19. A Elena Garro, 10 de agosto de 1935

Octavio Paz

Se comenta en Los idilios salvajes (p. 154). Es una carta importante para apreciar algo que, al parecer del novio, atribula la relación: la actitud de Helena ante el deseo y la sexualidad que marcan, también los poemas de Raíz del hombre (13:57 y ss.)


 

Querida mía:

……..Yo leí tu carta hasta hoy en la mañana. Llegué muy tarde a mi casa anoche y todo el tiempo había pasado en la angustia de leerte; pero, conteniéndome, quería llegar lo más tarde posible, porque pensaba que tu carta llegaría hasta hoy –se tarda a veces el correo– y no quería estar solo y con tu ausencia. Una ausencia que no podía llenar, porque me inquietaba lo que eras en esos momentos, y –aunque adivinaba todo– no tenía algo concreto en qué satisfacer mi avidez de ti. Ausencia vacía de ti, y llena de sueños de lo que podías ser, de lo que podías pensar.

……..Quiero hablarte como un amigo. Ya en este plano es mejor agotar el camino escogido. Esta amistad –que ahora nos da alegrías dolorosas–, la alegría de nuestra sinceridad, a pesar del dolor de nuestra situación, será –ella, la disolvente y que abre abismos– nuestra más segura tabla, el día en que verdaderamente naufraguemos en la vida. Ella –y tu amor– podrán hacer de mí algo distinto y mejor: ella, porque me conocerá y estimará; tu amor, porque llenará de ternura ese conocimiento.

……..En tu carta leo reproches. Dices que en la mía los hay, que yo soy un severo juez. Amiga y amante mía: esa suposición tuya me ofende, porque piensas en mí como si yo fuera una [ilegible], un hombre “recto”. ¡Qué lejos de mí esos reproches! ¿Cómo es posible que creas eso? Quiero creer que lo dijiste sin reflexionar: de lo contrario tienes una triste idea de mí. Desdichado Octavio, si pensara o sintiera algo contra ti o contra él, porque sería renegar de su vida. Y yo no quiero renegar de mi corazón y de mi ser, y no quiero que tú reniegues. Lo del hastío es también una absurda –Inexplicable– afirmación. ¿Cómo podré sentir hastío, si yo sólo soy una sed junto a ti, una sed de tus ojos, de tu voz, hasta de las letras que me escribes? Te amo, Helena, te amo hasta la muerte, y tu amor me debe purificar de todo: si yo soy como un nuevo hombre –sin pasado, sin nombre, una sed– junto a ti; si yo me siento purificado y renovado, ¿cómo piensas en otros labios que no sean los tuyos y los míos, eternos, y juntos por toda la vida? ¿Y cómo piensas en esos 20 novios despreciables y te arrepientes de una pureza que yo envidio? Aunque quizá mi pureza sea mejor que la tuya, porque es la que brota de tu amor y de tu aliento, y la tuya sólo es de la espera amorosa en que has vivido. ¿Y cómo me podré saciar, tenerte por completo? Borra esos temores pueriles de tu corazón: ellos son el cortejo inevitable de todo amor alto, pero recuerda que solamente son el cortejo y no su esencia, y tú has hecho la esencia del amor de muchas cosas desviadas. Quiero examinarte con frialdad:

            Tus temores son completamente justos, pero hasta cierto punto. Cuando la amada fecha del 17 de junio,[1] yo regresé a mi casa loco: un himno se levantaba en mi pecho. Después quise imaginarte y viví el choque de la realidad con tus sentimientos. Tu indeciso amor –inseguro todavía–; tu concepción del amor eterno; tu idea acerca del amor –distinta y para ti desconocido en su realidad más íntima[2]–, tu concepción acerca del pecado[3]. Y junto a esto, cubriendo todo esto, tu sensibilidad y tu inteligencia. Tú, como yo, como tantos otros, estás destinada a sufrir y a gozar con mayor intensidad las cosas. Estos sentimientos han producido tu actual conflicto. Este conflicto lo hemos alimentado porque hemos tenido una complacencia en penetrar en nuestro interior. Desenvuelto tu conflicto, se ha convertido en algo peligrosamente perenne: esto es de mucha gravedad y se corren riesgos muy grandes. Tu dolor era un dolor justo –perdías un mundo, el de tu adolescencia y el de tu soledad llena de sueños. Estos goces, estos sueños han sido substituidos por otros, y has penetrado en otro mundo. Un mundo –el de mi amor y de la vida que te ofrece–, de miedo al amor, del que huyes y te fugas. Pero esta lucha es natural, absolutamente. Sólo que a ti te ha herido con mayor fuerza, y ha penetrado más hondamente en ti, tu ironía, tu temor a lo cursi, tu inteligencia –cierta parte de ti– te defendían de las gentes extrañas, guardaban tu persona, tu soledad amorosa, que esperaba la hora de la entrega. Esas fuerzas ahora son débiles y surgen otras: el remordimiento, la súplica, la desesperación. Tu amado yo antiguo sufre, porque el amor esperado y soñado, ha llegado, pero no era como el soñado. Una contradicción entre tu mundo y el nuevo que se te ofrece. Y esta lucha se prolonga peligrosamente. Ahora te amargan mis labios: cuida porque no te amarguen los labios: los míos futuros o los del que ames. Existe el peligro de que creas que la carne es realmente mala.[4] Te advierto que no son teorías, ni labia, como tan injustamente me dices: me supones un Don Juan, o un teórico que no soy. Tu amargura y desdicha proviene de la natural y desgarradora evolución de la adolescencia a la juventud sumada a tu indeciso amor. Este indeciso amor te malogra los momentos mejores y fortifica tu huida de la vida. Eso hace triste –amargo, mejor dicho– tu amor. Quieres huir a lo que llamas limpieza –que lo es, pero que tiene que transformarse, por ley natural, en otra limpieza– de tu vida anterior: huyes porque el mundo mío te parece desolado. Y te parece desolado porque tu amor no ha florecido lo bastante para que olvides un sueño infecundo. La carne no es mala: tú no puedes decir esa herejía que has dicho. Es malo lo que está dentro de la carne. Luchan tu adolescencia y la mujer que palpita dentro de ti[5]. Y a eso se aumenta la impotencia de mi amor para arrancarte de ti misma.

            Felipe no es ni una recompensa ni una compensación. Es un fruto. ¿Sabes que los hijos del amor son muy bellos? Esa es la razón de la belleza de los bastardos, producto de emociones amorosas y no de conveniencias sociales. Felipe ha de ser un hijo del amor, alegre como el amor. No es una recompensa del sufrimiento del amor, sino la dulce fruta en que se entrega el amor. Cuando se besa, Felipe no debe existir sino como un gozoso presentimiento: debe ser algo escondido, inevitable y deseado. Pero no es –ahora– Felipe el motivo de nuestro amor: no te amo para tener un hijo, sino porque te amo. Ese fruto, ese Felipe amado (he llorado sobre su desconocida imagen, ¿cómo será?) es el producto, la coronación del amor –que se serena y ennoblece– y no su origen. Cuando digo aventura, digo engaño y terminación de todo. No Tu amor ha sido desviado, ha sufrido una deformación –que puede llegar hasta la obsesión y la enfermedad.

            Un amor que le da, más de lo debido, lugar a la duda de su eternidad. Esto –como tu amargura– es producto de tu adolescencia luchando y de tu amor indeciso. Es necesario luchar contra eso y no abandonarse a la desesperación. Todo esto –y más quiero hablar contigo, luego que te llame–hoy en la tarde– por teléfono. No quiero terminar contigo. Es necesario curarte: que te convenzas que soy, también, tu amigo y tu confesor.

            ¿Sabes que todo esto te hace más grande y más deseable? No me aburres, vida mía, sino me acongojas.

            La abstención es un regreso a la adolescencia[6]. Pero no quiero que odies a las caricias, porque ese odio te puede frustrar la vida. Es remoto, pero es posible: la abstención es la negación de la carne: lo que yo trato es la purificación de la carne. Todo lo hablaremos, hija mía. Es menester que hagas –y te dejes hacer— un análisis amoroso. No quiero que la mudez ate tus labios.

            ¿Después de cada carta te sientes un poco aliviada? Seguramente, aunque te aflijas –más superficialmente–, quedas un poco vacía de tu dolor. Y quiero que me creas: no soy capaz de mentir. Si miento –o tú mientes– nos hundiremos. El secreto de Rafael y Amalia es el de que se aman y no se comprenden sino con la oscura comprensión de la pasión. Nosotros hemos sido demasiado ambiciosos: hemos querido violar todas las leyes que nos sujetan a lo terreno, y proceder con una limpieza ejemplar. Pero es que tú eres capaz de conversar conmigo sin amarme. Esto es pequeñez.  Claro que esto no tiene una gran importancia, pero sin embargo tiene un enorme valor. Rafael siente la necesidad de ver a Amalia, y se contenta con satisfacer esa sed. Pronto se saciará. Yo siento –tú sientes– una infinita sed, una amarga y devastadora sed de conocer, de ser, de acercarnos a Dios. He leído –y así lo que pienso se ha visto confirmado– que el amor que se detiene, el amor satisfecho, es un capricho que sólo trae infecundidad[7]. El amor es amor y sed infinita; sed que florece en otras ardientes, en otras celestes avideces. ¡Que yo sea como una eterna sed junto a la tuya, dulce abismo[8]! Nuestra relación, su grandeza y su dolor consisten en que queremos elevarnos a círculos más altos, a círculos morales. Cuando hablemos, sé desnuda conmigo: no te defiendas de tu ternura y de tu amor: te defiendes con la ironía y con el dolor. Abandona tu alma a la mía, una sola tarde. Las cartas tienen el inconveniente de que te hacen enmudecer, no quieres entregarte y opones resistencia a tu amor y al mío. Dices que son teoría y labia. Jamás digas eso, porque bien sabes que es falso. Tu conflicto debe rebasar y tener salida: encerrarte en ti misma es aplazar las cosas, que ellas se te vuelvan un complejo.

            Te amo más, te lo juro. Te amo por tu alma dolorida, adolescente mía. Tú has de salvarte, y yo perduraré en ti. Eterna mía, Helena adorada. Beso tu sombra, tu aliento, tu alma y el aire que desalojas en tu danza[9]. Hoy te llamaré. Quizá hable contigo antes de que llegue la carta. Pero prefiero que la leas antes.

                                  Tuyo,

                                                        Octavio

He releído la carta. En verdad es obscura, prefiero hablar y aclarar todo. Mi carta es la obscura, no la tuya.

 

NOTAS

[1] Hay que suponer que ese día Octavio declaró su amor a Helena, que daría el “sí” el día 22, como se vio en la primera entrega de estas cartas.

[2] Es decir, en el sentido carnal.

[3] En “Vigilias II” (13:152), discurre sobre los “previos remordimientos del deseo”, “la conciencia del pecado” y supone que el nombre moderno del pecado es “angustia”. ¿Nietzsche? En Ecce homo (“Por qué escribo libros tan buenos”, 5) escribe: “Todo desprecio de la vida sexual, toda impurificación suya con el concepto de lo ‘impuro’, es el crimen mismo contra la vida, es el auténtico pecado contra el espíritu santo de la vida” (Edición Sánchez Meca, p. 815).

[4] En Raíz del hombre (pero sólo en la edición Simbad) hay varias alusiones a este “peligro” que se caracteriza como lo frío o lo helado, la frigidez que explica las constantes huidas de ella (poema X):

Huyendo de ti misma,
del sueño de tus labios y tu vientre,
cayendo como piedra en hondos pozos,
en ámbitos helados,
entre las risas falsas y tu llanto.

[5] Paz ya leía a Freud. En Itinerario (9:19)  evoca que en sus años de preparatoria comenzaron a circular sus libros, un “diluvio en el que muchos se ahogaron” (pronto se verá que él era otro). El “examen” (luego dirá “análisis”) que hace a Helena se ajusta a “Las transformaciones de la pubertad”, uno de los Tres ensayos de teoría sexual (1905), sobre las jóvenes que “para deleite de sus padres persisten en una idea infantil del amor más allá de la pubertad” terminan convertidas “en esposas frías, anestesiadas sexualmente”.

[6] Es más bien a la infancia, pero supongo que el joven aprendiz de psicoanalista evade la palabra, igual que abstinencia, que –habrá leído en Freud– se origina en un “miedo virginal [que] siempre produce histeria” (“Anxiety Neuroses”, p. 153); la abstinencia que conduce a una “neurosis de ansiedad” (idem, p. 149). Cito de Papers on Hysteria and other Psychoneurosis, en Selected Papers on Hysteria, p. 150 (traducción de A.A. Brill, N.Y, 1912, en línea).

[7] Lo ha leído en Ordo amoris de Scheler: cuando un hombre cree haber logrado cumplir su “ansia amorosa” la consecuencia es “un estancamiento de su desarrollo espiritual y moral” (en la citada traducción de Subiri, p. 151).

[8] En los poemas juveniles, Helena aparece también representada como un “abismo”, tal en el poema XI de Raíz del hombre (13:65):

Cada vez que me hundo en ti,
obscuro abismo, vértigo sin alegría,
me hundo en un ámbito cruel de ecos,
en una larga, desesperada ausencia…

[9] En el mismo poema, la siguiente estrofa dice:

¿En dónde está la música, la danza,
el abandono al aire de unos rizos?

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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