Una guía de Paz hacia Jorge Cuesta

Guillermo Sheridan

 

Después del comentario de Jorge Cuesta sobre Raíz del hombre (1937) de Octavio Paz, que se publicó aquí, continué revisando las muchas referencias que hace Paz a quien fuera su amigo y tutor durante 1935 y 1937, más allá de sus frecuentes apariciones en los ensayos de Generaciones y semblanzas. Dominio mexicano, volumen 4 de las Obras completas (sobre todo en las páginas 18-19; 71-74; 77; 282).

 

Reproduzco ahora otros párrafos en los que aparece Cuesta que, quizás, intriguen a los lectores y a un conjeturable estudioso del trato que hubo entre los dos poetas. Se recogen en orden cronológico y se apunta, entre paréntesis, el número del volumen de las Obras completas (FCE) y la página respectiva. (G.S.)


 

 

1937: Nacido México en un instante universal de España, se ha dicho, la única tradición a seguir y continuar es la del clasicismo, la del universalismo. Esta opinión de Jorge Cuesta, que fue en cierta época la de la generación anterior a la nuestra, resulta desmesurada si pensamos que trata de justificar no a una tradición, sino a una poesía, ya superada por sus mismos autores, que generalmente ha sido europea, pero no clásica, y muchas veces incolora, sin raíces. Los jóvenes pensamos que sí existe acento nacional, poético, en la obra de los que nos anteceden, aun en la de aquellos que más cuidadosamente se evadieron de la anécdota.

 

“Noticia de la poesía mexicana contemporánea” (13:260)

 

 

1938: Sólo en aislados momentos lo específicamente nuestro ha adquirido la intensidad artística, humana, que hace viable lo universal, lo clásico. Y digo esto a pesar de que, como apunta Jorge Cuesta, la cultura mexicana, nacida en la hora ecuménica de España, es por tradición una cultura humanística, fugitiva siempre de cualquier “casticismo” o romanticismo: clásica. Pero este clasicismo ha sido un mero formalismo; tenía todas las apariencias del orden, frente al caos nacional, pero no era, no es, sino una árida rigidez, una retórica.

 

“Cultura de la muerte: Xavier Villñaurrutia” (13:264)

 

 

1940: El sabor, espuma de los sentidos, es lo más fugitivo, lo menos eterno, del mundo sensual. El gusto es uno de los sentidos desdeñados por el arte; nuestra cultura es, ante todo, la cultura de la vista, del tacto y del oído (¿no es así, Jorge Cuesta?); mediante estos tres sentidos el hombre penetra al mundo exterior o se deja penetrar por éste; los ciegos y los amantes —esos lúcidos ciegos— ven con el tacto; y los videntes, con los ojos, tocan y oyen a la música invisible que danza en los colores del paisaje o en las proporciones de las formas. ¿Y no hay colores ásperos, blandos o hirientes? El olfato y el gusto han sido los sentidos ofendidos y empobrecidos por la técnica.

 

“Emilio Ballagas: Sabor eterno” (13:289)

 

Jorge Cuesta en 1918. Ateneo de Córdoba

 

1942: [Jorge Cuesta se quitó la vida en agosto de este año. N. del E.]

 

La caída

A la memoria de Jorge Cuesta

Abre simas en todo lo creado,
abre el tiempo la entraña de lo vivo,
y en la hondura del pulso fugitivo
se precipita el hombre desangrado.

¡Vértigo del minuto consumado!
En el abismo de mi ser nativo,
en mi nada primera, me desvivo:
yo mismo frente a mí, ya devorado.

Pierde el alma su sal, su levadura,
en concéntricos ecos sumergida,
en sus cenizas anegada, obscura.

Mana el tiempo su ejército impasible,
nada sostiene ya, ni mi caída,
transcurre solo, quieto, inextinguible.

 

II

Prófugo de mi ser, que me despuebla
la antigua certidumbre de mí mismo,
busco mi sal, mi nombre, mi bautismo,
las aguas que lavaron mi tiniebla.

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,
niebla de mí, mentira y espejismo:
¿qué soy, sino la sima en que me abismo,
y qué, sino el no ser, lo que me puebla?

El espejo que soy me deshabita:
un caer en mí mismo inacabable
al horror de no ser me precipita.

Y nada queda sino el goce impío
de la razón cayendo en la inefable
y helada intimidad de su vacío.

Libertad bajo palabra (11:68)

 

 

1950: Ni Juan Ruiz de Alarcón, ni sor Juana, ni Darío, ni Bello, son espíritus tradicionales, castizos. La tradición española que heredamos los hispanoamericanos es la que en España misma ha sido vista con desconfianza o desdén: la de los heterodoxos, abiertos hacia Italia o hacia Francia. Nuestra cultura, como una parte de la española, es libre elección de unos cuantos espíritus. Y así, según apuntaba Jorge Cuesta, se define como una libertad frente al pasivo tradicionalismo de nuestros pueblos. Es una forma, a veces superpuesta e indiferente a la realidad que la sustenta. En ese carácter estriba su grandeza y también, en algunos casos, su vacuidad o su impotencia. El crecimiento de nuestra lírica —que es por naturaleza diálogo entre el poeta y el mundo— y la relativa pobreza de nuestras formas épicas y dramáticas, reside acaso en este carácter ajeno, desprendido de la realidad, de nuestra tradición. (8:111)

 

Mientras Samuel Ramos descubre el sentido de algunos de nuestros gestos más característicos —exploración que habría que completar con un psicoanálisis de nuestros mitos y creencias y un examen de nuestra vida erótica—, Jorge Cuesta se preocupa por indagar el sentido de nuestra tradición. Sus ideas, dispersas en artículos de crítica estética y política, poseen coherencia y unidad a pesar de que su autor jamás tuvo ocasión de reunirlas en un libro. Lo mismo si se trata del clasicismo de la poesía mexicana que de la influencia de Francia en nuestra cultura, de la pintura mural que de la poesía de López Velarde, Cuesta cuida de reiterar este pensamiento: México es un país que se ha hecho a sí mismo y que, por lo tanto, carece de pasado. Mejor dicho, México se ha hecho contra su pasado, contra dos localismos, dos inercias y dos casticismos: el indio y el español. La verdadera tradición de México no continúa sino niega la colonial pues es una libre elección de ciertos valores universales: los del racionalismo francés. Nuestro «francesismo» no es accidental, ni es fruto de una mera circunstancia histórica. En la cultura francesa, que también es libre elección, el mexicano se descubre como vocación universal. Los modelos de nuestra poesía, como los que inspiran nuestros sistemas políticos, son universales e indiferentes a tiempo, espacio y color local: implican una idea del hombre y tienden a realizarla sacrificando nuestras particularidades nacionales. Constituyen un rigor y una forma. Así, nuestra poesía no es romántica o nacional sino cuando desfallece o se traiciona. Otro tanto ocurre con el resto de nuestras formas artísticas y políticas.

 

Cuesta desdeña el examen histórico. Ve en la tradición española nada más inercia, conformismo y pasividad porque ignora la otra cara de esa tradición. Omite analizar la influencia de la tradición indígena, también. Y nuestra preferencia por la cultura francesa, ¿no es más bien hija de diversas circunstancias, tanto de la historia universal como de la mexicana, que de una supuesta afinidad? Influido por Julien Benda, Cuesta olvida que la cultura francesa se alimenta de la historia de Francia y que es inseparable de la realidad que la sustenta. A pesar de las limitaciones de su posición intelectual, más visibles ahora que cuando su autor las formuló a través de esporádicas publicaciones periodísticas, debemos a Cuesta varias observaciones valiosas. México, en efecto, se define a sí mismo como negación de su pasado. Su error, como el de liberales y positivistas, consistió en pensar que esa negación entrañaba forzosamente la adopción del radicalismo y del clasicismo franceses en política, arte y poesía. La historia misma refuta su hipótesis: el movimiento revolucionario, la poesía contemporánea, la pintura y, en fin, el crecimiento mismo del país, tienden a imponer nuestras particularidades y a romper la geometría intelectual que nos propone Francia. El radicalismo mexicano, como se ha procurado mostrar en este ensayo, tiene otro sentido.

 

Más allá de las diferencias que los separan, se advierte cierto parentesco entre Ramos y Cuesta. Ambos, en dirección contraria, reflejan nuestra voluntad de conocernos. El primero representa esa tendencia hacia nuestra propia intimidad que encarnó la Revolución mexicana; el segundo, la necesidad de insertar nuestras particularidades en una tradición universal. (8: 153-154)

 

Nada ha trastornado la relación filial del pueblo con lo sagrado, fuerza constante que da permanencia a nuestra nación y hondura a la vida afectiva de los desposeídos. Pero nada tampoco ha logrado hacerla más despierta y fecunda, ni siquiera la mexicanización del catolicismo, ni siquiera la Virgen de Guadalupe. Por eso los mejores no han vacilado en desprenderse del cuerpo de la Iglesia y salir a la intemperie. Allí, en la soledad y desnudez del combate espiritual, han respirado un poco de ese “aire religioso fresco»” que pedía Jorge Cuesta. (8: 117)

 

El laberinto de la soledad (8)

 

 

1965: [El 31 de octubre de 2003 apareció en Letras Libres una “Carta a José Emilio Pacheco” de Octavio Paz, sin fecha (aunque se deduce que es de 1965, pues menciona el “ultimatum chino” que recibió la India ese año). José Emilio, al parecer, le habría enviado a Paz los cuatro tomos con obras de Cuesta que acababa de publicar la UNAM y pidiéndole una opinión “actual” sobre él. Me permito poner entre corchetes un par de notas aclaratorias. [N. del E.]

 

Al hojear los volúmenes publicados por la Universidad me desconcerté un poco. El poeta, francamente, me dejó frío. No sé si buscaba la palabra exacta en el sentido intelectual más que poético o si carecía de palabra. Sospecho lo segundo. Algunos de sus textos en prosa revelan una curiosa torpeza verbal, unida a una inteligencia penetrante. No es que no supiese el español, aunque su español, como el de muchos mexicanos de la clase media, haya sido pobre; creo que quería pensar en francés y de ahí la rigidez de algunos períodos.

 

Dicho esto, Cuesta me parece una de las inteligencias más penetrantes que ha tenido México. En él hasta la locura es inteligente. Sus artículos sobre política si olvidamos su carácter polémico y circunstancial revelan una comprensión muy profunda de la vida mexicana. Afirmar que el marxismo es un irracionalismo puede parecer una paradoja y, en cierto modo, lo es; pero es una paradoja que me hace pensar. Algunos de sus ensayos de crítica literaria son definitivos. Yo le debo muchísimo. Por ejemplo, sin “El clasicismo mexicano” yo no hubiera podido tener una idea clara de la historia de nuestra poesía. Creo que muchas de mis reflexiones parten de ese texto. Por supuesto, no comparto, en lo absoluto, su condenación del modernismo y mucho menos su exaltación de González Martínez. En esto Cuesta coincide, sin darse cuenta, con la opinión de Reyes y de Henríquez Ureña, que siempre menospreciaron a Tablada y que vieron con muchísimas reservas a López Velarde. Es curioso advertir estas coincidencias si se recuerda que Cuesta y Reyes no se profesaban estimación… Pero la obra de Cuesta no lo representa.

 

Para mí fue, ante todo, una persona que pensaba en voz alta. Yo le oí decir “El clasicismo mexicano” en un bar de la calle Madero. Sus interlocutores éramos una muchacha, que creo era su amante, y yo, que lo escuchaba boquiabierto. Le confieso que esa versión verbal me parece, en el recuerdo, mejor y más viva que el texto escrito. Conversamos muchas veces, siempre a solas. Siempre me deslumbró y me hizo pensar. Pocas gentes han provocado en mí tal pasión intelectual. Generalmente me invitaba a comer, con frecuencia a buenos restaurantes, cosa que en aquel tiempo me llenaba de confusión (yo era muy pobre y muy joven). Nuestras grandes discusiones eran acerca de Lawrence, que a él no le gustaba, y Huxley; Breton, al que admirábamos, y Benda, que a mí no me interesaba pero que a él lo seducía; sobre Valéry, las drogas (la química del espíritu, tema que lo apasionaba) y no sé cuántas cosas más. El día del nacimiento de mi hija lo encontré por casualidad en la calle de Gante y esa fecha ahora se mezcla a mí con el recuerdo de una conversación sobre Bachelard, en esos años desconocidos casi, que había publicado en la N.R.F. [Nouvelle Revue Française] un ensayo sobre los animales de Lautréamont.

 

Podría pasarme horas hablando de Jorge Cuesta. Era un hombre de una inaudita generosidad intelectual. Fue odiado y escarnecido. El prólogo a las obras completas [de Luis Mario Schneider] me decepcionó. Si se alude a su vida privada, ¿por qué no hacerlo francamente y por qué utilizar esa monstruosa palabra: pecado? En suma, creo que la verdadera obra de Jorge Cuesta excepto un manojo de ensayos y, tal vez, dos o tres poemas está en la de sus contemporáneos y sucesores. Todos los que lo oímos le debemos algo y algo esencial. Hablo por mí, pero podría decir lo mismo de Xavier Villaurrutia, José Gorostiza y Gilberto Owen. También pienso en Ramos. (¿Sabe usted que gran parte de su libro sobre el mexicano es apenas un eco de las conversaciones de Cuesta y José Gorostiza?) No creo, en cambio, que haya tenido influencia en mis compañeros de generación ni en los que la siguen. Una última confidencia: mi “entrada” en el mundillo literario se debe más que nada a Jorge Cuesta (y a Xavier). Mi primer libro, que hoy me parece muy malo, provocó una nota de Cuesta que todavía me enorgullece.

 

Carta a José Emilio Pacheco

 

 

1978: [Breton] vino en 1938, para hablar con Lev Trotski. En esa época yo estaba cerca —aunque no era miembro del partido— de los comunistas. Admiraba a Breton e incluso fui a oír sus conferencias. Un día Jorge Cuesta me dijo: “Breton dice que quiere conocerlo”. Me rehusé. Breton era un trotskista notorio y el nombre de Trotski era anatema para nosotros. Digo esto a pesar de que, en mi fuero interno y sin confesármelo del todo a mí mismo, no sólo admiraba a Trotski sino que pensaba que tenía razón en muchas cosas… En fin, años más tarde conocí a Breton y, hasta su muerte, fui su amigo.

 

“Oriente, imagen, Eros” (15:188)

 

 

1982: Era estudiante de bachillerato y una de mis lecturas favoritas era la revista Contemporáneos. Tenía dieciséis o diecisiete años y no siempre lograba comprender todo lo que aparecía en sus páginas. A mis amigos les ocurría lo mismo, aunque ni ellos ni yo lo confesábamos. Ante los textos de Valéry y Perse, Borges y Neruda, Cuesta y Villaurrutia, íbamos de la curiosidad al estupor, de la iluminación instantánea a la perplejidad. Aquellos misterios —muchas veces, hoy lo veo, baladíes—, lejos de desanimarme, me espoleaban.

 

“Instante y revelación: Manuel Álvarez Bravo” (7:315)

 

 

1982: Los poetas de Contemporáneos leyeron con simpatía y provecho a sor Juana, sobre todo Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia, que editó los Sonetos y las Endechas. En esos años, a través del fervor inteligente de Cuesta, leí por primera vez los poemas de sor Juana. Me retuvieron los sonetos. No volví a leerla sino hasta 1950, en París. (5: 17)

 

En el siglo XVI predominan las formas y maneras renacentistas, aclimatadas en nuestra lengua por Garcilaso y que con Fernando de Herrera alcanzan una suerte de perfección un tanto artificiosa y redorada. Aquí conviene decir que la poesía de Garcilaso y, más acentuadamente, la de Herrera, son expresiones del manierismo más que de la madurez del clasicismo. Así pues, las raíces de la poesía mexicana no están ni en la Edad Media ni en un imposible “clasicismo” —como creía Jorge Cuesta— sino en ese momento de tránsito del Renacimiento al Barroco que fue el manierismo del siglo XVI. (5: 75)

 

Sor Juana volvió a ser leída por los poetas de Contemporáneos, una lectura que fue visible sobre todo en los sonetos conceptistas de Jorge Cuesta. (5: 335)

 

Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (5)

 

 

1983: Jorge Cuesta comprendió a la poesía mejor que nadie y su crítica —la escrita y, sobre todo, la viva que prodigaba en sus conversaciones— iluminó a todos los que fuimos sus amigos. Sus obras mejores están en los versos de los que lo escuchamos.

 

“Poesía e historia. Laurel y nosotros” (3:111)

 

 

1985: Roberto Vallarino: A propósito, hay una pregunta que me importa desde hace tiempo. Usted dijo alguna vez que Jorge Cuesta podía haber sido el gran crítico de su tiempo, el gran moralista, en el sentido francés de la palabra. ¿Quién sería hoy ese crítico?

 

Octavio Paz: Gabriel Zaid. Ambos, Cuesta y Zaid, se parecen en varias cosas y son muy distintos en otras. Dos poetas que vienen de la ciencia, uno de la química y otro de las matemáticas aplicadas; dos escritores interesados en la política como fenómeno moral de una época y en la moral pública como temperatura histórica de una sociedad. Pero las ideas de Zaid son muy distintas a las de Cuesta. La crítica del segundo fue radical por ser racionalista mientras que la crítica de Zaid es subversiva por ser profundamente tradicionalista. También como poetas son muy distintos: Cuesta fue complejo, intelectual y concentrado; Zaid es simple, lírico e intenso. En Cuesta la poesía tiende a convertirse en concepto mientras que en Zaid, más puramente poeta, el concepto se resuelve en canto… Cuesta fue un gran espíritu, uno de los hombres más profundos y sensibles que he conocido. También uno de los más generosos. Muy pocos han tenido la comprensión que él tuvo de la poesía. Fue una verdadera piedra de toque, como André Breton. Pero, como Breton, no fue un gran poeta. Digo esto a pesar de que algunos afirman que Jorge fue un gran poeta. Creo que usted es uno de ellos…

 

Roberto Vallarino: Yo nunca he dicho que es un gran poeta. He dicho que el Canto a un Dios Mineral es interesante en cuanto experimento intelectual.

 

Octavio Paz: Los experimentos son interesantes desde el punto de vista de la ciencia. En poesía lo que cuenta son las obras, los poemas. Salvador Elizondo, una inteligencia sutil, me dijo una vez que el proyecto poético de Cuesta era el proyecto de un gran poeta y que con eso bastaba. No, los grandes poetas no son los que conciben grandes proyectos sino los que escriben poemas perfectos o cercanos a la perfección. Me duele decir esto porque fui amigo de Cuesta y lo admiré y admiro muchísimo. La obra de Cuesta está dispersa no sólo en sus escritos sino en las obras de sus amigos. Pienso en Gorostiza, Villaurrutia y Owen. Pienso también en mí mismo…

 

“Conversación con Octavio Paz” (15: 503)

 

Cuesta (ca. 1938)

 

1986: La excentricidad de América Latina consiste en ser una excentricidad europea; quiero decir, es otra manera de ser occidental. Una manera no-europea. Dentro y fuera, al mismo tiempo, de la tradición europea, el latinoamericano puede ver a Occidente como una totalidad y no con la visión, fatalmente provinciana, de un francés, un alemán, un inglés o un italiano. Esto lo vio mejor que nadie un mexicano: Jorge Cuesta; y lo realizó en su obra, también mejor que nadie, un argentino: Jorge Luis Borges. El verdadero tema de la discusión no debería ser la ausencia de americanidad de Borges sino aceptar de una vez por todas que su obra expresa una universalidad implícita en América Latina desde su nacimiento.

 

“El arquero, la flecha y el blanco: Jorge Luis Borges”, (3:216)

 

 

1988: Cuando apareció Raíz del hombre, Jorge Cuesta habló de influencias de López Velarde, de Villaurrutia y de Nandino. Francamente, no las encuentro.

 

“Genealogía de un libro” (15:111)

 

 

1989: La revista Letras de México se hacía prácticamente en el Café París. Yo comencé a colaborar en ella y, poco a poco, me convertí en un asiduo de la tertulia, aunque era mucho más joven que ellos. Asistían con regularidad Barreda, Villaurrutia, Celestino Gorostiza, Samuel Ramos, Antonio Magaña Esquivel, Carlos Luquín y Orozco Romero. Concurrían con menos frecuencia Jorge Cuesta, Elías Nandino, José Gorostiza, Ortiz de Montellano, Rodolfo Usigli.

 

“María Izquierdo sitiada y situada” (7:297)

 

 

1989: Durante el período de las luchas entre las facciones, cada una de ellas se ostentó como la propietaria de la única y legítima verdad revolucionaria. En nombre de su verdad, cada jefe excomulgó a los otros: Zapata a Madero, Carranza a Zapata, Obregón a Carranza y así sucesivamente. Con la paz, las facciones cambiaron las ametralladoras por las polémicas: ¿quién no recuerda los escritos de José Vasconcelos, Luis Cabrera, Antonio Díaz Soto y Gama, Gómez Morín, Lombardo Toledano, Jorge Cuesta?

 

Pequeña crónica de grandes días (9:416)

 

 

1990: En alguna ocasión un amigo mutuo, Jorge Cuesta, me ofreció presentarme con él [André Breton]. Cuesta no comprendía la contradicción que me angustiaba en esos días: odiaba lo que amaba, amaba lo que odiaba y no me atrevía a confesármelo.

 

“Tiempos, lugares, encuentros” (15: 333)

 

 

1991: En México la influencia del escritor francés [Gide] también fue muy profunda entre los escritores de la revista Contemporáneos había sido su maestro y todavía recuerdo los comentarios sucesivamente cáusticos y entusiastas de Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia.

 

“La verdad frente al compromiso” (9:448)

 

 

1992: Volví a la pregunta sobre mí y mi destino de mexicano. La misma que me había hecho en México, leyendo a Ortega y Gasset o conversando con Jorge Cuesta en un patio de San Ildefonso. ¿Cómo contestarla? Antes de abandonar México, un año antes, había escrito para un diario una serie de artículos en los que trataba asuntos más o menos conectados con la pregunta que me atormentaba. Ya no me satisfacían. Ignoraba entonces que esas notas y mis encuentros con España y con los Estados Unidos eran una preparación para escribir El laberinto de la soledad.

 

Prólogo a El peregrino en su patria. Historia y política de México (8:24)

 

 

1993: Recuerdo que en 1935, cuando lo conocí, Jorge Cuesta me señaló la disparidad entre mis simpatías comunistas y mis gustos e ideas estéticas y filosóficas. Tenía razón pero el mismo reproche se podía haber hecho, en esos años, a Gide, Breton y otros muchos, entre ellos al mismo Walter Benjamin. Si los surrealistas franceses se habían declarado comunistas sin renegar de sus principios y si el católico Bergamín proclamaba su adhesión a la revolución sin renunciar a la cruz, ¿cómo no perdonar nuestras contradicciones? No eran nuestras: eran de la época.

 

Prólogo a Itinerario (9:20)

 

 

1996: En ese mismo año de 1942 escribí varios sonetos bajo el signo de Quevedo, el signo de la escisión. Dos fueron en memoria de Jorge Cuesta, uno de los hombres más inteligentes y desdichados que he conocido. Nadie vivió como él la batalla de espejos y reflejos que es la caída en nosotros mismos.

 

“Reflejos, réplicas. Diálogos en Francisco de Quevedo” (14:75)

 

 

1996: Jorge Cuesta en cierto modo me descubrió, al comentar con benevolencia —¡él, que era tan riguroso!— mi primer libro, Raíz del hombre [1937].

 

“Un latido en el río del lenguaje” (15:373)

 

 

1996: Recuerdo que en esos años —hablo de 1936 o 1937— tuve una discusión con Jorge Cuesta. Él me decía: “Usted siempre habla de la pureza y de la libertad de la poesía; sin embargo, en lugar de imitar a los surrealistas —que hacen política pero no escriben poesía política— usted sí escribe poesía política”. Respondí: “Mis poemas políticos no obedecen al dictado del partido ni los considero propaganda. Los he escrito movido por el mismo impulso que me lleva a escribir poemas de amor, poemas sobre un árbol o acerca de un estado de ánimo cualquiera. Todos ellos expresan mi realidad de hombre”. Era sincero: nunca creí en la poesía de propaganda, incluso cuando, sin darme cuenta del todo, incurría en ella. Fui ingenuo…

 

“El poeta en su tierra” (15:385)

Autores

  • Sheridan, Guillermo

Tipología

  • Conversación
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