24. A Elena Garro, 19 de agosto de 1935

Octavio Paz

 

        Toda la noche he tenido tu perfume y tu carne cerca de mí. Tu rosa la he guardado en un cofrecito en donde guardaba mi madre sus alhajas –cuando en mi familia había alhajas y otros objetos tan indispensablemente superfluos. ¿No vivimos acaso para lo que la gente llama lo inútil? El amor, viéndolo así, no es más que un despilfarro[1] que hacemos de la naturaleza, la más punzante de las superfluidades que ha inventado el hombre. He tenido tu perfume, tu presencia, junto a mí: tus ojos han crecido extrañamente, y miran con una abierta y enigmática mirada, asustados o interrogantes. Anoche, como te dije, sorprendí varias miradas tuyas, como tratando de penetrarme, mirada inquieta y apenada[2]. Si realmente hubieras penetrado dentro de mí, hubieras encontrado, como en la canción, tu propia imagen interrogada por mí. Anoche no quería desprenderme de tí, y el hecho de que siguieras en la ventana me llenaba de alegre dolor. Intenté regresar al automóvil[3]. Pero comprendí que era destrozarme por dentro y exponerte.

        Llegué a mi casa con tu rosa: ¿como un despojo de una victoria? ¿como una huella de tí, de mi amor y de mi fracaso? Los recuerdos son, quizá, eso nada más: el recuerdo de un amor –el mío–  y la migaja de otro amor, el tuyo. Rosa amada, estrujada por tu pecho y el mío, que no guardaba de su destrucción más huella que la nuestra. Rosa nuestra, amarga rosa embriagante. Con ella he dormido, y contigo, porque tú, mezclada de varias imágenes absurdas, te presentaste continuamente en mi sueño, muda compañía de mi vida.

        Te tengo hundida en el corazón, te llevo como un dolor amado y es imposible arrancarte de mí. Sé que siempre te llevaré conmigo y que no podré enterrarte nunca. He leído en Bécquer esto: “Como se arranca el hierro de la herida –su amor de las entrañas me arranqué”[4]. Es este el amor exasperado y desesperado, como algo ardiente y quemante ¿Es esto el amor? Sí, lo otro no son mas que sueños, acomodos imposibles. Como una herida siempre abierta, como un desgarrón que nos deja desnuda la fibra más sensible, dolorida, a todas las palabras, a todas las sonrisas. Te tengo dentro de mí, y sé que eso es por toda la vida. Mañana ya no hablaré de esto, pero no te podré sepultar, y siempre, subterraneamente, vas a ser mi compañía dolorosa, mi cruel cortejo. Por tí vivo, no por mí, y es bien amargo el que tú puedas algún día sepultar a tu primer amor, para que llegue “el grande y puro amor de tu vida”. ¿Estás segura, siquiera, de que soy “tu amor”?

        La inteligencia es la forma más sutil y honda de la desdicha[5]. Nos devoran los pensamientos, nos destruyen y luego nos rehacen en una carne sin piel, a flor las venas y la sangre, heridas por todos los rumbos del aire. Tú anoche estremecías mi desventura con una nueva vibración, con un nuevo motivo para amarte. La inteligencia no nos cura nunca: nos desnuda las cosas, nos las hace más crudas, más claras, y luego nos sumerge, más hondamente, en la herida. Como eres mi conciencia, además de mi amor, te digo todo esto. No para que yo sufra, ni para nada de eso que tú dices, sino porque tengo necesidad de hablar y tú eres mi única interlocutora. A veces sufre el amor propio, sobre todo si es excesivo, como el mío. Tú no te has podido dar cuenta de eso porque no me conoces en ese aspecto. Claro que verse olvidado por una gente inferior es doloroso, pero no es mas que una vulgaridad diariamente repetida. No es la conciencia de mi superioridad y la certeza de que tu impresión pasajera se borra, dada la insignificancia de P.[6] , la que me hiere, sino la conciencia de la naturaleza humana y de nuestra naturaleza. Pero a pesar de ese amargo saber, me obstino en escribirte y sigo fiel a mi línea. Pero esta línea de amor frenético, incapaz de artimañas para satisfacerse en tu conquista, este frenesí que no espera nada, no ha sido dictado por mi bondad, o por cualquier propósito moral, como tú, falsamente, podías creer, sino que es una condición de mi amor, su carácter verdadero, que no resiste ninguna máscara. No es mi carácter, sino el de mi amor. Y ahora yo no soy sino eso: mi amor. Esta es mi última realidad. No habla por mí mas que mi amor. Y no mi personalidad. Mi personalidad se hubiera sentido remotamente herida, hubiera callado y hubiera triunfado. Mi amor no está herido en este incidente pequeño, sino en la medida en que lo hiere el reconocimiento del alma humana. Sólo una vez me he hecho reproches, y eso hace mucho tiempo. Esto no se podrá borrar por la razón de que nada puede hacerlo borrar. Es una nueva razón –“razones del corazón, que la razón no entiende”[7]— para vivir, para recordar y para sufrir. ¿Y vivir no es amarte? Sin necesidad de ningún ruso[8] yo sé la línea a seguir, pero no la acepto, porque no estoy enamorado con la imaginación –te siento, físicamente, como un dolor en el pecho, inasible– , ni con la vanidad, sino con amor de entrega y posesión, amor desesperado. Todo este amor es, claro está, muy cursi, tanto o más que la entrevista con Deva. Pero me parece estrecho calificar así las cosas, y acusa una cierta superficialidad y un concepto poco generoso y amplio de la vida, juzgarlo desde la cursilería, desde el mezquino mirador del buen tono. La vida, así, es muy poco elegante. Tampoco es divertido. Todo esto, lo cursi y lo divertido, está muy lejos de la vida, porque revela cobardía, temor, y trunca los más hondos goces. Tenemos que vivir dentro de lo social, presos en ello (presos en el buen tono) pero esta fatalidad no es una cualidad, sino una limitación. Y no vamos a juzgar a las cosas desde nuestras limitaciones más estrechas, sino desde nuestra limitada avidez de ilimitación, de infinita pasión. Toda una sociedad que usa el corazón como un reloj. Y la inteligencia, como algo que se tiene que lucir discretamente (ser muy inteligente es peligroso, porque no es cortés tener siempre razón), ha inventado el buen tono, que está muy lejos de la libre y desenvuelta elegancia de la pasión.

        Quiero saber lo que opina tu papá. Deva me dijo algo. ¿Estuviste hasta muy noche? (en la ventana). ¿Llegó mi carta? La tuya no llegó, y creo que ahora tampoco. No tendré carta. Si le hiciera caso a J.S. no te escribiría y buscaría alguna señora hermosa[9]. Pero eso no es posible, querido Sorel, porque Ud. era un pequeño advenedizo, un miserable ambicioso con talento. La inteligencia –y no su habilidad– me sirve a mí para ahondar dentro de mi amor. Y para amar más. No lo imito, ni lo envidio, pero reconozco la sabiduría de su proceder. Reconozco también la diferencia de nuestro amor y la diversidad de situaciones. Ud. tenía necesidad de que le amasen, y yo la tengo de amar. Dejarse amar es un poco aburrido, y si no, que se lo diga Helena. Ud. mismo, ¿no se aburriría un poco con la Srita. De la Mole?[10]

        Como un hierro dentro de mí, como una llama. Te amo, y alrededor de tí gira mi alma. Estoy atado a tí, amor mío. Tú anoche me olvidaste y me amaste. No me ames por arrepentimiento, porque entonces no te vería más, ni estoy en ese plano. No de los arrepentidos, sino de los sinceros que regresan por amor y no por deber, por libre impulso y no por amistad o reconocimiento, es el reino de los cielos. De los que regresan, sin arrepentirse, sino olvidándolo todo, locos de amor, es el reino del amor. El amor es un olvidarse de sí mismo en el seno de la persona amada[11]. No te buscaré en estos días, porque mi amor es espera, no persecusión[12]. Te amo y tengo tu rosa en los labios. Es el azar o tu voluntad la que debe hacer que nos veamos. Yo lo ansío, pero no tengo fuerzas para malograrte el placer que sientas en verme. Tú, cuando sientas deseos. Llámame, que yo siempre los tengo.

Te ama, tuyo, (aceptado o no)

Octavio

(Hoy comeré en el 4-06-20; mañana en el P-45-74 [ilegible] )

 

NOTAS

[1] El párrafo 488 de la Aurora de Nietzsche se titula “Contra el despilfarro del amor”.

[2] En “Vigilias III” (13:165) escribe: “Estoy frente a ti, frente a tus ojos que concentran el mundo para mí, como esa aguja sombría que atrae toda la electricidad de la tarde. Se abren tus ojos, como para devorarme. Me hundo en ellos.”

[3] ¿Un taxi? ¿El de un amigo? Hasta donde sé, Paz nunca manejó…

[4] Es la rima XLVIII: “Como se arranca el hierro de una herida/ su amor de las entrañas me arranqué,/ aunque sentí al hacerlo que la vida/ me arrancaba con él! // Del altar que le alcé en el alma mía/ la Voluntad su imagen arrojó,/y la luz de la fe que en ella ardía/ante el ara desierta se apagó. // Aún turbando en la noche el firme empeño/vive en la idea la visión tenaz…/¡Cuándo podré dormir con ese sueño en que acaba el soñar!

[5] En “Vigilias IV” escribe “Quizá la cualidad que mayor seducción ejercía sobre mí, hasta ahora, era la inteligencia. Pero he conocido muchas inteligencias sin espíritu: nada hay tan desolador, tan pedante, tan angustioso…” (13:175).

[6] Habrá que suponer que se refiere al antiguo pretendiente de Helena, Pedro Miller.

[7] Cita a Blaise Pascal (“les raisons du coeur que la raison ne connaît point”, Pensées, 277), quizás por medio de Dostoievsky, aunque más probablemente de Scheler, que basa en ese pensamiento de Pascal parte de su multicitado ensayo Ordo amoris.

[8] El “ruso” puede ser Vladimir Soloviev (1853-1900), cuyo El significado del amor pesó en Scheler y en Dostoyevski, lo que que explica que Aliocha Karamazov diga casi lo mismo. Paz se refirió a Soloviev en su “Saludo a Czeslaw Milosz” de 1980 (2:534).

[9] Se refieren a Julien Sorel, el héroe de El rojo y el negro, la novela de Stendhal, a quien parecen estar leyendo al mismo tiempo. Al final del capítulo XX, Mme. De Rênal le hace llegar a su amante su célebre carta de amor, en cuyo final agrega la “carta anónima”, dirigida a ella misma, que le pide a Sorel que copie, firme y envíe de regreso. La primera alusión escrita de Paz a Stendhal –a quien considera un teórico del amor– es de 1942.

[10] Julien (por hacer un resumen ofensivo) corresponde por interés el amor de la rica pero pobre madmoiselle Mathilde de la Mole, la embaraza, va a la cárcel, etc. Paz la menciona en El arco y la lira  (1:224).

[11] Parece glosar a Santo Tomás de Aquino: se ama en otro lo que se ama en uno mismo, etc. Cfr. Scriptum super libros Sententiarum (29, 3).

[12] El aviso duró poco: se vieron al día siguiente.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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