35. A Elena Garro, 15 de octubre de 1935

Nuevamente hubo una laguna en la correspondencia: entre la carta anterior y ésta han transcurrido tres semanas.

Con esta carta del mediados de octubre se termina la correspondencia de 1935, o por lo menos la que es asequible hasta ahora. La siguiente carta que tenemos es de marzo de 1937 y Paz la envía desde Mérida. Son, pues, dieciocho meses de cartas perdidas …


 

Helena:

 

            No sé si recobro la voz gracias a que de nuevo me siento poseído por tu amor, como antes. Creo que los días de derrota han pasado: y para mí la única derrota –yo, el antemano derrotado por todo, menos por el amor que llena la soledad y la llena de tí– la única derrota era sentir que yo ya no podía descansar en tu pecho, y que tú, siempre, eras un poco hostil, extraña, sumergida en tí. Soledad rencorosa era la tuya, Helena, y las pocas palabras que decías, en medio de la vaguedad, me dejaban entrever toda la hiel y la indiferencia que se había acumulado en tí. Y dábamos un rodeo para no encontrar nuestra angustia, nuestra inquietud, como cuando se esquiva un mal recuerdo.

            Una de las condiciones del amor –del nuestro– es la verdad. Amarnos en la verdad, enmedio de la llama y de la ruina que es la verdad; estar siempre en el aire hiriente y heroico de nuestra exaltación y de nuestra miseria. Ese era, ese es, el sentido del amor. Ser cada vez más fuertes y tensos en nuestra debilidad. Yo deliro, Helena, y una nube empaña mis ojos. Respiro el aire de tí, y la amargura del mal ha desaparecido: quiero tener siempre el alma tensa y ardiente, y ser siempre el que ama, tu amante, más allá de la verdad miserable de todo. A veces pienso que sólo existo para eso: para amarte, porque tú eres mi destino y la gracia que baja a mí. Quizá sea inexpresivo y sé que soy mudo, porque las voces se me vuelven lágrimas y gozo y delirio, y la voluntad se hace tirante y pienso en estallar, como un arco.

            Es inexplicable lo que me ocurre: estoy henchido de ternura y de amor y la pluma se rompe al escribir. Helena, yo te amo, pero no pequeña y amargamente, no con rencor y soledad ruin y pequeña, sino abiertamente, enmedio del aire inflamado que un día creamos y que hemos abandonado por cobardía. Helena, mi amor es más fuerte que la amistad: que todo amor: en mi amor cabe toda tu alma herida, y puedes abandonarte en mí, por carta o por palabra. O simplemente puedes reír o llorar entre mis brazos. Porque mi amor resiste la verdad de tu conflicto y también la fuerza de tu amor. Porque mi amor aspira sólo a ser cada vez más tu anhelante e invencible amor: yo sólo aspiro –sobre todo– a amarte más, siempre, aún en tu desamor.

            No quiero la tranquilidad que nace de estrangular mi propio corazón. No quiero la comodidad que consiste en sepultar mi dolor y mi alegría, lo mejor de mi amor, y quedarme con el pequeño goce de la ignorancia y de la muerte viviente, rencorosa y estéril. Quiero salir de mí, por tí, imagen visible del mundo, forma en la que se equilibran todas las formas inefables de la tierra, voz de la tierra, que haces visibles y cercanas todas las voluntades dispersas del universo, suspensas en tí. Por tí amo mi soledad, que está llena del mundo, de lo sobrenatural y de lo natural. Helena, yo debía morir, aniquilarme en tu fuego, en lo que tú representas y eres.

            Hay una cosa de la que no hablaré, pero que me trastorna también. No quiero interrogar nada, no quiero saber qué significa. ¡Nos engañamos siempre! Pero quiero vivir en ese mundo apasionado donde pasan tales cosas, donde el milagro es diario y están juntas todas las fuerzas de la vida.

            Entre todas las ignorancias que son el saber del hombre yo elijo una: la del amor, obscuro y obediente, siempre más lleno de avidez. Pues tú me ligas a un mundo, pero desatas mi avidez, porque ese mundo es el de la pasión y de la sed eterna. No seré –no lo soy– resignado, sino amante y ávido más allá de mí, junto a ti, hasta que nos deshagamos, hasta que la voluntad que nos ata se rompa y quedemos muertos y amantes.

            Helena: “A la alegría por el sufrimiento”, dice Beethoven[1]. Helena, el amor, llenos los ojos de lágrimas de gozo, alegría profunda, don celeste; los ojos altos, aunque nos desangremos. Qué extraordinario (y natural) es lo nuestro: yo, ahora, y quizás por lo sobrenatural, soy, para siempre, del partido de la vida (y de la vida tensa) que ese es el partido tuyo.

                       Octavio

(Voy a la Central. Amo todo, hasta los objetos, a través de ti.)

 

NOTAS

[1] La divisa (Durch Leiden Freude) que Beethoven hace suya en una carta a Gräfin Marie Erdödy en 1815 (como narra Esteban Buch en Beethoven’s Ninth. A Political History, en línea, p. 99). En el citado “Vigilias III” continúa Paz:

Después de sumergirnos en la música, que fue una inmersión en tu aliento, soplo del mundo, vaho que deshace las criaturas, quedo seco, estéril. Sin sufrimiento pero también sin alegría, sin fuerzas para olvidarte o para recobrarte. Como un animal atormentado por la sed, herido, al pie del mar, sobre una tierra árida e impía. Paraíso perdido.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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