18. A Elena Garro, 9 de agosto de 1935

Octavio Paz

Paz envía a Helena un curioso “poema en prosa”. De acuerdo con Paz, la primera de las “Vigilias” se escribió el día 10 de agosto.  


 

Querida Helena:

……..Anoche quise escribirte pero no pude hacerlo. Después de dejarte fui a San Ángel a dar una vuelta. Allí me inundó la delicia grave de la noche, el rumor sereno del aire. Un hondo ritmo de silencio nos hacía más fáciles y puros: en ese momento el amor (mi amor) era como un paseo en la noche, como algo tan caro, tan transparente, como la misma atmósfera inmóvil. Y en el aire –suspensa, callada– había la respiración de una música, de una alta estrella al alcance, como un fruto, de la avidez. Ávidas manos las mías, que te acarician –ahora mismo– y te tienen, como una estrella, en una dulce madurez. Hice un poema en prosa que te mando, como si fuera una rosa, un beso (¿hasta qué grado lo que escribo es sólo amor? ¿literatura despojada de las letras, vencida por el amor?). “El hombre de la túnica amarilla, el rico de palabras, dulcemente les dijo, en medio del silencio: Músicas atraviesan el espacio, en la noche, junto al mar, en ese camino lívido, debajo y arriba de los árboles. Sonad, sonad, oh flautas[1], en el inmóvil aire. Y los ángeles acuden lo mismo que los demonios. Y vosotros decidme de la luna tempestuosa y encarnada, entre nubes coléricas; de la otra, azul, en el cielo y el aire; decidme del naufragio de ciertos gestos en un delicioso desmayo tibio, de la zozobra de unas manos, la madurez de una trenza, cuyo destino es el de la gracia caída en unos hombros desolados o convulsos; decidme de la mujer que danza en medio de la tierra (una mujer –oh rostro imposible– ve cada uno de vosotros, y es la misma), de aquella cuyo recuerdo es una sombra más frágil y punzante que la de una estrella. Decidme, oh ángeles, de los crueles demonios encantadores.”

……..Decir esto me sumerge en otro mundo, en el que flota, cremosa, tu trenza y tu voz desvelada y remota. Aire submarino de la ausencia, tus gestos más triviales se reproducen, casi con un dulce dolor, y lentamente se mueren. Te mueres para mis ojos, pero te reconquista tu perfume, que de pronto aspiro. Y ese olor viene asociado a una mirada, a un gesto, a una presencia tuya, a una despedida. Te voy recobrando, hasta que logro tu voz: y en ella desfallezco, porque es una gloria sentir los huesos penetrados de su infantil y tierno encanto, voz lejana, cortada de una rama celeste, flor adolescente. ¡A veces tiene una persuasión tan ingenua tu voz![2] Yo amo en ti esas cosas que tú no conoces y aprecias.

……..Estoy inquieto por tu carta. ¿Qué dirá? Será una carta de amargura? Será de alegría? Yo debo callar y encerrarme en mi angustia: en mi dolor por el tuyo. Yo ahora estoy tranquilo: porque te amo y la situación objetiva ha mejorado. Nos toca a nosotros salvar lo salvable de nuestro –mi– amor. Nunca olvido que lo nuestro es una fórmula de bondad. Pequeña mamá: eres mi hija y mi amiga[3] y quiero tener tu cabeza entre mis manos, para devolverte eso que antes eras: serenidad. Pero fíjate qué torbellino está debajo de la serenidad. Es la única serenidad valiosa: aquella hipnotizada por el vértigo que gira subterráneamente, y sin embargo no es capaz de devorarla. Creo que habrás aclarado las cosas, y habrás visto, a mi modo de ver, en qué consiste la amargura de unos labios. Cuando ellos son estériles, infecundos. Porque de ese dolor agudo que es un beso no florecerá ni una promesa, ni Felipe, ni una pequeña alegría, un pequeño placer, gozoso de sí. No trates, tampoco, de razonar excesivamente. Esto, en cierto modo, nos ha perdido. Yo siento un irrefrenable deseo de descender a mí mismo: y siempre “hay zonas de podredumbre en las almas más puras”.[4] Esta sentencia nunca la he olvidado; pero creo necesaria esa obscuridad de ciertas cosas para que resplandezcan otras. La pureza es eso: encontrar nuestro rostro oculto, divino rostro escondido, que nos haga conscientes de nuestra miseria, para elevarla. Más pura y mejor cuando lloras, o cuando te estremeces de horror, que cuando quieres olvidarte de ti misma. Ya sé que esto te causa molestia, desagrado. Es una etapa natural hacia el verdadero bien: el bien que ya no es el nuestro, sino la voluntad de Dios. Yo quiero que tu conflicto rebase ese límite que te ahoga, que deje de ser un conflicto sin salida posible: eso sólo es posible mediante Dios, mediante el reconocimiento del destino. Tú un día me dijiste que el arrepentimiento te salvaría, al fin; no el arrepentimiento y la abstención, sino el arrepentimiento de nuestra pequeñez, que mancha a las cosas y la voluntad decidida de ennoblecerlas, entregándose a ellas con desnudez. Las caricias son tristes y amargas sin abandono, con reproches internos. Pero esos reproches te salvan porque te conmueven. Y el estremecerse es la única cualidad angélica de los humanos. Por eso Baudelaire fue –él, demoniaco– un ángel: por su capacidad para conmoverse.

……..No quiero que tu conflicto se vuelva un complejo, una desazón escondida, sino que surja, con toda su desgarradora desnudez, a la luz de nuestra comprensión. Saber lo que nos ocurre es la mitad de la salvación. Y la dignificación y grandeza, en último término, de nuestra perdición. Un mundo nuevo, el mundo tenso y heroico de ti misma, es el que quiero para ti.

……..Tampoco es deseable el exceso de razón. Razonar excesivamente conduce a los falsos extremos, a la geometría inhumana del alma. Y al deber de la razón en lugar del deber del corazón. Que tu razón te sirva a ti, y no tú a ella. Todo este agudo conflicto, esa sorda lucha, es la lucha de la adolescencia y de la juventud. Pero para que todo floreciera dentro de ti, primer amor inolvidable, es menester que te olvides, un poco, de ese porvenir que te espanta. Para que te entregues a la certeza de tu amor: “hay que cumplirle a la vida lo que la vida nos promete”.[5] ¡Qué mayor guía de conducta! Y hay, yo digo, que aceptarle a la vida lo que ella nos entrega. Hasta mi amistad, vida mía. Yo también te he aceptado con lucha, hace mucho, cuando tenía una pequeña voluntad egoísta. Ahora tú eres mi egoísmo. Hay que saber decirle, heroica y alegremente, sí a la vida.

……..¡Qué maravillosa madre tienes, Helena! Tu mamy (¿así le dices?) es una mujer excepcional y verdaderamente valiosa: yo quiero conversar con ella. Qué amorosa sabiduría: es una verdadera mujer; así te sueño a ti. Sus palabras de ayer me han sorprendido, jamás la pensé tan humana: ella coincide conmigo en muchas cosas. ¡Y qué bien nos conoce! Debemos ser buenos con ella. Bésale la mano de mi parte.

……..Hoy en la noche, o mañana, recibiré tu carta. Ésta, casi al mismo tiempo, estará en tus manos. Tu carta, si es que no lo has olvidado, me dirá el día que te veré. Hoy comeré cerca de tu casa. El Archivo me mira con ojos de asombro. Retiro de mi rostro el amoroso gesto que aquí, vida mía, dejo entre las letras.

……..……..…….. Tuyo.

……..……..……..……..……..……..Octavio

 

NOTAS

[1] La flauta con su “música penetrante y líquida” (escribe en “Vigilias I” estos mismos días) es el instrumento musical que más aparece en la poesía de Paz.

[2] El encomio de la voz de Helena sucede sobre todo en el poema que lleva el numeral II de Bajo tu clara sombra : “Amor, dame tu voz,/  Tu dulce, fiera voz, quemante y fresca…” (13:72)

[3] Octavio ya había revestido a Helena con los atributos de la madre, la hermana y la amiga; ahora agrega a la hija. Escribí sobre esto en Los idilios salvajes, pp. 141 y ss.

[4] Ignoro a quién cita, si bien se acerca al célebre prólogo de Teophile Gautier a Las flores del mal de Baudelaire, a quien Paz evocará en el párrafo siguiente. Escribió Gautier: “admitía la perversidad original como un elemento que se encuentra aún en el fondo de las almas más puras”. Otra fuente  puede ser esta: “Incluso en el mejor de los hombres hay algo que provoca repugnancia: ¡y el mejor de los hombres sigue siendo algo que debe ser superado!”, que escribe Nietzsche en “De las tablas viejas y nuevas” (14) en Así habló Zaratustra (p. 199 de la edición Sánchez Meca).

[5] Regresa al Así habló Zaratustra (“Tablas nuevas y viejas”, 3a parte, 5). Cita, creo, la traducción de Pedro González Blanco, a la que no tengo acceso. La edición de Sánchez Meca en Tecnos (Madrid, 2016) –la que manejo en esta edición– dice: “la promesa que la vida nos hace a nosotros, es la que nosotros queremos –¡cumplirle a la vida!”. En “Vigilias III” (13:159) Paz emplea el apotegma como argumento sobre sus razones para acometer la redacción de “Vigilias”, su diario; de ahí en adelante cita y glosa profusamente a Nietzsche, como ha ido observando quien lee estas cartas.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
Anterior
Siguiente