38. A Elena Garro, 15 de marzo de 1937

Octavio Paz

 

Manuscrita

Marzo. Lunes 15

Helen:

        Son las 7 de la mañana. Aquí todo mundo se levanta temprano. Te escribo ahora a mano porque la máquina la tienen ocupada en trabajar. A estas horas, precisamente, sale mi carta anterior del sábado. En ella te ofrecía aclarar algunas cosas. En realidad no es necesario. Te decía también que te relataría mis impresiones y sentimientos desde que estoy aquí. Realmente han sido tantos y tantas, tan extraordinariamente variadas, que no sé cómo podría ordenar todo en un relato.[1]

        Las aclaraciones, con todo, y lo inútil que me parecen, son necesarias. Pero más bien son recomendaciones. Por la lectura de tu carta entiendo que te consuelan: creo que eso no es necesario así, del modo que tú lo planteas: siempre esos consuelos terminan en diatribas contra el ausente y eso es injusto. También, supongo, continúas asistiendo a sitios que me disgustan y me hacen sufrir: te suplico no vuelvas a ellos.[2] Y no quiero que continúes amistades que me desagradan. Eso es todo. Las razones son bien conocidas por ti y tú misma has estado de acuerdo.

        Respecto a la despedida, tú sabes que no se trataba de elegir ni de preferencias: todo lo que dices es muy conmovedor y muy exacto, pero no se refiere absolutamente a nuestra situación, sino a nuestra condición, a nuestro amor. Y nuestro amor no es, nunca lo ha sido y nunca lo será, algo tan infantilmente caprichoso que confunda lo definitivo con lo transitorio, lo real con lo imaginario, el deseo con el antojo. Y no se trata en todo caso aquí sino de no ser ciego a lo verdadero, y de no engañarnos. Lo que me pedías no era justo ni injusto, era hermoso y bellísimo, pero no era algo tan definitivo, sino un deseo pasajero, que nos separara por toda la vida. El error ha sido mío, yo lo comprendo, que nunca te he hecho separar lo profundo, la exigencia fundamental de nuestro destino, de lo accesorio y deleznable. Y esta ceguera tuya para pesar las cosas, para separar el latido de lo que lo produce, el gusto se ha visto exasperada siempre por cierta incomprensión de mi parte. En fin, se trata del viejo rencor que a veces estalla, que estalla diariamente cuando no hay fuerzas más hondas que lo mantienen sujeto. Eso es todo. Podríamos seguir hablando sin llegar a un acuerdo. Esto se resuelve en la vida.

        Linda mía, la temperatura es deliciosa. No hay brisa, desdichadamente, pero el calor, que será insoportable dentro de hora y media, ahora apenas empieza a hacer, asciende, suave e invisiblemente, de la tierra, en el aire: envuelve las cosas, las deja tibias, un poco dormidas todavía. Escribo junto a unas rosas: te voy a mandar un pétalo de una de ellas. Junto a mí hay unas flores cándidas, hechas de aire y nieve extraordinariamente leves: claveles de Indias. Ya me empiezo a aclimatar, pronto seré dueño de mí, de mi cuerpo. ¿Cuándo lo seré de mi espíritu? ¿Qué fuerzas nuevas me asaetarán? La seducción del suelo es siempre terrible y se va apoderando de uno de una manera lenta e inexplicable: pronto seré otro, de una composición animal muy distinta. Sé que mis huesos serán distintos, que mi sangre latirá de otro modo, y que el viejo Yucatán, el reino de la tarántula y la piedra, del esfuerzo y la pereza, se apodera de mí. No quiero luchar con él, sino que aspiro a meterme en su ritmo. Ahora, aprendizaje de dos días, ya sé que no se trata de un cambio, sino de una sumisión (No dar, no intercambiar, como creía en mi carta anterior.)

        De cualquier modo he encontrado que puedo trabajar muy bien de 6 a 9 de la mañana y de 10 a 11 o 1 de la noche. Esto es magnífico, porque el cuerpo se equilibra maravillosamente. Sé la influencia que las horas tienen, las horas de trabajar, y cómo significan, en medio de su aparente insignificancia, profundos cambios de la conciencia. Pronto encontraré mi ritmo y trabajaré en mi novela y en un poema largo, del que te he hablado.[3]

        Si tú estuvieras aquí sería perfecto. Tú ocupas mis horas y mis días con tu imagen, ya odiada, ya amante, pero siempre terrible. ¿Cuándo te tendré? ¿Cuándo me libraré? Sí, esa es la disyuntiva. Me libraré como se libra uno de las diosas de aquí, formando parte de ellas, pues de otro modo uno está expuesto a la seducción, a su cólera amorosa, a su insistencia callada como el calor que ya empieza a gritar en todos los poros de la tierra. Empieza el calor como tú, sitiando a uno suavemente, en silencio. Silencio de tu tibieza, silencio tímido, que uno jamás sabe cómo terminará. Y crece el día y el calor se apodera de todo, en silencio, calladamente. Y el silencio poderoso es como una dura mano, invisible, que nos aprieta, que nos ahoga, y de la que no podemos defendernos. Entonces se tira uno en una hamaca, se refresca la cara y se somete al calor. Y la pereza, después de la angustiosa lucha, es el mejor de los placeres. Eso pasa, yo creo, con el dios calor y con la diosa Helena. Dicha, fuerza obscura de la tierra, espíritu de la tierra, espíritu de poder y con mil caras, eso eres. Así te quiero, diosa mía, Diosa del calor, diosa de mi corazón.

        ¡Si vieras lo nuevo de todo esto! ¡Cómo me ayuda a comprender todo! ¡Sí, todo, esto es nuevo y antiguo, diario se inicia todo! ¡Es necesario que tú vengas aquí! Aquí podemos vivir en comunidad y hacer mucho por nosotros, por nuestro amor.

        Envíame las fotos restantes. No olvides mis recomendaciones de ésta y de la carta anterior.

Besos, muchos besos.

Octavio

        Voy al correo ahora. Te vuelvo a besar.

 

NOTAS

[1] Lo hará en las ya mencionadas “Notas” (vid supra, nota 10 a la carta 37).

[2] Primera reconvención del celoso novio contra los lugares a que acude la novia…

[3] El “poema largo” es “Entre la piedra y la flor” (13:106, la versión de 1940), que Paz se pasará reescribiendo a lo largo de su vida. Que Paz asegura ya haberle hablado de ese poema a Garro parece confirmar que hay una carta perdida. La “novela” iba a ser la “interrogación a la historia de México”, como le cuenta años más tarde a Julián Ríos en Solo a dos voces (15:139). Dijo haberla destruido porque era muy mala, “un pastiche de Lawrence”; el relato de un México “enterrado”, simultáneo al de la mascarada moderna y revolucionaria. Paz se percató de que lo que escribía era un ensayo, no una novela, y el texto acabó como El laberinto de la soledad. Puede verse sobre esto “Cartas de Berkeley”, en mi libro Habitación con retratos.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lugares

  • México
  • Yucatán

Lustros

  • 1935-1939
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