Un clarín y un tambor versus Octavio Paz

Jesús Quintero

 

Durante más de cincuenta años, Octavio Paz ejerció con vehemencia y esmero la edición de revistas literarias. Desde Barandal (1931-1932) hasta Vuelta (1976-1998) se dedicó a erigir buena parte de la hemeroteca mexicana contemporánea. El rigor con el que emprendió esa tarea lo condujo, no pocas veces, a reclamar a quienes publicaban textos sin el conocimiento ni el consentimiento de sus autores o sus editores, sobre todo si Paz ya los había adquirido para sus revistas.

 

Una de estas querellas se dio entre septiembre y octubre de 1985, cuando puso un alto a los métodos de apropiación que Fernando Benítez (1912-2000) practicaba en el suplemento Sábado, del periódico Unomásuno, dirigido por Manuel Becerra Acosta.

 

La disputa pasó de la airada protesta a un tono socarrón entre los querellantes. Contra su saturnal naturaleza, Paz optó por la moderación y la sorna por dos poderosos motivos: el primero fue que en medio de la reyerta sobrevino el devastador terremoto del 19 de septiembre que transfiguró el rostro de México, y el segundo fue que su relación con Benítez, sin ser estrecha en lo personal (si bien le estaba agradecido por su comportamiento hacia él durante la crisis de 1968), participaba desde décadas atrás del propósito compartido de ofrecer a los lectores opciones de lectura de imaginación creativa y pensamiento crítico originadas en el extranjero.

 

Las cartas de uno y otro ocuparon las portadas de Sábado durante dos números y para dar lustre al final del sainete, el autor de El rey viejo (1959) encargó al artista Héctor de la Garza, Eko, que lo ilustrara enfáticamente: Paz aparece como Júpiter Tonante, lanzando centellas a Fernando Benítez y a Huberto Batis, que era el jefe de redacción del suplemento.

 

A continuación recogemos el intercambio epistolar entre los directores de esas dos publicaciones claves de la divulgación cultural en México. (Jesús Quintero).


 

 

Las tres primeras cartas

 

Aparecieron en sábado número 414, correspondiente al 21 de septiembre de 1985, bajo el título “Dos cartas y una rectificación pedida por el señor Octavio Paz”.

 

 

1. De Octavio Paz y Enrique Krauze a Becerra Acosta

 

Septiembre 7 de 1985

Señor Manuel Becerra Acosta.

Estimado señor director de Unomásuno:

       Hace tiempo Milan Kundera nos envió el ensayo “La risa de Dios” con el que abrimos el número 104 de la revista Vuelta, correspondiente a julio pasado[1]. Dos meses después Sábado lo publica, aunque de un modo un poco deslucido: la traducción es deficiente, el lector no se entera que se trata del discurso de Kundera al recibir el Premio Jerusalem, no se menciona a Vuelta ni se han cubierto los derechos[2].

       Pensamos que lo menos que puede hacerse para reparar esta situación es enviar a Kundera un cheque por 500 dólares por nuestro conducto. Asimismo, es indispensable que Sábado haga en sus páginas la rectificación correspondiente.

       En el caso de que Sábado quisiera perseverar en esta línea mimética, nuestra única condición es el pago de derechos. A cambio, Sábado podría utilizar nuestras traducciones y, sin costo alguno, reproducir nuestro anuncio mensual sobre publicaciones contratadas, con una modificación: en vez de “Vuelta publicará las colaboraciones de…”, decir: “Sábado publicará las colaboraciones de Vuelta”.

Muy cordialmente

Octavio Paz y Enrique Krauze

 

 

2. De Becerra Acosta a Paz y Krauze

 

10 de septiembre de 1985

Señores Octavio Paz y Enrique Krauze

Vuelta

Presente

Querido Octavio y admirado Enrique: paso la queja sobre Kundera a Fernando Benítez con la petición de que el asunto sea resuelto a satisfacción plena para las partes, para Sábado y para Vuelta.

       Espero que habrá ocasiones para tratos aún más cordiales, para mutuas colaboraciones y contentos provechosos.

Afectuosamente

Manuel Becerra Acosta

 

 

3. De Benítez y Huberto Batis a Becerra Acosta

 

12 de septiembre de 1985

Señor don Manuel Becerra Acosta

Director General de Unomásuno y del suplemento Sábado

Querido Manuel:

       Recibimos la carta que te enviaron Octavio Paz y Enrique Krauze, y debemos decirte que no es ésta la primera vez que Octavio —excluimos del asunto a Krauze— se molesta por una publicación de Sábado. Ya hace algún tiempo reclamó airado nuestra inserción de un poema que Borges le prometió en exclusiva. Octavio ignoraba o fingía ignorar que el mismo día en que Borges le hizo esta cesión amistosa, de poeta a poeta, sus agentes lo vendieron al diario Clarín, de Buenos Aires y a la Agencia EFE que en télex lo mandó a 50 periódicos. La pretensión de Paz a una exclusividad nos hizo reír porque sin duda desconoce que los trabajos de los grandes escritores se envían a través de sus agentes o de sindicatos a diversas cadenas de periódicos y revistas[3].

       Respecto al discurso La risa de Dios, de Kundera, sabíamos que había sido reproducido en El País, de Madrid, en Vuelta y en otras publicaciones y decidimos incluirlo nosotros pues su gran calidad literaria y humana merecía ser difundida entre un vasto público. Con El País acordamos aprovechar los materiales de nuestros suplementos literarios y por lo tanto nuestra obligación era con ese gran diario que tuvo además el cuidado de precisar que el copy right pertenecía a Kundera.

       No sabíamos que esos derechos internacionales de Kundera le pertenecían a Vuelta, y su exigencia de mandarle un cheque de 500 dólares “por nuestro conducto” nos parece ridícula, al menos que nos demuestre que tiene los derechos exclusivos para todo México, en cuyo caso nos complacería mandarle esa suma destinada a Kundera, como pagamos en su tiempo los derechos del poema de Borges.

       Paz se conduce con absoluta mezquindad y prepotencia. No guarda relación con el respeto que le profesamos ni mucho menos con esa vieja amistad y con la defensa que de él hicimos con Vicente Rojo y José Emilio Pacheco cuando Díaz Ordaz injurió públicamente en tiempos de persecuciones, encarcelamientos y matanzas[4].

       Paz ignora también las condiciones de extremada pobreza que sufre la cultura debido a la crisis, ignora los esfuerzos heroicos que realizan los jóvenes para editar sus revistas. Cuando en la provincia o en América Latina reproducen algunos trabajos de Sábado, no se los reprochamos, sino se los aplaudimos porque ellos no tienen posibilidad alguna de enterarse sobre lo que está ocurriendo en la cultura del mundo. Nosotros publicamos diez páginas de libros sin apoyos comerciales, hemos creado una especie de escuela donde los jóvenes se ejercitan en la crítica literaria y les pagamos apenas lo que cuesta el libro reseñado, pero nunca hemos recibido ningún aliento para esta tarea de pioneros, sostenida en 30 años.

       Circulan en Europa y en los Estados Unidos publicaciones apoyadas en una economía rapaz, poderosa e implacable y aseguradas por una multitud de celosos agentes. Nosotros creemos legítimo darle difusión a ciertas obras claves y, naturalmente, si hay alguna reclamación también legítima, nos apresuramos a satisfacerla. Sábado no le debe nada a Paz, y Paz le debe mucho a Sábado y a sus precursores.

       Siempre ha existido esta política editorial. Contemporáneos, El Hijo Pródigo, Letras de México y otras muchas publicaciones reproducían y reproducen obras literarias extranjeras capitales; pero lo han hecho, no en su beneficio personal, sino en el de los lectores mexicanos. Carecemos de acceso a dólares. Hemos perdido a nuestros grandes colaboradores internacionales y sólo nos sostiene el enorme sacrificio que hace nuestro periódico para mantener la difusión del suplemento.

       El señor Paz nos propone utilizar en adelante sus traducciones mediante pago, con la sola condición de señalar su procedencia; tan generoso ofrecimiento nos obliga a extremar nuestra generosidad y a decirle que Vuelta está en libertad de utilizar nuestras traducciones de obras ya conocidas en todo el mundo, sin ningún pago y sin ninguna mención de su procedencia.

       Por otro lado, si hay alguna línea mimética, ésta corresponde a Vuelta, ya que todos sus colaboradores mexicanos, comenzando por él mismo, han sido colaboradores nuestros a lo largo de un cuarto de siglo y es muy natural que esa escuela de excelencia se refleje hoy muy tardíamente en Vuelta, que es una revista mensual escrita para deleite de sus escasos y privilegiados lectores.

       Esta rectificación la exigió de un modo comercial el señor Paz y cumplimos sus deseos empleando su nuevo y extraño lenguaje de mercader, tan semejante no al de un amigo solidario sino al de las pirañas, de los implacables agentes a sueldo de grandes escritores.

Te saludan muy afectuosamente

Fernando Benítez y Huberto Batis

 

 

La respuesta de Paz: “Un clarín y un tambor”

 

Apareció a plana completa, en el número 418 de Sábado, correspondiente al 19 de octubre de 1985, al que los aludidos Clarín (Benítez) y Tambor (Batis) agregaron una notita. Dice la carta:

 

¡Ay don Fernando,
ay don Fernando,
socialista impoluto
de guante blanco![5]

 

Escribo estas líneas sin entusiasmo. Contesto a don Fernando y a su escudero Huberto después de dudarlo mucho y porque no tengo más remedio que hacerlo. Ante la magnitud de los males que padecemos, preferí callarme y volver a viejas lecturas en busca de consejo y de consuelo. En un tomo de la correspondencia de Voltaire encontré, en una carta dirigida a Rousseau en 1755, precisamente el año del terremoto de Lisboa, este pasaje: “Confesad que la sociedad apenas se fija en estas pequeñas desgracias particulares. ¿Qué le importa al género humano que algunos zánganos se roben la miel de algunas abejas? Los literatos meten mucho ruido con todas estas pequeñeces; el resto del mundo o las ignora o se ríe de ellas. Las espinas literarias, que sólo desgarran ligeramente la reputación, no son sino flores en comparación con los otros males que ha padecido la tierra en todo tiempo…” No tengo nada que añadir, pero dos razones me impiden seguir el cuerdo consejo de Voltaire. La primera: no se trata únicamente de una querella literaria sino de un asunto moral y político. La segunda: a veces es saludable pasar de la tragedia al sainete.

       Don Fernando público en sábado, dos meses después de haber aparecido en Vuelta, un texto de nuestro amigo Milan Kundera. Nada más natural que le pidiésemos una explicación: fue un acto poco respetuoso tanto de los derechos de autor como del código no escrito que rige las relaciones entre las revistas literarias, cuyo primer artículo prohíbe reproducir sin permiso un texto aparecido en otra publicación. En este caso la falta fue triple: el texto se publicó sin el permiso de Vuelta y sin mencionar su procedencia, se hizo creer a los lectores que era inédito en México y, en fin, no se dijo que se trataba del discurso de Kundera al recibir el Premio Jerusalén[6] 1985.

       En lugar de explicarnos su conducta, Benítez me regañó con lenguaje spaventóso. Además, se explayó en asuntos que nada tienen que ver con el tema: los favores que me ha hecho al publicar mis escritos (le doy las gracias, otra vez); su actitud al defenderme en 1968 (de nuevo: gracias); mi ingratitud y mi prepotencia (¡perdón!); mi lenguaje de mercader y mis dientes serrados de piraña (palabra de la lengua tupí-guaraní, compuesta de piro = pez y sainho = diente, que designa a un cruel y voraz pececillo de los mares tropicales de nuestra América, llamado también caribe, de donde viene caríbal y, claro, caníbal); en fin, sus méritos (¿quién se los niega?) como promotor y divulgador de la literatura mexicana contemporánea en los distintos suplementos que ha dirigido desde los días en que era el lugarteniente de Héctor Pérez Martínez[7].

       Ante estas intemperancias, José de la Colina escribió una carta en la que puso los puntos sobre las íes. Don Fernando le respondió. En su misiva se muestra más conciliador y declara que nos admira y respeta (a José de la Colina y a mí)[8]. Quiero creer que con esta declaración don Fernando tácitamente retira las enormidades que lanzó en contra mía. Si es así, gracias de verdad o como se decía antes, gracias con el corazón en la mano. Pero mentiría si no añado que, en lugar de esas expresiones altisonantes, hubiera preferido que con un lenguaje más simple y sencillo, nos diese una verdadera explicación. Don Fernando ha disparado palabras violentas y vacías. Así ha convertido su prosa en un clarín estentóreo acompañado de los tamborazos de su taciturno escudero. Este dueto me recordó esas alegorías budistas sobre la Vacuidad y la Piedra.

       Por mi parte: siento de veras que nuestra carta los haya lastimado. Les pido perdón. Confieso que la escribimos con cierto explicable malhumor: no es la primera vez que otras publicaciones usan, sin permiso, textos que nosotros, en Vuelta, no sin trabajo, hemos obtenido directamente de los autores o de los editores. Don Fernando cita un poema de Borges. Fue una operación lamentable en la que él, sin duda inocentemente, se convirtió en cómplice de un fichado contrabandista literario. El caso de Borges no ha sido el único; hubo otros pero, por amistad hacia él, preferimos callarnos.

       Este incidente no ha sido aislado. Hemos tenido muchos dimes y diretes con otras publicaciones que han cometido infracciones semejantes a las reglas de la convivencia literaria. Vuelta quisiera desterrar una práctica reprobable que se ha extendido más y más en México: el uso de textos de autores extranjeros sin permiso y sin pago, en traducciones no autorizadas, con frecuencia bárbaras y no pocas veces mutiladas. Esto último es lo más grave: en varias ocasiones los textos se han publicado suprimiendo pasajes contrarios a la ideología de la publicación. Me apresuro a aclarar que éste no es el caso de sábado. Pero la impunidad que ampara esta práctica permite y favorece toda suerte de abusos.

       Desde hace mucho nos hemos opuesto a esta piratería literaria disfrazada de divulgación cultural. Casi siempre se nos ha contestado con denuestos y burlas. Unos usan un vozarrón de arcipestre en el púlpito de la Iglesia Popular y otros las aflautadas vocecillas de los monaguillos de la misma cofradía. No me parece necesario defender la actitud de Vuelta: pienso que deberían sonrojarse todos aquellos que aplauden esta práctica: ¿qué diría don Fernando, si sus ensayos y artículos fuesen publicados sin su permiso y sin su conocimiento en semanarios y mensuales de Nueva York, Estocolmo, Tientsin, Damasco o Kiev, en versiones muchas veces mutiladas y otras aderezadas, en revistas adversas a su manera de pensar y sin que los infractores le diesen siquiera las gracias?

       Algunos han intentado justificar esta deplorable costumbre invocando a la tradición: Contemporáneos, Taller y El Hijo Pródigo publicaban textos de autores extranjeros sin permiso. El razonamiento no es menos inmoral que la práctica: las faltas no se convierten en virtudes por el hecho de ser faltas cometidas por nuestros antecesores. Pero, por fortuna, tampoco es exacto que esa práctica haya sido general en el pasado. Lo contrario es lo cierto: los textos traducidos de otras lenguas que publicaban esas revistas, aparte de ser pocos, eran en general de autores que pertenecían al dominio público. En otros casos no se reproducían ensayos y artículos aparecidos en revistas y periódicos literarios de fuera, como ahora, sino fragmentos de libros poco conocidos y de acceso difícil. Léanse los índices de esas revistas para comprobar lo que digo.

       Los directores de las revistas mexicanas se esforzaron siempre por obtener la autorización de los autores o de sus editores, sobre todo porque tenían ante ellos el ejemplo de Revista de Occidente, Sur y Cruz y Raya. El poeta Ortiz de Montellano (de paso: notable traductor) siempre buscó la colaboración de los escritores extranjeros que admiraba, como Valéry y Eliot. Recuerdo también el desconsuelo de Rodolfo Usigli, que tradujo de manera excelente The Love Song of J. Alfred Prufrock, al recibir un seco acuse de recibo no de Eliot sino de su secretaria en Faber and Faber. La traducción de Anábasis fue hecha por Octavio G. Barreda con el consentimiento de St. John Perse y con la ayuda y los consejos de un amigo del poeta francés, el (entonces) joven diplomático Christian Bell. Fui miembro de la redacción de El Hijo Pródigo (la revista nació, en parte, a instancias mías), colaboré en la composición de cada número durante su primer año de vida (después dejé México por una larga temporada) y puedo decir que siempre nos preocupó la imposibilidad de obtener los permisos de muchos autores, ya que por la guerra no había comunicación entre Europa y América. Podría multiplicar los ejemplos. No es necesario: el asunto que nos ocupa no tiene que ver con la tradición literaria sino con la higiene pública.

       Se alega que la situación económica prohíbe el pago de derechos. A otro perro con ese hueso: ¿acaso Vuelta dispone de más recursos que los diarios y las poderosas instituciones oficiales que sostienen o patrocinan a la mayoría de las revistas literarias de México? Los derechos, por lo demás, en general son modestos y para obtener el permiso basta casi siempre con dirigirse al autor y que éste tenga la certeza que se trata de una revista realmente literaria y de pocos medios. No, el origen de esta deplorable práctica no está en la escasez de recursos, sino en la pereza y la falta de respeto de los derechos de los autores y del público. Añado que también es necesario que los autores sepan y sientan que sus colaboraciones aparecen en una revista más o menos afín a sus convicciones estéticas, filosóficas y políticas. Los colaboradores extranjeros de Vuelta coinciden esencialmente con nuestra manera de pensar y sentir; por eso nos envían sus escritos o nos permiten reproducirlos. No nos explicamos, en cambio, que publicaciones y revistas con ideas, tendencias y usos contrarios a los suyos, se obstinen en publicar textos de Vargas Llosa, Calvino, Kundera, Enzesberger, Milosz, Cioran, Kolakowski, Goytisolo y tantos otros.

        Dentro de las penosas circunstancias que vivimos hoy todos los mexicanos, consuela ver que una legítima diferencia de opiniones que amenazaba con transformarse en el silbar de flechas envenenadas en que degeneran muchas discusiones literarias pueda terminar de una manera cordial. Le doy las gracias a José de la Colina. También a Manuel Becerra Acosta, espectador paciente de este pequeño e incruento torneo.

Octavio

 

La notita

 

Ya a modo de noticia secundaria, los amonestados se disculpan y prometen no incurrir más en falta:

 

Don Octavio pide perdón y da las gracias. Le asiste, como siempre, la razón. Se trata, a nombre de la moral y la política, de fustigar a los piratas.

No fue ésta ciertamente una querella literaria ni un pequeño e incruento torneo, sino un vulgar sainete de derechos. Don Octavio está por encima de estos asuntos (sobre todo en tiempos de tragedia). Pedimos perdón por piratearlo una vez más. Será la última, mediante pago, naturalmente.

Quedan de don Octavio, cordialmente, sus sonrojadísimos y escarmentadísimos,

EL CLARÍN Y EL TAMBOR

Sábado, 19 de octubre de 1985.

 

NOTAS

[1] “La risa de Dios” en Vuelta, traducción de Margarita de Orellana, número 104, julio de 1985, pp. 6-9.

[2] “La risa de Dios” en Sábado, sin crédito en la traducción, número. 412, 7 de septiembre de 1985, pp. 1-2.

[3] El incidente en torno al poema de Borges fue contado en varias ocasiones por Huberto Batis con ligeras variantes: “Con nosotros comenzó a colaborar el argentino Guillermo Schavelzon, quien le traía a Benítez recortes de suplementos de todo el mundo. Un día nos llevó un poema de Borges que había recortado de La Nación de Buenos Aires. Lo que no sabía Benítez es que Octavio Paz le había comprado a Borges el poema en 50 dólares, por lo que al verlo en el suplemento nos llamó de inmediato; estaba furioso y decía que éramos unos piratas…” (Citado en 2016 por Héctor Aguilar Camín); “publicamos un poema de Jorge Luis Borges que nos dio Guillermo Schavelzon, quien trajo un ejemplar del Clarín, y nosotros aplicamos la operación tijeras y lo sacamos en Sábado” (entrevista de Leopoldo Lezama a Batis en Máquina. Revista electrónica; 16 de marzo de 2018); “La cosa no pasó a mayores […], pero precisamente después en el cocktel que ofreció Grupo Planeta cuando absorbió a la editorial Joaquín Mortiz, estaba yo con Juan García Ponce e Inés Arredondo, platicando con Octavio Paz y Enrique Krauze, cuando se apersonó Guillermo Schavelzon y se presentó a sí mismo. La memoria de elefante de Paz registró el nombre del malandrín. Lo puso como camote por la expropiación del poema de Borges y lo mandó, con cajas destempladas, muy lejos”. (27 de mayo de 2018 en el suplemento Confabulario de El Universal).

[4] “Nuestra solidaridad con Octavio Paz”, manifiesto firmado por Benítez, Rojo, Pacheco y Carlos Monsiváis en la sección “Actitudes” de La Cultura en México, número 351, 6 de noviembre de 1968.

[5] Parafrasea Paz una copla que Federico García Lorca (1899-1936) le escribió a su amigo Fernando de los Ríos (1879-1949), ideólogo, ministro y académico español:

¡Viva Fernando, viva Fernando,
de los Ríos Lampérez, barba de santo,
padre del socialismo de guante blanco.
Besteiro es elegante, pero no tanto.
¡Viva Fernando, viva Fernando,
Fernando el eremita, barba de santo!

[6] Paz había recibido ese premio en 1977.

[7] En marzo de 1947, el político y escritor Héctor Pérez Martínez (1906-1948), siendo secretario de Gobernación (y, por tanto, precandidato a tapado), nombra a Benítez director de El Nacional, donde funda su primer suplemento: Revista Mexicana de Cultura (1947-1957), que dirigirá Juan Rejano. Más adelante, Benítez crea y dirige La Cultura en México (1949-1961), suplemento del periódico Novedades, que se convierte en el gran acorazado del periodismo cultural de la mitad del siglo xx. Benítez dirigiría posteriormente México en la Cultura (1962-1971) en la revista Siempre!, sábado (1977-1986) en unomásuno y La Jornada Semanal (1987-1989) en el diario La Jornada.

[8] De la Colina, miembro del Consejo de redacción de Vuelta, dirigía entonces El Semanario Cultural de Novedades. Se infiere que su carta y la respuesta de Benítez fueron publicadas en ese suplemento. Lamentablemente el seguimiento en esas páginas se trunca porque la colección de la Hemeroteca Nacional está incompleta. ¿Alguien tiene esas cartas?

Autores

  • Quintero, Jesús

Tipología

  • Conversación

Lustros

  • 1985-1989
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