37. A Elena Garro, 13 de marzo de 1937

 

Paz aterrizó en Mérida el 11 de marzo. Como se aprecia en la carta, al despedirse de Helena en México hubo, otra vez, un áspero desencuentro. Al llegar, Paz tiene 22 años de edad y ya ha decidido abandonar totalmente sus estudios universitarios. Se instala con sus camaradas —Octavio Novaro Fiora del Fabro, llamado “Novarito”, y Ricardo Cortés Tamayo— en un hostal llamado “Casa Gamboa”. Días más tarde se mudarán a la escuela, donde improvisan un departamento en el que ponen hamacas y la máquina de escribir Remington en la que Paz escribe esta carta, la primera mecanografiada hasta ahora. La transcripción corrige errores mecanográficos y reproduce las tachaduras y subrayados. (G.S)


 

Helena:

       Hasta hoy recibí tu carta, y me apresuro a contestarla. Por un momento pensé que la desagradable despedida tendría una continuación todavía más desventurada en tu silencio. Pero me escribes. Novaro, antes de darme la carta, me desesperó un rato, hablándome de tí en un tono terriblemente lejano: tú estabas allá, perdida en el Valle de México, en esa luz tibia que usan ustedes, luz que me acompaña en las fotos, luz suave, llena de intenciones, de matices, de mil cosas delicadas y devoradoras, sutilmente devoradoras, imposibles bajo este sol desnudo, bajo este diario bochorno.

        No quiero pensar en lo ocurrido. Aquí el rencor se deshace, y el carácter combativo exigente, rígido, de nuestro amor desaparece por completo. No es que ceda ni menos que esté de acuerdo con tu interpretación de las cosas y de los dos afectos, no; pero aquí la avidez se vuelve más amplia, más poderosa, más estrechamente ligada a la naturaleza blanda, menos preocupada de lo que “debe ser”, no hablemos, pues, ni una palabra sobre eso. No hablemos, no hables conmigo, ni con nadie, de eso. Aquí la pereza es la reina del hombre, la necesidad de justificarse no existe. No te justifiques, que yo no lo hago. Quisiera que estuvieras aquí. Esto es hermoso y vulgar al mismo tiempo. El hombre está aplastado por la sequedad y el sol, pero lucha, con cierta languidez, con cierta primaria sabiduría. Pero su lucha no es en contra de la naturaleza, sino en colaboración con ella. ¿Te acuerdas, seguramente, de aquel domingo en el parque en que hablamos de eso? Entonces era pura aspiración, sueño, deseo.

        Yo no te puedo decir nada, sino solamente que deseo que estés aquí. Te quiero mucho, te adoro. No hace más que un día y medio que vivo en Mérida y ya te deseo: eres como un mito, como la tierra prometida. Qué hermoso, hermoso como este viento que sopla ahora, como la lluvia que no cae y que la tierra espera con un poco de dureza, de desconfianza, que tú llegaras de pronto. Te amo como se ama la lluvia, como se ama al mar, que está un poco lejos y del que sólo conocemos aqui la brisa, como el hombre de estas tierras ha de amar a las montañas, que no existen. Nada limita el horizonte y eso nos hace más ávidos, más persistentemente sedientos.

        Vivo hundido en lo diario. Esto me aterra a veces, luego cedo. Tú vives en el aire. Este es el fruto de nuestra separación. No quiero que vivas en el aire, no quiero vivir en lo cotidiano, no quiero que me coma la lentitud y la estupidez de una ciudad. He de huir de esto y crear un ambiente capaz de excitarme.[1] Tú rodéame, tú que eres lo más excitantemente vital e hiriente que conozco, aborrecida diosa mía.

        Creo que debes olvidar toda esa vana disputa. Yo, de lejos, me olvido las cosas con mayor claridad. Creo que todo fue una especie de explosión de cierto histerismo colectivo, de cierta angustia mutua, de cierto rencor contra la vida que nos ahoga.[2] Pero, como todo movimiento ciego, nos hemos herido a nosotros y vemos en lo más próximo a nuestros enemigos. Qué gran mentira, qué gran error, Helen. Yo te quiero y tengo miedo que la canalla ciudad de México te llene de aire, de falsa alegría, que olvides la raíz por los frutos. Tú me dices que pura literatura, pero lo es porque no ha sido vida. Estos meses, y claro siempre que la ausencia no te llene de olvido o te haga concebir otras cosas, son meses de aspiración, de trabajo. Yo creo que todo se arreglará, vida mía. Me da miedo pronunciar estas palabras, no tengo seguridad en ellas; quizá, eres tan variable (eso dices y te he llegado a creer) ya no piensas en mí. Sólo te suplico que no te engañes a tí misma. No quieras a un fantasma, no, pero tampoco hagas fantasmas de seres vivos, como yo, que sufren por la lejanía de tu pelo.

        Ha estallado una disputa por una hamaca. Es risible y yo, que de los tres que están aquí soy el más equilibrado, he mediado. Ha sido por ocio, por pasión vacía. Que no te ocurra eso y no engañez tu avidez con mi recuerdo. Pronto me tendrás, ya no en recuerdo, sino en carne y hueso y labios. Quiero ser, como tú eres para mí, una promesa. No te ocurra que por asir lo diario olvides al mito, a mí, que pronto encarnará y llegará a México.

        Los que se pelearon ahora se mecen juntos. Desde aquí los veo. Es un jardín muy hermoso. No nos pase lo mismo sin reconciliación. Como ves estoy en un plano moralista insoportable. Todavía, lo reconozco, soy el joven metódico.

        La próxima carta será más clara. Ahora estoy con cien cosas por decirte y me ahogo en ellas. No puedo, materialmente, hablar. Las gentes se aquí han de tener muy mala idea de mí. Un tipo opaco y orgulloso.

        Esta te llegará el lunes.[3] Ahora no hay avión. Es sábado. Los domingos no hay servicio y las cartas se tienen que depositar el día anterior, hasta las tres de la mañana.

       Esta tierra no me ha dado nada. Cierto que no le doy tampoco. Este es el fondo de todo. Lo mismo ocurre contigo, según tú[4] sólo te doy literatura. Pero eso ha sido por razones ajenas. No quisiera escribirte, sino besarte, hermosa rubia.

        Olvida todo. Perdona todo. Hasta esa injusticia de llamar una mujer a Concha[5], que no tiene la culpa de mi neurastenia y de la tuya. Te quiero. Podría escribir esa palabra mil veces. Y otras.

        En la próxima, es decir, la del lunes, que recibirás el martes y que contestarás el miércoles, te contaré todo detalladamente. Ahora las recomendaciones.

I. Quiéreme. No me olvides, asturiana de Chihuahua[6], vida mía.

II. Mañana mando mi renuncia. Ve a Moreno y a López[7] para que te ayuden en ese asunto. Es mejor que seas discreta en nuestros asuntos íntimos. No tienen por qué saber de las miserias y de los placeres de los demás, gente que quiero pero es extraña a nosotros.

III. Mándame a vuelta de correo, urgentemente, algunos folletos sobre la cosa de España y más que nada sobre el tema de la cultura y la guerra española, así como otros que traten en general de la cultura y la política. Consulta a Ramírez[8], su teléfono es 2 29 62 y cómpralos. Yo te mando después el dinero. Quiero cosas como La Defensa de la Cultura, de Gide.[9] Todo eso es para una conferencia que voy a dar aquí. Te suplico que no olvides nada, pues la conferencia será el viernes próximo, dentro de seis días.[10]

IV. Cúrate. Esto es fundamental para nosotros. No vayas a contestarme una grosería diciendo que eso nadamás es cosa tuya y que ya me olvidaste.

V. Quiéreme. Eso estaba al principio pero también está al final, ¿o no?

 

Más tarde continuaré la carta. Y en la próxima te relataré mis impresiones. También, ya lo olvidaba, mándame algún artículo. Primero no te lo pagarán, pero después yo arreglaré algo.[11] Aquí abundan las cucarachas: acaba de caer una. Estoy en un hermoso corredor del hotel[12] y un mozo acaba de traer una carta. La recibo. Es para Novaro, letra femenina.[13] Se la doy y él, alegre, me dice: Ahora te tocó a ti ser el portador. Es un gran chico, realmente inteligente, con una capacidad de acción maravillosa y noble y leal como pocos. Ha escrito un gran poema a una hamaca. Te lo mando con la carta porque él representa mis sentimientos, los de él y todos los desterrados. Como te digo, luego sigo. Han llegado unas gentes y tengo que atenderlas. Creo que se trata de una comisión de los maestros de aquí que están haciendo algunas intriguillas. Acerca de esto, discreción.

 

9 de la noche.

He releído la carta. Es lo más idiota que conozco. Desordenada e infantil. No te he dicho nada y estarás descontenta. Pero es testimonio de mi desconcierto. Desde que bajé del avión me tiene poseído una absurda conformidad con lo externo, una especie de relajación de la voluntad. Más bien de la razón. Te juro que no puedo o no quiero con un querer más fuerte que el orgullo o que la razón volver sobre el tema de la despedida. Pienso con verdadero terror en las mortales horas del avión en que tú te me presentabas como algo espantoso y yo me sentía deshecho, lanzado a la nada. Siete mortales horas de zumbido y sordera, de rabia y de llanto, de sequedad y malestar en la boca y en las sienes. Ya ha pasado eso y eres de nuevo el mito.[14] Un mito peligroso, lo sé, capaz de herir, de dejarnos en la nada de nuevo. Los hombres huecos[15], eso puedo ser, implacable destino de los amantes de los mitos como tú, mitos poderosos y despiadados porque existen y son impíamente fieros con los débiles. Eres como Dios, enemigo y amante al mismo tiempo. Sólo aquel que soporte tu odio y tu amor y sea más fuerte que ellos será tu verdadero amante, el que te cumpla. Y aquí, Helen, tierra de mitos y diosas terribles, maravillosamente hundidas en las rocas, diosas raíces, diosas reptiles, misteriosas diosas inmóviles y llenas de poder danzante, silenciosas como un cielo mágico, desnudo, yo tengo un gran aprendizaje: a los mitos se les vence con amor más fuerte que su odio, con odio más fuerte que su amor, colaborando con ellos. No esclavitud, ni dominación, sino magia. Magia del amor, de ti, mito, serpiente venenosa, Helena mía. Rosa y serpiente[16], roca y agua, eres como Yucatán, sedienta y exasperada. Un viejo desos [sic] que no tienen la virtud de desesperarse dirá que no tenemos nosotros la de esperar y dirá gran verdad. Pero tampoco tenmitinemos la de arrojarnos a la aventura.

       No obstante creo que cuando vengas será algo hermoso.[17] En caso de que quieras, por supuesto. Y que quieras en todos los sentidos de la palabra, que quieras activamente, es decir procurando que la espera lo sea realmente, llena de mí, como yo estoy de tí. Lo otro sería la peor tragedia. Sería mi muerte, mi hundimiento, joven escéptica en las pasiones. No hablemos más de eso. Espero tu carta y tus explicaciones o tus preguntas. Yo también, ya menos fuera de mí, restablecido y con los pulmones aptos para respirar y pensar con claridad, te diré lo que pienso, lo que siento, con toda exactitud.

        Haremos un gran mitin. No hemos perdido el tiempo. Mitin pro España. Pensamos traer a don Marcelino y a don Gordon. Y si se puede, a Guillén.[18] Todo pagado por el gobierno del Estado y los sindicatos, que aquí son muy revolucionarios. Este estado es el que se ha distinguido más en la obra de ayuda al niño español. Miles de zapatos, de ropa, etc., mucha de ella apresada ahora en el Cantábrico[19]. Dile a Deva[20] que yo le escribiré una larga carta contándoles esto y otras cosas más del viejo Yucatán, tierra sagrada, pagana.

        La ropa de las mujeres es muy hermosa. Los hipiles[21] son magníficos y muy sobrios, con una gracia geométrica muy particular. Es falsa la palabra gracia, y es exacta ritmo. Ritmo secreto de unas líneas, de unas flores, de un lazo morado atado a una trenza negra. Pero el lazo, la trenza, el modo de caminar, las flores en el blanco vestido, no son graciosos ni tienen nada de coquetería, sino que son algo grave, ritual, muy solemne. Es el antiguo Yucatán.

      Algo me ha distraído la amistad de tres gentes: dos americanas, una ya muy vieja y simpática, alegre como una chiquilla de veinte años, y otra amiga o amante de un novelista conocido mío[22]. Son comunistas y gente muy inteligente y simpática. Hemos hablado mucho y con ellos he pasado noches encantadoras. Ahora mismo me llaman, ellos y Novaro. Las noches en Yucatán son muy hermosas, pues hay fresco. Nos sentamos en la terraza o corredor, que tiene una bugambilia preciosa, morado sacerdotal, aunque más profundamente alegre. Ahí hablamos de España, del Partido, y luego de la poesía. Ellas conocen mucho a mis favoritos ingleses y me han descubierto a otros. Han prometido mandarme libros de Elliot [sic] y Lawrence y de otros que no conozco. Las dos son periodistas y muy revolucionarias. Un poco locas, pero ellas lo confiesan.

        Me han choteado por el tamaño de la carta. Novaro me ha delatado. Tiene envidia porque hasta que llegué él era el campeón de escribir cartas. Todos los días escribe unas dos hojas, tamaño carta, a mano. Cuando junta cuatro cuartillas la manda. Ella hace lo mismo. Digo cuatro cuartillas como puedo decir diez. Así, y es un método muy práctico, gastan menos y tienen más gusto, pues es una especie de diario. Pero yo los he derrotado totalmente. Yo soy ahora el campeón.

        Bueno, pichona, hasta mañana. Es decir, hasta el lunes o martes que recibirás esta. Yo el lunes te vuelvo a escribir. Y a Deva. El lunes también te mandaré la renuncia.

        Te quiero, te beso en el pelo, en los ojos, en el cuello, en la boca, en los pies, en todos lados, desde los hombros y el cabello hasta las uñas, hermosa mía, serpiente diosa, diosa lluvia, diosa brisa, Helena Paz.

 

[Manuscrito]

Tuyo (aunque no quieras, presumida)

Octavio

 

Principié a corregir la carta, pero me dio pereza hacerlo. Prefiero dejarla así. Nota importante:

1. No hay teléfono Ericsson en donde tú dices.
2. Las demás inexactitudes prefiero no contestarlas.
3. Sé discreta con todo mundo.
4. Quiéreme.
5. Te quiero.
6. Un beso a Deva.
7. Un millón para ti.

Otra nota.- Novaro te saluda.

Escribe Casa Gamboa, esquina 70 y 67.

 

NOTAS

[1] El tema de la “ciudad” como sede de la miseria moral aparece aquí y será reiterado a lo largo de esta etapa yucateca de la correspondencia de quien se asume como su negación, un gesto romántico entintado de heroísmo del joven que ostenta una extranjería vicaria, cercano a la “tierra” y a sus pulsiones originales.

[2] Se refiere a la catastrófica despedida en la capital.

[3] Es decir, el lunes 15.

[4] Manuscrito, al margen.

[5] Parece referirse a una gatita de las hermanas Garro…

[6] Garro nació en Puebla. Su familia paterna era asturiana; la materna, chihuahuense.

[7] Se refiere a sus amigos Manuel Moreno Sánchez y Rafael López Malo. Paz, que ahora es empleado de la Secretaría de Educación Pública, debe renunciar a su trabajo en el Archivo General de la Nación.

[8] Otro de sus camaradas, Enrique Ramírez y Ramírez

[9] El discurso de Gide Defensa de la cultura, con el que abrió el Congreso Internacional de Escritores de París (1935) fue publicado en 1936 por José Bergamín en la revista Cruz y raya. Paz ignora aún que Gide publicó a fines de 1936 su Retour de l’URSS, que será gran motivo de discordia en Valencia.

[10] Se verá que fue cancelada. Paz dictó un par de conferencias en Mérida. El Diario del Sureste publicó más tarde, el 16 de abril, “Palabras en la Casa del Pueblo”, que dictó ante la Confederación de Ligas Gremiales.

[11] Supongo que para el Diario del Sureste, de Mérida, que operaba como una franquicia del gobiernista diario El Nacional de México. ¿Habrá enviado algo? Si lo hizo firmó con otro nombre, pues no hay registro en la hemeroteca. Durante su estancia en Mérida, Paz colaboró con cuatro entregas a ese diario. “El tercer partido” (marzo 25), “Otra vez España” (7 de abril), “Palabras en la Casa del Pueblo” (16 de abril), “Notas” (sobre su llegada a Mérida) del 29 de abril. Éste último, “Notas”, fue recogido en “Primeras letras” (13:189).

[12] La “Casa Gamboa”.

[13] La de María Luisa Peñaloza, novia de Novaro.

[14] Comienza, guiado por Roger Caillois, a interesarse en el significado del mito en el mundo moderno. En “Vigilias II” (13:150 y 151) identifica al principio del impulso mítico con el impulso poético y el amoroso y elige a Adán y Eva como su representación. En 1942 dictará en Oaxaca dos conferencias, “Poesía y mitología. El mito” (13:215) y “Poesía y mitología. Novela y mito” (13:225) en las que ya se introduce en el tema, si bien más como lector que como sujeto del pensamiento mítico.

[15] Se refiere a The Hollow Men, el poema que publicó T.S. Eliot en 1925. La revista Contemporáneos publicó la traducción de León Felipe en su número 33 (1931). La referencia a “los hombres huecos” en esta etapa de su vida se entiende más a partir de un ensayo de Paz de 1938 en la revista Ruta: “Pablo Neruda en el corazón” (13:268) que cita profusamente el poema de Eliot. Paz asocia la poesía no comprometida (es decir, la de sus mentores, los poetas del grupo Contemporáneos) con los “hombres huecos”:

Así se crearon hermosas refrigeradoras, máquinas de lo eterno, destiladoras purísimas de lo invisible.  Pero la poesía, que quiere eternidad, que es eternidad, huye y rehúsa siempre la inmovilidad: quiere una eternidad hecha de tiempo, de vida, es decir, de muerte y de nacimiento; de renacer y remorir. Anhela corromperse en el poema, disgregarse y, hecha ceniza, polvo, renacer. La poesía sabe que lo esencial permanece porque cambia […] Y muchos de estos poemas, de estos hermosos poemas, impersonales como la misma “eternidad”, no eran más que casas vacías […] Los hombres huecos no hacían más que trampas: sus poemas, sus hermosos poemas, no eran sino ingeniosas trampas vacías, casas blandas y huecas, arteras como ellos…

[16] “Amanecemos serpientes”, comenzará el poema yucateco “Entre la piedra y la flor” (13:106). En Raíz del hombre la amada aparece a veces bajo esa advocación mítica habitual, como en el poema VII de “Testimonios” (13:62)

Tendida y desgarrada,
a la derecha de mis venas, muda;
en mortales orillas infinita,
inmóvil y serpiente…

[17] Ese viaje se quedó en proyecto, o fantasía.

[18] Marcelino Domingo, que había sido ministro de educación de la República española, estaba en gira de propaganda en la ciudad de México. Gordon Ordás, que había sido el líder del Partido Socialista, era el embajador en México. Guillén es Nicolás, el cubano.

[19] Porque los alemanes detenían los barcos que iban de México a España.

[20] Se recordará que Devaki Garro, “Deva”, es la hermana de Helena.

[21] Paz llama “hipil” a esos vestidos yucatecos. Más tarde cambiará a huipil.

[22] Se refiere a Juan de la Cabada y a su mujer de entonces, Esther Merrill. Con el tiempo, De la Cabada se convertiría en buen amigo de Garro.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lugares

  • México
  • Yucatán

Lustros

  • 1935-1939
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