29. A Elena Garro, 9 de septiembre de 1935

Octavio Paz

 

El joven poeta continúa su convalecencia en casa y en un par de días podrá salir a la calle. Su caligrafía ha mejorado notablemente, y la emplea para, de nuevo, regresar a las dudas e incertidumbres: “Hay muchas cosas oscuras, te siento distante, lejana…”, pues ha ocurrido “un incidente que me ha llenado de rabia”, cuya naturaleza no explica…


 

Querida mía:

          Son las tres y media. Todo este tiempo ha sido, en general, un tiempo vacío, unas horas muertas. Seguramente que el hombre vulgar se caracteriza por eso: por su incapacidad para la soledad y su temor al tedio, mejor dicho, por su indisposición para el tedio. Teme quedarse solo, porque quedarse solo es realmente quedarse verdaderamente con nadie, con una nada hecha de costumbres, de gestos, de denominaciones. Se puede, como a un componente químico, descomponer a este hombre. Es ávido de diversiones y vive en la pura rutina, desde la moral hasta la ropa. Y a veces un hombre se encuentra vacío y se aburre[1]. Aunque yo, generalmente, no me aburro, se aburre el que dice “vamos a hacer algo”, el que necesita de ayudas para escaparse de sí mismo, de su propia nada. En realidad yo me hundo, y hasta me gozo en esa inmersión en mí mismo. De pronto se da uno cuenta que ya no se es sino una especie de sombra andante, peor que eso; es entonces cuando se ve lo inútil y absurdo de las clasificaciones, del bien y del mal, de la inteligencia y la tontería, etc. No es la divina, la tensa y vibrante desnudez que trae consigo el amor, sino una especie de desolación. Cuando un hombre dice “desolación”, este desierto del alma produce hielo en los que escuchan. Es el peligro de las palabras con prestigio. Yo, que tanto las amé, ahora las odio. Pero para saber despreciarlas es menester haberlas amado. Ahora casi nadie las ama, pero todos se conmueven con ellas. Yo quiero que sepas que no valen nada, pero que lo son todo. Cuando se ama se queda el alma como una aguda espada y, también, como una fina piel: es capaz de herir, pero también grata a la sangre de lo que hiere. Y sólo la espada del amor, que es siempre doloroso, es capaz de salvarnos de la nada. Por lo menos a mí: es una triste confesión, pero todavía no puedo encontrar otra cosa que sea tan valiosa y tan dinámica, tan redentora  (qué bella palabra) como el amor. Ninguno de esos vacíos ideales, sino una sola realidad, un solo sueño: la realidad de mi amor, Helena, el sueño de mi amor. Y sólo con pensar en ti, sólo con saber que hoy me vas a llamar, he llenado el vacío, las horas libres que quedan. Y todo el tiempo es una larga espera que estalla en el minuto en que el teléfono suena. Es una angustia deliciosa, una muerte y vida que hace que los minutos tengan valor, dejen de ser una medida y se carguen, por decirlo así, de ternura, de inquietud, de la sutil esencia de que está hecha la espera. Y el que espera desespera, aunque es peor la desesperación que surge de no esperar ya[2].

          Helen, te amo, tú me reconquistas de mi soledad, de mi vacío y de mi nada. Yo no te imploro, porque sé que es inútil, que yo no podría aceptar el amor así, pero te amo y creo que tú me amas. Y sin embargo, yo te imploro lo que es posible: la limpidez en nuestra relación. Hay muchas cosas oscuras, te siento distante, lejana. Quizás las palabras que un día nos perdieron ahora nos salven, nos aclaren las cosas turbias, nos purifiquen el ánimo envenenado. Esa alegría tuya no me presagia nada bueno, y se parece demasiado a la resignación o al aturdimiento. Quiero verte. El incidente de hoy me ha llenado de rabia, y ha sido una sorpresa para mí. Sé que es inútil hablar de él. Acuérdate de Mundos Individuales[3]. Estas barreras humanas, barreras infranqueables, murallas de duda, de “humanidad”, solo se vencen amorosamente, hipnóticamente; se vencen cuando tú me vengas, cuando te vengas también. Se vencen amándose. No diciendo: “es cierto, pero no tiene importancia, es humano que suceda”, sino diciendo “no es cierto, no lo es aunque lo sea”. En este caso se trata de una equivocación indudable (aunque imposible de demostrar), pero lo importante es la sinceridad y la nobleza, y la fe mutua. Yo tengo fe en ti, y así, aunque con inquietud, yo me alegro cuando vas a alguna parte. Tú en cambio, no la tienes en mí. Pero yo te amo y mi mayor fracaso es ese: que no creas en mi pureza, en mis palabras y en mis sentimientos. Yo el miércoles[4], si es que salgo ya, te veré, y quiero ese día penetrar dentro de ti, y que tú penetres dentro de mí. Quisiera no ser tu novio. Me parece demasiado social, demasiado formal la filiación: yo quiero algo más puro e íntimo; amante mía, novia y amiga, por Dios te pido ten fe en mí. Tu filosofía (es decir, tu alegría) se me figura de derrota, de adolescencia vencida y escéptica, y yo quiero otra alegría que brote de la esperanza y de la fe. Y de la realidad. De la realidad de nuestro amor, de nuestro sueño, y de nuestra fe. No quiero ser indigno de ti. Te amo tanto en este momento, que si te viera mi solo rostro te devolvería la certeza. Tú dices que soy un niño. Soy un viejo, Helena, eso es lo que soy, pero puedo ser joven y lo soy a menudo.

          Helen, hoy me hablarás a las 6. No diré nada. El teléfono, contigo, me pone, a veces, mal: no sé qué decirte, quisiera desaparecer de la tierra, me vuelvo imbécil[5]. Además aquí hay gente, y allá hay amigos y otras cosas: visitas, tráfico, etc. Anhelo el miércoles, sé que volveremos a amarnos bien. O principiaremos a amarnos. Te juro que soy verdadero, auténtico.

Te amo, vida de

Octavio.

 

NOTAS

[1] En “Vigilias IV” escribe: “«Estoy vacío», lleno de mí.” Y, un párrafo después:  “El aburrimiento es una de las experiencias más profundas del hombre. Para huir de él se han inventado muchas cosas. Todo es preferible al aburrimiento, por donde puede escapar ese yo incógnito.” (13:178)

[2] La “desesperación de no esperar” es frase famosa de San Agustín.

[3] La película aludida en la carta previa.

[4] Escribe en lunes.

[5] Esta contradicción entre la extensa carta cotidiana y la incapacidad para hablar se comenta en Los idilios salvajes (pp. 170 y ss.)

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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