34. A Elena Garro, 24 de septiembre de 1935

Octavio Paz

Se comenta en Los idilios salvajes, p. 190.

Helena:

 

            Te escribí hoy en la mañana, pero salí tan de prisa del Archivo, que olvidé la carta. Hasta ahora, seis de la tarde, en que regreso a casa, puedo escribir de nuevo. Sé que me llamaste hoy y he sentido no estar a esa hora: ¡que tú pudieras saber que ahora estoy en casa!

            Cualquier intento de análisis, en este momento, sería inútil: creo que estoy tan adentro en los sentimientos en disputa que me habitan que no puedo tener la frialdad necesaria para decirte algo concreto sobre mí: una carta –sobre todo de la índole de las nuestras— es un esquema de nuestro espíritu, la confesión apasionada, pero clara, de nuestro corazón. Y yo no puedo tener la claridad que deseo: yo mismo me revuelvo dentro de mí, tan pronto tierno como frío, tan pronto amoroso como amargado. Todo eso es amor, claro está, pero luchan dentro de mí las pasiones que yo siempre quise ocultarme, de existencia ahora tan evidente y violenta que sería ilusorio el intento de engañarme acerca de su poder. Sí, te amo y creo que has logrado en mí una nueva ternura, representada por una lágrima cándida y alegre, humilde y humana. Sí, Helena, tú eres la única mujer con la que yo puedo llorar y exhibir mi dolor y mi aridez; la única ante quien mi desnudez de alma no me importa. En cierto modo te amo no sólo como se ama a todos, sino de una forma particular: no me importa ya tanto –en este momento–  conquistarte, hacerte mía. No quiero que lo seas por abnegación y seré feliz con tu felicidad. Pero junto a esa imagen que ahora me hago de nosotros, unidos por un lazo que no tiene nombre, por una ternura desconocida e íntima, hay otra, la de Helena, hundida en el silencio, en sí misma. Te voy a hacer una confesión: tú sigues siendo, sobre todo ahora, un enigma para mí, y no sé si mi sufrimiento nace de mi ignorancia o de lo otro.

            En realidad esta carta es absurda. Mi situación y la tuya es de tal índole que me parece inútil hablar. Sin embargo, yo me pregunto: tú me salvas y te unes a mí no tanto por amor, sino como por un complejo sentimiento que muy al principio entreví–creo que hasta te escribí algo sobre eso[1], pero tratando de no hacer hincapié en ello–, entre maternal y moral, femenino, mujeril, amor de mujer. Pero tú no puedes vivir quizá en ese plano y aunque sé lo mentiroso de mi declaración, yo a veces me digo que todo es una ficción, que yo puedo prescindir de tí. Eso es falso, porque –ahora lo siento– siempre te amaré y siempre quedaré, como el poema “Y todo (todo es la vida mía, la alegría y la derrota) porque amamos a una mujer rubia y nunca supimos si ella nos amaba”[2]. Pero tú no puedes ser solamente eso, y a veces te rebelas, y te hundes en el silencio, o dices una frase aparentemente sin importancia, pero en la que va oculta la intención, o la desesperación en que vives, en el desierto que te he creado. Y me llena de dolor todo eso acerca de la superficialidad y la frivolidad, y lo demás. No porque no exista –y me parece moral y valerosa tu actitud al proclamar su verdad— sino porque antes para tí no existía. Eso que digo es un ejemplo. A lo que me refiero es al cambio radical de actitud vital, al carácter de las reacciones, al tono de la voz, de todos esos matices que una gente sensible advierte fácilmente. Has perdido cierta gravedad, esa es la palabra, armoniosa, y tienes en cambio un sentido más agudo y real de las cosas. Y también te veo vivir, a veces, más intensa y seriamente que antes. Sé que vives en un precipicio diario, en mil abismos, y que te arrojas en el olvido de tí. Pero todo esto –como siempre– no es mas que una transición, y espero un desenvolvimiento amplio y fecundo de tí, pues a eso venimos a la tierra: a ser nada más. A realizarnos, a equilibrarnos, en la pasión –que no hay vida fuera de ella–, cierta y firme de sí. ¿Yo podré hacer florecer tu alma? Duda que aumenta mi incertidumbre interior, pero vivificante, porque con ella pelean mis propios problemas, mis egoísmos, y trasciendo en una acción, en otra alma, en otra vida. Todo esto, en mí, en tí, es amor, pero fuera del círculo del amor. No encuentro otra manera de expresarlo, pero el sentimiento –y la situación– es complejo. Además de que es muy ilusorio pretender encerrar en palabras o en ideas todo el misterio de dos almas, toda la revuelta y obscura palpitación nuestra. Dirás que me preocupo demasiado de tí en mí, y que quizá no te deje la libertad que necesitas. Es cierto, pero también lo es–además de mi egoísmo, que quizá te malogre– que quiero irme de tí —(vano empeño?) cuando tú (y yo) tengamos cierta madurez, cierta cosa indefinible y grande que espero. Sabiduría, esa es la palabra. Y la sabiduría no tiene nada que ver con la “experiencia” y el saber desengañado y atrozmente cruel y superficial del mundo, sino con la bondad. (No creas que soy un moralista, sino una gente que aspira a cierta comprensión amorosa y real de la vida.) Tú influyes poderosamente en mi vida, y me salvas. Hasta ahora, Helena (hija mía, y también madre y amante) yo he sido solamente el que ha recibido los beneficios de la ternura y de la vida: permíteme tener cierta influencia sobre tí. Sé que la influencia, y el poder, se tienen, no se solicitan. Pero creo también que tú no dejas, y pones obstáculos a toda alma extraña. Creo tener cierto poder, pero tú te resistes a él. A veces te veo límpida como una niña, como una joven hecha sólo de formas y aire; otras, te hundes en la angustia de un alma atormentada: pero a veces tratas de sepultar todo, y prefieres la vida desértica y superficial a la amarga de tu realidad. Creo que ese que no es el camino. Y por eso pienso que debes empeñarte en vivir de frente a tí misma; tú quizá no sepas lo que quieres –uno casi nunca lo sabe–, pero no sepultes esos sueño, esas alegrías o dolores, sino que procura llegar a cierta madurez, a cierto equilibrio. Tú –igual que yo– careces de carácter, de voluntad interior, aunque tengas cierto imperio sobre los demás. El lazo que nos une, Helena, no es sólo el del amor que se muere sino el amor angustiado de dos almas que se buscan, que anhelan la luz y la comprensión mutua y del mundo, y la edificación de la vida.

            Helena: sí, necesito tus labios, tu voz, toda tú. Pero también beso tu frente, en la que quiero que haya paz y serenidad, no vacío o amargura. Te amo más allá de lo que yo creía que era el cariño y mi sentimiento es inexpresable. Estoy tranquilo y seguro de la vida –ya te tenga o no– porque te amo más allá del amor. Y sé que cuentas y cuento con una voz amada que en días amargos suaviza todo.

            Tuyo,

 

                       Octavio.

(11 de la noche)

Me asalta el temor de sacrificarte. ¿Todo será un fingimiento –involuntario— de mi egoísmo? Seré incapaz de amor en este sentido? Sin verte, trunco mi vida. Viéndote, trunco la tuya. Es eso cierto? Ni tú misma lo puedes resolver. Vivimos en un abismo, y no sé qué pensar. Qué falsa se me aparece mi antigua concepción del amor: jamás creí llegar a esto. Y eso es más real y más vivo que todo. Y lo amo, alegre y reconocidamente. Helena: sé buena, siendo fiel a tu naturaleza ideal, y ten fe en la vida.

 

            Tuyo

 

                       Octavio.

Otra cosa: tu actitud –igual que la mía– fue contradictoria y humana. No contradictoria, sino humana, mejor. Ahora tratamos de darle un valor trascendente, objetivo, a esto. Hay que obedecer a los sentimientos, pero ¿a cuáles? Todo lo vuelvo problema. Necesito quizá una gente opuesta a tí: hecha en bloque, insensible a los matices. Que me comprenda menos –que sufra menos–. ¿Es esta la ley de la vida? Yo anhelo la sencillez y la autenticidad, pero sólo tengo la de mis dudas y problemas. Tu voz, hoy, sonó dulce y tranquila. Te amé sin inquietud. ¡Cómo suavizas, cómo clarificas todo!

            ¿No crees que debemos ayudarnos? No me rechazes en ese sentido. Ciertas frases me producen inquietud, por lo que revelan. Lo que en Deva[3] no es más que convicción racional –ingenuamente apasionada— en ti es amargura, cosa concreta, experiencias. ¿Es cierto? Tenemos que aclarar eso porque me interesa y creo que coincidimos tú y yo. Sólo que eso no importa –las ideas— sino la actitud. Me ha entrado un deseo enorme de verte: no podré dormir pensando en tí. Tú duermes, y yo podría estar en tu balcón, en la calle, sin tú saberlo, como tantas veces.

 

            Octavio.

 

NOTAS

[1] Véase la carta número 32.

[2] Cita su poema “Aniversario”, no recogido, que ya publicamos en la Zona Paz.

[3] Deva Garro, hermana de Elena.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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