33. A Elena Garro, 23 de septiembre de 1935

Octavio Paz

Han pasado once días desde la carta anterior. La que sigue pone en evidencia que el desencuentro crecía en intensidad…  

Helena:

 

            No sé en qué estado de cinismo recibirás esta carta. Es tu silencio –inesperado–, el que me ha hecho callar temeroso de hacerlo más glacial aún con una intervención desafortunada: tengo la sensación de has estado lejos de mí. Entre este temor y la dolorosa ocupación de hacer hipótesis sobre tu silencio han transcurrido los días: estrecho cauce, lleno de ensueños estériles y de lágrimas igualmente estériles. Sólo resalta el hecho de que tú no me hablas, porque no quieres verme. El carácter (los motivos) de este no desear, ha sido el fondo real en que he vivido, y en sus aguas he naufragado diariamente. Pienso ahora escuchar de tus labios todo, pero éste no es más que el pretexto de mi avidez para satisfacerse, la ficción de mi amor. Lo que anhelo verdaderamente es verte. A veces tengo la convicción de que nada nos separa, ni siquiera los abismos que tú sabes, pues a ellos los vence el amor. Y el silencio se vence hablando, amando activamente, yendo a las cosas (a riesgo de estrellarse), no callando, ni esperando. Por eso te hablo, por fidelidad a mi naturaleza, que aspira a tratar con pasión y de frente a las cosas.

            Estos días han sido agitados y ahora me encuentro cansado, pero inundado de ti, de tu juventud, que me refresca como un aire dulce y entrañable. No quiero escribir mucho, no tengo nada que decir, nada de mí, de mí; mi alma está llena de ti, pero tú ya eres casi indecible. Además –con la ausencia y la espera— mi amor se ha ido quedando como un simple anhelo, como una pertinaz sensación de vida despierta, viva, ágil, pero sin empleo posible, sin nada concreto de qué asirse, a no ser la espera y su propia verdad. No se ha realizado en ninguna forma, en ningún objetivo, recogido dentro de mí. Es la espera, es la desnudez del primer poema y —también– una especie de nostalgia, la tierna y humilde añoranza de una voz, de un gesto, de un reflejo, pues si a veces tú te me representas —y así es en efecto– como lo único cierto y real de mi vida y tienes –como te he dicho– la gracia inexorable de lo salvador necesario, y la gravedad honda de lo que es nuestro en verdad –la voz remota de la sangre y la vida, de mi sangre y mi vida libre y sin máscara, atado a ti como al destino–, también lo es que esto no adquiere una forma solemne –que eso es la labor de la razón, que va desentrañando el significado de nuestras representaciones y de nuestra intimidad– sino la del dolor humilde de no verte, de saber que tu voz suena lejos y alegre lejos de mí. Cuando el Claro de Luna[1] yo te sentía cerca de mí y el dolor era alegre porque tú llorabas con lo que me conmovía, y estabas allí, envuelta por la música, como el signo feraz de la vida, como la parte más ardiente de ella, disuelta en la misma ternura que a mí me disolvía. Yo no quiero pensar en ese ahora, porque también hay que tener un sentido amable de las cosas. He esperado, primero sin prevención, sin temor. Luego mi silencio ha sido de timidez u orgullo: no sé. Quizá las dos cosas. Temor de molestarte, y también temor de –por eso— herirme. Me despojo de todo. No importa lo que pienses de mí, no importa la causa de tu silencio. Te amo y quiero verte (sé que el orgullo no es más que timidez, y esta última quizá orgullo callado, escondido, “modesto”). El miércoles iré a ver, a la hora de costumbre. No cuento con tu consentimiento, pero prefiero la duda a la certeza (remota?) de no verte.

                       Tuyo,

 

                                   Octavio

NOTAS

[1] Se refiere a un recital de piano, el que aparece en varios párrafos de “Vigilias III” (13:166) –que debió ser redactado en estos días. Ignorábamos que fue el “Claro de luna” de Beethoven el que está detrás de esos párrafos:

Me conmovía el que yo me conmoviera con lo que te conmovía. Surgió la música desde el centro del mundo, dolorosa y tímida, leve serpiente o tallo, como si creciera de mi corazón. Y esta sensación de nacimiento era como una herida casi dulce. Yo me unía a ti, a ti, ignorante de mi existencia (no sabías que yo estaba allí), como un ámbito impalpable y difuso, con un obscuro y rendido sentimiento, inexpresable, porque no era el deseo, ni el amor, sino algo mucho más concreto, semejante a la adoración…

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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