41. A Elena Garro, 19 de marzo de 1937

Octavio Paz

 

Marzo 19 de 1937. Mérida.

 

Helena.

        Te escribo en el más insolente y bochornoso mediodía. Son las cuatro de la tarde y apenas principia la brisa cotidiana de Progreso. Realmente el mar está muy lejos y se nos presenta como un lejano Paraíso. No hay más remedio que utilizar la regadera, la ducha y defenderse en la sombra del calor. Frente a mí está un cielo desnudo, con una estéril e implacable desnudez. No hay nada más que el calor, el silencioso calor cayendo desde el cielo, subiendo de la tierra, agazapado en los muebles, en las teclas de la máquina, en la ropa. No hay más que el calor y luchando contra él, contra su poder invisible, la conciencia del hombre.[1] Creo que eso es Yucatán; por lo menos eso soy yo, que lucho y conservo mi agilidad, mi rabia, mi cólera.[2] Eso soy yo: rabia, cólera; un hombre que custodia su odio, que lo empuña contra todas las potencias de la quietud. Sólo la reflexión y la conversación me mantienen vivo, a solas con la angustia y todas las formas de la personalidad, pero aquí no se conversa con nadie, aquí no se reflexiona; si no fuera por tí, por tu imagen que tengo clavada en la carne, por tus cartas, yo sería un cuerpo que vive en el calor, un cuerpo por el que el calor corre y vibra.

        Pero tú eres lo que empuño contra todo esto. Sólo lo que me hiere me salva de la delicia, de la muerte lenta que es esta asfixiante delicia. En días pasados hubo norte y una mala mañana amaneció nublado; entonces fué peor, parecía el jardín un sofocante invernadero; estaba en un estado de ánimo bastante desagradable, en uno de esos días en que aborrecemos todo, principiando por nuestra piel y nuestra alma: un día veraz, justiciero. Me imaginaba a la tierra como un vasto, silencioso y sofocante invernadero, un lívido invernadero que iba alimentando, conforme crecían calor y poder perverso del suelo, serpientes, larvas, lentos animales, hombres demasiado reales para ser contados. No tuve más escape a esa angustia, a esa vergüenza del existir, que la poesía. Un escape transitorio, es verdad, porque después, horas después, reapareció esa visión de la fatalidad y de invisible, inexorable desgracia en una carta tuya; la carta en que me hablabas de tus cosas como si yo, y tú te dabas cuenta de ello, no existiera sino como oídos y no como conciencia. Pero antes principié un poema, que quizá sea el que determine todo el sentido de mi trabajo, el que coordine los fragmentos dispersos, que tú conoces, y dé unidad moral, unidad metafísica, digamos, al conjunto. Realmente es muy poco, pero eso te dará una idea. “En el alba de callados venenos -amanecemos serpientes Amanecemos en un estéril vaho- en una piedra seca, tibiamente -Si yo toco mi cuerpo soy herido -por rencorosas púas -por enemigos poros erizados -La luz en estas horas es acero -es el agudo labio del desprecio -Bajo este llanto congelado -amanecemos hombres viles, hombres, hombres/etc” Sigue así, y eso será el principio de algo más vasto, que no sé si llegue a terminar alguna vez.[3]

        Pero esto no tiene importancia. Claro que el calor es terrible, claro que la gente, excepto contados amigos que hemos hecho, realmente inteligentes y que sacarán una revista con nosotros, una revista que será una isla, claro que tu ausencia….Sí, es cierto todo. Pero lo es más la soledad pensando en tí, pensando en la ciudad, hecha toda de veneno y gasolina. Prefiero el calor, prefiero la intriga de esta gente, su estupidez y su maldad, el vacío que pretenden, inútilmente, crear a nuestro alrededor, guiados por la codicia a las chambas y por un malsano resentimiento a lo de fuera, resentimiento que se aumenta por el odio que en México se le profesa a la inteligencia que no está dirigida a lo inmediato, a lo útil; pero todo lo prefiero a la ciudad, a la ciudad que te ahoga de una manera peor que a mí la tierra. Tu carta me produjo alegría primero, una triste, angustiosa ansiedad y amor: te veía sitiada y creí que lo estabas como yo, pero no. No, te sitian mil Helenas que te has inventado, que te ha inventado la ciudad. A mí no, yo me defiendo como un solo bloque contra lo externo. Me defiendo de todo, y no hay nada que me ataque que me pertenezca. Cuando me desespero, y eso ocurre una hora sí y otra hora también, lo hago en vista de lo que soy, en vista de lo que eres o como te portas: pero no hay ninguna duda en mí. Me desespero, me hundo, pero no merodeo en las cosas.

        Quiero que te integres. Quiero que cuando regrese tú estés restaurada. Claro que la mejor forma de encontrarte, de encontrar la paz, es abandonante a lo serio y verdadero, que es el hombre. Que soy yo. Yo u otro, pero no la ciudad. Y creo que soy yo; que tú estás así porque yo no estoy, porque nunca he estado totalmente. Tu sabes por qué no he estado totalmente, qué fuerzas, interiores todas, que brotan de tí y de mí, hicieron en un tiempo nuestra desdicha; estas mismas fuerzas realizaron la despedida tan absurda que manchó una promesa, despedida que me tiene herido y que me ha hecho entender y comprender mucho. Pero para salvar es necesario que existan dos cosas: la posibilidad de salvación y la voluntad de salvación. Existe la posibilidad, desde luego; pero, existe la voluntad? Tienes tu, profundamente la voluntad? Eso ya no depende de mí, sino de tí. Si tú me quieres, si tu quieres lo verdadero, ya con mi imagen o con otra, el problema no lo es sino en el tiempo, no lo es sino en lo externo; pero si, por el contrario, no sabes lo que quieres, si te combate todo con igual fuerza y vives en un estéril nomadismo del sentimiento, en un ir y venir en el vacío, entonces el problema es otro: significa que yo no soy, (no digo como realidad sino como aspiración) lo profundo, la raíz de tu vida, lo que hace que se olvide lo demás; entonces, otro, otra cosa, otro hombre, yo no sé, será lo que te guíe. Pero en ese caso es necesario que no malogres tu fuerza, que te reserves y no te pierdas en esta vida tan frívola y tontamente vanidosa y estéril. En esa vida que tus amigas hacen, que hacen todas las gentes que tienen el alma vacía; qué triste es una juventud dedicada a lo inútil, a engañarse a sí misma! Y qué clase de engaños! Todos nos engañamos pero tú y yo, al menos, lo habíamos hecho con lo mejor del mundo, con cosas que realmente valían. En el peor de los casos, suponiendo que todo se rompiera, que tu y yo nos hubiéramos engañado o que hubiera pasado nuestro tiempo, siquiera habíamos soñado, entre tantas cosas malas, entre tantos pleitos y tonterías, algo hermoso y que ennoblece. Pero lo otro no ennoblece, lo otro sólo aburre, degrada y mancha. No te abandono, eres tú la que no tienes fuerzas para dejar esa gentuza, no es tu debilidad, ni mi culpa, sino que estás conmovida por mil Helenas que aborrezco, porque son puras invenciones, Helenas que me olvidan y que traicionan a la mujer, a la verdadera Helena. Resumiendo, si eso es posible, hay esto. O bien te intereso, así sea como espera o sueño, como espera en sueño, dulce amor mío, y entonces el problema solo es de evitar ciertas cosas, o por el contrario no es a mí a quien esperas. En ese caso espera a quien sea, pero, te pido esto por tu integridad, desgarrado, maldito, pero pensando en tí siempre, no continúes en ese vacío, del que tendrás que regresar, y regresar amargamente.

        Todo esto es tontería. Lo comprendo. Hablemos de ti, de mí, en otro tono. Eso es posible, eso es verdadero. Cuéntame de Deva y Taltibio.[4] Dile que tengo un gran resentimiento con ella, pues no me ha contestado a la tarjeta que le puse. No quiero que vayas a la Universidad en las mañanas, y eso es perfectamente posible para ti. No quiero que vayas por lo que tú misma me has contado y, sobre todo, porque no quiero, y ese querer está apoyado en la razón. Repito todas mis recomendaciones anteriores.

        Ahora no recibí carta tuya. En cambio Novaro sí; por cierto que en su carta la chica le dice que te vió en el Correo, mientras ella depositaba una carta para Novaro. Y dice que me diga, él, que tú te ocupas de mí, aunque no tanto como ella. A lo cual yo respondí que no, que yo he recibido más cartas que él. Esto ha sido motivo de gran alegría para los desterrados, menos para Cortés Tamayo, pues es como si la presencia de ustedes dos nos animara. Estoy, debido a Novaro, en un plan de seriedad económica irreconocible; él nos administra el dinero a Cortés y a mí, que somos algo despilfarrados y que gastamos en cosas superfluas. Él se entiende de todo eso y nos va muy bien con su administración. Aunque es bastante dominante tiene una gran alegría y cordialidad, lo cual lo hace doblemente simpático, a pesar de sus cosas. Te decía que hacemos broma acerca de ustedes: disputamos quien recibe más cartas, y aunque todo esto es completamente superficial, me produce cierta tranquilidad, cierta salud del alma. Claro que los campeones somos nosotros, tanto por lo que se refiere a la frecuencia como por lo que respecta al tamaño. Escribimos verdaderas novelas. Esto es posible ahora, que no tenemos mucho trabajo; vendrá una temporada de actividad, pues los acontecimientos se precipitan, y estaremos solicitados por la organización de la escuela y la política de los canallitas; después, cosa de un mes me dice N., vendrá la normalización de los trabajos. De cualquier modo creo que siempre habrá tiempo y hojas para escribir a la niña que tiene el pelo más hermoso de la tierra. Hoy nos pagaron. Voy a ganar un poco menos de lo que esperaba, por las cosa de los descuentos, aunque pienso suplir la diferencia con artículos en los periódicos, tanto en el Diario del sureste como en el Nacional. Quiero arreglar, si es posible, esa colaboración. Probablemente si estuvieras aquí no nos reconocerías: usamos unas guayaberas proletarias, formidables y de un corte muy cómodo. Además usamos unos bigotes, a mí me están creciendo apenas, un ademán resuelto y un gran desprecio por los cabezones de esta desventurada tierra.

        Sé que es el santo de tu papá hoy.[5] Cuando lo beses piensa en que yo lo saludo. Y ahora las preguntas. Contéstame detalladamente lo que has hecho estos días, desde que no me escribes. Aunque tú no me lo has preguntado yo te lo contaré brevemente: del hotel a la Dirección de Educación, de ahí al correo, de ahí al hotel a bañarme. En la tarde conversación con los amigos, a veces, o simplemente pensar en tí, que me acompañas siempre. Mejor, soñar en tí, sin pensar que ocurre, hasta que llega la noche. Entonces el Diario del Sureste, el trabajo de España (prescindí de la conferencia totalmente y dejaré plantados a los que insistan, aunque ya les avisé), y la formación de un centro de comunicación intelectual. Ahora comimos con dos amigos: un gran amigo, fino y delicado, sensible, bueno, y que además es un muy buen poeta, muy superior a la mayoría de los que escriben en México.[6] El otro era un sabio, un mayista o mayólogo, no sé cómo se diga, recién llegado de E.U., profesor de F.L. y gente muy entendida y simpática.[7] Con ellos dos, que están muy bien, pues el sabio es conocido internacionalmente y el otro, a pesar de su timidez será una gente de significación en la poesía, y nosotros, y otro, un poco más apagado, pero de cierta calidad, pensamos hacer nuestra revista: Golfo de México.[8] Aquí, en el sentido editorial, y sin los recursos tipográficos de México, contamos con mayores posibilidades editoriales. No descuido lo otro, lo de España, dile a Deva.

        Duermo solo seis horas diarias. Leo algo. Y pienso más. Sin embargo no estoy contento de mí, creo que puedo hacer algo más. Tú estás en todos lados, Helena, en todos, en las joyerías, cuando paso y veo unos pendientes, en los templos que podíamos ver juntos, en la admirable cultura maya. Dile a Deva que si ve esto se convence de la “superioridad” de las razas.

        Te iba a hacer preguntas de ti. Cómo estás? Realmente crees que yo significo algo para tí? Háblame con entera sinceridad, como yo a tí; creo que no debemos engañarnos. Todo se soporta menos el engaño. Mi carta es una pregunta, no una contestación. Contesta a esa pregunta. Es necesario aprovechar el correo (no tengo estampillas y la venta termina a las cinco, de modo que termino la carta).

        Tú estás aquí, en mí, en este instante, como una blanda presencia. Te beso, beso tu retrato, y esto es encantador. Si tú me quieres yo soy feliz. Contesta a esto. Vida mía, así era en junio, vida mía, vida de siempre, dulce eternidad mía.

Octavio.

 

[Manuscrito] Firmo con lápiz porque la pluma la tiene N. rotulando su carta. Aprovecho este hueco para decirte una cosa: ¡que te quiero mucho! Nada más. Que quiero me mandes un retrato y una carta buena, adorable como las de Acapulco[9], niña mía. Eres preciosa y te adoro. El retrato grande, para ponerlo en sitio visible. Besos. Octavio.

 

NOTAS

[1] En “Entre la piedra y la flor”, que ya está escribiendo, la luz y el calor son “blancas olas” bajo las que “el puño del calor nos niega labios” (13:106).

[2] La cólera es un importante substrato emocional del mismo poema, como en el canto V (13:112):

Dame, llama invisible, espada fría,
tu persistente cólera,
para acabar con todo,
oh mundo seco,
oh mundo desangrado,
para acabar con todo.

[3] Esboza el comienzo de la primera versión de “Entre la piedra y la flor”, la fechada en 1940 (13:106):

En el alba de callados venenos
amanecemos serpientes.

Amanecemos piedras,
raíces obstinadas,
sed descarnada, labios minerales.

La luz en estas horas es acero,
es el desierto labio del desprecio.
Si yo toco mi cuerpo soy herido
por rencorosas púas.

Fiebre y jadeo de lentas horas áridas,
miserables raíces atadas a las piedras.

[4] Deva es Devaki, la hermana de Helena; “Taltibio” es el actor Rodolfo Landa, cuyo verdadero apellido era Echeverría (hermano de Luis, que sería presidente). Había actuado el papel de ese personaje de Eurípides en la ya mencionada puesta en escena de Las troyanas como cuenta la escritora en “A mí me ha ocurrido todo al revés”, Cuadernos hispanoamericanos de Madrid (número 346, abril de 1979, pp. 38 y ss). En línea aquí.

[5] El 19 de marzo es el día de san José. El padre de Garro era José Antonio Garro Melendreras, curioso aficionado a la teosofía.

[6] Se refiere a Clemente López Trujillo (1905-1981), periodista y poeta meridano.

[7] Bien puede tratarse del célebre Sylvanus Morley (1883-1948). El poeta es su nuevo amigo Clemente López Trujillo, director en Mérida del periódico Diario del Sureste.

[8] El proyecto no se realizó.

[9] No se tiene noticia de esas cartas de Acapulco.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lugares

  • México
  • Yucatán

Lustros

  • 1935-1939
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