25. A Elena Garro, 20 de agosto de 1935

Octavio Paz

 

Se comenta en Los idilios salvajes, p. 183.


 

Helena mía,

        Hace apenas unos minutos que te dejé. Todavía tengo tu voz, el fluido que se desprende de tí: había, al despedirnos y antes, una misteriosa corriente que nos unía, que hacía que se buscaran, y encontraran, nuestras manos y nuestras almas. No he regresado a mi soledad, Helena, sino que sigo en ese dulce clima de la ternura, ya sin palabras, estremecido, hondo, tibia atmósfera de tu amor. Me hundo en el aire como en una honda música, como en un resguardo, seguro, al abrigo de todo, abrigándote de todo.

        Yo me siento –quiero serlo– tranquilo y fuerte, y que tú reposes en mí, con el mismo abandono con que a veces reposas tu cuello en mi hombro. En realidad las palabras y las cartas no pueden decir nada de la hondura de mis sentimientos, del latir de mi corazón; todo es inefable y el hombre se queda mudo en el mundo. ¿Te acuerdas que, hace mucho –poco, no sé– te dije de la mudez que a veces me sobrecogía[1]? Era la impotencia y la cólera, interrogaba a todas las cosas y ellas no contestaban; las palabras eran unas inútiles saetas que nunca daban en el blanco, y lo que decía era siempre falso, artificial, ¡qué angustia era la de mi alma en esos días! Todavía no te conocía, y algún día te enseñaré lo que yo hacía  en ese tiempo. Lo que uno escribe es siempre un documento. La huella de nuestra alma, un leve signo que apunta y trata de fijar, inútilmente, lo que pasa. El mundo en esos días era un mundo distante y hostil, indiferente y ciego. No tenía nada que ver conmigo y  yo no estaba ligado a él por nada. Era, como quien dice, un desterrado de las fuerzas magníficas de la vida. ¿Qué relación podía tener? Quizá, desde tu soledad adolescente, sentías la misma hostilidad o indiferencia de la naturaleza. Me lo hacen pensar algunas frases tuyas, que me recuerdan otras, mías. Yo también, desesperado o ilusionado, soñaba con días claros, con una juventud alegre bajo el sol, soñaba con el amor a la naturaleza, al aire luminoso y al agua azul que nos retrata y baña, a ciertos verdes silencios, bañados de una sombra verde y grata. Y la dulzura de un árbol enmedio de ese océano. O el mar. Pero llegaba yo al campo y se quedaba impasible y yo me angustiaba y lloraba lágrimas amargas. No tenía ninguna relación con el mundo. Mi soledad era una verdadera y desoladora soledad, hecha de ecos, de sentimientos, de muecas, de falsedades. De ahí venía la mudez, la zozobra y la cólera. Pero ahora me he acercado –por tí, amor mío, bendita vida de mi vida– a la naturaleza y al mundo. Y penetro honda y amorosamente. Una alegría o un dolor llenan mi pecho y siento que la sangre corre por mis venas, no ciega y oscuramente –cumpliendo una ley ajena a mi alma– sino con un nuevo sentido, el sentido de que la vida –todo– es un proceso intencional, un armonioso mundo de intenciones, de sentidos. El aire, la sangre, todo lo animado en la tierra, tiene un fin, común, un lazo divino. Me siento un poco pagano, panteísta o, mejor dicho, creo que una voluntad única anima todo, rige el proceso. Así, el mundo frío, insensible, de la naturaleza, se me convierte, gracias a tu amor, en un nuevo mundo religioso, empapado de Dios. ¿Ves como el amor no es un egoísmo, hecho de incomprensiones?

        Y junto a esto la conciencia, el saber de la verdadera naturaleza del alma y del hombre[2]. El saber de la miseria en que nos revolvemos. Pero yo ya no me atrevo –nunca lo he hecho– a calificar los sentimientos. Claro que aunque sepa que quizá resulte falso e inútil mi intento, trato de aclarármelos, de explicármelos, y darle un valor a la conciencia, rescatarlos de la vida subterránea de la pasión que se ignora hasta a sí misma, y llevarlos a la luz de la humanidad. Y no rechazo esta intención porque sé que ella forma parte de mi naturaleza. Mi pensar puede ser falso (mi pensar sobre mí, sobre mis sentimientos) pero es una condición de mis sentimientos y de mi naturaleza humana el que yo piense sobre ellos[3]. Y, a veces, que haga caso de ese pensar y sufra con él. Mi pensamiento acerca del caos humano, de la fragilidad del hombre, puede ser –lo es, seguramente– falso, pero necesito de ese pensamiento para vivir, porque él forma parte de mi ser. Pero otro pensamiento también forma parte –no pensamiento añadido, sino como sangre mía– de mi ser: el reconocimiento de que ese caos tiene un sentido, y que lo disperso y lo nato de mi conducta y la aparente contradicción en que vive mi alma no son mas que aspectos de una sola voluntad, de un solo destino. Y mi congoja por encontrar una unidad perdida, esa inteligencia salvadora, es una congoja amorosa, porque –y eso lo sé como experiencia contigo y no sólo como idea o prejuicio– sólo el amor, al romper la soledad y fundirse en otra carne, en otra sangre, en otra alma, es capaz de hacernos entender el mundo. Pero esa respuesta que ahora –como en relámpagos– entreveo del mundo, es una muda, inefable respuesta. Estoy mudo, y las palabras son impotentes. Puedo decir cómo se llega, cuál es el camino de la gracia, y cuáles son los resultados de la presencia amorosa, pero no puedo decir lo que el mundo, tan silenciosamente, tan expresivamente, me dice a través de tí[4]. Sólo sé que he recobrado mi categoría viviente y que estoy ligado a un mundo religioso y ardiente, el mundo sobrenatural de tu amor. Me sumerjo en este mundo y adivino lo sobrenatural, yo mismo sobrenatural, es decir, profunda, hondamente natural. Pero esta naturaleza es un “caos”, y lo único que queda es mi angustia, y la tuya, por ordenar ese caos. Cuando sentimos esa angustia por el conocimiento de Dios, por su goce –que es el nuestro– hemos salido de lo natural y entramos a lo humano, a lo superior. Somos parte de este caos, de estas fuerzas locas que conmueven al mundo –con un oculto sentido–, pero nosotros nos interrogamos sobre la unidad que preside nuestra dispersión. Y la herida que recibo –te lo juro, Helena, y debes creerme, porque en ello va parte de mi juventud y de mi sinceridad, de mi voluntad de perfección– no es la herida de un amor propio humillado, sino la angustia de saber por qué son así las cosas, porque yo mismo puedo un día hacer algo parecido, o tú hacerlo, a pesar nuestro, y sin dejar de amarnos. ¿Por qué yo, por ejemplo, que “quiero ser bueno”, te dije lo de la carta, en la que vienen tantas perversas vanidades? ¿Por qué Amalia oculta algunas cosas? ¿Por qué Rafael es capaz de olvidarla o de obrar con una triste inteligencia, a pesar, según me ha dicho, que quisiera no hacerlo? ¿Por qué yo mismo obro contigo de esta manera? Sé que la moral es importante para dar unidad, coherencia a nuestra vida. Sé que mi vida es dispersa, y que lo es precisamente cuando me someto a la fuerza vital, al caos en el que, a veces, adivino una intención. Pero esta angustia mía me salva en cierto modo, porque me conmueve y me da la certeza de esa unidad, ella misma unida. La unidad que nos da la moral, las costumbres, la “rectitud”, el deber, es la unidad de la regla inhumana, es la unidad de la muerte. Yo quiero encontrar un sentido propio, universal y fecundo, y por eso mismo hondamente personal, en este caos contradictorio. Y sé que mi pensamiento quizá fracase, y el amor no me dé su respuesta, pero es una parte de mi vida –lo que le da, provisionalmente, trascendencia– esta creencia en mi pensar y en el sentido de mi amor. Porque, Helena mía, como en una lejana carta te dije, el amor que no trasciende, que no florece en otros amores, en otras comunicaciones, es un falso amor, es un capricho. Por eso el amor romántico es estéril, porque es un egoísmo del sentimiento que sólo piensa en sí mismo. Sí, te amo sin esperanzas –aunque con la esperanza, como he leído[5] –y te seguiré amando sin que tú me ames: pero este amor solitario y egoísta trunca la vida, porque  me imposibilita para florecer en otro apetito y en otra avidez: las tuyas, los de un hijo, los de un sueño común, una lágrima o una alegría comunes. El amor es una avidez personal –si tú quieres, egoísta y, en ocasiones, hasta estrecho– pero una avidez que sólo se sacia en otra, que se quiere disolver no en una satisfacción de su sed sino en una nueva sed, no impotente y estéril, sino convertida en otra, nueva y fecunda. Ya ves que esto no tiene nada que ver con la otra pequeñez. No te niego que pueda haber algo de amor propio en mi carta anterior, un mucho de mezquindad y de miseria, de ruindad, y que quizá, en esta misma también la haya: pero yo no falsifico mis pasiones para elevarlas a teorías, sino que mis teorías se reconocen y sangran en mis pasiones. No sólo lloraba mi amor propio, sino el reconocimiento de la naturaleza, la confirmación de mis teorías –pero esta contradicción se ha resuelto y ya tiene unidad, unidad, es cierto, a posteriori, pero unidad sangrante, porque está hecha con mi pasión, con mi angustia, con mi arrepentimiento y con mi voluntad de reducir mi vida a categoría religiosa y moral –en el buen sentido sangrante y no mecánico de la palabra. El hombre es malo, pero se angustia en medio de su maldad, y la acepta con entereza y escepticismo, seguro de su inevitable fracaso, pero también seguro de su inevitable angustia. Esto no nos salva, pero nos hace ver la dispersa y despedazada vida con serenidad. No con tranquilidad, sino con serenidad. Con heroica y serena desesperanza, que es la última forma de la resignación noble –de la Esperanza, bella virtud olvidada por muchas pequeñas y falsas esperanzas.

[…][6]

        Esta carta es muy larga, pero no importa. Temo que sea fastidiosa, pero tenía el deber de decirte mi pensamiento, adorada conciencia mía, amante y amiga.

        Hoy en la tarde no pude decirte nada. Cuando recibí tu carta enloquecí: de alegría, y luego de desesperación. El billete que te puse es, quizá, revelador. No quiero hablar deso. Tus lágrimas –creo yo– no tuvieron una causa racional, aunque tú muy bien puedes fabricarte, como yo hago a veces, una. Creo que fueron una expansión del alma, demasiado cargada, tensa y sensible. ¡Qué bella alma tienes! Creo que era mejor que no te hubiéramos dicho nada, y que tú, en mi hombro, o sola, sola conmigo –junto de mí, o disueltos los dos en tu tristeza– hubieras llorado, regado mi vida, mi carne, con tu ternura. Te amo con una alegría sin ruido, honda y grave, mitad mía[7]. Eres mi mujer, que no escogí, sino que, divinamente, estaba señalada para mí. Tu amor me reintegra a la vida, a la naturaleza, a Dios. La unidad está fuera de mí, pero me uno a ella. La primera forma de esa unidad es tu amor, tú, a quien adoro y amo sobre todo. No tengo sobre decente, pero no importa ¿me perdonas? Te amo y tengo necesidad de tí. Ojalá tú sientas lo mismo. Besa a tu mamá. Quiero hablar contigo de mi querida hermana Deva. Quiero oír tu voz, amor mío. Te beso y soy tuyo para toda la vida.

Llámame.

Octavio (alias Tavucho)

 

        He releído la carta. No es lo suficientemente clara: peca de concisa y de extensa. Digo poco y hablo mucho. Todo eso quiero conversarlo contigo. Así los dos tendremos más luz. Somos un par de náufragos en el mundo, pero estamos asidos a la tabla del amor. Quizá tú me ilumines. Quizá yo a ti. Esto será en la próxima entrevista. Por lo pronto, mañana quiero entregarme a la dicha de ir contigo a la escuela. ¡Qué felicidad! Debíamos ser compañeros. En Filosofía seré tu compañero de clase[8]. Perdona la letra –es una pluma muy rara ésta–, y el estilo. Quisiera que las palabras fueran tan fecundas como mi silencio amoroso. Sólo pienso en mañana. Te ama tu     Octavio

NOTAS

[1] Es un tema que aparece, ya lo he dicho, en la poesía juvenil. Esta aparición del tema en el poema XII de Raíz del hombre (13:67) corresponde, me parece, a los días de esta carta:

Y sin embargo bien sé que las lágrimas
estorban a las bellas palabras;
que sangran las voces del poema
como en el cielo sangran las voces de un arcángel;
que la mudez, que el dolor, me cubren, me sepultan,
y en mis labios estériles se detiene tu nombre.

[2] Paz fecha en septiembre de ese 1935, en las “Vigilias I” una entrada sobre estos asuntos (13:146).

[3] Glosa –y lo seguirá haciendo en el párrafo– la segunda Meditación de Descartes: el contenido de mi pensamiento puede ser falso, pero lo es mi pensamiento, y de él no puedo dudar: la única “substancia” pensante de la que puedo estar seguro soy yo mismo.

[4] Otro tema que reaparece en “Vigilias I” (septiembre de 1935), en el que concluye que “la mujer es la forma visible del mundo” (13:141).

[5] ¿Estará refiriéndose a “Ash Wednesday”, el poema de Eliot? Se había publicado en inglés en 1930, pero aún no en español…

[6] En el manuscrito hay un salto en la numeración que puso Paz a las páginas de esta carta, pues salta de la 13 a la 18. No puedo saber si se trata de un error suyo –su letra es tan mala que a veces lo confunde a él mismo– o si es un error nuestro. Lo hago constar.

[7] Alude, obviamente, al mito de la mitad complementaria de Platón (Simposio). La posterior referencia a “la unidad” también podría partir de esa lectura.

[8] Elena comenzaba sus cursos en la Facultad de Filosofía y Letras, situada entonces en la Casa de los Mascarones, en la Ribera de San Cosme.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
Anterior
Siguiente