14. A Elena Garro, 4 de agosto de 1935 (nocturna)

Octavio Paz

Octavio escribe esta carta intensa después de haber ido a mirar de lejos el baile sabatino al que acudió Helena, sin él. Al gentío y al estruendo, el joven opone esta declaración de serenidad romántica… Esta carta se relaciona cercanamente a las “Vigilias”, en especial la sección dos de la primera de ellas (13: 141 y ss.)


 

Helena mía:

……..Suena muy bien junto a tu nombre la partícula mía. Lo mismo que la H: el que tú la tengas –nada más tú, entre todas las Elenas– y el que la usemos como una especie de amorosa contraseña, de signo de nosotros, ata con un lazo nuevo, secreto e inefable nuestros –mi– ya atados corazones.

……..Te dije hoy que en todo te encontraba. Dulce milagro el tuyo, que te repite en todas las imágenes del mundo y no me sacia: si alguna palabra es aplicable al amor, es esa: insaciable, con la abstinencia y el exceso. Pero yo nunca estoy en esa abstinencia de tí, porque te encuentro –dolorosa, alegremente– en todo[1].

……..En este momento estás en una fiesta[2], y yo me consagro a rescatarte de la superficial neblina que te esconde, dentro de mí. Pues estabas, todavía hace un momento, sólo como un tierno presentimiento. Como un júbilo que aún no estalla, una noticia azul que nos espera en el fondo del alma. Y a veces surges, fuera, dentro, impalpable, en el aire y el alma –un alma como aire mecido en música, con un tacto de luz–; no tu presencia física, sino el clima alucinado que te rodea, la atmósfera que no respiras, sino que te ilumina y penetra, el estremecimiento que te anuncia. Doy gracias a Dios porque existes. Yo bien no podría existir, ¿pero tú?

……..Ahora tengo en mis manos tu pelo, que te dora. Hay días –hoy uno de ellos— en que me pareces animada por una fecunda sangre celeste, por una serena vida, que alimenta y equilibra la madurez quemada de tu pelo y la danza, aún en la inmovilidad, de tu cuerpo. Esa sangre te infunde una vida solemne y sonámbula, transciende en una alucinada atmósfera de música, estatua de ti misma. En ti, por ti, comprendo “la música callada”[3], el equilibrio interior , que eso eres tú, y el amor. ¿No es maravilloso que ahora sepa –con saber del alma y no del entendimiento– estas cosas inefables, indecibles? Esta es también la inutilidad de las cartas y de las palabras: taquigrafía débil y absurda de un alma inexpresable. Son cosas más hondas las que nos comunican: es tu presencia, que me electriza, el sueño en que vivimos, tus labios elegidos, tú y yo, y lo que creamos en torno. La música, la poesía, la mudez expresiva de mi cuerpo y del tuyo, nos atan y expresan más hondamente que las palabras. ¡Y cómo está –cuando vibra amoroso– lleno de espíritu el cuerpo: habla tu sangre, la mía, con una divina lengua de amor! Esta es la redención del pecado, Helena mía: el amor. Y es el pensamiento –y no el alma– el que mancha al amor, en cuanto reflexionas en que todo ha de acabar[4]. Pues el alma y el cuerpo se dan, íntegramente, siempre, porque esa es su esencia: el dar. La inteligencia es el cálculo, lo que no se da, sino se cambia. La inteligencia sirve, a lo más, para enseñar: el amor para penetrar[5]. Yo no verdaderamente sino hasta que penetro, amorosamente, en las cosas. ¿Para qué quiero conocerlas, si las amo? Me basta con saberlas, saberlas en el alma y el cuerpo, en la vida[6].

……..A veces temo perderte, y me reprocho la fatuidad de mi confianza. Además, tu casa: la gran casa de toda tu familia. Porque es realmente una casa, en el sentido antiguo, que ya casi desaparece: la casa se atomiza, ahora, en el hogar. Pero en Uds. subsiste el espíritu de casa, de clan. Y quisiera armonizarlo todo. Pero quizá esa felicidad no sería posible: al fin, yo soy un advenedizo en tu círculo. Un extraño irremediable. Un poco, te he arrebatado de ellos. Siempre sucede eso, y cuando un amor lo es verdaderamente, nunca se pone de acuerdo con la sociedad. Entonces se crea una nueva. De pronto nos damos cuenta de que vivimos ya en otro mundo. Un mundo que es absolutamente nuevo, que hemos creado, irradiado también, con nuestro amor. El mundo de la encantada soledad nuestra. Y en la tibia soledad crecen otros afectos, ni tuyos ni míos, sino nuestros. Así, Deva –para mí– es un nuevo afecto: ni tu hermana, ni mi amiga, sino una nueva criatura, nuestra, hija de nuestro sueño. Albano lo mismo. A Rafael, ahora, lo distingo con una nueva y secreta simpatía: no es sólo mi amigo, sino una gente de nuestro grupo, del amoroso grupo de nosotros: el de Helena y Octavio[7]. Entonces desaparece el temor de que mi felicidad no sea la tuya: mujer cambiante, siempre nueva, y sin embargo siempre amada. Bajo tu trenza visigoda crece mi amor a la vida, a los hombres, amor de tí.

……..La de hoy no es la de ayer, pero yo sigo amando a la de ayer, y quiero a la de hoy. Lo mismo –y sin embargo, tan distinto (riqueza del amor) cuando te moja la lluvia y naces de la noche húmeda– vienes a mí y atada a mí— que cuando, distante y visigótica, estremeces al día. (Alrededor de ti y de lo visigodo voy a intentar escribir un día, asturiana, yo casi andaluz[8].)

……..Bailas en este instante, quisiera saber tu alegría, que es la causa de la mía. Mañana espero tu llamada: un poco porque entreví su posibilidad, otro porque lo deseo. Alma mía, te ama tu

Octavio

(Al margen:) (La letra es mejor? Más chica?)

 

NOTAS

[1] Escribe en “Vigilias IV” (13:170): “Quisiera ser inmóvil y duro, amante eterno, insaciable y, sin embargo, saciado diariamente. Amarla más allá de mí.”

[2] En “Vigilias IV”, el narrador dice, rencoroso, haberla visto danzar de lejos: (13:172):

“Ayer en la noche te vi. Yo estaba en el puente y ustedes en la terraza, jugando, riendo, danzando. Hacía el calor, el calor fresco, la tibieza aromada, del Valle; la noche era azul y la luna, gigantesca, blanca, como una magnolia incandescente, iluminaba las hierbas, las piedras misteriosas y dormidas, las copas y las raíces de los árboles que crecen trabajosamente en las paredes y en el cauce reseco del río. Danzaban, como en una estampa romántica, a la luz de la luna, entre las flores de la terraza; oí tu risa y punzaba muy cruelmente. Porque era una risa ajena, que me revelaba una parte desconocida de tu ser, la existencia de una H. capaz de reír, olvidada de mí, cuando apenas unas horas antes yo era todo —el aire, la luna, el mundo— para ella. ¿De modo que el amor, tu amor, era algo tan frágil? Recatado en la sombra, mi pequeño drama me parecía lo único importante sobre la tierra. Y quizá tenía razón, pues ¿hay algo más importante que el amor para el enamorado?”.

[3] “…la soledad sonora, la cena que recrea y enamora”, versos del “Cántico espiritual” de San Juan de la Cruz.

[4] En “Vigilias I” (13: 142) –fechada por Paz en agosto de 1935– desarrolla esta reflexión sobre la conciencia de que tras la intensidad del amor está, proporcionalmente, la conciencia de la “propia muerte venidera”, que “estamos cercados por la muerte”.

[5] ¿Recordaría Paz su educación lasallistas? La idea de que el amor penetra donde se detiene la inteligencia (ubi deficit intellectus…) aparece sobre todo en San Pablo, San Buenaventura, Aquino y… Max Scheler (cuyo “Ordo amoris”, ya comentamos, Paz estudia este año).

[6] Continúa leyendo a Scheler, con su idea en el sentido de que el amor antecede cualquier operación del intelecto.

[7] La fantasía de crearse una familia complementaria con los padres y hermanas de Helena, incorpora ahora a sus amigos.

[8] Soto y Gama le había dicho al padre de Paz, al conocer a su hijo, que parecía “visigodo”, como recuerda Paz en “Entrada retrospectiva” a El peregrino en su patria  (8:19). Hacer visigoda a la rubia Helena es una típica fantasía de gemelaridad entre enamorados.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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