42. A Elena Garro, 22 de marzo de 1937

Octavio Paz

 

Todo indica que Helena se ha lamentado de que su novio insista en dudar de su amor; ella le reitera que lo ama y le hace saber que se halla “enferma en cama”, lo que le provoca a Paz una intensa transición del amante lleno de cuitas al padre lleno de consejos…


 

Helen mía:

 

      Hoy, martes 22, recibí tu carta. Ya estaba bastante pesimista y por un momento pensé que no la recibiría. Cuando llegó el correo, hace diez minutos, estábamos en una junta aquí en el hall con un mayor que es profesor de ejercicios militares y acaba de llegar de México y con algunos otros maestros, que están con nosotros en medio de la oposición que la mayor parte nos hace.[1] Abandoné la mesa de trabajo, dejé a Novaro con la palabra en la boca, y no regresé sino para decirles compermiso. Tres cartas recibí y contesto primero la tuya, luego la de mi mamá y al último la de Rafael.[2] Tu carta es demasiado breve, y me llena de intranquilidad: es necesario que no te pongas así, que tengas una poca mayor serenidad, pues me desgarras y te desgarras. Estoy avergonzado de mí, me considero culpable y el autor de todo lo que te pasa. Estás enferma en cama, dulce amor mío, y yo te obligo, con mis cartas tontas, a que te levantes y cometas locuras. No quiero esas cosas, no quiero que arruines tu cuerpo y tu salud con esos excesos de la sensibilidad, no quiero ser, a distancia, un agente nocivo. Quiero, al contrario, que tú estés tranquila. Te juro que yo no volveré a ser impertinente ni exigente y que no te llenaré de angustia. No te hablaré de esas cosas desagradables, de esos estados depresivos por los que todos atravesamos y yo especialmente, no sé por qué maldita debilidad. Al contrario, hija de la luz, hija de la danza, quiero que vivas estos meses en perfecta armonía contigo misma, pues me espanta cualquier cosa violenta en tí, tan fina y dulce, tan rubia, tan hecha de claveles de Indias. Son los claveles de aquí, hechos de aire y, Helena, claveles delicados como tú. Mi carta es breve. No sé si hayas recibido las anteriores, aunque por el texto de tu carta creo que sólo has recibido una. Contéstame pronto, pero si no lo puedes hacer no importa, espera y dile entonces a Deva[3] que me informe de tu salud, que bien puede hacerlo ella, y tú, al final de la carta solo pones tus labios, como en ésta que tengo aquí, junto a mi pecho, hijita mía. No me cuentas nada, pero no me importa, pues me dices que me quieres: eso es verdad, tiene que ser verdad y yo no debo dudar de ello. Sé que le hablaste a mi mamá y ella me dice en su carta que tú le hablaste muy amable. Gracias por eso, no sabes la alegría que me da eso. Mérida es una ciudad muy hermosa, toda en tonos leves, y creo que haría mucho juego con tu pelo, a pesar de que aquí no se conoce lo rubio. En tu carta no me dices de qué estás enferma, ni qué tienes, y es necesario que yo sepa pronto que ocurre. Esta carta llegará mañana a México, pero por lo que veo las reparten hasta el día siguiente; eso quiere decir que sabré de ti a mediados o fines de semana. Si puedes, si tu enfermedad lo permite, contéstame a vuelta de correo, para recibir pronto noticias tuyas. Mañana te escribiré largo, muy largo, contándote todo. Ahora sólo me inquieta tu enfermedad y me llena de alegría tu amor, pues a pesar de la distancia no me olvidas. Qué hermoso y triste es esto, al mismo tiempo, chula, gatita mía, palma mía,[4] toda la tierra mía. Quisiera ser el viento, un sedante, algo que te tranquilizara, que te durmiera dulcemente, niña exaltada, amor mío. Pego en la máquina con verdadera rabia, con verdadera furia, quisiera que las teclas penetraran hondo, se incrustaran en el papel, delataran mi temblor, mi amor, mi ansiedad por verte y besarte, por tenerte aquí a mi lado, muerta de calor, a lo mejor diciendo que no te gusta nada, como en Veracruz.[5] Hasta eso extraño. Hasta lo que me parecía molesto de ti lo extraño. La próxima tuya debe ser más larga, contándome todo lo que pasa por esas tierras frías, por ese paraíso. Sigue mis instrucciones fielmente, Caperucita y cuídate del lobo feroz. Del lobo y de ti misma, de tus nervios y de tu nobleza de alma, tan grande, tan heroica, tan puramente lanzada a lo ideal. Temo que algo pase con ese espíritu tan delicado, que algo enturbie ese río, que algo manche tu divina transparencia. Sé buena niña; te quiero ahora como una niña. Por favor quédate en camita, sé dulce y obediente. Mañana te contaré muchas cosas, muchas cosas externas y poco interesantes, de aquí y de allá, porque hasta por acá llegan noticias de ustedes, los mexicanos. Ya sabes que estos yucatecos se consideran como algo distinto de nosotros, y nos dicen, sin ningún embarazo, extranjeros. Bueno, pues los desterrados siempre estamos pensando en nuestro país, y mi país eres tú. Pienso todo el día en ti, sueño en ti. Anoche te soñé en Yucatán, y fue algo muy hermoso, pues tú andabas, como siempre, en medio de la luz, pero no era la luz del valle, sino la dura e inclemente de aquí; tenías un vestido como las casas de aquí, no recuerdo el color, sino el tono, azul celeste, rosa pálido, un amarillo tibio que se hunde blandamente en otro color. No es el blando, sino el vaho que se levanta de lo blanco, el color de aquí, y ese era el color que tú usabas anoche. El domingo estuve en el mar, yo solo fui a nadar, pues los muchachos se fueron al cine, y yo tenía deseo de soledad. Es la segunda vez que voy a Progreso[6] y la primera que nado aquí, en una playa sola, en donde me desnudé, una playa muy apacible aparentemente, pero llena de piedras que me lastimaron un pié y una mano. Allí pensé en ti, a solas, y eso fue algo inolvidable, pues aquí, a veces, la soledad es muy difícil hasta que nos instalemos definitivamente. Ten paciencia, corcita mía, y piensa en mí. La carta la tengo que terminar con una pregunta exigente: dime si estás mejor, y escríbeme, si no lo haces dile a Deva. Qué tienes? Esto me angustia. No olvides lo del Diario del Sureste, ni el artículo de Ramírez para que se reproduzca aquí.[7] Te mandaré pronto un recorte con un artículo mío, que aunque no te interesa por el tema, sí por el autor.[8] Me dicen que yo estoy feliz, pero les digo que no, que estás enferma y me indican que te salude. Salud, camarada Helena, te digo, salud mi dulce camarada, mi hermosa camarada. Eres mi vida, y yo te beso, y beso la carta, aquí, delante de Novaro, que está leyendo un periódico, furioso de que él no recibió carta, furioso como yo ayer. Creo que el papel se agota. Este medio de escribir en máquina es muy bueno, cabe más y se escribe más rápido. Voy volando al correo y antes a conseguirme un timbre aéreo, pues la ventanilla está cerrada y tengo que molestar a un amigo de aquí que tiene varios. Por favor dime de tu salud. Si yo creyera, rezaría por tí. Cuidado con los descuidos, tú no me dices qué tienes, si es algo leve o es grave. No quiero saber que tu imprudencia agravó las cosas. Bueno, niña mía, adiós, hasta mañana que, al amanecer, me levanto a las cinco ahora, te pondré otras líneas y te mandaré otros besos. Tuyo, siempre tuyo.

Octavio (1)

 

[Manuscrito al pie del segundo folio:]

(1) Tavucho, como veo en el pañuelo con que me limpio el sudor.[9] La carta la he hecho en ¼ de hora. Besos.

 

[Manuscrito alrededor del texto del segundo folio:]

Besos para todos. ¿Saludaste a tu papá? Deva qué dice? Estrella? Pronto, que me escriban? Y tú, Helen mía, recibe un nuevo beso o un millón.

 

[Manuscrito en el primer folio:]

(No uses letra tan grande) Tienes unos labios muy hermosos. Hasta mañana, amor mío, dulce bien.)

 

NOTAS

[1] Los profesores locales que pertenecen al sindicato, como ya se mencionó antes, no tienen mayor simpatía hacia los jóvenes capitalinos, conspiran para deshacerse de ellos y quedarse con el control de la escuela.

[2] Su amigo “barandal” Rafael López Malo.

[3] La hermana de Garro, Devaki.

[4] Como se vio en las “Notas” de Mérida, a Paz le gusta mucho la “palma real” que abunda en la ciudad.

[5] Hay un par de fotos en nuestra fototeca en las quJe aparece la pareja Paz Garro junto a Octavio Novaro, su novia y otros amigos en el puerto de Veracruz.

[6] El puerto de Progreso está 35 kilómetros al norte de Mérida.

[7] Debe referirse a su amigo Enrique Ramírez y Ramírez. No hay artículos suyos en el Diario del Sureste.

[8] El 25 de marzo aparecerá en ese periódico su artículo “El tercer partido”, sobre Jacques Maritain, que recogimos aquí.

[9] Era el nombre familiar que le daba su madre, pero el pañuelo se lo bordó Helena…

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lugares

  • México
  • Yucatán

Lustros

  • 1935-1939
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