bien y mal, y no quiero falsificar mi vida. Por eso quiero casarme contigo. Sé que puedo eludir esa necesidad, pero no creo que valga la pena eludirla, porque sería una falsificación. Me molesta que esa falta de fe se convierta en una especie de ultimátum, pero tienes razón en plantear las cosas así, a ello te guía tu propia salud y los intereses de tu alma joven: tu porvenir. Yo, con toda limpieza, con toda verdad, te digo: la relación entre tú y yo debe ser algo más establemente sólido, y para eso es necesario que tú cuentes con esto: no con una simple promesa, no con una simple ilusión, sino con algo que puede convertirse en una realidad, que se está convirtiendo en actos. Eso no era posible en la época en que yo era un pobre diablo estudiante, pero ahora sí lo es. Pero yo también debo tener la seguridad de que cuento con tu abnegación, con tu amor y con tu sabiduría: contigo. Y contigo en forma de pasión y en forma de tolerancia. Soy exigente, lo sé, pero todos estamos a tiempo de romper las promesas. Así, tú exiges actos y yo exijo actos: pero yo exijo algo más, en este triste torneo de la incomprensión, de la política, de las finanzas. Yo soy el que debo señalar los acontecimientos, yo soy el que debo dirigir las cosas y organizarlas como mejor crea. Tengo el propósito de casarme contigo, pero ese propósito está sujeto, además de a mi amor y al tuyo, que pueden cambiar o crecer, a mi concepto de la vida, a mis intereses y a los tuyos, es decir, yo soy el que tengo, el que debe tener, la responsabilidad de las cosas. No acepto, pues, que tú me digas que tal día o el otro: no depende de ti, o de mí eso, sino del dinero. Y me molesta, profundamente, me hiere, que tú me digas que tienes desconfianza: antes no se podía, no se podían hacer las cosas como es necesario que un hombre las haga, ahora se pueden hacer, siempre que una mujer acepte serlo realmente, acepte a la realidad y la venza. Pero vencer a la vida es vencerla en campo abierto, no huir de ella. Así, y por la carta de mi madre te enterarás, yo ahorro lo más posible. Gano menos de lo que pensaba, y todavía no me oriento totalmente aquí, no sé, siquiera, si me quedaré o tendré que irme a Tabasco o Campeche, pues es probable que, si sigue esto,[13] se cambie la escuela. El centro hasta ahora nos apoya totalmente, pero ese apoyo hay que conservarlo a base de trabajo y habilidad. Gano, en total, y con descuentos, 380. A eso hay que añadir que tengo dos casas, la de mi madre y la que te ofrezco yo.[14] Pero te la ofrezco lealmente. Novaro se casará dentro de tres meses y me ha orientado acerca de los gastos. Como yo gastaría mucho menos, creo que puedo juntar en poco tiempo el dinero, pero todo depende de la situación y de cómo se organice mi vida. Es decir, si vivo en la escuela, si podremos vivir en ella, si puedo conseguir algo más, para mí o para ti, etc. No me pongas plazos que yo nunca he señalado. Claro que quisiera que en Junio fuera,[15] pero no sé si será posible. El dinero lo tengo aquí, cien pesos y pienso ahorrar, una vez instalados en la escuela, 150 o 125 mensuales.[16] Ese dinero lo pondré en un banco. Pero todo esto no es una garantía, ni una tregua, ni nada de eso, es pura información, no prueba. Lo que pido de ti es amor y comprensión. No quiero conflictos de otro tipo que no sean los que nuestra felicidad encuentre en contra de ella, no quiero que el enemigo se meta en la plaza sitiada. Es decir, no compliques las cosas. Te juro que te quiero y que lo que te digo es basado en la verdad, en mis sentimientos. No hago promesas, no prometo nada, sino expongo hechos, los cuento, porque creo que estás de mi parte, que eres mi compañera. Como compañera y aliada, te ruego discreción. Sólo tú y yo tenemos que arreglar las cosas. También tengo otros problemas, económicos, como la situación de mi mamá, el terreno, etc. Tengo que resolver eso. Se trata de asegurar la posición de mi casa y la de ella. Se trata de mi familia, de mis casas, de mis gentes. Tú eres mis gentes, y tú entras en estos planes: yo, como jefe, soy el que tengo que ver con todo esto, y soy el autor de los planes sobre ustedes, planes que no me dicta el capricho sino la realidad, a ellos se deben someter, como cumple a una niña buena, Helenita. Pero no hago promesas, sino que hago planes, si alguien no los acepta, que lo diga. Admito consejos, todo lo admito, menos ultimátum. Me agrada tu franqueza y contesto a ella, ahora que puedo hacerlo, así sea a medias, porque la agitación ha desaparecido.

      Por lo que respecta a tu crisis interior y a la mía, creo que desaparecerán con el matrimonio. Estoy seguro de ello. Y Novaro, a quien no le cuento nada, pero que se ha dado cuenta por lo que has hablado con él y por mi neurastenia aquí, me ha dicho lo mismo. Por lo que respecta a la cosa física quiero que te cures y que engordes y seas muy bonita, no quiero que el clima te aniquile. Por último no seas tonta, no te metas de doctora cuando solo eres una mujer agradable, adorable y la reina de todas las mujeres y mi emperatriz. Si tomo toda la quinina que me recomiendas, ignorante niña, me muero. No sabes lo que dices. ¿Con ese criterio te curas? Te vas a morir de envenenamiento entonces y estoy alarmadísimo. En tus recomendaciones olvidaste dos, muy importantes. Adivina cuales fueron.

      No me dejé el bigote. Realmente me quedaba mal. Te mando unas fotos, creo que estoy maravillosamente bien de salud.

      Como mucho, me baño como me recomiendas, y trabajo poco. Me desvelo, y ahora son las cuatro de la mañana. Estoy en un corredor […][17] y la del casado y es algo estupendo todo. Vas ver. Mérida es hermosa, hermosa y chocante al mismo tiempo.

      Bueno, nena, como dice Agustín (Agustín Lazo? Agustín Lara? Agustín Loera? Los nombres de los capitalinos se me enredan[18]) la noche envejece, las estrellas cantan, el mar muge a una hora de aquí y sólo escuchamos su respiración de toro (por eso quieres al mar, porque respira como alguien?) cuando la brisa sopla Octavio es feliz, grave, tranquilo, tranquilo, porque cree que está en lo justo y porque como justo que es, como árbitro y dueño de la noche, de su piel, de su imaginación y de su inteligencia, sabe que no es dueño de su sangre ni de su corazón, y que una chamaca insolente, que usa vestidos muy raros con suéter azul y pelo a manera de río o estrella o sol, en un lujoso departamento inventa monerías y niñerías hermosas como la espuma del mar. El mar aquí es como quiero que seas, manso, tibio y verde. Eres verde, tienes verdes años y verde corazón, ojos como el trigo, con un dulce resplandor violento, de gacela o llama de cal, una llama que tú no conoces, una llama terrenal y líquida que conocí la otra noche en calesa (aquí hay calesas y caballos, te va a encantar, yo no me bajo de ellas para nada) y un cuerpo, un cuerpito, que es como un perfume de aquí, como la guanábana, como la brisa, como la palmera más esbelta. De guayabera te saluda tu amor y tu amo, tu amo te amo (qué chiste) teme timo tuyo temo no contestes, te beso en todas partes, menos en las que tú no quieres, aunque estoy seguro que quieres, y dichosamente te dih o [sic]. Hasta la vista.

Octavio

 

Posdata. No te exijo nada ni te prometo nada. Te planteo las cosas. Tú eres libre de aceptarlas o no. Pero yo soy el que debe decir cuándo, cómo, y en qué sitio. Yo propongo y tú aceptas. Te besa, tuyo siempre.

Octavio

 

[Manuscrito:]

            Hoy mismo salgo para Stabaz o Extabaz, no sé cómo se escribe. Es una finca henequenera.[19] Ahí cerca está Chichén-Itzá, muda y destruida. ¡Qué maravilla, Helen! Chichén Itzá, la ciudad maya, en donde habita el misterio y el terror. Estaré en esa finca dos tres días, hasta el domingo al medio día. Parece que todo se ha arreglado bien y que hemos triunfado.[20] Soy feliz, porque parece sonreírme la vida. Pero te necesito, te necesito ya y quiero que sufras la misma necesidad. En esa finca pensaré en ti y, por favor, cuéntame cosas de allá, de ti, con mayor claridad, porque no entiendo lo que haces ni con quiénes andas. Quiero tu alma igual que tu cuerpo, pero también te quiero en retrato. Besos de Octavio, besos a Helena, la diosa mía, la mexicanita, la guachita mía, mi amor, mi odio, mi conciencia, mi vida.

            El Boshito, ha,

Octavio, ja.

 

NOTAS

[1] “Thanatos y sus trampas” (1974) en El peregrino en su patria (8:508).

[2] El grupo de maestros locales sindicalizados.

[3] El guacho, o huacho, es como se llama en Yucatán a quien es originario de la Ciudad de México, un fifí foráneo.

[4] El violinista y etnomusicólogo Samuel Martí llegó a Mérida de El Paso, Texas, en 1935. Con el amigo de Paz, el poeta Clemente López Trujillo (por cierto, director del Diario del Sureste) fundó la Orquesta Sinfónica de Yucatán en 1936.

[5] Cristina Moya de Martí.

[6] Halfdan Jebe (1868-diciembre de 1937), discípulo de Jules Massenet, amigo de Edvard Munch y de Strindberg, llegó a Mérida en 1923. Cuando llega Paz, Jebe es atrilista en la Sinfónica y enseña en el conservatorio local. Escribió la ópera Maya Dignity (1933), un poema sinfónico, Uxmal (1934), La Ardilla (que se estrenó en Bellas Artes, en México en 1938) y muchas otras obras de inspiración yucateca. Ricardo Pérez Monfort ha escrito la semblanza definitiva.

[7] Es curioso que no sepa la nacionalidad de “su” maestro. Una vez más, creo que se refiere a Sylvanus Morley, que ese año está trabajando en Mérida.

[8] Supongo que se refiere a Juan de la Cabada, compañero de Esther Merrill.

[9] En la carta 37 mencionó a “una americana muy vieja y simpática” y a Esther Merrill, la compañera de Juan de la Cabada.

[10] Se refiere al título de abogado que le habría otorgado la Universidad Nacional de haber concluido sus estudios. Como lo ha documentado Ángel Gilberto Adame en “El tránsito por la Escuela Nacional de Jurisprudencia” (en Octavio Paz. El misterio de la vocación) Paz no cursó “ni siquiera la mitad de la carrera”. Pero el joven Paz tenía convencidas a su madre y a su novia de que sólo le faltaba defender su tesis en el examen de grado.

[11] Puede verse esta carta de la madre en mi artículo “Carta de amor con faltas de lenguaje” en mi libro Habitación con retratos: “no hago mas que pensar  en el día para mí feliz que tu te recibas y eso no lo debes olvidar… dame ese gusto de que yo te vea con tu titulo de abogado” (ortografía original).

[12] Es inevitable recordar los versos de Piedra de Sol (11:227)

amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasmas con un número
a perpetua cadena condenado

[13] Es decir, las discordias con los maestros locales y su sindicato.

[14] Su madre contraerá segundas nupcias en 1938 con su primo José Delgado Trocha, como lo registra Ángel Gilberto Adame en su revisión de la Genealogía de Paz.

[15] No está de más recordar que junio es el mes consagrado y consagratorio de la pareja, como se advierte en Raíz del hombre (13:57 y ss.). El plan, que Helena aplaude, es irse a vivir a Mérida, tan lejos como sea posible de su suegra.

[16] Pues los muchachos aún viven en el hotel “Casa Gamboa”.

[17] La carta está escrita en un rollo de papel industrial y las hojas son larguísimas. Paz pegó un rollo nuevo al anterior y logró hace ilegible un renglón.

[18] Los tres agustines: el pintor, el trovador y el editor.

[19] Se refiere a la muy vieja hacienda Xtabay, a unos 40 kilómetros de Mérida, rumbo a Chichén-Itzá. Hay en ella un “castillo” de tres pisos que coincide con la descripción que hará Paz más tarde. La visita a la finca tuvo que ser relevante para la redacción de “Entre la piedra y la flor”.

[20] De nuevo se refiere al conflicto con el magisterio local.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lugares

  • México
  • Yucatán

Lustros

  • 1935-1939
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