Un poema provocado por Solzhenitsyn

Octavio Paz

 

En su libro Árbol adentro (1987), Paz incluyó este poema en cuatro sonetos (12:122) luego de la lectura del primer volumen de Archipiélago Gulag (1973, que supongo Paz leyó en inglés), la obra de Aleksandr Solzhenitzin (1918-2008), el centenario de cuyo nacimiento se celebró en estos días:

 

 

Aunque es de noche

 

I

La noche, a un tiempo sólida y vacía,
vasta demolición que se acumula
y sobre la erosión en que se anula
se edifica: la noche, lejanía
que se nos echa encima, epifanía
al revés. Ciego, el ojo capitula
y se interna hacia dentro, hacia otra nula
noche mental. Acidia, no agonía.

Afuera, perforada de motores
y de faros, la sombra pesa menos
que este puño de sílabas: Azores
que suscito en la página. Los frenos
de un auto. La ciudad, rota en mi frente,
despeña su discurso incoherente.

 

II

Mientras yo leo en México, ¿qué hora
es en Moscú? Ya es tarde, siempre es tarde;
siempre en la historia es noche y es deshora.

Solzhenitzyn escribe, el papel arde,
avanza su escritura, cruel aurora
sobre llanos de huesos.
………………………..Fui cobarde,
no vi de frente al mal y hoy corrobora
al filósofo el siglo:
………………….¿El mal? Un par de
ojos sin cara, un repleto vacío.

El mal: un alguien nadie, un algo nada.

¿Stalin tuvo cara? La sospecha
le comió cara y alma y albedrío.

Pobló el miedo su noche desalmada,
su insomnio despobló Rusia deshecha.

 

III

El partido siempre tiene la razón.
Lev Trotski

Alma no tuvo Stalin: tuvo historia.
Deshabitado Mariscal sin cara,
servidor de la nada. Se enmascara
el mal: la larva es César ya. Victoria
de un fantasma: designa su memoria
una oquedad. La nada es gran avara
de nadies. ¿Y los otros? Se descara
el mal: la misma irreal combinatoria
baraja a todos. Circular la pena,
la culpa circular: desdevanado
el carrete, la historia los despena.
Discurso en un cuchillo congelado:

Dialéctica, sangriento solipsismo
que inventó el enemigo de sí mismo.

 

IV

Donde con voz de cañas en el viento
hablaban acopladas agua y llama
hoy urde el doctrinario su amalgama.
La impostura se erige monumento.

Cháchara y vacuidad. El pensamiento
borra, dibuja y borra un ideograma:
el mal enamorado de su trama.
Estatua, con mordaza, del lamento.

Todo lo que pensamos se deshace,
en los Campos encarna la utopía,
la historia es espiral sin desenlace.

No hay sentido: hay piedad, hay ironía,
hay el pronombre que se transfigura:
yo soy tu yo, verdad de la escritura.

 

 

En las notas a ese libro, Paz incluyó ésta sobre el poema (12:678):

 

El título viene de un conocido cantar de San Juan de la Cruz. Cuando escribí estos cuatro sonetos yo también estaba rodeado de noche, no la noche espiritual de la teología negativa, sino la noche espesa y ruidosa de nuestro siglo. Noche pública, la misma para todos. En esos días había aparecido el primer volumen del Archipiélago Gulag y su lectura me había impresionado y perturbado. Cierto, ya todos sabíamos que en la Unión Soviética existían campos de concentración no muy distintos a los de Hitler y que las víctimas de esa institución —la más notable contribución de nuestro siglo a la historia de la maldad humana— ascendían a millones. El testimonio de Solzhenitsyn me conmovió porque ese saber más bien abstracto se volvió tangible, palpable. Su voz es la de la víctima. Apenas si necesito agregar que por su voz habla también un hombre religioso y un hombre político con ideas y creencias que no comparto. Solzhenitsyn provoca en mí, como en el otro extremo Trotski y Guevara, reacciones contradictorias. Sobre su caso he publicado dos artículos, en los que he procurado expresar, simultáneamente, mi admiración y mis reservas. Tal vez no habría escrito esos artículos si muchos intelectuales, tanto en México como en España y América Latina, no hubiesen recibido el libro de Solzhenitsyn con groseros y calumniosos ataques. Las injurias no sólo provenían de antiguos y nuevos estalinistas sino de algunos liberales «progresistas» y de no pocos «católicos de izquierda». Entre estos últimos no podían faltar, claro, varios jesuitas y exjesuitas. A los hombres de mi generación nos ha tocado oír y ver a los soldados de la Compañía, primero, exaltar y defender a Franco; treinta años después, a los herederos de Stalin.

 

La nota remitía también a los ensayos que escribió Paz sobre el narrador ruso: “Archipiélago de tinta y de bilis” (1974) y “Gulag: entre Isaías y Job” (1975), ambos recogidos en la sección “El socialismo autoritario” del volumen 9 de sus Obras completas (México: FCE, 1995), el que tituló Ideas y costumbres I. La letra y el cetro. (G.S.)

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Conversación

Lustros

  • 1970-1974
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