Poesía y cultura: una antología de Jorge Cuesta

Adolfo Castañón

Jorge Cuesta. Retrato de Manuel Álvarez Bravo.

 

I

 

El nombre de Jorge Cuesta lo debo haber oído en una clase de Huberto Batis entre 1971 y 1972. Este a su vez había heredado el interés por el poeta de Elias Nandino, Alí Chumacero, Octavio Paz, y lo compartía con su amiga la escritora Inés Arredondo, primera esposa de Tomás Segovia. En aquel entonces, me imaginaba a Cuesta como a un doble, una sombra esgrimista a la manera del cuento “William Williamson” de Edgar Allan Poe, cuyo otro podía ser Octavio Paz. Los testimonios de éste, de Cardoza y Aragón y de Ermilo Abreu Gómez refrendan de algún modo esa fantasía. Entre los que conocieron a Jorge cuesta está Luis Cardoza y Aragón, quien lo había conocido en París y lo retrata así en sus memorias:

Jorge Cuesta era feo. Un ojo más alto que el otro. Naturalmente lo asediaron las mujeres. Un Picasso. Semejaba que iba a tener hipo o que acababa de tenerlo. Sobre el rostro se expandía el efluvio de una sonrisa de asombrado tiburón jovial. No se parecía a nadie, diferente de lo diferente. Conocimos apenas una fracción de su témpano. Sufría de fatídica decepción ecuménica. Aunque vecinos, poco nos veíamos en casa por temor de interrumpir alguna visita, que podía ser suya o al revés o de ambos.

Nos veíamos con frecuencia en el café, en reuniones. Su amigo más cercano fue José Gorostiza. Se recibió de químico. Lo conocí en París, antes de mi regreso a América, en donde se libraba de un tiro de Diego Rivera, por haberse dejado violar por Lupe Marín de Rivera, moreno vendaval de ojos verdes. Me dio la Antología de poesía mexicana moderna (1928) elaborada por los Contemporáneos, en donde suyas son algunas o todas las presentaciones.

Alto y flacucho, de ojos rubios, cabello castaño. Conversaba con irónica seriedad, desmontando pieza a pieza la relojería de los razonamientos que se le oponían, hasta probarnos, casi irrefutablemente, lo propuesto. Su imagen radiante desafiaba a la estupidez insolente. Había en él mucho de angélico y sombrío. A veces era muy ágil y otras veces, intempestivo y lento.[1]

 

II

 

No es un azar que la forma poética preferida por Jorge Cuesta haya sido la del soneto y la del verso medido por una prosodia estricta. Esta armadura verbal de ceñida y armoniosa arquitectura se ajustaba limpiamente a su sentenciosa inteligencia. La estructura aérea y metálica del soneto traduce el movimiento mental que anima el impulso del poeta. Los sonetos están además construidos como exploraciones, son en cierto modo laboratorios minimalistas, espacios de experimentaciones casi quirúrgicas labrados con feliz esfuerzo como orfebrerías hechas para aprehender y volver visible el espacio de la auto-observación.[2]

 

La poesía y los sonetos de Jorge Cuesta son actos, hechos, ejercicios. Escritura cincelada, esculpida, dibujada, hecha con y desde la conciencia y la auto-observación. A los sonetos y a los poemas de Cuesta les conviene el nombre de trofeos, como a los del parnasiano cubano-francés con quien Cuesta tiene tantas cosas en común. Emblemas, estandartes, escudos de armas de una guerra interior, cajas musicales, partituras que fluyen con escritura serpentina y a la par se elaboran desde un horizonte clásico y convocan una prosodia barroca.

 

Entre los poemas que Jorge Cuesta escribió destacan en diálogo con sus ensayos dos: el “Retrato de Gilberto Owen” y “Réplica a Ifigenia cruel” de Alfonso Reyes. En el primero se formula la famosa “Ley de Owen” que tal vez podría ser tomada como un arte poética del propio Cuesta.

Cuando el aire es homogéneo y casi rígido
y las cosas que envuelve no están entremezcladas
el paisaje no es un estado de alma
sino un sistema de coordenadas.

 

En el “Retrato de Gilberto Owen” aparece además citado el pintor francés Paul Cézanne quien resulta ser en el poema de Cuesta no sólo un maestro de la pintura, sino el autor de una guía del buen vivir y hasta de una suerte de ars amandi. De hecho, cabría añadir que lo que está en juego en las letras y en la poesía de Cuesta es la vida considerada como arte, es decir, como examen, pues que la vida verdadera es la vida examinada.

 

A su vez, cabría descifrar en la intención de “Réplica a Ifigenia cruel” una continuación, una guía de conducta y una crítica incluso ya no tanto al personaje cifrado de Reyes sino al propio regiomontano, pero sobre todo una suerte de autorretrato. Por cierto, cabría contrastar el poema de Cuesta con la crítica que le hizo a Ifigenia cruel Daniel Cosío Villegas y, en sus cartas, Pedro Henríquez Ureña. Octavio Paz reconstruye así su encuentro con Jorge Cuesta:

En 1935 conocí a Jorge Cuesta. Eran los días en que se debatía el tema de la «educación socialista». La disputa llegó a la Universidad, pues se pretendía imponerla también en ella. El Consejo Universitario discutió con pasión el asunto y una mañana sus bóvedas resonaron con la artillería pesada de los discursos de Antonio Caso y Vicente Lombardo Toledano, los dos capitanes, acompañados por los tiroteos y las salvas de Diego Rivera, Jorge Cuesta y otros. Los estudiantes nos agolpábamos en los patios y los corredores del edificio; para evitar tumultos, nos habían prohibido la entrada al salón del Consejo. La lenta marea humana me empujó insensiblemente hacia las puertas precisamente en el momento en que salía Jorge Cuesta. Había abandonado el debate por un momento para respirar un poco de aire y fumar un cigarrillo. Lo reconocí inmediatamente pues lo había visto varias veces caminar por la calle de Argentina, vecina a San Ildefonso, rumbo a la Secretaría de Educación Pública, en donde trabajaban varios amigos suyos: Novo, Villaurrutia, José Gorostiza, Samuel Ramos. Además, me había cruzado con él, una mañana, en los corredores del Colegio: acompañaba a Aldous Huxley y le mostraba los frescos de Orozco. En aquellos años yo era amigo de un amigo de Cuesta, el inteligente y atrabiliario Rubén Salazar Mallén (un inocente que anda por el mundo disfrazado de lobo y que no asusta a nadie salvo a sí mismo). Salazar Mallén me había hablado con admiración de Cuesta (más tarde comprobé que la estimación era recíproca) y me había hecho leer algunos de sus ensayos y poemas. Me intrigaron y deslumbraron. Al verlo frente a mí —alto, delgado, elegante, vestido de gris, rubio, ojos de perpetuo asombro, labios gruesos, nariz ancha, extraña fisonomía de inglés negroide— me atreví a interpelarlo y le lancé una impertinencia:

—¿Qué diría su amigo Huxley de este circo?

Me miró con sorpresa, alzó las cejas, sus ojos de color café se volvieron más redondos y me repuso:

—¿Por qué me habla de Huxley? ¿Lo ha leído?

El falso aplomo juvenil me dictó otra impertinencia:

—Sí, lo he leído… y no me gusta.

Su asombro creció pero se limitó a emitir un monosílabo:

—¡Ah!

Aproveché su indecisión para continuar:

—Prefiero a Lawrence… También he leído las cosas de usted.

Le brillaron los ojos y me repuso con amabilidad:

—¿Pero a usted le interesa la literatura? ¿Escribe?

Así comenzó, en medio de la multitud y los gritos, una conversación entrecortada. A los pocos minutos dijo:

—¿Le interesa mucho lo que ocurre aquí?

—No demasiado. ¿Y a usted?

—Tampoco. Lo invito a comer.

Salimos de San Ildefonso y Jorge me llevó a un restaurante alemán que estaba en la calle de Bolívar. Mi emoción y mi nerviosismo deben de haberle divertido. Era la primera vez que yo comía en un lugar elegante ¡y con Jorge Cuesta! Hablamos de Lawrence y de Huxley, es decir, de la pasión y de la razón, de Gide y de Malraux, es decir, de la curiosidad y de la acción. Esas horas fueron mi primera experiencia con el prodigioso mecanismo mental que fue Jorge Cuesta. Al hablar de mecanismo no pretendo deshumanizarlo; era sensible, refinado y profundamente humano. En su trato conmigo fue siempre atento, generoso y hasta indulgente. Pero su inteligencia era más poderosa que sus otras facultades; se le veía pensar y sus razonamientos se desplegaban ante sus oyentes con una suerte de fatalidad invencible, como si fuesen algo pensado no por sino a través de él. He conocido a personas muy inteligentes y casi todas ellas se servían de su inteligencia para esto o aquello (por ejemplo, el escritor español José Bergamín) pero Jorge Cuesta era un servidor de su inteligencia. Mejor dicho: de la inteligencia.[3]

 

 

III

 

Si la generación de los escritores congregados en torno a la revista Contemporáneos se ha definido como un archipiélago de soledades, un conjunto de islas que se ensimisman y se revelan una a otras, una constelación en movimiento, en su seno conviven perfiles versátiles como el inclasificable de Jorge Cuesta.

 

Aparece Jorge Cuesta armado desde un inicio. Dueño de una escritura y de un lenguaje, de un pensamiento a la par propio y común, singular, intensamente personal y tradicional. Su idioma participa de la esgrima y de la cirugía, de la escultura, la danza y la música. Algo tiene su andadura de la del arte marcial del samurái que se enfrenta con su sombra. Ermilo Abreu Gómez lo vio así en su Sala de retratos:

Jorge discutía sin acaloramiento, pero sí con implacable lógica. Era un enemigo terrible. Las objeciones que se le podían hacer (prodigioso intuitivo) él mismo las anticipaba y las rebatía con arte y firmeza. Jorge tenía una extraordinaria mente analítica, que le llevaba hasta la minucia, hasta el más íntimo detalle. Lo que sus manos tocaban se convertía en polvo; a veces en ceniza. Él mismo se asombraba después de que le rondaran varias aves Fénix, que en su presencia ardieron.

La lucidez de su intelecto crecía con el esfuerzo de su extraordinaria preparación cultural. Para su edad era insólita la cantidad de informaciones científicas y literarias que había logrado asimilar. Esta cultura no quedó prendida en su conciencia de modo deleznable; la supo asimilar, se la apropió hasta hacerla suya.[4]

 

Inclasificable. Incondicional de su inteligencia abrasadora e inmensamente solitario. Solamente él pudo dialogar con el Leviatán mexicano y los laberintos del poder instituido, en virtud de su capacidad de decir y hacer “no”, y de afirmar la inteligencia más allá de cualquier compromiso y oferta. El disfrute y la fruición de la inteligencia y sus intemperies parecen alimentar en él una voluntad renovada de atención a eso que en el otro pide, exige comunicación. Habría que hacer una genealogía de su prosa fluida y abrasadora, tajante y concentrada ¿De dónde viene Jorge Cuesta? No es fácil saberlo. Viene de unas raíces que se hacen río, de una simiente juiciosa de su florecimiento.

 

 

IV

 

La celosa exactitud magnética de Jorge Cuesta me ha acompañado desde 1977 cuando preparé por encargo de Guillermo Sheridan para Material de lectura una selección de su poesía,[5] y luego desde que en 1983 traduje y preparé el manuscrito de Louis Panabière: Itinerario de una disidencia. Jorge Cuesta[6] para el FCE. La obra de Panabiere renovó y dio nuevo impulso a los estudios sobre el poeta y pensador veracruzano. Gracias a ella, además, no solamente me hice amigo del propio Panabiére, sino que conocí a Natalia Cuesta Porte-Petit, su hermana, a su hijo Antonio Cuesta Marín y a su sobrino Víctor Peláez Cuesta, editor de la antología que el lector tiene entre manos y promotor entusiasta de la obra de Jorge. También conocí y traté alrededor de la mesa hospitalaria de Natalia Cuesta Porte-Petit a Rubén Salazar Mallén, Rafael Murillo Vidal, Javier Sicilia y a su hija María Eugenia.

 

 

V

 

Aunque dispersa y no publicada en libro, la obra de Jorge Cuesta ha fecundado las letras mexicanas. Desde los textos de Xavier Villaurrutia y Gilberto Owen sobre Jorge Cuesta hasta las numerosas menciones y apariciones de Cuesta en los escritos de Octavio Paz, Luis Cardoza y Aragón, Inés Arredondo, Verónica Volkow, Alejandro Katz, Guillermo Sheridan, Javier Sicilia, Adolfo León Caicedo, Christopher Domínguez, Jorge Volpi y recientemente Sergio Téllez-Pon, la obra de Cuesta pauta la conversación abierta de la literatura mexicana con su estremecimiento crítico.

 

La obra y la persona de Jorge Cuesta recorren como un fantasma el cuerpo de la literatura mexicana apremiando a sus lectores con un ramo de cuestiones: ¿Qué es poesía, cuál es el lugar de la crítica? ¿Qué es la crítica? La escritura y la voz de Cuesta vuelven una y otra vez en las obras de Octavio Paz y de Luis Cardoza y Aragón. Las apariciones de Cuesta en las memorias del guatemalteco no son escasas.

 

 

VI

 

El pensamiento de Jorge Cuesta se ejerció desde las letras y la filosofía, abarcó desde luego la poesía, la crítica literaria, la filosofía, la historia, la cultura popular, la pintura, la música, la política y las relaciones entre estos campos. Es un pensamiento libre, y articulado desde la libertad de pensamiento. No se inscribe ni reconoce en una corriente doctrinaria o partidista. Cuesta es recordado por muchas razones. Por su participación en la revista y en la antología de Contemporáneos, por su gestión como editor al frente de la revista Examen,[7] por su crítica contra la educación socialista, por sus pareceres edificantes o corrosivos sobre Antonio Caso, Samuel Ramos, José Ortega y Gasset, por su análisis apasionado de la pintura de José Clemente Orozco, por sus textos capaces de leer a Nietzsche y al Nazismo, a Freud, a Mae West.

 

 

VII

 

El pensamiento de Jorge Cuesta, su escritura, su obra, no sólo forman parte del pasado sino también y sobre todo del presente porvenir. Sus letras arman un techo a la acción y el pensamiento futuro. La presente antología, preparada con amoroso e inteligente esmero por Víctor Peláez Cuesta, es una caja de herramientas para armar nuevos modelos inteligentes armados desde el conocimiento y la experiencia. El índice de la presente antología se encuentra reproducido en otras páginas del libro.[8]

 

 

VIII

 

Jorge Cuesta es el nombre de una figura, de una cifra o blasón en que se funden indisociablemente la persona y la obra. Su inteligencia que ya en vida era un mito, como apunta Guillermo Sheridan, y “aparece siempre como un añadido fáustico, el punto de luz del carácter en el retrato”[9] El apunte de Sheridan coincide con la impresión de Xavier Villaurrutia: “Mejor que con Paul Valéry lo asociábamos a Monsieur Teste.”[10] Esa inteligencia arrancaba de la poesía, tocaba las letras, las artes, las ideas y desde luego la política. Una de las dificultades para hacer una antología justa de Jorge de Cuesta es tratar de dar una visión de conjunto de su obra, aunque tengan que sacrificarse partes enteras de la misma. La parte sacrificada es la más contingente, beligerante, política y polémica. En ese tramo está la “Carta a Emilio Portes Gil” aparecida en la revista Hoy en el mes de marzo de 1940 que el escritor publicó a pesar de que “fue maltratado y golpeado y regresó a su casa cubierto de sangre”[11] como contó a Louis Panabiére Natalia Cuesta, su hermana, citada por Guillermo Sheridan. En esta antología se rescatan en cambio otras vertientes más perdurables como la poética y la ensayística, la filosófica, la literaria y la artística. La última palabra de esta introducción la tiene Luis Cardoza:

Más que en su poesía, lo descubro en el espíritu de subversión, que por un camino y el otro, lo llevó a la muerte. No me es grato el término “poeta maldito”. Abrigo la certidumbre de que él vivió con otra intensidad sus días, que su percepción, su sentir, su ingenio no son sino facetas de su nada sencilla idiosincrasia.[12]

 

NOTAS

[1] Luis Cardoza y Aragón, El río. Novelas de caballería, México, FCE, 1996, pp. 386-387.

[2] Annick Allaigre Duny, L’écriture poétique de Jorge Cuesta : les sonnets, Pau, Codevi – CDRLV, 1996, 274 pp. y Jorge cuesta Sonnets suivis de Chant a un dieu minéral, poemas traducidos del español (de México) por A.A.D., edición bilingüe, Fédérop, Cahors, Francia, 2003.

[3] Octavio Paz, “Contemporáneos”, Obras completas, tomo IV, Generaciones y semblanzas. Dominio mexicano, edición del autor, 1ª ed. Barcelona, 1991, México, Fondo de Cultura Económica, Círculo de Lectores, segunda reimpresión, 1995, pp. 71-75.

[4] Ermilo Abreu Gómez, Sala de retratos. Intelectuales y artistas de mi época¸ con notas cronológicas y bibliográficas de Jesús Zavala y dos retratos del autor por Octavio G. Barreda y Juan Rejano, México, Editorial Leyenda, 1946, pp. 70.

[5] Jorge cuesta, Antología, selección y presentación de Adolfo Castañón, México, Universidad Nacional Autónoma de México (Material de Lectura. Serie Poesía Moderna; 12) / Coordinación de Difusión Cultural, 1977.

[6] Itinerario de una disidencia: Jorge Cuesta (1903-1942)/Louis Panabière ; trad. de Adolfo Castañón, México : FCE, 1983, p. 405.

[7] La revista examen ha sido objeto de un estudio exhaustivo de Guillermo Sheridan en Malas palabras. Jorge Cuesta y la revista Examen, México, Siglo XXI Editores, 2011.

[8] La primera edición de las obras de Jorge Cuesta tuvo prólogo de Luis Mario Schneider y recopilación y notas de Miguel Capistrán y Luis Mario Schneider para la colección Poemas y Ensayos dirigida por Jaime García Terrés para la Universidad Nacional Autónoma de México en 1964 en cuatro volúmenes.[8] Una segunda edición titulada Obras, publicada en dos tomos, da crédito a la “Edición de Miguel Capistrán, Jesús Martínez Malo y Luis Mario Schneider”, para la edición del Equilibrista, publicado en 1994[8]. Una tercera edición de debe a los cuidados de Jesús Martínez Malo y de Víctor Peláez Cuesta con la colaboración de Francisco Segovia para el FCE en tres volúmenes, según los estudiosos, la más confiable. Tuve la fortuna de estar cerca de esta edición pues a la sazón trabajaba en el FCE. La edición se debe no sólo al entusiasmo y celo de sus editores sino a la generosidad de Antonio Cuesta Marín. Esta última edición traía trabajos de Francisco Segovia, y concluye con un epílogo firmado por mí con la colaboración de Gerardo Maldonado. Esta antología reúne poco más de la mitad de la obra completa de Jorge Cuesta. Del tomo I de las Obras reunidas por el FCE, dedicado a la poesía, se incluyen todos los poemas, que son 59. Del tomo II, ensayos y prosas varias, se integran 60 pero se excluyen 65. Del tomo III: Primeros escritos, Miscelánea, Iconografía, Epistolario, en cambio, no se incluye ninguno de los 42 textos que componen el volumen.

[9] Guillermo Sheridan, Malas palabras. Jorge Cuesta y la revista Examen, México, Siglo XXI Editores, 2011, p. 16.

[10] Xavier Villaurrutia, In memoriam JC, en Obras, FCE, p. 849.

[11] Malas palabras, op. cit., p. 103.

[12] Luis Cardoza y Aragón, El río. Novelas de caballería, México, FCE, 1996, p. 391-392.

Autores

  • Castañón, Adolfo

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