27. A Elena Garro, 2 y 3 de septiembre de 1935

Octavio Paz

 

La correspondencia se había suspendido desde la carta previa, del 21 de agosto. En Los idilios salvajes (p. 181) anoté que “al iniciar septiembre, Paz cae súbitamente enfermo, y de gravedad. Su madre, entre alaridos, manda traer a un médico que diagnostica una apendicitis aguda y dispone una intervención quirúrgica de emergencia. El muchacho es trasladado a un hospital y el médico lo libera del apéndice justo a tiempo para impedir una peritonitis que, en esos días, solía ser mortal […] En las emociones del muchacho, al caer bajo los efectos del éter, se mezclan dos ideas: o se está literalmente muriendo de amor o su cuerpo se ha convertido en el escenario castigado por su pasión amorosa.”

 

Las casi dos semanas en que Paz no escribió son indicio de la gravedad del caso y prueba de su larga convalescencia. Las cartas se reanudan con una cuya caligrafía especialmente caótica (lo que ya es mucho decir en el caso del joven Paz) y con una vuelta más hacia el desencuentro…


 

Agosto Septiembre de 1935

Querida Helena:

          Estoy muy incómodo y no puedo escribir con claridad. La próxima será más clara. No había papel, ni pluma, y tuve que mandar comprar una estilográfica indecente, que manchará el papel como ha manchado todo. ¿Le entiendes a la letra?

          Después de que me operaron y después de la anestesia, el primer razgo de vida fue pensar en tí. Todo el tiempo –antes y después– había tenido esa obsesión: la de verte.

          Albano es encantador. He besado tus flores. La carta me intranquiliza ¿amargura? Dime, por Dios, qué he hecho yo, qué puedo hacer para que tú seas feliz, alegre. Tristeza, amargura, todo eso no debe existir, y menos entre tú y yo. ¿No nos hemos entregado nuestros corazones, nuestra voluntad, nuestra grandeza y nuestra pequeñez; no nos hemos dado?

          No eres la novia de lorquita (no sé lo que quiere decir[1])  sino la mujer que yo amo, y eso no te rebaja (no te debe rebajar amarme, o amar) ni te debe entristecer. He encontrado una manera de escribir[2]. No quiero creer que pienses que el amor ha sido una caída en un pequeño abismo de mediocridad, de cosa pasajera. Al contrario, eres (y ¿yo soy?) la mujer que amo sobre todas las cosas, sobre la misma vida, sobre todo. Y sé que –aunque nos separemos— estaré ligado a tí por toda la vida, y sé que sin ti mi vida actual se truncaría, quedaría incompleta. Lo de novia, tú lo sabes, es una pequeña formalidad social (incluso, aunque sea más grave, es lo mismo la de esposa), una pura forma que no tiene en sí trascendencia, ni valor. Novia (de lo que sea) no eres tú: eres a la que amo, a la que ama este hombre que puede ser muy sin importancia, muy insignificante, pero que se llena de ti y de tu amor diariamente. No creo que te dé tristeza ser mi novia, eso es, para mí, horrible. No sé por qué estás sentida conmigo. Yo no lo estoy contigo, pero dímelo, para remediarlo. Debes expresar tus deseos para no inquietarme. ¿Qué he hecho? No me acuso de nada, sólo a veces de un poco de cólera, de egoísmo, pero todo lejos de tí, porque tú me serenas, y tienes una suerte de autoridad en mí.

          Mi enfermedad está bien y pronto te veré. Sé que le debo a Rafael[3] el no verte. ¿Qué razones tiene? Sin embargo, si es incómodo para ti abstente de venir. Yo entiendo y comprendo muy bien esas cosas, tan delicadamente pudorosos e íntimas, tan tuyas.- Además, así no verás a este oso que soy, barbón y adolorido, hablando siempre de su cuerpo porque uno, enfermo, se vuelve egoista.

          He pensado muy seguido en ti. Desde que desperté, mi primera palabra –palabra de honor– fue: Helena. No sé si esto te dé risa. A mí me han dicho que estoy soy un enfermo enamorado, es decir, doblemente fastidioso para la gente.

          Tu llamada me hizo dudar de escribirte.- Ya te diré cuáles eran mis antiguas razones para no hacerlo. Pero necesito hablarte, escribirte, hacer algo por tí, Helena mía.- Como es probable que hoy vengas, esta carta la pondré a las 12½ entrega inmediata. El principio de la carta es de ayer y las últimas líneas de hoy, 3.

          Estoy cansado. La letra es imposible, escribo en una postura increíble, incomodísima.–  Por eso lo hago tan mal, sin que me entiendas.

        Tu carta me ha dejado una cierta angustia como mucho dolor. Te seré franco, como siempre. No sólo es fría (no lo es  tanto, vida mía, y yo la acepto aunque fuera hielo fuera dicho, sino reservada y como que me guardas ciertas cosas. ¿Qué he hecho? ¿Qué ha pasado?

Lo de R. es la próxima[4].

Hay que ayudarle.

Te quiere, tu

Octavio

Vida mía, piensa en mí como yo en tí.

 

NOTAS

[1] Helena lo ha llamado “lorquita” a causa de la deplorable “Canción” que su novio le envió en la carta número 20

[2] Se refiere a una postura adecuada.

[3] Rafael López Malo, el amigo de Paz. Ignoro a qué se refiere.

[4] Supongo que sigue refiriéndose al mismo Rafael López Malo.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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