20. A Elena Garro, 12 de agosto de 1935

Octavio Paz

Se comenta en Los idilios salvajes, pp. 172 y ss.


Helena mía:

……..Son las 10 de la noche, y un círculo solemne y tranquilo me rodea. Dejarte hoy, en la tarde, fue un dulce dolor. Quise, por un momento, correr y subirme contigo. Pero no fue la desgarradora partida de otras veces: te despido y no sé si te vuelva a ver. Y es que te fugas de mí, y yo quedo trémulo, casi hundido, con una impresión de desamparo, de zozobra inútil, porque nadie me consolaría. Pero ahora una plenitud de confianza –¿no es maravillosa, aun en su mentira o necesaria caducidad, esta palabra?– inundó mi alma. Pero es quizá falsa, porque tú me puedes dejar de amar. Ese día no llegará. Estamos –estoy– en unos días lúcidos, en medio de una dicha que no merezco: tú me has dicho que me amas. Y es una gloria y una exaltación el sentir el amor y la ternura. Yo te amo, y ese amor mío es, por tu gracia, feroz y fecundo. Mi alma se ha conmovido en todo este tiempo violenta y jubilosamente. Quisiera ser solamente una voz, una noble voz, que te contara y cantara el amor perfecto: el que entrega sus dones limpiamente y madura sus goces; el de la sed que no se sacia,[1] porque cada agua provoca otra, y es una delicia continua la avidez saciada. Sólo una voz, gozosa, una voz que te envolviera, y dijera su propia voz, su recuerdo de júbilo en su renovado júbilo. El pasado no sería más que un dulce presente conmovido y todos los minutos serían los de la tensa dicha. Porque te amo tranquila, Helena, pero con alerta, estremecida tranquilidad. No la serena muerte, ni el inmóvil olvido, sino la tranquila presencia de la tormenta resuelta ya en fecunda lluvia, en fruto, en vida. Todas las violencias, y la pasión, no deben morir sino equilibrarse, porque ellas son la remota raíz de la dicha.

……..No quiero pensar en tu carta. ¿Cómo será ella? Hoy te he visto –y ayer– casi dichosa: (un poco resignada, un poco muda). Pero el silencio –no el amargo que nos mete en nuestra soledad, y envenena la vida– es un silencio explícito y cargado de ternura. Yo callo, y en mi mudez, mi alma se acerca a la tuya, porque el amor es inefable[2]. ¿Crees que no me da vergüenza escribir tan desteñidamente de mi pasión? Yo sueño un poema capaz de contener toda mi vida –la tuya– en unas cuantas líneas tiernas. Lo que hago son tentativas, fracasos renovados para decir mi voz. ¡El silencio divino nos envuelva, Helena, tu silencio y tu risa!  En tu sutil atmósfera crezca mi vida, crezca mi voz, y ella te envuelva, toda cargada de silencio amoroso.

……..No quiero, amada mía, escribir mucho. Ansío tu voz, y hablar contigo. Los cantos nos pueden –ellos que nos han acercado tanto– separar un poco. Quiero escribirte, pero mi pasión ambiciona verte. Yo quiero una respuesta a muchas interrogaciones de mis últimas cartas, pero la quiero de tus labios.

……..Estoy dispuesto –siempre lo he estado– a verte en tu casa. Piensa, no obstante, que es un poco humillante para mí. Yo hago lo que tú digas en este punto. Sé lo molesto de las entrevistas en otro sitio y tu casa es amable y la amo. Pero me sonroja pensar en que entro por una puerta falsa. Esta repugnancia –aunque pequeña en este caso— (pequeña ante mi deseo) tiene el mismo origen que mi anhelo de llegar a tu amor por la noble puerta de la desnudez del alma, y no por la entrada del cálculo. Por eso, a veces, me acongoja pensar en el carácter de tu amor, que me conturba y hace dudar en ocasiones. Pero este dolor –y aún el más grande de tu desamor absoluto o de tu indiferencia– siempre es débil ante mi amor. Amor contento, satisfecho de amor. No es el mío un amor pedigüeño, un amor pordiosero, interesado y lleno de amor propio.

……..Helena, te dije que había escrito un poema, hace tiempo, tu amor me fructifica. Largos meses de esterilidad, de infecunda ansiedad y descontento de mí, antes de conocerte. Ahora tengo una peligrosa facilidad y temo que después no volveré a escribir. El poema es un juego, una cosa hecha en media hora. Escrito para ti, nunca se publicará, porque quiero que sea como el más humilde y tierno de mis dones. ¡Pobres dones míos, tan insignificantes![3]

……..Te veo en estos momentos, y tu imagen será mía, porque es de mi amor. Te amo y te beso. Siento una serena necesidad de ti, segura y fuerte. “Tu partida” será siempre tu regreso ¿no es así? Debes contestarme. Debemos vernos y escribirnos. Tú no conoces a este loco que te ama. Tengo miedo de mí, de ser indigno de tu amor. Estoy despojado de tus guantes. Quiero algo tuyo, que tú uses con cariñosa frecuencia.

 

……..……..Te ama,

……..……..……..……..……..Octavio

¿Serás capaz de besar la carta que me mandes?

Te amo, vida mía, te amo y te espero. Dios te bendiga como yo.

 

Canción

 

Estos suspensos jardines,
música inmóvil del aire,[4]
este cielo detenido
sólo por una sonrisa,
juegan su luz en tus hombros.
Amada de los Reflejos,
verde entre las arboledas,
dorada entre los verdores.[5]

 

Ay, si parece mentira
que sea de vidrio y espuma
y se sostenga en sí mismo
el cielo que nos ampara.

Hija de arcángeles llamas,
disputa de la creación:
“Que si eres de la tierra,
que si del aire o del mar.
Si nacida de los sueños
de un serafín arquitecto
de música y de silencio,
de danza y de quietud.
O que si gime la tierra
porque no pisas en ella,
de los cielos atraída,
suspensa nube de amor.”

Juegan tus juegos al aire,
a estatua o sombra deshecha,
no juega sangre en tus venas
el juego del corazón.
Ay, si parece mentira
que me sostenga en mí mismo,
amada amiga de todo el año
y amante para ninguno.

Densa soledad de voces,
población cruel de los ecos,
en la que mis labios alzan
náufragos gestos remotos.
La luna sobre del agua,
sobre del agua tu voz
–estrella multiplicada,
por el espejo del aire
en círculos de silencio–.
Voz que se fuga de ti,
voz de noche, voz de día:
“Que si te enciendes de amor,
o si te hielas de fuego,
que si sólo vives deso
o si no vives de amor”.
–Muérome bajo tu amor.
Mi trenza cubre mi rostro,
llórenme con elegías
porque me muero de amor.

Aire divino de Agosto,
aire que doras el año,
el año que doro yo
dora mi llanto en tu luz.
Ay de mí, trenzas amargas,
ay de ti, labios ausentes,
ay de nosotros, amiga,
muerta de vivir amando.

La sangre de cien palomas
para borrarme del cielo,
la sangre de un solo nardo
que me recuerde en la tierra.
–Vive, que vives amante,
viva de morir amando.
Joven, fugado del cielo,
nace tu nombre en mis labios,
dulce paloma tu nombre
tímida sobre mi hombro.[6]
–Tu boca junto a mi nombre
me resucita en tu nombre.
Vuelen al aire las voces,
palomas de mi alegría,
ángeles en mi canción,
porque sólo vivo de aire,
aire que me bautizó.
Aire de Agosto en que nace,
bajo la luna dorada,
hijo del aire, mi amor.

 

NOTAS

[1] La Sed non satiata que formalizó Juvenal: el amor sin hartazgo, tema abudante en la sintaxis del amor. Paz glosa el Ordo amoris donde el “voluptuoso” está condenado a “esta agua hace cada vez más sediento cuanto más se bebe” (p. 49).

[2] En  “Vigilias I” (13:144) el joven Paz escribe que el amor “nos hace tocar la muerte” y ambos son inefables. Sobre la mudez amorosa puede verse “Palabras y silencios” en Los idilios salvajes (p. 170 y ss).

[3] Como se verá adelante, Helena desdeñará con razón el tono García Lorca del poema.

[4] Estos dos versos figuran en “II Mediodía”, poema de “Primer día (1935-1936)” (13:48). Varios otros versos de esta “Canción” reaparecen, aquí y allá, en los poemas de esa misma sección.

[5] En el mismo poema dice:

Doncella de los reflejos,
si verde bajo los oros
entre verdores dorada.

[6] Estos dos versos se incorporan, íntegros, a “Tu nombre”, primer poema de “Primer día” (13:48).

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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