22. A Elena Garro, 17 de agosto de 1935

Octavio Paz

 

Querida Helena:

        Hasta ahora puedo escribirte, en el Archivo. La carta te llegará, con seguridad, muy tarde ya, porque aquí no tengo sobres, ni posibilidades de tenerlos. Así, me resigno a que la leas hasta el domingo.

        No creo que el amor sea ligero. No pienso que sea dramático, trágico. Es natural que lo sea todo, y lo alegre o lo triste son cosas accesorias. Lo fundamental es que sea. Nosotros no podemos conservar las cosas a la altura de la amistad tierna y alegre, a la altura del amor azul, o una repetición de otro, soñado. Pero tampoco podemos estar en un plano absoluto de entrega y gravedad. Un día descubrimos la carne, otro la alegría. Yo me siento bien en la atmósfera de estos días, pero no por eso rechazo otros aires, otros ámbitos que pueden ser. Esta normalización que tu mamá ha impuesto a nuestra relación está bien en cuanto que nos pone al abrigo de muchas cosas molestas. Yo lo ansiaría.

        No quería que el mundo estrecho de afuera de nosotros nos influyera demasiado. Pero esa normalización no es la tranquilidad, sino la serenidad. Tu carta me hace creer que tú piensas, en este punto, igual que yo. Sí, debemos ser serenos, claros, azules, como tú dices. Pero esta claridad debe brotar de nosotros mismos. Tú debes serenarte, estar bien, y dejar de pensar en lo demoniaco. Pero también aceptar mis labios transparentemente. Debes aceptarlos y desearlos con serenidad. No quiere decir eso que yo te desee. Yo estoy contento en este plano en que estamos, pero no me arrepiento de ningún otro. Yo quiero tener la seguridad de que tú me aceptas totalmente, como yo a ti. Te deseo, pero mi amor es algo más que un deseo, y es insaciable de tí, de tu amor, de tu alma y de tus labios. Lo único que temo es que esto se convierta, nada más, en una simple diversión. Pero ni tú ni yo lo deseamos, y nos amamos con toda conciencia.

        No estoy triste por no tener influencia en tí, pero quisiera tenerla porque es una forma de amar, no de desear. Todo esto lo hablaremos, porque lo que pienso es es un poco complejo y es preferible hablarlo. El domingo será, niña mía.

        He sido feliz estos días, con una felicidad infantil casi: la de estar junto a tu aliento. El aire puede penetrar sin que te cortes el pelo, no seas novelera. Lo de Pierre no tiene importancia. Mañana es tu santo. No lo olvido, pero no te digo nada. Tu amor azul –lleno de sol amanecido, de mar, de adolescencia– es un sueño encantador que ha de madurar en otro sueño, más vasto y dorado. Helena, nos amamos y nos comprendemos: lo que tú dices de la lluvia yo también lo digo, y por eso te amo, recién nacida de la lluvia. Yo –abandonado a la vida y a la alegría, como tú abandonas tus cabellos al aire–  quiero olvidarlo todo, y ser, nada más, junto a ti. Esa sensación de ser, como un niño, como un ángel, sin memoria y sin futuro, es lo mejor de la vida. Que no pase el tiempo. Somos felices, ignorantes y lúcidos. Te amo, mi amor. ¡Qué bien decir nosotros y no yo, nuestro y no mí!

       Procuraré ver a Novaro.[1] ¿Es seguro que Uds. vayan[2]? ¿A qué hora principia? ¿Dónde nos vemos? Se te olvidó todo eso, no por mí, sino por él. Hoy viene a verme y le diré. Por supuesto nos veremos el domingo. Si te empeñas, iremos a la natación, pero prefiero no ir, y salir a otra parte.

        Ayer tuve una tarde muy bella. Luego te explicaré por qué. Tú me has dado una avidez, un amor a las cosas, que nunca había sentido.

        Esta carta te llegará mañana. Hay una costumbre española de regalar algo que tenga un valor entendido, secreto casi. Yo te inundo de poemas, no porque mi amor sea literatura, sino porque mi literatura es puro amor. Te amo, azul, dorada, mojada, lluvia y lucidez, agua y cielo, aire mío, novia y esposa. Tuyo, Octavio.

(Lo de Tavucho es muy gracioso. Sólo que no haya teléfo…) [un renglón ilegible]

 

Agosto 17 de 1935

(A las 12 ½)

        Mandé a un mozo por papel y me trajo este. Procuraré enviar la carta, pero temo que no haya quien la lleve. O.N[3]. vino, pero no me aseguró nada, sino que regresaría a la 1 para avisarme algo definitivo. Venía a invitarme a una excursión mañana, pero mi proposición lo hizo dudar, y quizá venga con nosotros a bailar.

        El Archivo está horrible, y te guardo a tí, como mi conciencia y subconciencia. Converso en mudas voces contigo. ¿Tú estás en la escuela? Si ya estás en aptitud de reflexionar sobre tí misma, sobre tu vida y los cambios de ella, continúa tu diario. Yo pienso también hacer un diario[4]. Tú comprendes que no será necesario enseñárnoslos, porque ya nos conocemos bien. Pero un diario significa una preocupación de perfeccionamiento, el intento de contemplar y modelar un alma.

        Voy a terminar este último pedazo de la carta.  Una carta, al final, es como cuando nos despedimos: las cosas se agolpan, y al fin no podemos decir nada y nos quedamos mudos. No cerraré la carta hasta que venga N., para que me diga si puede ir. Entonces Uds. sabrán, si, en todo caso, le indico algo a S.[5] Eso, si Deva no se aburre o no tiene inconveniente. El domingo por la mañana –a las 10 ½ o antes–  háblame. Yo lo haría, pero no hay teléfono (el 4-32-37 está descompuesto). En una carta tuya venían, como signo de delicadeza, tus labios. Que esa entrega sea para toda la vida, Helena mía. Tu carta última me ha conmovido: tienes tal imaginación que ya sentías nostalgia por el presente.[6] No te adelantes tanto. Tú serás mía.

Te quiere,

Octavio (siempre tuyo)

 

N. no puede ¿qué hago? Llámame (2 de la tarde)

Felicidades!

 

Soneto[7]

 

Inmóvil en la luz, pero danzante,
de tu misma quietud amanecía
la tierna voz en que tu voz ardía,
herida carne de la luz ondeante.

Bajo su signo Amor, a voz amante
y sorda sangre que por tí latía
tu juventud en madurez alía.
Y gozo mi silencio –don quemante

que sonámbulo crece en una rosa,
fecundo de callar en tu alabanza
pues de mis huesos brota jubilosa

certidumbre de amor y de esperanza,
con geométricas voces mi ternura[8]
fije tu carne en danza y escultura.

Agosto de 1935.—O. y H.

 

El soneto llegará justo a tiempo. La carta retrasada. Mi corazón adelantado. Tú, inmóvil[9].

Te ama tu

Octavio

 

 

NOTAS

[1] Octavio Novaro Fiora del Fabro (1910-1991), llamado “Novarito”, amigo cercano de Paz.

[2] “Ustedes”, como se verá adelante, son Helena y su hermana Deva.

[3] Octavio Novaro.

[4] La primera entrada de “Vigilias I” (13:139) está fechada el 10 de agosto, una semana antes de este anuncio.

[5] Conjeturo que “S.” puede ser Salvador Toscano,  camarada de Paz y de “Novarito”, a quien Paz y Helena emplearían para atenuar a la chaperona Deva.

[6] La paradoja tiene familiaridad con “recuerdos del porvenir”.

[7] Primer intento del soneto II de “Primer día” (13:50). Paz sólo conservará de él el primero y, con variantes, los dos últimos versos. La versión que fue a dar a Bajo tu clara sombra (10:26) también emplea el primer verso y después difiere del todo.

[8] Este verso deplorable, curiosamente, ya había sido empleado por Paz en “Poema de la mujer asesinada” que recogió entre sus obras juveniles como “inédito, 1931”: “Geométricas ternuras/ como te veo cuando no te veo…” (13:36).

[9] El adjetivo “inmóvil” como atributo de la amada aparece una docena de veces en la poesía del periodo: “Qué móvil y qué inmóvil, amada,/ tu inventado rostro”, escribe en el poema 6 de Luna silvestre (13:46); “Inmóvil en la luz, pero danzante” en el segundo soneto de “Primer día” (13.50); “Éste es el cielo más inmóvil,/ y ésta la más pura desnudez” en el poema I de Raíz del hombre (13:58), etc.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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