Un camino purgatorio: Octavio Paz y la crítica

Malva Flores

Fotografía de Carlos Franco. Casa de las Américas.

De izquierda a derecha: Ramón Xirau, Octavio Paz, Juan García Ponce, Salvador Elizondo y Manuel Felguérez, 9 de agosto de 1973. Fotografía de Paulina Lavista.

 

Tomado de Aire en libertad. Octavio Paz y la crítica/ José Antonio Aguilar Rivera (coord.). México: FCE, CIDE, 2015.


 

Deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve,
reconcíliate primero con tu hermano, y
entonces ven y presenta tu ofrenda.

Mateo 5:25

 

A fines de octubre de 1968, tres semanas después de los hechos ocurridos en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, y de su carta dirigida al Secretario de Relaciones Exteriores —Antonio Carrillo Flores—, Octavio Paz cerró tras de sí las puertas de una casona de muros blancos con altas columnas y amplias verandas, ubicada en el número 136 de Golf Links, Nueva Dehli, dirección de la embajada mexicana en India. En aquella misiva “confidencial y personal”, Paz había escrito:

Ante los acontecimientos últimos he tenido que preguntarme si podía seguir sirviendo con lealtad y sin reservas mentales al Gobierno. Mi respuesta es la petición que ahora le hago: le ruego que se sirva ponerme en disponibilidad, tal como lo señala la Ley de Servicio Exterior Mexicano. Procuraré evitar toda declaración pública mientras permanezca en territorio indio. No quisiera decir aquí, en donde he representado a mi país por más de seis años, lo que no tendré empacho en decir en México: no estoy de acuerdo en lo absoluto con los métodos empleados para resolver (en realidad: reprimir) las demandas y problemas que ha planteado nuestra juventud” (Paz 1998b, 11).

 

Paz no volvió entonces a México. No volvió, nunca, al servicio diplomático ni a otra instancia del gobierno. En aquellos momentos su destino inmediato era Bombay y luego, Barcelona.

 

Ya en Bombay, antes de zarpar tuvo tiempo de escribirle a su amigo Fernando Benítez. Fechado el 5 de noviembre de 1968, en el breve mensaje agradecía y acusaba recibo, desde el Hotel Taj Mahal, del mensaje que varios amigos le habían enviado solidarizándose con su renuncia: “Ese mensaje y la amistad de los jóvenes poetas y escritores mexicanos es lo mejor que me ha ocurrido desde que, hace más de treinta años, empecé a escribir. Procuraré merecer su amistad y su confianza. La cultura de México, gracias a ellos, no será ya la cultura de la omisión, la reticencia y la adulación; será una cultura crítica y al mismo tiempo generosa”.[1] En la posdata señalaba la fecha en que partiría de India: al día siguiente.

 

Casi treinta años después, el 10 de febrero de 1998, encerrado entre los gruesos muros de la Casa de Alvarado donde pasó sus horas postreras, Octavio Paz tomó el teléfono para realizar la que sería su última intervención en la vida pública de México. Fueron pocas sus palabras a la redacción del diario Reforma, que las publicó en la edición del día siguiente: “Echeverría tendría que saber que el premio Nobel se gana con obras no con calumnias” (Paz 1998a, 9A).

 

No contestó el exmandatario, quien desde octubre de 1997 estaba nuevamente en las primeras planas, pues el mítico día 2 había ocurrido un ríspido debate en la Cámara de Diputados (Jáquez 1998a, 26). Durante la sesión, Pablo Gómez había exigido que se abrieran los archivos de la matanza de Tlatelolco y después del debate se resolvió constituir una “Comisión Especial Investigadora de los Sucesos del 68”, integrada por dos diputados de cada uno de los grupos parlamentarios. Bajo la presidencia del panista Gustavo Espinoza Plata, iniciaron entonces los trabajos durante esos últimos meses de 1997.

 

El 19 de enero siguiente fue el mismo Espinoza Plata quien anunció que el expresidente declararía ante la Comisión Especial el 3 de febrero, en una reunión privada y cuyo carácter, dijo, no era “punitivo”. Asimismo, la Comisión deseaba entrevistar a diversos intelectuales y testigos de aquellos sucesos y entre los nombres elegidos aparecieron los de Enrique Krauze y Octavio Paz.

 

Como grotesco, patético o infamante fue calificado el espectáculo que Luis Echeverría Álvarez montó en la calle de Magnolia 131, su domicilio en San Jerónimo (Aznares 1998, 9). Las páginas de diarios y semanarios se llenaron durante varias semanas con la noticia y en los primeros días de febrero, Proceso entrevistó a Krauze. En la nota se citaron fragmentos de La presidencia imperial donde se mostraba el papel decisivo del entonces secretario de Gobernación en los acontecimientos de Tlatelolco y Krauze declaró que, entonces y siempre, Echeverría había sido “un hombre no sólo listo, sino inteligente, que concibe la política como manipulación” (Jáquez 1998, 18-19).

 

El día 9, en el programa radiofónico “Detrás de la Noticia”, Ricardo Rocha entrevistó al exmandatario. Al ser cuestionado sobre las opiniones de Krauze, aseguró que era un excelente historiador pero que La presidencia imperial era un libro equivocado:

Es un tipo muy simpático, muy hábil. Le dije: “estás escribiendo barbaridades, estás dejando de ser historiador para volverte un panfletista político. Cuídate”. Luego empezó a escribir en un diario artículos históricos pero nada de sensacionalismo, algo muy de tipo norteamericano, como cuando publicó noblemente un ensayo contra Carlos Fuentes cuando estaba luchando para que Octavio Paz recibiera el Premio Nobel” (Reforma. Redacción 1998, 1).

 

En la Casa de Alvarado un hombre se negaba a morir. En 1976, después del golpe a Excélsior, Octavio Paz le había asegurado a Elena Poniatowska: “No es verdad que haya tiranos en general sino que los tiranos tienen nombre y nosotros debemos nombrarlos. Hay que nombrar el mal y ésta va a ser una de las tareas de la nueva revista” (Reyes 1976, 2-B). La publicación a la que se refería el poeta era Vuelta, pero esas palabras no fueron publicadas en Novedades, donde originalmente Poniatowska las había mandado (1998, 161-174), pues el periódico consideró que los juicios políticos de Paz eran temerarios y tenían un blanco: el presidente. Apareció, sin embargo, en Siempre, y esta declaración la reprodujo El Porvenir, un diario de la ciudad de Monterrey, en una nota titulada “Aventura y escarmiento”, en la que se daba cuenta de la próxima aparición de la revista.

 

En 1998, a pocos días de su muerte, aquella vieja historia que reunía al poeta con el exmandatario pero también con Carlos Fuentes y Krauze, imponía una ración extra de sombras a sus últimos días: “Ni siquiera en el lecho de muerte de Octavio Paz, cuando Fernando Benítez le pidió púb1icamente que lo fuera a ver (porque Paz quería ver a Fuentes), Fuentes lo visitó. Fuentes se equivocó: el único responsable de ese texto era yo. Lo escribí yo. Paz no intervino, salvo para hacerme alguna reconvención. En todo caso, a quien Fuentes debió dirigir su odio perenne es sólo a mí, no a Paz” (Rodríguez 2011, 14), recordó Krauze cuando en 2011 fue entrevistado en Proceso a propósito de su relación con el poeta y nuevamente salió a la luz el episodio de aquel texto publicado en Vuelta, “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”, al que había aludido Echeverría, provocando la última respuesta pública del poeta.

 

Fue el último día de marzo de 1998 cuando muchos amigos de Octavio Paz se reunieron en la Fundación que llevaba su nombre para brindar por su salud, aún sin su presencia. Quizá a lo lejos, el poeta escuchó las palabras que José Emilio Pacheco pronunció en el patio de la Casa de Alvarado, o el anuncio de Ramón Xirau, revelando el nombre que el poeta mismo había elegido para obtener el primer Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo: Gonzalo Rojas. Antes del anuncio, José Emilio Pacheco había hablado de nuestros padres literarios tutelares: “Para la literatura mexicana, ellos dos son nuestro siglo XX: La primera mitad pertenece a Alfonso Reyes, la segunda a Octavio Paz” (Bertrán 1998a, 2A). Nuestro siglo XX estaba, efectivamente, concluyendo.

 

El 17 de abril el periódico Reforma anunció, en el 303 aniversario luctuoso de la décima musa que se cumplía en esa fecha, que sor Juana Inés de la Cruz sería el personaje   protagonista de una telenovela producida por Ernesto Alonso y que empezaría a filmarse en octubre, con argumento de Fausto Zerón Medina (Bertrán 1998b, 1C). Difícilmente Octavio Paz podría haber leído esa noticia y, a partir de ella, intervenir, discutir y proponer visiones y modificaciones a la obra, como era previsible, dado su talante. Dos días después, un domingo, iniciaría el viaje que tres siglos atrás había emprendido su amada monja. Enfrentado a la esfera celeste en la que nunca creyó, entre nosotros Paz continuaría un largo camino purgatorio que no concluye aún pues a su muerte terminaron de salir los demonios de las aulas en donde, día a día, han cocinado un guiso con su nombre y sirven ese plato entre los jóvenes.

 

¿Cómo puedo venir aquí, donde estamos celebrando el centenario de Paz, después de un largo año de festejos, a decir que el poeta sigue, aún hoy, caminando ese largo sendero de expiación? Que su nombre, su figura y su obra se sirven en las aulas —y lo digo parafraseando al propio Paz—, como un “plato de sangre” entre los jóvenes. “Todos los días nos sirven / el mismo plato de sangre. / En una esquina cualquiera / —justo, omnisciente y armado— / aguarda el dogmático sin cara, sin nombre”, escribió en el “Ejercicio preparatorio” y esos versos sirvieron de epígrafe a su ensayo “El plato de sangre”, escrito en el dramático año de 1994 (Paz 1994, 8). En el caso de Paz, sí tiene rostro, sí tienen nombre y “El dogma”, que tanto combatió y como él mismo bautizó a ciertos integrantes de la izquierda agrupados en La Cultura en México, es un punto nodal en la lectura de su obra, en su posible interpretación.

 

¿Qué fue lo que pasó en esos treinta años, después de que Paz agradeciera a Benítez el apoyo de los jóvenes de ese mismo suplemento, a raíz de su renuncia a la embajada de la India? De los múltiples acercamientos que podemos hacer a la trayectoria del poeta, hay uno en el que, durante esos treinta años, aparecen y reaparecen unos mismos nombres: Paz, Fuentes, Zaid, Krauze, Benítez, entre otros. Hay una sombra que los sigue y que se desdobla en varios rostros, quizá no tan distintos (los de Luis Echeverría y Carlos Salinas de Gortari, los más visibles) y lo que representan: el poder.

 

Cuando me invitaron a participar en esta mesa, pensé ofrecer el recorrido de ese itinerario, de esas sombras, a la luz de una amistad: la de Carlos Fuentes y Octavio Paz, pues creo que buena parte de la crítica contemporánea al poeta nace justamente allí: en los vaivenes de una relación que modificó la estructura de nuestra república letrada. Quería mostrar cómo y por qué podíamos explicarnos un distanciamiento paulatino que nació, tal vez, en el momento en el que Fuentes traicionó la amistad de su amigo, divulgando entre los narradores del Boom el deseo de hacer una nueva revista, en los lejanos tiempos en los que Paz, a bordo del Victoria, salió del puerto de Bombay destino a Barcelona. Pensaba recordar aquel momento en que la efigie de Paz había sido quemada sobre Reforma y su gran amigo no había pronunciado una sola palabra pública al respecto. Pero el seguimiento puntual de aquellos pasos está trunco: la correspondencia entre Paz y Fuentes, abierta este año en Princeton, llega hasta el año de 1985, es decir, tres años antes de la aparición del artículo de Krauze. Por razones que quizá nunca sabremos, Fuentes no envió a la Universidad la correspondencia con el poeta posterior a esa fecha, tal vez porque no existió, y sólo de oídas, por rumores, sabemos que después de 1988, Paz y Fuentes se vieron una o dos veces más, en forma accidental. Una de ellas, en el consultorio del médico de cabecera del poeta, el Dr. Eduardo Cesarman. Era imposible, pues, rastrear por ahora el fin de aquella historia en verdad apasionante y, por otro lado, temí caer en el “dogma documental”, como me previno un amigo, al comentarle mis obsesiones.

 

Pensé, entonces, exponer aquí una conjetura que nació en el momento de revisar, por enésima vez, la polémica ocurrida en Plural en 1972, discusión que se ha leído siempre a la luz de la postura de los escritores mexicanos frente a la “apertura democrática” de Echeverría y, sobre todo, a partir de la “Carta a Carlos Fuentes”, escrita previamente por Gabriel Zaid (1972a, 52-53). Creí advertir, en las respuestas de Zaid y Luis Villoro, algo más allá del tema principal de aquel debate, algo que las conectaba con la carta a Gilly, publicada por Paz en Plural meses atrás (1972a) y que se relacionaban, directamente para mí, con los trabajos del Comité Nacional de Auscultación y Coordinación (origen del futuro Partido Mexicano de los Trabajadores) al que, desde septiembre de 1971, y junto con Heberto Castillo, Demetrio Vallejo, Luis Villoro y Carlos Fuentes, Paz pertenecía, y cuyas reuniones tenían como propósito formar una organización que agrupara a las “fuerzas progresistas de México”.

 

Sabemos que Paz no se afilió a dicho partido pero, como ya dije, me pareció advertir tanto en la carta a Gilly, como en el texto de Paz, “El escritor y el poder” (1972b), la auscultación del poeta entre sus amigos, auscultación que privada en otro momento quizá, en ese instante se hacía pública. Me pareció relevante la respuesta de Zaid para entender lo que pocos años después ocurriría: la fundación de Vuelta, pues sus argumentos insistían en la necesidad de crear, más que un partido político, una publicación independiente y confiar en el poder literario, aparentemente mínimo, como el más pertinente para la república letrada (Zaid 1972b). Quise ver también, en la respuesta de Villoro (1972), el principio de su desilusión con el poeta, desencanto que lo llevaría, treinta años más tarde, en el primer aniversario de la muerte de Paz, a pronunciar unas duras, dolidas, palabras de reproche, que me permito citar in extenso:

Paz, movido por la pasión, creyó su misión romper lanzas, no sólo contra barberos y sacristanes del poder convencional, sino contra todos los que proponían un mundo que sinceramente creían “otro”, el mundo de la utopía. Se equivocó de enemigos. De los disidentes sólo vio el aspecto dogmático, patente en su máscara ideológica; fue ciego, en cambio, a la dimensión ética, libertaria, de su acto disruptivo. Sin comprensión, atacó a quienes debían ser sus hermanos en la búsqueda —por caminos distintos, es cierto— de lo otro.

Al mismo tiempo, a menudo lo vi dejarse acariciar por los halagos de la fama, condescender al encanto del poder, económico, político, literario, vislumbrar para sí el púlpito del magisterio intelectual. En todo ello no percibí la “otra voz”, sino la cansina palabra que se complace en las lisonjas de este mundo. Y recordé sus propias palabras: “Si el poeta abandona su destierro —única posibilidad de auténtica rebeldía— abandona también la poesía y la posibilidad misma de que ese exilio se transforme en comunión”. ¿Soy injusto? Es probable; porque a aquello que amamos exigimos la perfección, y la perfección es inhumana (1999, 25).

 

Este mismo pasaje ha sido calificado por Christopher Domínguez Michael como “la crítica capital contra Paz” (2014, 48) y, en nota al pie, nos informa de un correo de Juan Villoro, dirigido a él, que para mí se convierte en símbolo de la relación que hemos establecido con Paz. En dicha nota, el crítico relata que Juan Villoro le confió “que cuando murió don Luis en 2014, su empleada doméstica le dijo: “‘Su papá le dejó un paquete.’ Era una mochila grande, cilíndrica. Contenía las primeras ediciones de casi todos los libros de Paz, subrayados minuciosamente por mi padre” (2014, 49).

 

He traído a cuento esa historia porque, al revisar la invitación a esta mesa, advertí que el tema no era “escriba lo que quiera sobre Paz”, sino cuál era mi postura ante los claroscuros de Paz como “mandarín de la cultura mexicana”, entre otros aspectos que, en el fondo, tocaban la crítica al poeta. Atrás dije que encontraba en la relación de Paz con Fuentes un punto esencial de la crítica contemporánea al Nobel y dije contemporánea porque desde sus primeras publicaciones, Paz fue aguijoneado con el alfiler de la crítica, según recuerda Adolfo Castañón, señalando que aunque Raíz del hombre fue bien recibido, el poema ¡No pasarán! había sido comentado con “desdeñosa frialdad” por parte de los Contemporáneos, pues en la nota “Poesía y retórica”, del primer número de Letras de México, Bernardo Ortiz de Montellano “sin citar por su nombre a Octavio Paz, subrayaba ciertas coincidencias entre el poema de Paz y el ‘Galope muerto’ de Pablo Neruda” (Castañón, 2014). ¿Acaso para alguien que patentó la idea de la pasión crítica, ésta podía considerarse un camino purgatorio? No basta con decir que pasión es la acción de padecer o que, por antonomasia, refiere a la Pasión de Cristo, cuyo Calvario sea quizá el primero de los caminos purgatorios.

 

Paz, ya lo sabemos, “fue un poeta ateo y anticlerical”, según lo describe Domínguez Michael (2014, 47). Fue un agnóstico. Un rebelde. Un disidente. Su carácter religioso, volcado en la poesía como sustituto de la religión, ha sido comentado innumerables veces, empezando por él mismo, y se ha hecho énfasis en la idea de que la palabra que lo identifica es Comunión. Pero para llegar a la comunión es necesario, al menos en el rito católico, la expiación de los pecados por medio de la confesión, también llamada en la liturgia “reconciliación”.

 

Sería abusivo mostrar aquí, en una lista, la proliferación asombrosa de las voces que en la obra de Paz aluden a una de las iglesias que combatía y que, sin embargo, estaban ahí, atadas a su lengua: iglesia, redención, dogma, comunión, sacristanes, feligreses o pecado, son apenas algunas de las que él expresó con una insistencia notable. Tan notable, quizá, como las veces que sus críticos también las pronunciaron. Somos nuestras palabras y si para Paz “la poesía no busca la inmortalidad, sino la resurrección” (1990, 86), en muchos de sus poemas podemos escuchar, como en la misa, la estructura musical de la oración y su responso: “esto que digo es tierra / sobre tu nombre derramada: blanda te sea”, dice en Pasado en claro (1975, 29).

 

Lejos de mí el deseo de mostrar a Paz como un poeta o un intelectual católico. Sólo de mencionarlo se me traba la lengua como si estuviera incurriendo en pecado y más bien deseo apuntar que su vida fue la del converso que encarna una violencia apasionada contra su propio error. Esa extraña forma de expiación se volvió batalla. Pero, ¿cuántas veces asistimos a la confesión de sus pecados?, empezando, lo sabemos, con el mea culpa de su actitud durante el Congreso en Valencia, cuando le tocó “ser testigo de la reacción religiosa —o, más exactamente, inquisitorial— de los escritores comunistas y de sus aliados ante las críticas más bien suaves que había hecho Gide de la realidad soviética. Confieso que a mí, como a otros amigos de esos días […], nos indignó y entristeció la saña de los acusadores de Gide pero ninguno de nosotros se atrevió a contradecirlos en público” (Paz 1991, 20).

 

El peor pecado para Paz —entonces y hasta la última de sus confesiones, a finales de 1997, sobre su ceguera ante la corrupción del régimen salinista—, fue el hecho de quedarse callado. Tal vez por ello hizo propia la sentencia de Orwell: “decirle a la gente lo que la gente no quiere oír”. Hoy, los particularismos son los aparentes vencedores en un mundo al que se le ha restringido la posibilidad de pensar y a cambio se le ha ofrecido el eufemismo hipócrita de lo políticamente correcto. Es paradójico este mundo que dice respetar la diferencia y al mismo tiempo prohíbe y sataniza la crítica, la distinción, y la disensión, que fueron esenciales en la vida de Paz. Pero, ya lo dijo Zaid hace mucho tiempo, en este mundo, hay que estar “con los buenos, sean buenos o sean malos” (1981, 10), denunciando así la imperiosa necesidad de pertenencia de los intelectuales a las causas aparentemente justas.

 

Para el pensamiento militante, antes y hoy, Paz es un conservador pues su poética y su política parten de una dialéctica que se resuelve en la reconciliación y no en la confrontación. Esta es, de todas las paradojas que encarna la figura de Paz, una de las más profundas: la de un hombre que nunca rehuyó e incluso buscó la confrontación y que, no obstante, siempre deseó la reconciliación que le hemos negado mientras transita su largo camino purgatorio.

 

¿De qué iba, entonces, a hablar aquí? ¿Del Paz que creyó en Salinas?, ¿del Paz que armó una trifulca con Neruda cuando el chileno le espetó “Su camisa está más blanca que su conciencia”?; ¿del Premio Nobel que, ante el asombro de propios y extraños, volvió a colaborar en el Excélsior de Regino Díaz Redondo en la última década de su vida? ¿Del escritor que corrigió sus poemas, sus ensayos, mil veces y nos ofreció, por obra de eso que llaman con desprecio “revisionismo”, una “versión” de sí en sus obras completas, en su correspondencia? ¿Del poeta que, dicen, creía “en el eterno retorno” y por eso Piedra de sol —aseguran con palabras que sólo pueden llenarme de asombro—, es la consagración poética del priismo?; ¿del “misógino”, del “clasista”, del “poeta de Televisa”?; ¿del amigo que “traicionó” a Carlos Fuentes?

 

En México son tantos los reproches a Paz, que una lista que los enumerara sería muy superior a la de sus alabanzas y lo digo con números en la mano en este ejemplo: de los 568 artículos que revisé en la prensa a propósito de la polémica suscitada por la organización del Coloquio de Invierno en 1992, el 82% de ellos son críticas a Paz, y no repetiré aquí la historia aquella de la quema en efigie de su imagen, pues Gabriel Zaid lo hizo mejor que yo al recordar cómo tres días después del discurso de Paz en Frankfurt, “ya estaban listas 228 firmas de ‘profesores de todas las ramas científicas y culturales’ contra un pasaje del discurso” (Paz 1984, 4). Del 82% de los artículos o notas aparecidos en los diarios donde se criticaba a Paz en 1992, 73% de ellos fueron escritos por individuos adscritos a la academia, lo que marca de algún modo la primera tendencia crítica sobre la que quiero conversar.  Otros de sus malquerientes fueron, son, los poetas.

 

Ofrezco una disculpa anticipada por hablar de mí misma, pero la crítica supone un vuelo, el camino del boomerang: el que va de nosotros al objeto de nuestra crítica y el camino de vuelta, que concluye en nosotros, los que criticamos. Así, los ejemplos que daré enseguida me sirven para intentar una imagen, quizá errónea. Son sólo dos notas, dos estampas de mi paso por la academia, a la que pertenezco. Cuando en 2006 intenté inscribirme al doctorado en la UNAM, mi proyecto de tesis consistía en hacer una revisión de la revista Vuelta. Preparé el protocolo de investigación durante un año. Sin embargo, mi proyecto fue rechazado con el argumento de que “Vuelta no es un corpus literario” y, por si no fuera suficiente, ya existían muchas tesis sobre Paz, aunque en mi protocolo insistiera en que Vuelta no era Octavio Paz. Solicité y obtuve la gracia de presentar otro proyecto, en 15 días. Se trató de una investigación sobre “Poesía y trascendencia” en la obra de dos poetas mexicanos: Elsa Cross y José Luis Rivas. En mi bibliografía de apoyo y en las citas de mi argumentación aparecían referencias explícitas a Octavio Paz y a T. S. Eliot. Con amabilidad me informaron que tenía un día para modificarlo porque Eliot y Paz no eran fuentes bibliográficas que aportaran un conocimiento teórico al tema.

 

Años atrás, cuando crucé por primera vez la puerta de esa misma facultad, asistí a la que considero mejor clase que tuve nunca. En ella brillaba con una luz especial la figura que muchas mañanas Huberto Batis —uno de los firmantes de aquel mensaje de solidaridad que Paz había recibido en India—, convocaba al recinto: era una presencia terrible, asombrosa, gigante de inverosímil, era una leyenda viva que no tenía dedicada una materia, un seminario o una cátedra; sobre la que en ningún otro curso se nos hablaba y que, sin embargo, estaba entre nosotros todos los lunes en el salón de Huberto: era Octavio Paz. Sé bien que si mi querido profesor estuviera aquí sentado, no le gustaría escuchar esto, pero cualquiera que haya tomado sus cursos podrá asentir que sus mejores clases, las más emocionantes y divertidas, ocurrían cuando nos narraba alguna de las prodigiosas aventuras no de un héroe o un monstruo: sino de una extraña mezcla de ambos, esa forma del amor-odio que ha inspirado Octavio Paz. Ya en semestres posteriores, cuando Huberto nos entregó el programa de teoría literaria nos dijo: “exenta quien publique en Vuelta”. Nadie exentó. Hoy, aunque haya pasado un cuarto de siglo, Paz esté muerto y Vuelta no exista más, la relación que la provincia letrada establece con la figura del poeta es muy similar a la que Batis nos dejaba ver hace ya tanto. Y digo la provincia letrada, porque afuera de las aulas y corrillos literarios o universitarios, Paz es sólo un poeta y muchos jóvenes, muy jóvenes, repiten sus versos porque en ellos encuentran un reflejo de sí mismos y la voz de Paz se vuelve su propia voz, inscrita en sus cuadernos, en sus cartas de amor, en sus muros de Facebook, incluso como pintas en las bardas.

 

Y dije también “la figura del poeta”, porque muchas veces, cuando hablamos de Paz, no hablamos de su obra sino del imaginario que rodea a la persona y lo construye como el personaje de una oscura leyenda o de una leyenda heroica. “El Paz que quedará, concluyó Luis Villoro aquel ensayo, es el que supo abrir una puerta a otra realidad. Porque sabía que una vida incapaz de perturbar al mundo no merece ser vivida” (1999, 25). La suya lo perturbó y tal vez por eso estamos aquí hoy hablando nuevamente sobre Paz, aunque creamos que Paz no ofrece aportaciones “teóricas”, aunque creamos y sepamos que Paz se equivocó no una, muchas veces. Aunque temprano, o quizá demasiado tarde, haya reconocido sus errores, y nosotros no se lo reconozcamos.

 

Quizá valdría la pena preguntarnos ¿por qué nosotros seguimos ocupados en su crítica? Tal vez encontraríamos la respuesta y nuestra propia imagen en ese libro que hoy ya se considera “superado”, El laberinto. ¿Por qué, aún hoy, utilizamos a Paz como el emblema de nuestras batallas o el demonio al que debemos combatir? ¿Con qué máscara lo acusamos falsamente de traidor a la causa buena de los pobres mientras con nuestra cara cobramos de asesores un sueldo en la soleada oficina de un político o un voraz empresario? ¿Qué hay, en su obra, en su persona, en la relación que estableció con nosotros —sus lectores—, para que sigamos excavando una trinchera con su nombre, para que sigamos usufructuando o malinterpretando sus palabras; para que sigamos esperando de él, de un lado y otro, un comportamiento distinto al que entenderíamos, justificaríamos e incluso aprobaríamos si se tratara de cualquiera de nosotros? Un comportamiento que, si analizamos bien, corresponde al del compañero de batalla, al del hermano.

 

No hace tanto, un día de muertos de 2012, el poeta Luis Vicente de Aguinaga, escribió en su muro de Facebook:

No podían hablar bien de Garro sin hablar mal de Paz. No podían hablar bien de Huerta sin hablar mal de Paz. No podían hablar bien de sor Juana, Reyes, López Velarde o Villaurrutia sin hablar mal de Paz. No podían hablar bien de Vasconcelos, Rulfo, Salazar Mallén, Sabines, Revueltas, Alatorre, Fuentes, Monsiváis, los estridentistas, los muralistas, los infrarrealistas, los zapatistas, los alarmistas, los consumistas, los futbolistas, sin hablar mal de Paz. Al final, en un alarde de congruencia, tampoco podían hablar bien de Paz sin hablar mal de Paz.[2]

 

Esta larga cita podría considerarse una exageración retórica, propia de poetas, pero si se le mira bien, hasta hacen falta líneas.

 

A su muerte, Soledad Loaeza lo describió como un “marginado de la intelligentsia” (1998, 53), al tiempo de subrayar “la sorprendente paradoja que encarna Octavio Paz, de ser marginal a las élites intelectuales y universitarias mexicanas, pese a ser también el más distinguido de sus escritores y poetas” (54). Hoy, muchos poetas no lo reconocerían siquiera como uno de los suyos. En la reserva subsidiada en la que hoy nos autoconfinamos los poetas, la figura de Paz encuentra “consenso”, en la idea de que petrificó la poesía mexicana. Los poetas siempre forman grupos enemigos, sin embargo, de un lado y otro, líricos y antilíricos, rebeldes o mainstream (aunque convenga negarlo), coinciden en señalar a Paz como el gran demonio, el patriarca, el poeta priista, el censor, el hombre que impidió el ascenso de las nuevas voces poéticas y que hizo casita aparte, negándole la entrada a los “rebeldes”. Para todos es un muerto indeseable, pero no está tan muerto pues no dejan de mencionarlo, aquí, allá, o en cada uno de los prólogos de las muchas antologías cuyos “curadores”, como ahora pomposamente se llaman, incurren en las mismas prácticas que denuncian en Paz, más de oídas que cierto: sus antologías no son, en lo absoluto, incluyentes. No tendrían por qué serlo, pero en el caso de Paz es delito de lesa humanidad poética.

 

Los poetas se han propuesto hacer una guerra a las prácticas “oficialistas” de la era paciana; sin embargo, gran parte de ellos engrosa el catálogo de Tierra Adentro, obtienen las becas del FONCA, del SNCA o la Fundación para las Letras Mexicanas; apoyan sus proyectos “independientes” con fondos de Conaculta o sus versiones estatales; participan en todos los premios que son financiados por el Estado y acusan a Paz de haber creado ese monstruo que nos mantiene: Conaculta. ¿Y su poesía? Quizá se asombraran, si se leyeran críticamente, al encontrar en sus propios versos las palabras, los giros, los ritmos, las imágenes de Paz.

 

Yo no tengo las credenciales teóricas para analizar su pensamiento. Nunca conversé con el poeta y, sin embargo, puedo recordar con claridad el primer momento en que lamenté su ausencia. Como todos, hipnotizada por las imágenes de la pantalla, vi despeñarse la figura de un hombre, elegantemente vestido y de cabeza, la rodilla flexionada en su vuelo final con rumbo hacia el derrumbe de aquellas torres gemelas. Entonces pensé en Paz. En qué diría Paz. Y desde ese día hasta hoy cuántas veces me lo he preguntado. ¿Acaso un hombre solo podría dar alguna respuesta? No. Más que respuestas, Paz nos ofreció preguntas, paradojas tan notables como la vida de un hombre que nos habituó a mirarlas sin espanto y que se volvieron, incluso, títulos de sus libros. “Sí, pero no”, es frase recurrente cuando lo recordamos, pero esos monosílabos son, para mí, la representación de la mayor paradoja que nos entregó.

 

“La libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva […] a pronunciar dos monosílabos: sí o no” (Paz 1989, 8), dijo en “Poesía, mito, revolución”. El ejercicio de la libertad era para Paz, entonces, excluyente y lo practicó con pasión, incluso con violencia. Su pensamiento poético, que no sólo se expresó en sus versos, fue incluyente, pues ante el sí sólo si del lenguaje analítico, la poesía opone la palabra también.

 

Se ha dicho hasta el hartazgo que no podemos entender el pensamiento de Paz si olvidamos que fue, antes que otra cosa, un poeta. Es una verdad irrefutable pero tal vez no entendemos con claridad, o nos cuesta aceptarlo, que en ese también de su pensamiento poético estamos sus lectores, sus admiradores y críticos, pues toda la aventura de Paz fue la construcción de un mapa verbal para buscar al otro, que somos nosotros. Al ejercer la crítica, Paz nos ofreció también el sitio privilegiado del interlocutor.

 

Quizá por eso hoy lo sigamos pensando, discutiendo con él, y el largo camino purgatorio de aquel hombre que buscaba, por la confrontación, la reconciliación, sea, de algún modo, también nuestro. Una cosa es segura, sin embargo. Aún hoy, en su andar pueden oírse las palabras que le escribió a Tomás Segovia en 1965: “ver con la cara levantada, afrontar al otro. Eso es lo que nos hace falta, lo mismo en la política que en la amistad o el amor” (2008, 47-48).

 

La crítica es un boomerang. Siempre vuelve a nosotros. En estos días aciagos para México quizá sería deseable que emprendiéramos ya ese camino. No sé si será de expiación, mejor de reconciliación. Cada quien puede tomar la ruta que prefiera. A mí me sirven como guía las últimas palabras de Octavio Paz en el primer editorial de Vuelta: “Un pueblo sin poesía es un pueblo sin alma. Una nación sin crítica, es una nación ciega” (Paz, 1976, 5).

 

NOTAS

[1] Paz, Octavio, carta a Fernando Benítez, 5 de octubre de 1968. Agradezco a Adolfo Castañón haberme dado a conocer esta carta. Los jóvenes a quienes Paz se refiere eran Juan Bañuelos, Huberto Batis, José Carlos Becerra, Salvador Elizondo, Isabel Freire, Juan García Ponce, Vicente Leñero, Juan Vicente Melo, Carlos Monsiváis, Marco Antonio Montes de Oca, José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid.

[2] Citado con la autorización de Luis Vicente de Aguinaga.

 

BIBLIOHEMEROGRAFÍA

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Autores

  • Flores, Malva

Tipología

  • Conversación
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