49. A Elena Garro, 11 de abril de 1937 (matutina)

Octavio Paz

 

A la mañana siguiente de esa noche junto al buzón, llegó la carta conciliadora y amorosa de Helena y el péndulo emocional se mueve, una vez, más hacia el cuadrante “amo”…


 

[Mecanuscrita]

 

Mérida, abril 3 de 1937

Rubia:

      Acabo de recibir tu dulce, buena, hermosa carta. Con ella vivo días hermosos, rubios y esbeltos, los esbeltos días que llenas con tu talle, con tu pelo y tu andar. No sé que me ocurre, pero yo, árido y seco en tantos días que transité entre la vida objetiva y tu silencio, tengo los ojos húmedos, el pecho conmovido, el pulso vivo y angustiado lleno de todo mi cuerpo y mi espíritu de honda, verdadera alegría. Alegría de existir, de leerme en ti, maravillosa y exactamente. Esto me tiene loco, con una blanda, quieta locura. No saldré en toda la tarde de la Escuela (que es mi domicilio actual) a solas con tu retrato, con mi soledad tan llena de tu carne. Me reconozco en ti, a tiempo que ya no me reconocía sino en el rencor, vivo en ti. Me reconozco, sé que existo, eres mi evidencia y mi certidumbre.[1] Qué soledad tengo ahora, qué buena soledad en mi hamaca, con tu retrato y tu nombre, soñándote, sonándome, creando un Valle de México (tu eres la esencia del Valle, la blonda esencia hiriente y diáfana del Valle,[2] la quieta delicia fatal del aire que nos obliga, siempre, a una gloriosa derrota) entre el calor y, también, introduciendo tu carne en el aire caído de esta ciudad, hecha de volúmenes rosas. Te quiero, te quiero entre mi llanto viril, entre mi ternura sudorosa, entre mi preocupación, como mi subconciencia y lo que me determina, diosa mía, temible y venenosa diosa, tan buena, tan locamente generosa de sí, tan desprendida y desnuda para todo lo que la asalta, incendia. Te amo, Helen, por la misma razón por la que te odio: por tu desnudez, por tu heroica, absurda, terrible desnudez: por tu desnudez moral, que te deja indefensa, entregada a ti. Y también por la desnudez de tu carne, de tu pelo sobre tus senos, de tu boca en las cartas, tan desgarrada, tan tensa y viviente, como aspirando poderosos vegetales, por todo lo que en este momento toca de nuevo a mi cuerpo y, gradualmente, lo exalta y estremece. Y  te quiero por tu quietud, por tu infantil descuido: eres muy niña, y a veces espantosamente coqueta (en el buen sentido) (buen aquí quiere decir mío) tan coqueta que me da celos de mí mismo, que me admiro y río de mi mismo al contemplarme embobado por una chiquilla tan insignificante como usted. ¿Por qué otras razones, señorita, la amo? La amo a usted por todas las razones del universo. Veamos ahora las sinrazones, güera, vestida de azul (azul con cuello blanco, muy exagerado, no olvido la puñalada) y con  un círculo de oro y resplandor de oro y grito de oro, cabello, cuello y aire; la amo a usted porque se llama Helena, y también la amo porque a veces no tiene nombre, sino algo que se pronuncia suspirando, haciendo un gesto, derramando una lágrima, besando una almohada, o simplemente respirando. O caminando. O muriendo. O tomando café, entre el café. O leche, mezclada a la vainilla y al azahar. O agua, en el mar verde de aquí, que me devuelve a tu mar verde. Agua, árbol, verde, color azul, respiración mía, tú estás en todas partes, en la guanábana tan intensa y aristocrática, pero sobre todo estás en mi sudor. Qué placer sudar como sudo ahora, y cada gota está gritando Helena, y la máquina, nueva y magnífica,[3] dice fieramente Helena, y mis dedos están diciendo Helena.

      Helena, yo estaba desesperado. Había pensado un grotesco telegrama: “Dime si debo seguir esperando tu odio. ¿Estás enferma? Muérete”. Y una firma verdaderamente ridícula: Octavio. Así, con rabia. Pero me juré esperar hasta el domingo: entre tanto planeaba una venganza contra todos los traidores. Y tuve mil proyectos y muchas tonterías, como la de regresar a insultarte y luego volver acá. Con verdadero frenesí me dediqué a lo objetivo, a las tareas más penosas, a las conversaciones más absurdas. Y mi rabia se aumentaba con la concentrada de todos. Algo demoníaco. Ayer estaba en una junta con los dirigentes de las centrales obreras y estudiantiles. A pesar de lo importante de lo tratado abandoné la sesión, por un tiempo. Cuando regresé estaba más frío y hábil, más sabio. Milagros del odio y la impotencia. La señora Reyna, que estuvo aquí dos días y que hoy se fue, me llamaba para conversar de un asunto que me urgía: un empleo aquí, para dejar la clase, de la que percibo la mitad, a Novaro, y así ganar algo más.[4] Casi no la escuché y me eché a andar. Leí tu carta veinte veces, y compré papel y timbres. Eran las siete o siete y media. Tomé un camión y me fui a Progreso, que está a una hora. ¡Qué impotencia, Helena, qué rabia, que vil y degradado me sentía! La distancia me hacía ser, no lloroso, sino rabioso y desgarrado. Regresé, después de caminar como bruto, a Mérida, en un coche, porque el servicio se había agotado. Me largué al periódico. Allí Clemente [López Trujillo] estaba, también, rabioso. Creo que eso nos salvó. Me encerré en la dirección y escribí una carta de cuatro pliegos. Te decía horrores, y no sabía qué hacer. Entró Clemente y pensamos emborracharnos, pero vimos que era inútil y cobarde. Agregué más líneas a la carta. Entonces volví a ver tu retrato, me ví a mí mismo y me quedé pasmado, oscilando, deshecho, enemistado conmigo mismo. Salí, tomé aire, y regresé por el sobre, que había olvidado. Clemente escribía también. No sé qué ni a quién. Y luego nos paramos y nos fuimos caminando. Y me dijo, muy seriamente: eres un canalla, si echas esa carta, y un mal hombre. Mañana pondrás un telegrama desmintiéndote. Yo me reí y le dije que no podía saber qué clase de carta era, él me dijo que no lo sabía pero que  tenía la impresión de que yo, en ese instante, no podía decir nada definitivo. Que él acababa de escribir una carta y había corrido tras el mozo, para romperla. Nos despedimos y yo seguí caminando. Con la carta en el brazo

 

[Continúa a mano]

 

Como con fuego en la mano, como con una serpiente. (Escribo despacio.[5]) Pensaba no en lo que me dijo el noble e histérico Clemente, que es casi una doncella, sino en ti y en lo que me escribías. Abrí el sobre en un café (aquí están abiertos toda la noche), escribí más. Principiaba con calma, pero luego seguía de una manera incontenible, con deseos de herir, de maltratar.[6] Y te decía que mi mayor alegría consistía en eso: en tu sufrimiento. Después, pasé por el zócalo. En los Portales hay dos buzones, y yo los veía, como algo espantosamente poderoso. Me acerqué al más iluminado (te cuento todo, más o menos (menos que más)), cercano a una puerta. Por fin, pedí papel y escribí una hoja temblorosa.[7] Estaba aniquilado, totalmente aniquilado. Era un deshecho, algo que se empuja con el pie en la calle. Pero la crisis había pasado y, otra vez, era dueño de mí. Rasgué el otro sobre, puse el nuevo papel en otro. Te mandé, así, algo triste e indebido. Todo el día lo pasé pensando en ti, en tu conducta y en tu vida. (Entre paréntesis, no soy tan egoísta, como dices).

      Me sonaba la palabra defraudada como un escupitajo.[8] Bueno, no volvamos. Entonces pensé escribir una carta, y la tuya llegó en ese momento. Era, justamente, la misma carta que yo esperaba de ti y que, esto es lo maravilloso, lo milagroso, lo sobrenatural del amor y lo que me ha llenado de temblor, de pavor, de júbilo pavoroso, yo pensaba escribir. Todo, exactamente, igual en las dos.  La única diferencia, reveladora diferencia (¿a favor de quién?, según desde el punto que se le vea, ¿no crees?) es que yo no escribí la carta que te podía herir. Pero, claro, había escrito otras, que no te herían, pero sí te hacían sufrir y tú me contabas cosas que me llenaban de odio…[9] (ya sabes que el hombre es tan bajo, tan cobarde, envidioso, que siempre quiere comunicar su amargura a los demás). Te juro que la otra carta no fue con mala intención, pero sí me da no sé qué impaciencia que tú insistas en cosas que a mí no me gustan y que, además, no entiendes, por pasión, mi verdadera actividad. Pero esto no tiene importancia, es un aparte que liquidaremos más tarde. Lo grande, lo terrible, lo que me aniquila, alegremente, es lo otro: tu carta, en la que alienta el mismo sentimiento. Estoy arrepentido de haberte escrito esas dos páginas tan tristes, pero era imposible a esa hora y en ese estado de ánimo, eso hubiera obstruido hasta en lo más hondo, hacer otra cosa. Pero ¿por qué herirnos? ¿por qué ese fatal encono? ¿ese empeño siniestro de agudizar lo que nos separa? Todos los días ponemos a prueba nuestro amor, lo sujetamos a las peores pruebas, indefenso ante las potencias poderosas del odio, la desesperación; y él sale, siempre, vencedor, pero lleno de heridas. Esas heridas, “gloriosas heridas”[10], son el testimonio de nuestro amor, de nuestra voluntad (de la voluntad animal que germina entre nosotros y nos impele ciegamente) de nuestra irrevocable unión. Sí, todo se puede perder pero, también, todo se puede construir. Y nosotros, los diariamente destruidos, también somos los diariamente renacidos, los que nacemos de nosotros mismos, de nuestros orígenes ardientes.

      Helen, otra cosa maravillosa. Yo también amo ese cuidado de nosotros mismos, porque somos un pedazo, y la unión al mismo tiempo, de un solo ser. Y eso es palpable en todo. ¿Qué te parecieron las fotos?[11] Yo, aquí, paseo contigo en calesa. La ciudad es hermosa. Creo que ahora sí trabajaré con ganas. Ayúdame por favor. No salgas tanto. No pienses mas que en mí. ¿Has recibido todas mis cartas? Te adelantaste a mi llamado. En la de ayer, en los renglones tristes de ayer, te pedía una carta y mi pensamiento voló antes que mi carta. Puede que no sea eso, pero, es, por lo menos, la admirable (esa no es la palabra) similitud de reacciones humanas.

      (Último pliego, irrevocablemente. No tengo más que una estampilla y el correo está cerrado. Ésta saldrá el lunes ¿cuándo llegará? Por favor dime eso, para calcular, pues todos los días hago hipótesis. Te quiero, Helena.)

      No quiero vengarme. No podría, además. Pero quiero saber quiénes son mis amigos, y quiénes no. Te advierto que desconfío de todos. No quiero pensar en eso, en muchos casos, en ciertas palabras, porque la ira de ayer me recobra. Y es una ira infecunda. Claro que todo se pagará y más pronto de lo que algunos creen. Por tanto, te exijo me digas todo y, además, que obedezcas mis órdenes. Si no, traiciónate a ti misma y húndenos. Pero no quiero amenazar. No quiero, tampoco, olvidar. No quiero dejarte sola, pero tampoco todo depende de mí: debe haber, en este caso, como en el otro y en todos, una absoluta e incondicional unificación. Mi amor es fecundo contigo en la medida en que tú, realmente, seas fecundable. Y, en la medida en que puedas defender tu fecundidad de los […][12], del vacío y la aridez.

      Eso es todo. Lo que respecta a mi carta, que te ofendió, te juro que no fue así. Por el sentido. Quizá estuve duro, pero amante siempre. Por último, no quiero esos sueños en que otros aparezcan (me da rabia y me mancha la alegría) ni esas amistades ni nada de eso. Esto es irrevocable y justo. Irrevocable por justo.

      Amor mío, yo vivo aquí, sin ti, entre tus cartas. Te amo. ¿Hay alguno mejor que yo? Aquí no hay ninguna mejor que tú. Te amo con gran dignidad, con gran pudor y con alegría, a pesar de todo no se ha perdido lo mejor. Sé buena, niñita, y, más que nada, sé como la tierra de allá, negra y fecunda, dándose siempre en claras llamas, en abandono generoso; no como la de aquí, blanca, estéril y ponzoñosa.

      Tierra mía, México mío, tú eres Helena, la diosa hecha de llanto y semen,[13] la hija mía, la que todas noches nace de mí, de mi respiración; la que es como un puñal y como una flor; la que amanece en mis labios.

(Éste es el último[14]) (¿te llegará? ¿pagarás más?) y duerme conmigo. La que vive en mi rabia y está, como una serpiente, en el fondo oscuro de mi cólera. La tierra, el mar, el aire. Eso eres, y aún más, porque eres mi conciencia, mi amor, la voluntad sagrada de mis venas, lo que me hunde y exalta. No, tú eres algo más, Helena, eres mi destino, contra el que me rebelo y lucho, al que me someto y luego hiero. Eres todo, eres el aire y lo que vive del aire, la llama y lo que la mata. Te beso (besar es algo bueno[15]) me hundo, me sepulto en ti, me muero en ti.[16] Aquí no hay nada ni nadie; aquí sólo estás tú, y yo sólo soy una espera, una sombra, un lago luminoso que conduce todo lo del mundo hacia ti. Eso soy yo y eso eres tú. Somos el mundo, la imagen del mundo, la esencia del mundo.[17] Somos algo más que la envoltura y la forma, algo más que la esencia: somos la substancia de la tierra, de todo el universo. La viva, misteriosa, ardiente, insaciable substancia de todo lo que alienta, vibra, y de todo lo que se hunde y muere. Somos el renacer y el morir,[18] y el nacer, todo. Somos eso y más, y a veces alguien se empeña en que no lo seamos. Yo aniquilaré a esa gentuza y entonces serás tú realmente tú y no la falsa Helena, tú, es decir, yo.  Tú (Yo) (Tuyo)

                                    Octavio

 

[La primera página, a lápiz está cruzada por la frase, escrita en letra muy grande:]

Te adoro

[Y al margen de la misma]:

Te adoro. Escribe. Saludos a todos. Te adoro. Sé buena. Te adoro.

 

NOTAS

 

[1] La idea de reconocerse en el otro es un aspecto esencial de la creencia profunda de Paz sobre el amor. En Bajo tu clara sombra (IV) ya le pide: “Mira el poder del mundo:/ reconócete ya, al reconocerme” (11:35). La idea perdura, por ejemplo en “El cántaro roto”, donde enumera entre los bienes salvadores a “el agua de la mujer, el manantial para beber y mirarse y reconocerse y recobrarse” (11:216). Y en Piedra de Sol: “el mundo cambia/ si dos se miran y se reconocen”…

[2] Una vez más, Helena, como toda diosa que se respeta, genera su paisaje.

[3] La máquina de escribir de su nueva residencia-oficina en la escuela.

[4] Se refiere a Ana María Reyna (1906-1999), combativa científica y sindicalista, delegada de la Secretaría de Educación Pública en el estado de Yucatán.  Como habrá de verse, le consigue a Paz un trabajo que permite equilibrar su salario y, por tanto, el de Octavio Novaro.

[5] Es decir, se esmera en la legibilidad de su caligrafía.

[6] Esto parece ser un ingrediente tenaz de la relación, como se nota desde 1935. En “Vigilias IV” (13:170) escribe: “Mi desprecio me llevaba a herirla, para después compadecerla y, así, poder amarla con nueva pureza. (Pero todos estos pensamientos, si ésa es la palabra que puede designar tales vergüenzas, me producían cólera y asco)”.

[7] La carta ebria, la 47.

[8] Obviamente, Helena le escribió que se sentía así.

[9] Esta última oración, en mis cursivas, está agregada post-scriptum.

[10] O cita una frase de Helena, o evoca el culto de las “gloriosas heridas” de la cristología (o ambas cosas)

[11] Como vimos antes, mandó a su novia un par de fotografías.

[12] Dos palabras ilegibles.

[13] En “Testimonios”, poema inicial de Raíz del hombre, la llama del Amor tiene como combustible “niños, formas,/ torbellinos de semen, llanto, gritos…” (13:57).

[14] Se refiere al número de pliegos y, por tanto al peso de la carta y al respectivo porte. En ese tiempo, si el eso de la carta lo excedía,  el destinatario pagaba la diferencia.

[15] Paz evoca, autoparódico, una de las primeras cartas de 1935 en las que explicaba eso con toda seriedad.

[16] En un par de poemas de la época “sepultar” tiene este sentido de amor realizado, como el IX de Bajo tu clara sombra (13:79): “en un amor más vasto te sepulto./ Sepulto todo, tierra…”

[17] En el mismo libro, véase el poema VI (13:76) sobre los amantes como testigos del mundo (“Mira el poder del mundo”) y mundo ellos mismos.

[18] En “Entre la piedra y la flor” la gente vive “el renacer de cada día,/ el remorir de cada noche” (13:110).

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lugares

  • México
  • Yucatán

Lustros

  • 1935-1939
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