31. A Elena Garro, 11 de septiembre de 1935

Octavio Paz

Se comenta en detalle en Los idilios salvajes,  pp. 182-188.

Helena,

 

            He pasado casi toda la tarde en la espera de tu llamada; creo –no sé por qué–  que no sonará el timbre del teléfono, pero no siento inquietud por la ausencia de tu voz, porque todavía te tengo a ti, a la esencia que se desprende de ti. Claro es que no estoy tranquilo por completo y espero tu carta con cierta ansiedad: en primer lugar, ella, quizá, me explique en qué consiste la “idiotez” que es escribirnos (yo cuando te escribo me dirijo en cierto modo a mí mismo, a la –supongo– apasionada espectadora y confidente de mi alma que eres tú); en segundo lugar para saber qué piensas, realmente, qué piensas sobre ti, sobre nosotros. Estéril, infecundo pensamiento es el mío, que naufraga en sus propias aguas, en las mínimas tormentas que él mismo se provoca.

            Helena: cuando estaba en la preparatoria (te decía hoy en la mañana) soñaba y vivía en un aire extraordinariamente luminoso y transparente. Todas las brisas me traían un glorioso recuerdo de sueños, todos los colores eran verdaderamente los colores, es decir, el matiz de las cosas, su forma, su manera. Cuando pensaba demasiado me entristecía y entonces huía bruscamente de mí y me refugiaba en la naturaleza, en una naturaleza ideal y dinámica, simple y juvenil. Una nube era una nube, pero también –en su simplicidad de nube– era una ingenua revelación de las fuerzas celestes, de la belleza múltiple y candorosa de la vida. Porque –ahora lo veo claro–  lo que yo buscaba en la –en mi— naturaleza era la ingenuidad y el candor, la firme simplicidad de la desnudez primera. El agua azul[1], la ola saltante y obscura, el cielo cruzado de vientos, la vida libre y estallante. El mar se aparecía muy a menudo en mis ensueños y tenía un significado redentor. Pues la naturaleza que soñaba era una fuga de la realidad, pero asimismo era la posibilidad de salvación que se me ofrecía. Toda una adolescencia inquieta y torturada, ya por crisis religiosas, físicas, sentimentales, toda una adolescencia en tránsito y lucha –todo enmedio del aire gris de la rutina, de la incomprensión– sólo encontraba como momentáneo refugio de pureza la simplicidad amorosa del paisaje. Todo, Helena mía, se derrumbaba, se despedazaba el mundo, mi mundo, y yo quedaba herido entre sus ruinas. Después, el divino sueño juvenil se acabó: murió cuando terminó aquella lucha. Ya el segundo año de leyes me encontró otro: más amargo, más seguro, más analítico. Entonces dejé de hacer versos; cuando, por casualidad, escribía, lo hacía como una confesión, obedeciendo a la pasión del conocimiento y de la expresión de mi realidad personal. Pero ese sueño, esa realidad más real que lo otro, porque era –o es– una parte –la más íntima e indefraudable de mí– ha renacido ahora.

            Renació cuando tú, como una danza de la tierra, como el equilibrio[2] de las formas terrenales[3], apareciste. Te he de confesar que lo que me atrajo hacia ti era esa resurrección sensible y femenina de mi sueño: yo no amaba sólo a Helena, a esa “chiquilla deliciosa”, sino a las fuerzas que ella representaba, a los sueños que estaban significados plásticamente en tu cuerpo, en tu cabeza –la madurez de tu cabello, de tu carne juvenil, el aire que te rodeaba, transparente y preciso, lúcido y exacto. Tu geometría era exacta y serena, las líneas se armonizaban como –idealmente– se equilibraba mi alma y mi cuerpo en un aire azul y casi inmóvil, inmóvil de luminoso. Todo esto es difícil explicarlo en palabras[4]. Más tarde, dejaste de ser eso: te volviste algo necesario, más necesario que un sueño, que una pasión, que una promesa de candor y de juventud. Pasó la tarde en que –te he dicho– llevabas los nardos como una promesa de danza –nardos en los que se mezclaba la ingenuidad de esa flor con la voluntad de danza que alentaba dentro de ti. Fuiste –eres, Helena– la mujer amada, desnuda de toda otra cosa. No representabas el sueño redentor de la adolescencia, sino la realidad del amor, la alegría y el dolor del amor verdadero. Ligado a ti, inseparable de ti, insaciable de ti, vivo ahora, Helena, desde entonces, ese entonces que es un desde siempre.

            Hoy en la mañana se juntaron, dichosamente, estos dos sueños, estas dos realidades. Era el campo, un poco, a pesar de lo avanzado de la hora, amanecido: tierno y frío el aire, casi húmedo. Eras Helena, la mujer que amaba y amo, la realidad vigilante y alerta de mi vida actual, pero también eras el candor y la desnudez de la naturaleza. Y junto a tus labios volví a entender el mundo, volvía  a sentirme un hijo, un fruto de la tierra, que cumplía y gozaba la ley de la tierra. Adán –no es una tontería, Helena–  me persiguió durante toda la tarde: me ha seguido asediando la idea de la comunidad eterna del hombre y de la mujer, la comunión de dos labios, de dos sangres, de dos savias. De esta unión –que rompe verdaderamente la soledad, y nos hace ser nosotros y no yo o tú, que te comunicas que nos hace ser uno verdaderamente– de esta unión –digo– crecen, como de un árbol, todos los otros afectos, todas las otras formas. De ahí nace la cultura, el grupo humano, del tronco poderosos de Adán y Eva, de la pareja diaria y jubilosamente renovada[5]. Sólo así tiene sentido el hogar y todo lo demás: lo fundamental no es comprenderse, sino amarse. De este amor surge la comprensión. Yo me entrego a ti, y entrego no mi nerviosa sensibilidad –mi sentimentalismo, como tú dices– ni mi pensamiento envenenado, sino mi ingenuidad y mi ternura, mi amor juvenil y radioso. Y la sangre que me exalta, Helena, y los huesos que me sostienen, y la carne y la vida, la siento como algo eterno,como algo que no muere, a pesar de su segura corrupción. No me horroriza pensar (ahora) que las flores y la tierra sólo sean polvo y despojos de muerte: sé que yo soy una parte de esa vida eterna. Que cada hombre puede ser Adán, puede sentir en su cara la brisa como la primera brisa, puede reconquistar la ternura de la sencillez y de lo inédito del alma; puede ser como Adán, el creador de la vida, el sustentador de la especie, como si fuera el primer día del mundo[6], el día que todas las cosas nacieron, y estaban húmedas de Dios: así fue este día.

            Yo quiero, Helena mía, que esta ternura, que este sueño, que la alegría del nacimiento y del amor, sean tuyos. Todos estos dones, amiga y amante, te los debo a ti: por ti el amor ha vuelto a ser redención, salvación. También creación. Quiero que eso también sea tuyo, como mi alma, como mi voluntad lo es. Helena, quiero que seas feliz conmigo, que no tengas amarguras, quiero que me ames. Tuyo

                       Octavio.

NOTAS

[1] La frase “agua azul” era mágica para Paz: una suerte de primera revelación poética. En carta de 1962 a Juan Soriano (inédita) dice que la escuchaba de sus parientes de Guadalajara en referencia al Parque Agua Azul. En 1987, en “Juan Soriano. Agua azul” (7:350), regresa al tema. Son, escribe,

dos palabras que me impresionaron mucho cuando yo era niño […] Lo soñé como un manantial de agua pura en el centro de una espesura verde de plantas y árboles paradisíacos. Agua azul: al oír estas dos palabras yo pensaba en una agua celeste o en un cielo acuático. primera: una imagen congelada del tiempo; el segundo: una imagen del cielo hecho agua, la eternidad devuelta al tiempo.

[2] La entrada al diario titulada “Vigilias I” (13:139), fechada el 10 de agosto de 1935, dialoga de cerca con esta carta. Dice de la naturaleza que “no estamos hechos para vivir con ella, como ella, sino con ella. El mundo se nos presenta como una forma, como un sutil equilibrio –o desequilibrio–  de proporciones; pero nosotros no podemos vivir en su desnuda sencillez…”

[3] En el poema V de Raíz del hombre (13:61) se pregunta

¿Qué terrenal aliento, qué latido,
tu vivo cuerpo crea
y entre mis manos lentas lo deshace?

En 1943, en la reseña “Lorenzo Varela, Torres de amor” (13:304) identificará a esa Diosa: “Existe el mundo y existe sobre todo la mujer: Ceres terrenal, tierna bestia madre, hija y madre a un mismo tiempo, carne de pan y de sangre, alimento sagrado para el hombre”.

[4] Pero lo intenta en el segundo poema de Bajo tu clara sombra  (13:72), cuando se pregunta cómo cantar a Helena,

su carne que se dora
al vegetal incendio de su vello;
la voz con que saluda al verde día;
el delirante mármol de la falda,
sereno torbellino de la gracia;
el aire estremecido, la luz noble,
límites vivos de su geometría…

[5] El tema adánico abunda en la obra de Paz, y no sólo en la juvenil. En “Vigilias II” (13:151), en los días de esta carta, escribe:

Adán y Eva son la pareja, todas las parejas, el amor que se sueña eterno y en el que siempre comienza la especie; el amor, no como quisiéramos que fuera, no como lo soñamos, sino como es, en estado de pura existencia, desnudo de toda acechanza mortal. El mito es una verdad mucho más pura y duradera que toda verdad empírica o racional, porque es el fruto de los sentidos y de la imaginación, de las más hondas exigencias y las más atroces necesidades del hombre: Adán y Eva son, en verdad, la pareja original, porque toda pareja es el principio y el manantial del río de las generaciones y en cada pareja de enamorados se vive, con renovado frescor, la caída y el destierro, la soledad y el sueño compartido.

[6] Se diría que fue el día en que Paz accedió a ésta, una de sus verdades profundas sobre el amor como “la primera mañana del mundo”, el verso de André Gide (Perséfone) que convierte en su divisa.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
Anterior
Siguiente