39. A Elena Garro, 17 de marzo de 1937

Octavio Paz

 

La carta registra un nuevo episodio de celos. Helena participa, se supone que por invitación de Xavier Villaurrutia, en un grupo de teatro de la Universidad —¿como actriz? ¿como coreógrafa?— para montar Perséfona, el drama que André Gide escribió para Stravinski. Paz le pide que no lo haga, y menos aún cuando Helena se ha encargado de hacerle saber que en la compañía teatral se encuentra un mutuo amigo, “H”, que le ha manifestado interés amoroso…


 

Mecanuscrita

 

Marzo 17 de 1937

Helen,

        En realidad este momento no es el oportuno para escribirte. Acabo de recibir tu carta y su lectura está fresca aún. Es una carta sin contestación: realmente no has escrito nada de que querías decirme, pero ¿es que querías decirme algo distinto de lo escrito? Es que podías hacerlo? No lo creo, hubieras falsificado todo. Sí, tú no has escrito la carta que querías y yo no he recibido la que esperaba.

        Vamos ahora a las minucias. Evidentemente ese joven está en trance de enamorarse: es necesario que se dé cuenta con quien trata, que se dé cuenta quién eres y quién soy yo y quién es él; no te confunda con gentes que más vale no mencionar; claro que él no tiene la culpa, sino tú, que te olvidas diariamente de tí, que todavía te impresionan las primeras mañanas del mundo.[1] Y eso es porque el mundo, que nace todos los días hermosamente, nunca nace de tí, con toda verdad, con toda profundidad. Confusión de sentimientos. De cualquier modo que sea, y él es un chico muy sensible e inteligente, dile que lo quiero y dale a entender las cosas. Dite a tí misma que te quiero y recuérdate todos los días y recuerda que si bien hay una mañana en que nace el mundo esa mañana está ligada a otras, que también son tuyas. Tal es la sabiduría de Perséfona, que en el infierno no olvidaba la luz, y en la tierra recordaba las raíces de que crecía esa luz.

        Desgraciadamente la carta llegará muy tarde y a destiempo. La conferencia no se dará y la compra de libros se habrá hecho por puro sport.[2] No importa, de cualquier modo me servirán. No doy la conferencia porque este país (este es otro país, que no tiene ninguna relación real con México) está poseído por la pereza, el vano prometer y la maldad más estúpida. Es muy natural todo esto, puesto que sus virtudes, su vida, su alma, su sangre y hasta su comida es muy distinta de la nuestra. (Estas cartas son íntimas, absolutamente, lo mismo que su contenido.) Además mis nervios caminan demasiado aprisa para someterme a la lentitud y al tiempo de los suyos. También, y eso con muy buen sentido de lo real, los muchachos, Novaro mejor dicho, que ha estado antes aquí y que tiene más tiempo que yo, me ha hecho comprender nuestra verdadera situación.[3]

        Otra cosa, y basta con ella de relatos y noticias. Sigues empeñada en los absurdos de antes. Creeme que tu carta me ha irritado profundamente. No sé qué tenías que hacer en los toros, ni en la Gacela[4] ni en la escuela de teatro[5] y menos con hermanos postizos que hoy amas y mañana aborreces. No sé qué tienen que sonar los aplausos y todas esas cosas tan ficticias. Perdona la dureza pero estoy realmente molesto con todo, con esta gente, con mi gente, contigo.

        Tu carta es una enseñanza. Tú vives fuera de mí, eres distinta a mí. Esto es terrible. Uno se da cuenta de la soledad, de tu soledad y la mía. Y luego el diario choque. Aquí, desde el principio, impenetrable, blando Yucatán. Y tú, tu carta, que es una revelación, una luz cínica sobre la soledad. Y tu fragilidad sentimental: tu absoluta falta de raíces con lo real y lo duradero. Te cortaría el cuello gozosamente, te lo juro. Otra cosa muy bien el comentario [sic] acerca del sistema de cartas: piensas lo que yo y te das cuenta del tipo psicológico; ahora imagínatelo aquí, con su admirable sabiduría.

        Hasta acá llega el eco de Quintana Roo. Los chicleros han hecho su convención. Ayer traté a dos jefes mayas que no hablan español. Totalmente borrachos, degenerados por los ingleses y los líderes. Algo terrible. También traté a los chicleros: me dan la impresión de lo implacable, de la desesperación más pura. La vergüenza del hombre. Yo estoy rodeado de gentes que no se avergüenzan de su existencia, que están conformes y tranquilos con sus conciencias y su vida; también me rodean los hombres de la clase media, los hombres topos y los hombres sapos, que se esconden y jamás se confiesan su vergüenza, su condición. Los chicleros son otra cosa: son la canallería pura, que llega, después de meses de selva, a cualquier poblacho a degradarse, a morirse, a olvidar esa selva, esa soledad y esa desgracia; luego, como fieras, otra vez a la selva, a olvidar la ciudad, las borracheras y el lodo que se les mete en la boca, que les meten en la boca todos los bandoleros que habitan la ciudad, todos los malvados y canallas que forman nuestra sociedad. Y nosotros somos desos. Somos igualmente bandoleros y canallas. Y además somos extraordinariamente estúpidos y pretenciosos. Son los chicleros los que me han hecho prescindir de toda conferencia y tontería.[6] Nada de esto importa. Los chicleros y tú.

        ¿Qué te importa todo esto? Nada, nada. Sin embargo sigues siendo mi conciencia, mi profunda, calurosa, entrañable conciencia. Mi amada conciencia. Tú dudas y te asustas de tu frialdad, yo me asusto de tu fragilidad. La conocía, pero no sabía que en tres días un hombre puede resucitar, morir, ser amado y odiado. Lo sabía, pero es terrible saberse muerto, saberse sujeto al aire, al tiempo, a los cabellos, a una mala noche. Tienes razón, ¡qué triste cosa es el hombre! Dependemos de todo, estamos viviendo entre sombras, entre mil cosas poderosamente insignificantes. Sea lo que sea, estoy irritado contra mí mismo. Soy un hombre, y eso lo digo como decir soy un perro, soy un gargajo, algo que se pudre y luego florece. Si te pones enfrente de un espejo estoy seguro de que te vuelves loca, como yo, porque te reconoces en lo inseguro y perdedizo, en lo que huye, ridículamente. Saber que tú vives lejos de mí pasa, pero saber que vives cambiando y que el Octavio que llevas dentro muere y nace, le salen verrugas, se pierde en unas risas, y ríes muy frecuentemente, es pisoteado como un cigarro, vuelve a nacer, etc., es intolerable. Intolerable que tú vivas, que camines, que pises el suelo. Lo que me irrita de tu carta, lo que me tiene loco es eso: que el tiempo no se detiene, que tú tienes otra sangre, que te acuestas, que vives. No has detenido el tiempo. No me has detenido en el tiempo, sino que cambias mi imagen, la rehaces, la escupes o la besas, o simplemente la borras. Qué reveladora es tu carta.

        Tu carta, los chicleros. Desde hace dos días, días de mal humor, de sonrisas falsas, de buenas formas y pereza y angustia, sueño con Quintana Roo. Probablemente nada más se organice la escuela, vaya a Valladolid, que está en los límites, creo que ya en plena selva. Es el límite de la civilización, según parece. De ahí en adelante hay mulas, caballos para el transporte. Es necesario conocer esos campos chicleros, esas tribus alcoholizadas con maderas perfumadas como el nardo. Ahí también está el hombre. Estudio, sufrimiento, eso pretendo encontrar. Sufrimiento tan grande, y tan inconveniente, tan mineral y estúpido, que me haga olvidar mi falsa imagen, que me devuelva lo que soy.

        El mes de junio no existe.[7] Existe mi mes y existe tu mes. Tu soledad y la mía. Y el tiempo entre los dos, el tiempo que nos mutila y agobia y deshace. ¿Viva la nada?

        En tanto yo exista para tí, no quiero nada de esas costumbres. Quiero tu opio, tu amor, tu mentira, no quiero nada más que tu verdad. Tu verdad amorosa, tu mentira amorosa, yo no sé si las dos a un tiempo o una fundida en la otra, pero no quiero mas que eso, tu opio. Y no quiero una carta en contra mía, no la quiero porque soy capaz de irme inmediatamente al infierno. No quiero cartas en que existas fuera de mí, no quiero que vivas sino en mí, porque yo sí he detenido el tiempo y tu imagen y me doy cuenta que la tengo aquí viva, tensa como púa y rosa, como sangre y huesos, y quiero que tú lo detengas y me mates con eso y que te mueras. Quiero eso, el tiempo detenido, porque le tengo horror a lo que cambia, a lo que vive fuera de mí.[8] Por Dios te pido no hagas que Necesito, necesito, óyelo bien, ese opio. Eso es todo.

Octavio

        Olvidaba decirte que me escribas a vuelta de correo, y que pongas la carta temprano. Tú la recibes el viernes y el mismo viernes en la noche la pones, para que yo la reciba el sábado. La necesito. Ahora ya es demasiado tarde para comprar timbres. Sé seria, y hasta adusta. Manda El Nacional del martes, que aquí no llega. Estoy molestísimo por el ritmo de esta gente. Soy, de plano, un inadaptado. Pero odio la ciudad de ustedes. Los libros, cuando gustes puedes mandarlos. Besos. Y bofetadas, hermosa mía.

        Otra cosa: yo tampoco he escrito la carta que quería. La quería honda, rabiosamente enamorada. Así estoy. Y con gran rabia y amor por tí, linda mía, con ganas de tenerte y matarte. Y con gran vergüenza y tristeza del hombre, del chiclero que todos llevamos dentro, chiclero hipócrita mucho peor que estos, explotados y víctimas. Qué horrible es el capitalismo aquí, qué despiadado y brutal, y como el hombre se reconoce en la crueldad y en la vergüenza. Quisiera ir a un sitio contigo, solo, desnudo. Es noche. Mañana continuaré. Tu carta, que busqué a las seis, hora en que depositan la correspondencia, me la entregaron, por descuido, hasta las diez. Te amo, a pesar de todo. Y quiero que me ames y detengas al tiempo y a mi imagen, porque te noto demasiado humana, demasiado sincera con lo malo, con lo que cambia. Y yo necesito opio tuyo.

 

Más noche.[9]

        He terminado la carta dos veces y ahora la continúo. Es espantoso. Te quiero, Helen, y tú te obstinas en cambiar en vivir. Necesito que seas como yo quiero, que detengas todo. Te parecerá estúpido esto, pero no lo es. Sé seria y adusta. He soñado estas noches contigo, aquí en la calma del campo, de las huertas. Mérida tiene huertas, cielo hermoso y gente estúpida. Pero sueño y tu carta me despierta, me hiere, me abofetea. Cuéntame en tu carta cosas de la ciudad. Yo te beso en todo el cuerpo, te beso y quiero olvidar que vives fuera de mí. Ahora pienso que todo esto no es más que prueba de mi debilidad, de mi incapacidad vital para el mundo, de mi incapacidad para la vida. No soy uno de los hombres huecos, sino el pobre diablo, el borrachito de la esquina, sólo que ese borrachito se emborracha y se olvida y yo hago más lúcida la desdicha, más verdadera. Estoy muy bien dotado para hacerme sufrir y para hacer sufrir a los demás con mi sufrimiento: esa es mi venganza. ¿Y no es triste que yo diga eso, no es triste que me dé cuenta de mi capacidad para callar y de los móviles y frutos de esa incapacidad? ¿No es triste que me conozca tan bien, cuando yo soy un miserable, un pequeño perverso? Conciencia mía, rompe mejor esta carta, olvídala, o guárdala mejor, para cuando yo pueda callar. ¿No es triste que ocurra todo esto? Sí, sí lo es, y también que yo esté enamorado de tí y que otros se atrevan a pensar en tí, diosa inaccesible. Hiciste bien en decirme eso de H. porque es necesario poner remedio y pronto. Si eso no es posible y persistes en eso y en todo lo demás dilo francamente, para quedar tranquilo, sin conciencia, como el borrachito, perfectamente feliz. No quiero que te ejercites en el arte en que soy tan hábil: el de sufrir y hacer sufrir. Tu carta ha de ser lo que yo quiero. Entonces las mías serán lo que tú quieres y lo que yo quiero, las cartas de junio, las cartas dulces de la lluvia, dulces de tu pelo y tus lágrimas, qué buenas, como saben tus lágrimas.

        Te beso. Quisiera hacerlo con toda libertad, sin pasado ni futuro, sin pensar en los agravios, por favor logra esa pureza que yo tenía y tu carta me ha arrebatado: la del amor sin agravios, la del claro amor de Helena, de mi Helena

Octavio

Contesta a vuelta de correo.

 

NOTAS

[1] “Es la primera mañana del mundo” (verso que Paz leyó en 1935 en Perséfona, que leyó en la traducción de Jorge Luis Borges para la revista Sur) se convierte en creencia profunda de Paz. En las ya mencionadas “Vigilias II” (13:151), fechables en estos días, escribe:

Adán y Eva son, en verdad, la pareja original, porque toda pareja es el principio y el manantial del río de las generaciones y en cada pareja de enamorados se vive, con renovado frescor, la caída y el destierro, la soledad y el sueño compartido. Y para los amantes cada mañana es la «primera mañana del mundo» y cada noche la última del planeta…

[2] Se recordará que en la carta anterior, Paz le había pedido la Defensa de la cultura de Gide así como folletería sobre “la cosa de España y más que nada sobre el tema de la cultura y la guerra española.

[3] Los jóvenes pedagogos que habían llegado de la capital eran, para los maestros sindicalizados que aspiraban a manejar la escuela, unos “guaches”, unos capitalinos fifís, como se decía entonces.

[4] Salvador Novo menciona “La Gacela”, un merendero “para las familias decentes del rumbo” que existía en la Avenida Insurgentes.

[5] Se refiere a la Escuela de Teatro que Rodolfo Usigli recién había creado en la Universidad Nacional; Julio Bracho, por su parte, dirigía desde 1936 el grupo “Teatro de la Universidad”.  Las versiones sobre el paso de Garro por la escena teatral son variados y contradictorios (ella misma se contradice: a veces es coreógrafa, luego bailarina, o actriz o aun escenógrafa) en, por lo menos, las puestas en escena de El burgués gentilhombre de Molière y Las troyanas de Eurípides, ambas en 1936.

[6] Escribí en Los idilios salvajes: “Con los chicleros, Paz vive vicariamente el drama social y lo convierte en una representación de su conciencia, en el enfrentamiento de su ‘nosotros cultivado’ con ‘lo salvaje’. Más que con la impaciencia entre fraternal y desdeñosa de Dostoyevski o Andreyev hacia los siervos (a fin de cuentas sustentada en la perspectiva de la emancipación), Paz se identifica con “la vergüenza del hombre”, en una actitud más próxima a la del D.H. Lawrence de Women in Love (1920), de “La mujer que se fue a caballo” y “El gallo fugitivo”. El joven Paz —como dice de Lawrence— respira “las fuentes secretas de la espontaneidad y de la unidad en lo más obscuro, antiguo e inefable del hombre” (13, 287), y a la vez abraza una representación de la muerte que vibra en lo primitivo: una ‘sabiduría de la corrupción y la disolución’ al decir de Birkin, personaje de Women in Love.”

[7] Junio, como se vio en las cartas de 1935, era el mes consagratorio de sus amores.

[8] En “Vigilias” (13:177) escribe ya sobre la contingencia del tiempo y comienza a elucubrar su ficción de la atemporalidad, su creencia profunda en el “otro” tiempo, el del detenido instante: “El tiempo no desemboca sino en sí mismo. Un minuto engendra a otro minuto y éste a otro, hasta el infinito. Y todos no son sino repeticiones del primer minuto que, a su vez, no es más que la repetición de otro, hasta el infinito, nuevamente. Pero en este transcurrir late una avidez, una impaciencia de «otra cosa». Dios redime al tiempo cuando nutre esa impaciencia y le da la certidumbre de que este ciego engendrarse, ese ciego devorarse, cesará. Dios pondrá fin al tiempo, para que surja «otra cosa».”

[9] Esta segunda parte de la carta tiene varios errores ortográficos y mecanográficos, indicio de que su autor ha estado bebiendo. Los corrijo para no incomodar la lectura.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lugares

  • México
  • Yucatán

Lustros

  • 1935-1939
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