32. A Elena Garro, 12 de septiembre de 1935

Octavio Paz

Se comenta en Los idilios salvajes, p. 188 y ss.

Helena:

 

            ¿En qué sitio se encuentra la dicha, o, por lo menos el reposo? Esta es tu pregunta: una pregunta que es casi un reproche. Un reproche que se dirige a mí, al mundo, a la vida. Y luego te refugias en el hastío, que es como la tranquilidad sin goce, con toda su monotonía y toda su saciedad, pero sin frescura. Te refugias en el aturdimiento, en el voluntario olvido de tí misma, hundida en la agitación o en la costumbre. Pero un alma tan ágil como la tuya no puede vivir así; por eso, Helena amada, tú no serás nunca Alicia[1], ni ninguna de esas gentes que envidias, como si no supieras que nada tienes que pedirles a sus almas opacas y buenas, buenas con una bondad insignificante.

            Yo también he sentido esa distracción interior, y quizás más honda y verdaderamente (por lo intenso) que tú. Pero no se trata ahora de mí, ni del marathón de la desdicha. Se trata, bien mío (eres realmente mi bien, lo que más amo y deseo) de tí, de tu felicidad y de tu amor. ¿Qué te puedo dar yo? Yo sí que soy desdichado: envidio a veces a esas gentes insensibles que están muy contentas cuando se sufre por ellas: eso halaga su amor propio, su poder personal. Yo, en cambio (y es la primera vez que me ocurre, pues ni siquiera con mis padres o mis amigos ha sucedido) anhelo que no sufras, y sufro porque tú estás angustiada o amargada. Y es que esa crisis tenía que surgir, tenía que brotar. A todos nos ocurre eso. Pero de esa desesperación tendrá que florecer algo, y sé que florecerá. Es como cuando el botón rompe en flor. Pero tenía que florecer bajo mi amor, bajo nuestro amor. Nuestro cariño no puede ser estéril, no puede tener la triste infecundidad de la lágrima o de la risa aturdida[2]. Y yo quizá sea culpable, quizá no sea digno de tí. La carne no es baja, ni sórdida, ni triste: de ella, dichosamente, estamos hechos. Y el temblor que nos sobrecoge es un temblor sagrado. Un hombre ama a una mujer y la besa: de ese beso nace un mundo, nace todo. Por ese beso se rompe la barrera que nos separa, que nos hace andar por la tierra solos y desesperados, como Caín. Huimos de nosotros, no nos soportamos, porque somos gente infecunda y amarga. Pero unos labios nos redimen, pero un amor nos liga a otro cuerpo, a otra vida. Sinceramente no puedo creer que odies de tal modo a una parte de tí: lo que ocurre es que soy indigno yo, no la carne, ni el amor, sino yo. No he sido capaz de crearte un mundo mejor, ya que el tuyo se ha deshecho al contacto de la realidad. La realidad nunca existe: substituimos un sueño por otro. Tu sueño adolescente se ha muerto, porque la vida nos obliga a que matemos a los sueños (cuando los sueños se vuelven terribles), pero la vida nos da otros dones, otros sueños. Y yo no te he dado esa alegría del descubrimiento de otra vida, de otro goce, de otra mujer en tí. O quizá–eso es lo que ansío ardientemente– todo florezca, la vida vuelva a ser algo noble –sí, alegre, desdichada, pero no amarga. Nada de resentimiento: te ha quitado algo, pero en cambio te da otras cosas. El cabello deshecho: eso, que bien puede ser amargo ¿no puede ser también el bello símbolo de una vida removida y deshecha por una tempestad fecunda y nueva? ¿Por qué tener sentimientos contra la vida? ¿Contra el amor? ¿Qué no será, amor mío, que juzgas sentimientos actuales y desconocidos con pensamientos ya muertos? (¿Muertos por ahora, porque después adquirirán otra forma, otro sentido?)

            No, Helena, no vuelvo a tí; siempre he estado contigo, a tus pies, bajo tu amor o tu desdén. Perdóname si te herí, pero yo también estaba herido, yo también sentía las penas del amor, de la separación. Yo, probablemente nunca sentiré cosa parecida: tenía la garganta seca, y el alma envenenada; fingía tranquilidad, pero odiaba todo, y me revolvía con dolor y zaña contra todo. Tengo que confesarte eso. Cuando llegué a tí, ya iba exteriormente, más dominado, pero tenía hielo en el alma. Era como un desierto por dentro. Y además, estaba dolorido, no contra tí, sino contra la vida. Y eso desde el domingo de tu santo: no podía decirte nada, te amaba igual. Pero llegué a aborrecerme. A despreciarme. Era yo incapaz de hacer que sintieras amor (ahora soy incapaz de hacer que nuestro amor florezca: mi sueño es un sueño fallido y fracasado. Sin embargo, mentiría si no te dijera que todavía tengo fe en mí y en tí: es la convalescencia, la convalescencia eterna, la esperanza y la promesa del fruto). Respecto a lo del lunes y martes (que tú no le das, o no quieres darle importancia, y que yo, si fuera un “aprovechado” tampoco se la daría) es inútil hablar. Te juro que no miento, y quiero que me creas. La vida es tan idiota a veces, que nos mancha todo, y lo ennegrece absurdamente. Pero mi amor quiere ser rebelde a las leyes vacías de la vida que nos obligan a ser “humanos”. Si nuestro amor tenía algo que valiera a los ojos de Dios era su carácter altivo, libre: era su rebeldía moral. No aspiraba a ser una relación amorosa, sino una relación límpida, moral (en el buen sentido). Y todo se deshace y yo, sin serlo, me convierto en un mentiroso, en un enmascarado. Tienes razón en pisotearme, si eso fuera cierto. Pero tú crees que lo es y sin embargo (creo) me ves y me amas, escépticamente. Eres muy noble y muy grande este plano, Helena. Tu generosidad ha sido una lección para mí, que llegué a odiarme por lo de Puig. Sin embargo, te digo con la mano en la tumba de mi padre (es grave lo que digo, y no soy capaz de cometer un sacrilegio) que no es verdadero lo que oíste.

            ¡Cómo es el alma humana! Cuando escribía eso sentí húmedos los ojos. Después sentí vergüenza de mí, porque tú puedes decir “qué melodramático”.

            Lo cierto es que todo se deshace. Yo mismo, Helena, siento esa amargura a veces. Pero otras tengo amor por todo esto. Sé que al final salvará Dios lo salvable. ¡Si tú fueras más creyente, Helena, más confiada en la voluntad divina!

            Nada de frivolidad, nada de coqueta. Sólo que no me ames, pero no es posible eso, serías una coqueta[3]. No te empeñes en rebajarte, tú, tan noble y tan pura. No te humanices: ¿qué, nuestro amor no va a florecer en bondad, en limpieza, en alegría? No te diviertas por olvidar, sino que sé alegre y firme. Firme, Helena, que la firmeza es una virtud de tu raza, una virtud mujeril. Sé mujer, mujer. Hecha, no dichosa, pero tampoco amargada y resentida. Acepta a la vida, acuérdate: “Hay que cumplirle a la vida lo que la vida nos promete”[4]. Y ten fe en Dios (y en mí). Perdón por todo, por las heridas que te he hecho, por la amargura que te proporciono. Quiero que seas feliz. Si fueras mi esposa sería otra cosa. Serías feliz, dueña mía. Debes ser mi esposa. Creo que nadie te entiende como yo, Helena. Y nadie te ama tan desesperada y ansiosamente. Esta carta llegará mañana. Quiero verte en la tarde, en tu casa, a las cinco ¿puedo? Sé mi amiga, confiésate conmigo. Nada de injurias, perdón por eso. Tú te sonreirás y dirás “a buena hora, ya es inútil”. Nunca es tarde para el bien, creo yo.

            Estoy dispuesto a hacer lo que quieras para ser más tranquilo. Yo lo estoy, pero tú no. Dime qué piensas. No amo el hastío ni el fastidio. Ámame a mí (aunque soy fastidioso, olvida eso y piensa en un Octavio azul y nuevo).

            Helena: te quiero ver, quiero ser para tí lo que tú eres para mí: la dicha, la esperanza, la Vida nueva y ardiente, la sangre profunda y grave que nos recorre como una promesa de fecundidad.

 

            Tuyo,

 

                       Octavio

(Voy a llamarte, si está bueno el Tel.  Temo que no llegue a tiempo la carta. Entonces iría hasta el sábado)

 

NOTAS

[1] Como ya se ha dicho, la bailarina Alicia Hernández es la novia de Rafael López Malo, amigos de Paz y Garro.

[2] El poema XI de Raíz del hombre (13:67) podría haber sido escrito en estos mismos días. Dice en parte:

Carne, lágrima, labios,
bajo la estéril noche os toca mi amargura.
Este tacto y este silencio,
tacto y silencio sórdidos de ira,
no son los míos.
Este desorden triste no es el mío, Vida.

[3] Hay un párrafo en “Vigilias IV” (13:176):

Confesión de una coqueta: «Se ríen de mí cuando digo que un día me arrepentiré. Les parece una frivolidad o una hipocresía ingenua, porque no se pueden aplazar los arrepentimientos ni poner plazo a las conversiones. No saben que arrepentirse es lo más difícil que hay, porque estamos enamorados de nuestros pecados. Cristo nos impuso una terrible condición cuando exigió el “entero arrepentimiento”. Nadie se arrepiente, porque arrepentirse es negarse a sí mismo».

[4] En la carta del 9 de agosto ya había empleado esa idea de Nietzsche (véase la nota 5 aquí). La frase le gustaba a Paz: en “Vigilias III” (13:159n) al criticar la falsa  juventud, escribe:  “¿Y en la otra, aparte de los resabios narcisistas, no habrá un temer al mundo, a la exigencia del mundo? «Hay que cumplirle a la vida lo que la vida nos promete.»

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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