Un texto no recogido de Paz: el “Premio Villaurrutia” de 1958

Adolfo Castañón

Octavio Paz recibiendo el Premio Villaurrutia 1956. Revista Conferencia

 

Una edición futura de las Obras completas de Octavio Paz, no digo crítica ni científica, debería tener en cuenta, desde luego, todos los textos disponibles del autor y no atenerse única y necesariamente a los textos autorizados explícitamente por él e incluidos en sus Obras completas. No es este el lugar para hacer una enumeración de todos los textos no contenidos en dichas obras, pero me limitaré a presentar dos piezas que he tenido la fortuna de descubrir por mi cuenta y que gravitan en torno a El arco y la lira. Va la primera:

 

Apareció con el título “Premio que simboliza la independencia espiritual” y corresponde a las breves palabras que Octavio Paz pronunció en febrero de 1958 con motivo de la entrega de la segunda edición del Premio Xavier Villaurrutia en las Galerías Excélsior. Las palabras de Paz fueron precedidas por una laudatio o saludo escrito por el principal animador del premio, el crítico literario Francisco Zendejas. Más que una expresión del contenido del libro premiado, las páginas de Paz dan un perfil del poeta y pensador. Son sencillas y austeras. Agradece en ellas la benéfica influencia de Alfonso Reyes a través de sus ensayos como La experiencia literaria y El Deslinde, obra que en cierto modo se puede y debe contrastar con El arco y la lira. El discurso no se encuentra recogido en las Obras completas ni aparece ahí la referencia bibliográfica respectiva. Probablemente esto se debe a que Paz mismo no guardó un ejemplar de la revista Cuestión dirigida por Germán List Arzubide y cuya edición auspiciaban las Galerías Excélsior. Hay que precisar de paso que El arco y la lira había recibido en Bélgica el Premio Internacional de Poesía (1963) dado por la Maison International de Poésie que antes habían recibido otros autores prestigiosos. Paz estaba consciente de que El arco y la lira era una obra importante, como le señaló José Gaos en una carta el 12 de diciembre de 1963 y que comentaré pronto en esta Zona Paz.[1]

 

Cabe señalar que ese premio lo recibiría Paz no por un libro de poesía, sino por un libro de ensayos sobre la poesía y el fenómeno poético, y en el cual el ensayo alcanzaba alturas colindantes con la filosofía y lo inexpresable, es decir, con la poesía y sus signos en rotación…[2]

 

En México, sin embargo, el libro de Octavio Paz fue recibido más bien tibiamente, con reticencia y suspicacia. El arco y la lira forma parte de ese pequeño conjunto de obras publicadas por Paz en los años milagrosos que transcurren entre 1949 y 1955. De esos años son El laberinto de la soledad (1950), Águila o sol (1951) y Libertad bajo palabra (1949). También de esos años es la presentación de la revista Sur que Octavio Paz hace del archivo armado por David Rousset dedicado a los campos de concentración en la URSS. El reconocimiento internacional no pudo escapar a la sombra de la agria disputa ideológica de esos años que desgarraba al mundo y cimbraba los cimientos de las fundaciones imaginarias de la cultura mexicana.

 

En las palabras poco conocidas y hasta ahora no reeditadas con las que Octavio Paz agradece la entrega del Premio Xavier Villaurrutia 1956 en febrero de 1958 menciona a dos autores mexicanos. Uno es el poeta, amigo y maestro en cuyo honor se había instaurado el reconocimiento; otro, es Alfonso Reyes, a cuya inspiración intelectual y poética agradece el propio Paz su guía. El primero, como él mismo dice, lo aleccionó en el arte de navegar a contracorriente y de ser crítico e independiente; el segundo le abrió con sus ensayos, como La experiencia literaria y El deslinde las puertas de la percepción hacia un posible método o camino para templar, armar y afinar los escritos cosechados en El arco y la lira. En el prólogo a La casa de la presencia, el tomo I de sus Obras completas. Paz reconoce que el ensayo tiene una prehistoria en el titulado “Poesía de soledad y poesía de comunión”, publicado en la revista El Hijo Pródigo en 1943. Cabría añadir que, además de ese texto, existirían en la obra del propio Paz algunos textos anteriores en los que cabria reconocer el modo de enunciación que luego cristalizaría en El arco y la lira… Esos textos son: “Poesía y mitología”, “Novela y mito”, “El testimonio de los sentidos”, “Respuesta a una encuesta de Romance”, “Respuesta a una encuesta de Letras de México”, “La reseña de Los presocráticos”. Publicados algunos en Letras de México, Romance y El Hijo Pródigo. Significativamente algunos se presentan como contestaciones a encuestas promovidas por los editores de las revistas. Además, cabria enmarcar la escritura de El arco y la lira en las atmósferas de la vanguardia francesa, en particular en textos como el Traité du style (1928) de Louis Aragón que ciertamente conoció Paz y que puede haber ejercido sobre la escritura de El arco y la lira cierto ascendiente. Aunque Paz no menciona a otros autores en este breve texto, se puede imaginar que entre sus líneas se asoma el André Breton de los Manifiestos y acaso los ensayos reflexivos de José Ortega y Gasset, Jorge Cuesta, José Bergamin y de Luis Cernuda. Cuesta decía que el arte de la crítica es el arte de la decepción. Esta elocuente pieza está lejos de decepcionar al lector y lo invita a leer El arco y la lira en el marco de su estricta circunstancia:

 

 

Premio que simboliza la independencia espiritual

Octavio Paz.[3]

En primer lugar debo agradecer a nuestro amigo Francisco Zendejas sus palabras. En ellas veo, por lo que a mí se refiere, más que un juicio crítico un testimonio de su generosidad y de su amistad. Los escritores, es cierto, necesitamos ante todo una crítica justa; pero también deseamos que esa crítica sea generosa. Generosidad no es sinónimo de indulgencia, sino de simpatía humana y respeto por la obra ajena.

También deseo agradecer a Bernardo Reyes las amables palabras que ha pronunciado en representación de Alfonso Reyes No necesito repetir lo que he dicho varias veces sobre la obra y la figura de Alfonso Reyes; basta recordar que en el prólogo de “El Arco y la Lira” explico que quizá ese libro no hubiera podido ser escrito si antes Reyes no hubiese iluminado mi camino con libros como La Experiencia Literaria. La presencia de Bernardo Reyes entre nosotros, por otra parte, corrobora una vieja tradición mexicana; la del diplomático que ama el arte y la literatura. Bernardo Reyes es un diplomático que sabe que su oficio es el arte de comprender a los hombres y a los pueblos. Sabe también, porque es una inteligencia penetrante, que uno de los caminos para comprender al hombre es el de la cultura.

Finalmente debo agradecer, tanto en nombre propio como en el de los futuros premiados, la generosidad de las instituciones y personas que han hecho posible la existencia del “Premio Xavier Villaurrutia”. Ya se ha dicho que la importancia de este premio radica en que se trata de una recompensa que los escritores otorgan a los escritores: es decir, no se trata de un premio oficial, que otorga el Estado, una iglesia o un partido sino de un premio libre en el que no cuentan más valores que los del espíritu independiente. Ahora bien, no es fortuito que un premio que simboliza la independencia espiritual se llame “Premio Xavier Villaurrutia”: la vida y la obra de Xavier son un admirable ejemplo de independencia y de lucidez. Independencia frente a las tentaciones que a veces sitian a los escritores en México; lucidez frente a la obra propia y a la de sus contemporáneos. Lucidez, en este caso, quiere decir rigor, con la obra y consigo mismo. Xavier decía con frecuencia: “hay que nadar contra la corriente”. Este rigor, esta continua exigencia consigo mismo, este negarse a la facilidad y a la idolatría de la autoimitación, me parece una de las condiciones indispensables para la creación artística. El “Premio Villaurrutia”, así, simboliza por una parte la independencia del espíritu; por la otra, el rigor y la exigencia con nosotros mismos.

 

 

Francisco Zendejas, a nombre del jurado compuesto por Rodolfo Usigli y Carlos Pellicer, dijo sobre El arco y la lira, en el marco del Premio Xavier Villaurrutia:

En mi opinión personal, este libro es el mejor ensayo en lengua castellana desde El Deslinde de Alfonso Reyes. Tiene, aparte el valor de ser un ensayo poético sobre las fuentes en que lo poético se fragua: enorme esfuerzo. Esfuerzo, en verdad, sólo atribuible a un poeta.

Todavía —y porque en la producción reciente y pasada de Octavio Paz hay una pasión viva y trepidante— no se reconoce en México el valor intrínseco de este libro. Se detracta y se deturpa su misma publicación; se le enderezan ataques tan pueriles como el de que el poeta no puede interpretar a la poesía, derecho este que —al parecer— es sólo privilegio de los autores de prólogos y ensayos.

Pero lo que tiene un valor definitivo, queda para siempre, y el día que los mismos poetas castellanos comprendan el gran mensaje de El Arco y la Lira, ese día su propia producción poética será más señera, más profunda, más cavilosa y vidente.

Carlos Pellicer, Rodolfo Usigli y el que habla, no hemos tenido la menor duda al otorgar el premio de 1956 a Octavio Paz. El anuncio de este hecho hace algunos meses, provocó la ira y el descontento de diversos críticos, de diversos poetas y prosistas.

 

El texto de Zendejas llama la atención por varios motivos: reconoce que se trata del mejor ensayo sobre poesía y poética escrito en lengua castellana por esos años; además recoge el eco polémico que suscitó la atribución del premio al poeta y ensayista. Ahora esto parecería absurdo, casi paradójico. Llamo la atención sobre la semblanza firmada por un pseudónimo que resume la trayectoria de Octavio Paz hasta ese momento y que aparece aquí como nota al pie del discurso del premiado.

 

En las palabras del propio Paz se adivina una alusión a esa situación del que se sabe que, como aconsejaba su amigo y maestro Xavier Villaurrutia, “hay que nadar contra la corriente”. Al igual que el salmón que remonta el poderoso caudal, Paz supo nadar muy lejos río arriba. El arco y la lira sólo sería un inicio. Los ecos que despertó este singular, original y originario libro llegaron lejos.

 

No deja de resultar estremecedora la coincidencia de que don Antonio Carrillo Flores, que se desempeñaba como secretario de relaciones exteriores de 1964 a 1970, antes y después de que Octavio Paz fuera embajador en la India, dejara un vasto acervo bibliográfico en el cual tuve la rara fortuna de encontrar el texto arriba presentado durante el proceso de depuración de su acervo. Este caudal del ex ministro y canciller, Antonio Carrillo Flores, fue cedido a la Academia Mexicana de la Lengua por la fundación Pegaso, encabezado por don Alejando Burillo. El hallazgo de los número sueltos de la Revista Conferencia se dio luego examinar en varias ocasiones las numerosas cajas legadas por el ilustre jurista, bibliófilo y político. En ese paisaje no muy ordenado, se dio la aparición, en una caja que no tenía ni arañas ni alacranes y que no estaba afectada por la humedad, de una revista de color verde con la imagen de Xavier Villaurrutia. Al hojearla me encontré con el discurso. La publicación que abrigaba el hallazgo inducido por “el azar objetivo” —como diría una lectora de André Bretón cuando se enteró— era la revista Conferencia. Revista de Difusión Cultural fundada y dirigida por el poeta estridentista Germán List Arzubide (1898-1998) que moriría a los 100 años el mismo año en que fue traducido a la otra orilla Octavio Paz.

 

Hago una reseña de lo publicado en Conferencia: El martes 25 de febrero de 1958 a las 20 horas, en la sede de la Galerías Excélsior de la Ciudad de México fue entregado el Premio Villaurrutia por su ensayo El arco y la lira a Octavio Paz, como el mejor libro de 1956. Carlos Pellicer, Rodolfo Usigli y Francisco Zendejas, conformaron el jurado de esa segunda entrega del galardón. Como se sabe, el Premio Xavier Villaurrutia fue fundado por un grupo de amigos del autor, en 1955, para ser discernido anualmente por un Patronato. De este formaron parte como presidentes Alfonso Reyes, Carlos Pellicer y Rodolfo Usigli, como secretarios Adolfo Zamora, Eduardo Villaseñor y Francisco Zendejas; Carlos Luquin como tesorero, Alicia de la Peña como administradora, y como vocales Agustín Lazo, José Luis Martínez, Rafael F. Muñoz, Elías Nandino, Juan José Arreola, Antonio Martínez Baez, Arturo Arnaiz y Freg, Andrés Henestrosa, Gabriel Ruiz, Antonio Ortiz Mena, Alí Chumacero y José Delgado. En ese año de 1955 fungieron como jurados Carlos Pellicer, Rodolfo Usigli y Francisco Zendejas, que concedieron el premio a Juan Rulfo por su novela Pedro Páramo.

 

El cuadernillo de Conferencia, engrapado, incluía la descripción del Premio Xavier Villaurrutia firmada por la dirección; el texto de Zendejas “Un premio de escritores para escritores”; el monólogo “La tragedia de las equivocaciones” de Xavier Villaurrutia, que fue recitado por Cipriano Rivas Cherif en el acto del martes 25 de febrero; un mensaje de Bernardo Reyes, sobrino de don Alfonso, el breve texto de agradecimiento de Octavio Paz titulado “Premio que simboliza la independencia espiritual”. Además, incluía otros textos como el de Hussein Triki sobre “Argelia de ayer y hoy”, un fragmento de discurso de Adolfo López Mateos como candidato a la presidencia de la República, cargo que asumiría el 1º de diciembre de ese año, titulado “Testimonio de conferencia. El asesinato de Francisco I. Madero”, un texto de Vicente Magdaleno “Maderismo y Porfirismo”, y reseñas críticas sobre el libro de Isidro Fabela Las doctrinas Monroe y Drago por Mario Sáenz, una reseña teatral de la obra La escuela de cocottes, de Armont y Gervidon, representada por Nadia Haro Oliva y un texto escrito por el Lic. Víctor Manuel Espinoza, consejero técnico de la dirección general de rehabilitación de la Secretaría de Salubridad y Asistencia, titulado “La rehabilitación del amputado” y algunas fichas bio-bibliográficas firmadas por “Laureano Matorras”.

 

El número 8 de Conferencia estaba ilustrado por fotografías de Francisco Murguía. Podían verse en la página 57 un “Grupo de invitados a la entrega del Premio Villaurrutia” en que puede verse a Juan Luis Velázquez del Perú, Jan Bazant de Checoslovaquia, Adolfo Zamora —secretario de la propia sociedad instituyente—, Antonio Martínez Báez, Rafael F. Muñoz, Manuel Calvillo y Olivia Zúñiga de México, Paulita Brook de los Estados Unidos norteños y Virginia Picot y R.E. Montes y Bradley de Argentina. A esas imágenes se deben añadir las de Francisco Zendejas y Bernardo Reyes en el momento de la entrega del premio, así como la del propio Octavio Paz leyendo su discurso. El expediente incluye también una fotografía de un sonriente Octavio Paz en compañía de Teresa Villaurrutia en el momento en que la hermana del escritor hacía entrega de un ramo de rosas rojas a Octavio Paz.

 

La publicación llevaba además un mapa de los países solidarizados con “Algeria” (sic) en ese momento.

 

Solo había un anuncio, el de la Feria del estado de Veracruz.[4]

 

NOTAS

[1] José Gaos, Obras Completas. XIX. Epistolario y papeles privados, edición, prólogo y notas de Alfonso Rangel Guerra, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1999, pp. 480-487.

[2] Signos en rotación, Sur, 1965.

[3] OCTAVIO PAZ nació en la ciudad de México el 31 de marzo de 1914. Tras sus estudios primarios y secundarios efectuados en la misma capital, cursó los jurídicos en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la de California de los EE.UU, vecinos. Todavía estudiante fundó la revista literaria Barandal en abril de 1931 con Rafael López Malo, Salvador Toscano y A. Martínez Lavalle, y, ya escritor, Taller en 1938 que alcanzó a vivir tres años y que primeramente dirigió con Rafael Solana, Efraín Huerta y Alberto Quintero A. y desde su quinto número sólo con Juan Gil Albert. En abril de 1943 con Octavio Barreda y Xavier Villaurrutia, fundó, asimismo, El Hijo Pródigo que alcanzó su número 42, es decir, vivió igual número de meses, o sea tres años y medio. Para entonces había asistido como militante republicano, a la Revolución española, y luego, ingresado al personal del serbio exterior mexicano. Entonces sirvió en los consulados de San Francisco y de New York del mismo país vecino norteño. Y ascendido a diplomático, actuó con rango diverso en las misiones acreditadas en Francia, en India, en Suiza y en Japón, fungiendo en este país como encargado de Negocios “a. i.” Tocóle también representar a su patria como encargado de la Delegación ante los Organismos internacionales con sede en Ginebra; participar en la Conferencia constitutiva de la Organización de las NN.UU. que se celebró en San Francisco —U.S.A.— En 1945, representar a México en el Festival Internacional Cinematográfico de Cannes —Francia— en 1951: en la XVI Conferencia Internacional de Instrumentos públicos que se celebró en Ginebra en junio de 1953; en diversas conferencias de la Organización Internacional del Trabajo, en la reunión extraordinaria del X aniversario de la Organización de las NN.UU, celebrada en San Francisco en 1955; en la III reunión internacional del Consejo de Jurisconsultos, en la Conferencia Especializada Interamericana, sobre Recursos Vivos del Mar, Plataforma submarina y Aguas del mar celebrada en México y Anyolle en 1956 y, finalmente, en la XI Asamblea de la NN.UU. en New York en 1956. Para entonces, ya había sido nombrado subdirector general de Organismos Internacionales en la Secretaria de Relaciones exteriores, designación que recibió en 1953. Un año después fue ascendido al cargo de director general que desempeña en la actualidad con el rango de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario al que, asimismo, simultáneamente se le ascendió. En el desempeño de este cometido recibió la Legión de Honor de Francia en el grado de oficial y la Condecoración de la Estrella Negra del mismo país y en el mismo grado. Y también la Estrella de Etiopía en igual graduación y recientemente la Condecoración de Vasco Núñez de Balboa de Panamá en el grado de comendador. Durante su estancia en París fue epígono surrealista. Su primer libro es “Ente la piedra y la flor” publicado por la Asociación Cívica de Yucatán en México en primera edición en 1941 y en segunda en 1956; tras él siguieron; A la orilla del mundo, que publicó Poesía Hispanoamericana en México en 1942, Libertad bajo palabra por el Fondo de Cultura Económica en 1949, Antologie de la poesie mexicaine, con textos bilingües, por la U.N.E.S.C.O., en 1950, ¿Águila o Sol? en 1951 traducido en 1957 al francés y editado este mismo año, Semillas para un himno en 1954 y Piedra de Sol en 1957, todos de poesía y todos igualmente dados a luz en la capital mexicana, por el propio Fondo de Cultura Económica. Además, en prosa: El laberinto de la soledad, —Cuadernos Americanos— en 1950, El arco y la lira, Fondo de Cultura Económica —Premio Xavier Villaurrutia— en 1956 y Las Peras del Olmo en 1957, éxitos capitalinos mexicanos. La Universidad Nacional Autónoma de México, en 1957 publicó una traducción suya, precedida de una información biobibliográfica crítica del autor, de las Sendas de Oku debido al poeta japonés Matsúo Basho, para cuya traducción fue eficaz la ayuda de Eikichi Hayashiya. En Literatura mexicana desde su primer número aparecido en septiembre de 1955, su colaboración ha sido frecuente tanto como lo fue en Letras de México que fundara y dirigiera Octavio Barreda en 1937. —Lautaro Matorras.

[4] Parte de este texto se publicó en la revista virtual Literal. Latin American voices dirigida por Rose Mary Salum, Malva Flores y David Medina Portillo el 20 de diciembre de 2016.

Autores

  • Castañón, Adolfo

Tipología

  • Conversación

Lustros

  • 1955-1959
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