26. A Elena Garro, 21 de agosto de 1935

Octavio Paz

 

Se comenta con detalle en Los idilios salvajes, p. 180. Esta carta se corresponde con otra entrada del diario, “Vigilias IV” (13:172):

 La angustia del amor, la certidumbre de que el amor se escapa y nos abandona con la misma facilidad con que nos somete, se me presentó, al fin, como la verdadera angustia humana, de la que tú, sin saberlo, eras la más hiriente expresión: angustia de ser. Dolor, más que angustia, ante la irremediable soledad del hombre. Tú, y contigo todo lo que no soy, imposible de aprehender, de tener. Dolor de ser.


 

Querida Helena:

          Después de la triste —por rápida, por fría, yo no sé bien por qué— despedida, y después de todos estos días últimos, he reflexionado sobre nuestra situación. La carta de ayer te aclarará un poco mi manera de pensar. Ella, y mi actitud, que no aspira a ser invariable, sino simplemente a la autenticidad y a la claridad. Quiero, pues, que examines esta carta con entera libertad, con el sereno e impersonal juicio. Sería lamentable que mezclaras en tu reflexión algún noble sentimiento de afecto o estimación, de cariño o simpatía, o de amor. Quiero que examines precisamente esos sentimientos; que ellos —en lo posible— no influyan en tu pensamiento, para que ellos mismos apoyen, den la firmeza necesaria a tu resolución.

          Deseo ser lo más conciso posible. Cuando te dejé, me regresé y estuve enfrente: tú no saliste. ¿Te regañaron? Después caminé algunas cuadras y decidí no escribirte. Me dije: ella sabe la naturaleza de mis sentimientos, y una nueva carta es intranquilizante, es volver a la confusión en que vivo. Pero después he pensado que la situación exige una aclaración de nosotros mismos, un deslinde, como quien dice, de los campos. (A esto se agregó, a mi propia convicción, las razones de tu mamá, que me parecen hasta cierto punto, acertadas. Acertadas quizá en los hechos, pero no en su juicio y en la manera de ver el conflicto.)

          Como te he dicho, yo creo en esa incertidumbre en que vivimos. Creo en la verdad de tu amor —o más modestamente inclinación— pero junto a ese hecho cierto, indudable, de que deseas estar junto a mí, y de que me amas, está el hecho del domingo[1]. En el plano humano, verdadero, es cierto todo, todo es verdad. Pero también es verdad lo otro: el anhelo de reducir las cosas a una cierta limpieza (no en el sentido de la sinceridad, que la tenemos, sino de la rectitud, sin comillas). Son fatales, humanas, estas cosas, pero también es humano y fatal el intento de que no sean. Aquí tú como yo, te rebelas contra este “no sean”, en la medida que esta negación es una negación de nosotros mismos, un truncar la vida, los frutos, amargos, de la vida.

          Esto coexistiría — tu amor y lo otro— aunque me amaras más de lo que amas, o menos. No se trata de la firmeza —ahora— del amor. Se trata de que los sentimientos son complejos. Pero uno reduce a unidad las cosas, se limita y se fecunda. Sólo lo limitado, en este sentido de [palabra ilegible] interior, es lo bueno, lo capaz de florecer. Sólo cuando se limita uno es hombre, es capaz de personalidad, y no es el miserable sujeto de las pasiones.

          Pero, ¿cuándo, en qué medida, es noble y buena esa limitación, este sacrificio de todas las pasiones, por una? Esto se opera —en general— cuando madura la vida, cuando el hombre se hace más hombre: yo dejo de ser un ambicioso de todo, en potencia, para entregarme a una sola y fecunda tarea[2]. En tu caso particular, esta limitación sólo es posible si tu amor es fuerte, es hondo, es verdadero. Tú me dirás que no puedes saberlo: el hecho de que no puedes saberlo es, quizá, un indicio de que no es más que algo sin hondura amorosa. Pero esa es una probabilidad y una duda: puede ocurrir –y así es que tú creas que lo es o que no lo es y tu pensamiento puede ser falso, pero es la única certeza que tiene; en este caso tu pensamiento reflejará con la mayor fidelidad posible a tus sentimientos[3]. Ese reflejo nos servirá para resolver las cosas.

          Si tú crees amarme verdaderamente —y eso te exijo desesperada y ansiosamente que me lo digas— las cosas varían notablemente. Entonces —sólo entonces— podré contestar a la pregunta de hoy en la tarde “¿quieres que no lo vea?”[4] Porque al contestarla no te sacrifico, ni me engaño, ni te engaño. Contesto, lealmente, lo que siento, con toda libertad. Y hasta puede ocurrir que no conteste, porque tú, de antemano, adivines mi sentir. Entonces, sólo entonces, tendré la verdadera dicha —grave y tierna, honda y humana— de sentir sobre mis hombros una dulce y amada conciencia ajena: la tuya. La tuya, Helena mía, que es —que será— un poco la mía. Esa pregunta tuya —si la entiendo rectamente— quiere decir esto: “tu destino, Octavio, es el mío. Entrego mi voluntad en tus manos, como tú has entregado tu amor en las mías.” Sólo entonces, cuando tú —con tu resolución— me digas: “tienes que salvarme y perfeccionarme, como yo lo hago y lo haré contigo”. Ya ves que no quiero asaltarte, ni tomarte por sorpresa[5].

          En el caso contrario, en el caso de que la balanza oscile no entre tú y yo, sino entre la vida ilimitada y la limitación de mi amor —mejor dicho, si todo se te aparece ilimitado, vivible, digno de aventurarse en su gloria y su fracaso— yo creo que sólo queda una salida posible: el que yo, sin amargura —con dolor, sí, te lo confieso— me retire. Por tí, y por mí. Por tí, para no estorbarte, para que no continúes en esa contradicción que te enferma y que me llena de angustia. Por mí, aunque sufra, para fortalecerme, para continuar fiel a mi propósito de limpidez. El mayor fruto que he obtenido de tu amor ha sido ese: el anhelo de ser bueno, de proceder con nobleza. Quererte a tí, en esas condiciones, sería falsificarte y envilecernos. Te amo demasiado y amo a mi amor igual, para soportar esa idea. Quisiera guardar memoria exacta de esta carta, pero su contenido se reduce a un solo punto, el de la naturaleza de tu amor: firme o indeciso. (No creo factible, aunque bien pudiera ocurrir, el de tu desamor.) Si es esto último, si no me amas, permíteme (permítete a tí misma, también) el volver, pasado un tiempo, a tí, a mí, si mi presencia no te es molesta: te amaría en silencio, discretamente, y así tu desamor sería soportable con tu sola presencia.

           Quiero que llegue a tu poder esta carta mañana. En tanto tú no me contestes estas preguntas —esta pregunta— yo no te buscaré. Esperaré —toda la vida si es preciso, y si fuese absolutamente sincero— hasta que tú decidas nuestro destino. Yo te amo, lo sé y lo sabes. Quiero aclarar las cosas. Lee, pues, con serenidad y dime tu resolución. Esta carta —si es preciso— se la enseñas a tu mamá, porque con ella tengo —además del cariño— una deuda sagrada. Te suplico que lo veas todo con calma, porque de ello depende mi destino y mi conducta futura.

          Te amo, Helena, con h o sin ella, mía o ausente: te amo por toda la vida, por todos los instantes, con toda mi alma. Esta carta te puede parecer extraña, o afectada, o seca, o cualquier cosa: es mi pensamiento y mi amor, y un intento de lucidez y nobleza. Toma el tiempo que desees para contestar, que yo espero siempre.

Te ama, tuyo,

Octavio

(a la vuelta)

Helena:

          Si algo te molesta de la carta, perdóname. Tengo la necesidad —igual que la de amarte— de ser sincero contigo. No el deber, sino la necesidad. ¿Soy muy fastidioso?

          Mañana en la mañana sufriré. Pero prefiero una cosa definida a esta muerte lenta. Ni J.S. ni Carlitos Swan[6]. Son cosas distintas y esas referencias a personajes son, solamente, símbolos, modos de hablar, no afectación ni literatura[7]. Referencias simplemente, para abreviar. Este paso me dignifica, te dignifica, porque nos aclara. Es triste amar sin esperanza, pero, ¿te acuerdas?, la Esperanza en mí, en Dios, en mi angustia por ser mejor, es más valiosa y honda que las pequeñas. Tú puedes ser la Esperanza, cuando seas la Certeza. ¿Yo también?  Esperanza [un renglón perdido]

 

Nota (1).-

Querida Helena:

          Solo no tendré escrúpulos y dejaré esta especie de inmovilidad, de budismo sentimental, cuando tú te resuelvas de verdad. Te sacrifico el goce y la decepción —o el goce, simplemente— cuando crea que tú, realmente, tienes uno más profundo y duradero conmigo. Mientras no suceda eso, tú comprendes que sería una canallada de mi parte frustrarte la vida y engañarte y engañarme. ¿De acuerdo? Son las 12 y media. Siento una poca de soledad, por mi mamá. ¡Hasta ahora![8] Es que hasta ahora estoy en mí mismo. Te amo, sé buena y no estés nerviosa —contéstame a todo . Entonces nos serenamos, para amarnos o para amarte yo solo, según. (Tenías muy bello pelo hoy.)

Te amo,

Octavio

(a la vuelta)

Nota 2. Esta carta se prolonga demasiado: acerca del egoísmo del amor y de la incomprensión: es estrecho y egoísta cuando sacrifica un goce por otro, una aventura o una inclinación por otra. Pero es noble cuando las voluntades se limitan libremente. No quiero limitarte, sino que tú te limites, porque es la única manera de fecundarse y de vivir, de no marchitarse en todos los vientos. Si tú sientes esa necesidad de consagrarte a una gente, entonces no es egoísmo. Pero si con artimañas y con celos ridículos, con dramatismo o con ironía, yo quiero obligarte a un estéril sacrificio, entonces sí es egoísmo y ruindad. Lo demás de tu carta no debo contestarlo, porque no soy un leguleyo que siempre quiera tener razón y puede que tus padres sean justos. Así  me lo parecen ahora. Claro que el tono es hiriente pero yo tengo la culpa y de eso no te culpo. No me importa tanto lo que digas de mí, sino lo que opinas de la vida y del amor. Y no quiero que a través de mi pequeñez juzgues al amor y a la vida, porque ellos son valiosos y magníficos, cuando los egoísmos dejan de serlo. Te amo, quiero que mi carta te produzca claridad y no cólera. ¿Por qué desventura he logrado lo contrario?

          Debo terminar. Te amo, con esa palabra y la que espero de tus labios, la vida se hace más luminosa. Me acuerdo de tu carta consoladora[9]: que mi amor sea para tí lo que ella logró en mí.

Te ama,

Octavio.

 

NOTAS

[1] El domingo anterior, el 18 de agosto.

[2] Paz continúa discutiendo más con la multicitada obra de Scheler, Ordo amoris, que con Helena: el capítulo II, “La forma del Ordo amoris” reitera la necesidad de poner y ponerse límites, y entenderlos.  El mismo tema aparece en “Vigilias I”, fechado en “agosto de 1935”, cuando Paz se pregunta “¿Quién conocerá los límites de la muerte? ¿Quién los del amor?”, etc. (13:143).

[3] Como en la carta anterior (la número 25, del 20 de agosto), sigue glosando la segunda Meditación de Descartes: el contenido de mi pensamiento puede ser falso, pero es mi pensamiento.

[4] Al parecer, Helena deberá salir con otro muchacho, por órdenes de su madre, como se verá más adelante.

[5] Obviamente esto es “discurso prestado” de Helena.

[6] De nuevo Julien Sorel, y ahora Charles Swann, el personaje de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. En 1933 Paz había escrito “Distancia y cercanía de Marcel Proust” (13:251), un extenso ensayo sobre el primer tomo, Por el camino de Swann, que había aparecido en español en 1930, traducido por Pedro Salinas desde 1920.

[7] Más “discurso prestado” de Helena.

[8] Recuérdese que Josefina Lozano de Paz se había quedado viuda el pasado 10 de marzo.

[9] Creo que se refiere a la carta 12 de esta colección, fechada el 30 de julio

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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