17. A Elena Garro, 7 de agosto de 1935

Octavio Paz

Se comenta en Los idilios salvajes, p. 169 y ss.


 

Helena:

……..La carta tuya la esperaba. Continuamos en ese absurdo, ingenuo plano de amigos y novios. Soy tu confidente de tus amores con Octavio. Y tú, Helena, eres mi Helena y mi conciencia. Sólo que tú esta vez has sido más directa: lo que yo pensaba decirte –como habrás sospechado en mi última– tú lo has escrito. Pero esta debilidad –peligrosa y heroica porque tiene un alto valor de pasión por la simplicidad y la integridad, porque comunica a nuestros actos una seriedad vital, de la que no son todos capaces, ni siquiera Rafael– esta dualidad quizá nos destroce. Tú no eres Amalia –te dije– sino una mujer en la que las cosas se hacen más visibles porque te hieren más hondamente y tienes el desdichado destino de reflexionar sobre ellas. Por eso –con todo cálculo y depositando en ti un anhelo interior de bien– me he atrevido a hablarte como lo hago, como si no fueras la que amo y quiero que se ligue a mí. Todo esto nos produce una noble desventura, una certidumbre, cruel a veces, de nosotros mismos. Jamás he usado tus precauciones para hablarte. No me obligues a tomarlas ahora. Seamos, en último caso, unos suicidas absurdos. Yo tengo un frenético e irracional amor por saber de mí y de ti. Cuántos se contentan –humanamente– con lo otro, con una miserable presunción, y sepultan sus interrogaciones. Yo me asomo a tu abismo –tan lejano del mío, que tú ni siquiera conoces– y me asomo sin vértigo. No por defecto de amor, por sequedad, sino –es ya inútil decirlo– por amor excesivo.

……..Una carta esperada. Me une a ti la vergüenza también. Y la tristeza. (¡Olvidaste que yo, también, podía ser Rafael!) Este olvido es horrible. ¡Hallar consuelo, refugio, fuera de mí! La sensación tuya era la mía: pero eso es reconocernos en el mal. ¡Cuando te besaba, tú lejos de mí![1] ¿El fracaso del amor, o el fracaso de tu idea del amor? ¡O mi fracaso contigo! Un fracaso esperado, en todo caso. ¡Fracaso porque el besar en sí mismo, despojado de ternura y de esperanzas en un florecer futuro de la carne, es algo tan pequeño! Porque no podrás –no puedes y no podrás– tener el abandono de la aventura, la frialdad de “hoy te amo” y entregarte a ese minuto desesperada y ávidamente. No estás tú en ese plano. (Quiero que ahora hablen por mí el afecto y la razón.) No es un problema de castidad sino de ternura. La carta aquella de Dios en todas partes, aún en lo que, falsamente, llaman demonio, es verdadera todavía. Lo único demoniaco es la falsedad. Y era una falsedad ese besarme así; falso, porque ni tenías la certeza de la aventura –las aventuras son para los aventureros– ni la certeza de que eso iba a continuar.

……..Ni una sola palabra de amor, ni una mirada, sórdidos en la noche, en una esquina. Todo esto es cruel y además poco inteligente de mi parte. Pero no importa. Yo llegué a mi casa destruido por el contacto de una carne sin alegría y sin eternidad. Amo la carne, pero la amo jubilosa y segura de un amor por mí y por ella, segura de un florecer en otras voces, en otros rostros. ¡Pero una aventura, un noviazgo! Yo también he tenido la amargura de la carne, pero nunca la terrible sensación de pequeñez de la otra noche. ¿Qué hacía yo, si tú no ibas a ser mía para siempre? Esto es lo que nos da pequeñez. No la castidad, sino la inseguridad acerca del valor de las cosas. Mía, en mí, para mí, total y definitivamente. Este deseo de totalidad bien puede ser que no ocurra: es razonable. Pero esta razón no le resta nada a mi certeza anterior. Si tú no eres capaz de ese olvido, de esa entrega, y sin embargo te entregas, –con reserva, con sequedad, por arrastrada– y si eres incapaz de hallarte y amarte en esa desolación de sentirte arrastrada, es inútil todo. Y estéril. Un amor estéril.  Ese es el fondo de cuestión. Se trata del amor, no de la bondad. Un amor es casto cuando encuentra la seguridad interior de su valor[2]; si lo despojas de valor, de ternura, llegan los remordimientos, la sequedad, la aventura. Una aventura que no deseamos: triste y sin goce posible. Esta es la verdadera causa –tu lucha– de nuestra amargura. Siempre es noble reconocer esto, porque nos eleva. Ya sabes que es mejor el saber que la ignorancia, y que la ignorancia a sabiendas. No hay que engañarnos a nosotros mismos. Reflexiona sobre esto.

……..Se trata de la integridad. Se trata de encontrar la ternura que una tarde unió a nuestros labios y nos hizo hablar de Felipe. Felipe, amado hijo imposible[3]. Este Felipe nos podría salvar de la vulgaridad. Felipe sería nuestro amor eternizado. Esa conciencia del valor de la carne es la que es necesario encontrar. Mía, con Felipe o sin él, para siempre. Aunque no quiero obligaciones; que me ames por obligación.

……..Amiga, ¿no he sido comprensivo contigo? ¿Será posible que halles consuelo en otra voz[4]? Esto es horrible. Es necesario que siga siendo tu confidente, tu amigo.

……..Lo otro: la índole de tu afecto, quiero conversarlo contigo. Es mejor que por carta.

……..La situación externa también es menester resolverla. Estos dos puntos es necesario tratar. Y aceptar con toda entereza las cosas. Para eso es necesario la otra: la certeza de que nada de lo ocurrido volverá a ocurrir. O terminar todo.

……..Lo demás de la carta es necesario resolverlo, resolverlo con la razón, y poner nuestra energía al servicio de nuestra decisión. Dejar de ser escolapios. Sé mujer.

……..Quiero tranquilidad para ti. He hecho lo posible porque la tengas. Y lograré tranquilidad: te lo juro. Para eso necesito de ti.

……..Nuestro problema es otro, ese lo resolveremos aclarándonos –en la medida en que es posible lo imposible– nuestro amor. Y sintiéndolo. Todo con dignidad.

……..No quiero oír hablar de crueldad –querida niña maternal–. No eres mala, ni nada de inferior. ¿Qué sabes de mí? No te pongas en ese plano, semiobligada, semiamorosa. Todo es necesario aclararlo. Amiga y Amante mía. Tu angustia –¡y tú lo ignorabas!– era la mía. Horrible noche: noche de soledad, junto a ti. Estéril, seca noche.

……..Pienso, sin frases, en ti, floreciente y fecunda Mía.

……..……..Tuyo,

……..……..……..……..Octavio

P.D.- Tus tías tienen que ser castigadas. Si se trata de luchar, hay que hacerlo hábilmente. ¿No es una aventura que, siendo tu amante, tu amoroso, sea tu amigo? Querida conciencia mía: yo lo soy tuya. Quiero oír tu voz. Y besar tus lágrimas, más puras que toda una conducta “recta”. ¿No serás injusta con Deva? No quiero renovar contigo una amargura de la que he huido siempre: quiero encontrar en tus labios pureza y abandono. Sé buena, aunque no me ames. Aunque creo que la única forma de serlo sería amándome de veras. Porque no me amas estás amarga. Pero es mejor no adelantar las cosas. Es menester reconquistar a la ternura. Eso es todo. Te amo.

……..……..……..……..Octavio

1. Llámame. Urge.

……..La ternura hay que reconquistarla sin pasar por la desesperación. Sabes que cuentas conmigo para todo: hasta para, alegremente, si lo deseas, abandonarte.

……..Son las 12. Tu carta –no había ido a la casa– la leí a las 10 ½ que llegué. Sueña sin sueños. Estatua olvidada, cruelmente herida por mí.

 

NOTAS

[1] De las cartas se colige el episodio en cuestión: Octavio habría intentado besarla y ella lo impide. Él se queja y discute; ella le cierra la boca con un beso melodramático y le dice que lo besa porque lo ama hoy, como en una aventura, sin la certeza del mañana.

[2] Glosa, de nuevo, el ensayo de Max Scheler Ordo amoris y su teoría del “valor amable” del amor (traducción de Xavier Subiri: Madrid, Caparrós, 2008). Se halla parcialmente en línea.

[3] Se recordará que “Felipe” es el nombre que Garro y Paz dan al hijo que imaginan tener un día.

[4] La de Rafael López Malo, obviamente.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
Anterior
Siguiente