13. A Elena Garro, 4 de agosto de 1935 (matutina)

Octavio Paz

 

No hay cartas durante cuatro días, del miércoles 31 de julio al sábado 3 de agosto (o no se preservaron). ¿Sería una de las condiciones de los padres Garro? Y ahora, este domingo 4, no habrán de verse: Helena va a ir a un baile, por disposición de sus padres, pero Octavio no puede ir con ella. A pesar de su afán por llevar la situación con prudencia se aprecia que la dicha de la reconciliación comienza –una vez más—a tambalearse… Es extraño que carezca de saludo y que la primera fecha en el manuscrito, testada por Octavio, sea tan lejana de la segunda. Se comenta en Los idilios salvajes, p. 167 y ss.


 

Julio 2
Agosto 4

 ……..Dejé tu carta abierta. Lo primero que encuentro en la mañana eres tú. Es mi primer noción de que existo. Existes, existes para mí, luego existo. Así he transformado a Descartes. La mañana es húmeda y llena de neblina. Como en la despedida de “Rayando el sol”[1]. Pero tiene una escondida ternura, una lágrima que se puede convertir en una sonrisa. Mi madre ha cortado rosas y me las ofrece: yo a ti también las ofrezco. Ella me ha dicho: ¿no tienes a quién dárselas? Y yo he sentido una dulce alegría. Hoy domingo pienso trabajar pensando en ti: algún día te daré una sorpresa. He leído a Goethe, en el pasaje que te dije, un día te lo leeré[2]. Quisiera que leyeras lo que yo. ¿Piensas siempre en ir a bailar hoy? Serás la alegría del baile. Serías, mejor dicho, pero vas a ir a un sitio de gente pequeña, encenagada en su pequeña vanidad. Ellos no conocen la verdadera alegría, que es la de la danza en el aire[3]. Y tampoco –ya que no la de la estatua– la inteligente gracia del salón: el ingenio. Ni la gracia amorosa y dyonisiaca[4], ni la cortesanía. Una alegría estúpida y hecha de aburrimiento, desesperación y olvido es la suya. Un día hemos de danzar, de girar juntos. El jaz [sic] no ha sido hecho para ellos. No saben la secreta alegría de su desorden. Y los deja fríos, inertes, el frenesí del vals o la melancolía de Chopin. Pero tú danzas, ante mis ojos, en este momento[5]. Dios te bendiga. Llueve desesperadamente y temo que el Correo, si espero, lo cierren. O que no haya. Entonces sabrás –si no me hablas[6]– de mí hasta el lunes. En la mañana leeré poemas; en la tarde trabajaré. ¿O estaré contigo? Siempre estoy: tú también debes estarlo. Adios, hasta la vista, Helena mía:

Octavio

NOTAS

[1] Una canción popular que inicia diciendo: “Rayando el sol/ me despedí”. Gabriel Zaid, que la recoge en Ómnibus de poesía mexicana (México: Siglo XXI Editores, 1971, p. 224) la fecha en 1850.

[2] Véase la nota número 5 a la carta 12.

[3] Nietzsche encomia a quien baila “entre santos y putas/ entre Dios y el mundo” y “sabe bailar con vientos” en “Canción para bailar” (La gaya ciencia). Otras ideas suyas: “Al cantar y bailar, el hombre se expresa como miembro de una comunidad superior: ha olvidado cómo andar y cómo hablar y está a punto de volar en el aire cuando danza” (El origen de la tragedia , capítulo 1). También, cuando danza, Zaratustra dice “soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo abajo de mí mismo. Ahora un Dios baila en mí” (VII. “Leer y escribir”). La reflexión sobre el “ingenio” del salón alude a La gaya ciencia (103).

[4] De nuevo, Nietzsche, por ejemplo: “En el simbolismo de las Dionisias está experimentado religiosamente el instinto más hondo de la vida, el instinto de futuro de la vida, de eternidad de la vida”, en Crepúsculo de los ídolos (4: “Lo que tengo que agradecer a los antiguos”).

[5] Hay innumerables referencias a Helena danzando en los poemas del periodo. A veces con Paz: en el soneto V de Bajo tu clara sombra (11:28) el gozo “mueve en danza nuestra sangre atada”.

[6] Primera referencia a que en las casas de los Paz y de los Garro hay teléfonos.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1965-1969
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