30. A Elena Garro, ¿10? de septiembre de 1935

Octavio Paz

 

El tono de la carta previa, y el de ésta, me recuerdan una entrada a “Vigilias IV”:13:176):

 Una adolescente.– Detrás de su frivolidad hay una conciencia muy clara; quiere destruir con su impertinencia el mundo «de los hombres», vencerlos, arrebatarles su «profundidad». Hay una venganza en su frivolidad: la venganza de un alma solitaria, pura, demasiado orgullosa para la confesión, demasiado tímida para entregarse. La impertinencia vela y venga a la adolescente y, sobre todo, al alma solitaria, mordida por toda clase de pensamientos e intuiciones, llena de sí, ahíta.


 

Helena:

          Acabo de hablar contigo. He notado cierta impaciencia en tu voz, y también un reproche oculto. No quiero interrogarte. No deja de ser doloroso para mí que me rechaces de una parte de ti; es triste que me digas “que no tengo derecho a quejarme”. Es, en cierto modo, como si lo que yo recibo de ti me vedara ser tu amigo y el más fiel de tus amigos. Una cuestión tuya que no es mía, pero que es de otro, me causa dolor. Vas a decir que enturbio todo, que todo lo complico. Yo quiero, Helena, que me aceptes como soy. No sé si mi carta te cause dolor, o risa, pero creo que debo decirte lo que siento. Y debes saber que nunca tengo bastante de ti, que anhelo que toda tú seas mía.

          No sé si porque las cosas se manchan de esta manera, no entiendo –o entiendo, pero no lo acepto–  porque lo que para mí es transparente o sencillo no lo es para todos. Además me asalta la amargura de cómo la interpretación que le damos –tú también– a las cosas es siempre la más disgustante y dolorosa. Quiero que creas en mí, que dejes ese tono impaciente, esa actitud mitad irónica o desafiante y mitad humana –en el mal sentido– y experimentada. Como si hubieras sido herida, como si te defendieras de la sencillez y de mí.

          No quiero prolongar la carta. Te amo y creo que tú me amas. Pero tu afecto –por culpa mía y de las circunstancias– no tiene serenidad ni firmeza interior. Buscas refugios en otra parte, y me niegas que entre a tu intimidad. Es como si amaras, pero estuvieras decepcionada o descontenta del amor. ¿Qué debo hacer para que amándome seas feliz? ¿para que abandones la impaciencia y te entregues, juvenilmente, ingenuamente, a mí? Te amo, Helena, y sólo puedo ofrecerte un amor que a veces, lo siento, te estorba. Pero este amor mío es capaz de seguirte, con toda humildad, y con todo silencio.

          Sólo te puedo ofrecer mi amor. Ya sé que el amor no es un cambio, ni se trata de saber quién se da y quién recibe –o quién recibe más o menos–, pero también sé que yo no te puedo dar sino mi amor lleno de sinsabores y que el mundo enturbia más. Ten fe en mí, Helena, por Dios, y no me obligues a que yo desespere de que la tengas. Deja ese escepticismo, esa sabiduría que es falsa y absurda.

Te amo, y espero tu voz amable y franca –sobre todo lo último.

Tuyo

Octavio

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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