Paz y el antiliberalismo

Yvon Grenier

Fotografía de Rogelio Cuéllar, tomada en la Ciudad de México, 1991. Secretaría de Cultura.

 

Introducción

 

En unas publicaciones mías explico que el pensamiento político de Paz se dibuja a partir de dos repertorios de ideas políticas y estéticas occidentales: el liberalismo y el romanticismo.[1] Estamos hablando de un liberalismo híbrido, vacilante y algo tardío (de los años sesenta), tomando en cuenta su edad (nació en 1914). Al mismo tiempo, su despertar a las virtudes del liberalismo y de la democracia parece precoz en comparación con tantos intelectuales de su generación y con las ideas generales y dominantes de los años sesenta y setenta.

 

Escribí lo siguiente:

Paz no era un liberal si eso significa que apoyase todo el corpus del liberalismo o que escribiese sus ensayos bajo la guía de una fidelidad a un sistema de pensamiento liberal. El pensamiento político de Paz era un caldo que hirvió a fuego lento por mucho tiempo, en un ambiente muy antiliberal. El era un liberal, sobre todo, debido a su defensa constante e inquebrantable de la libertad individual que celebraba en el arte y, por extensión, en la política democrática. Fue también constante su disgusto por la concentración de poderes y su apoyo al imperio de la ley.[2]

 

También digo que

Si es suficiente la adhesión al valor central del liberalismo y atendemos sólo los ensayos de Paz (es decir, desde la publicación de El laberinto de la soledad en 1950 hasta su muerte en 1998), se puede decir que su liberalismo político transitó de su calidad de implícito en el Laberinto hasta adquirir visos cada vez más explícitos en las dos décadas siguientes. En Postdata y todos sus ensayos, artículos o entrevistas siguientes sobre política, Paz adoptó como mantra que la democracia—que entendía como democracia liberal— era la única opción para México y el resto de Latinomérica.[3]

 

Estamos hablando, por supuesto, de un intelectual, un poeta y ensayista; no de un filósofo o un politólogo. Su pensamiento es poético y no sistemático. Y sin embargo, Paz fue un intelectual sumamente coherente con un profundo sentido de la polis. Hay que tomar su pensamiento (incluyendo a su pensamiento político) en serio.

 

Podríamos utilizar otras etiquetas ideológicas para capturar la naturaleza escéptica e híbrida del pensamiento de Paz, pues fue a la vez, un liberal que defendía la libertad y la democracia, pero también un crítico del materialismo y de la razón, un conservador que respetaba la tradición, y un socialista que lamentaba el ocaso de la fraternidad y de la igualdad. Un defensor de la transformación fundamental en la forma en que vemos a nosotros mismos y de la sociedad moderna, en lo político Paz rechazaba la disyuntiva del “todo o nada” y promovía el cambio gradual, no la revolución política y social. No faltan razones de llamarlo individualista (en vez de liberal); para citar Kateb, no el individualismo de “derechos personales y políticos (Rawls, Dworkin, Nozick, los protestantes ingleses del siglo XVII–los Levellers, Roger Williams, Milton, Hobbes, Locke, etc.)”, sino el de la “individualidad democrática”, es decir “un idealismo imaginado y teorizado originalmente por Emerson, Thoreau, y Whitman”.[4]

 

Liberales con ‘adjectivos’ son muchos, incluyendo a liberales (o protoliberales) románticos, como Rousseau (el modernista antimodernista y demócrata totalitario), Constant, Humboldt, Mill, Goethe, Kant y Berlín. Aunque el romanticismo surgío en Europa como una reacción a la Ilustración (a la “tiranía de la razon”), liberalismo y romanticismo no se oponen en la práctica: el liberalismo promueve el tipo de espacio privado necesario para que la inclinación romántica florezca (Nancy Rosemblum, Martha Nussbaum y demás).

 

En suma, Paz nunca fue un liberal a secas. El caso podría ser que él no fuera un liberal en absoluto, sino un anarcho-conservador romántico con relámpagos de individualismo y de socialismo democrático, armadeo dentro de un pensamiento poético, coherente y experimental.

 

 

La seducción antiliberal

 

La hibridez del pensamiento paziano no quita o explica una dimensión fascinante de su evolución política y intelectual: a pesar de sus convicciones liberales, expresadas en general por su temprana defensa de la libertad y su rechazo de las opciones políticas liberticidas, parece que fue seducido mucho más por los autores e ideas antiliberales que por los autores abiertamente liberales. Tenemos aquí un caso interesante para la sociología de las ideas: la influencia no es sencilla sino múltiple y posiblemente contradictoria.

 

¿Como es eso posible? Propongo la explicación siguiente: Aunque Paz fue muy atraído por el discurso radical en contra de la modernidad y del liberalismo, el nunca adoptó (y más bien rechazó) las ideas más decisivas del antiliberalismo: la hostilidad extrema al individualismo, al racionalismo, al humanitarismo, al desarraigo, a la permisividad, al universalismo, al escepticismo y al cosmopolitismo. En América latina Paz fue un temprano enemigo del caudillismo, del blanquismo-guevarismo, del populismo y del autoritarismo. Nunca fue anti-pluralista, ni mucho menos. Frecuentaba los bad boys del pensamiento radical porqué le encantaba sus preguntas, sus dudas y su compromiso con la crítica, pero no tanto sus contrapropuestas y sus utopías. De igual forma, con alguna renuncia, Paz no tuvo mas remedio que reconocer las ventajas comparativas del modelo político liberal, como opción práctica y limitada, pero sin nunca dejar de lamentar la pobreza moral y estética del liberalismo. Coqueteó con sus musas extravagantes y encantadoras, pero regresó a casa con un gerente monótona y fiable: la formula liberal democrática. La comparación con Mario Vargas Llosa es iluminadora. Para el peruviano, en una sociedad liberal la transgresión à la Bataille se manifiesta solamente en el dominio privado, mientras que la res publica mantiene su armazón impecablemente liberal. En Paz la contaminación romántica y algo anti-liberal contamina su pensamiento político, pero como una vacuna: para inmunizarlo contra un veneno más peligroso para el liberalismo y la modernidad, es decir la ausencia o la pobreza de la crítica.

 

 

La libertad no se define: se ejerce

 

“La libertad no es ni una filosofía ni una teoría del mundo; la libertad es una posibilidad que se actualiza cada vez que un hombre dice No al poder, cada vez que unos obreros se declaran en huelga, cada vez que un hombre denuncia una injusticia. Pero la libertad no se define: se ejerce”.

Octavio Paz, “La libertad contra la fe” (1978)[5]

 

 

Resulta difícil definir el liberalismo (y, por lo tanto, el antiliberalismo), más allá de algunos principios claves defendidos por pioneros como Spinoza, Milton, Locke, Montesquieu, Hume, Voltaire, Blackstone, Smith, Kant, Madison, Bentham y Mill. A diferencia del socialismo, el liberalismo se desarrolló por primera vez como praxis, no como teoría.[6] Históricamente, la mayoría de los “liberales” no se llamaban a sí mismos así. Además, de Mill y Tocqueville a Rorty y Berlín (y Paz), los mismos liberales ofrecen una visión bastante crítica del liberalismo. Muchos son ‘híbridos’ a la manera de Paz, lo que significa que no se definen únicamente, ni siquiera principalmente, como liberales.

 

La “democracia liberal” es un fenómeno bastante reciente. Autores como Guizot, Tocqueville, Humbolt, Constant, Chadwick no eran gran demócratas. Algunos liberales del siglo XX (pienso en Hayek, por ejemplo) no son particularmente entusiasmados por la democracia electoral y la política de masas.

 

Las raíces del liberalismo se remontan por lo menos a los preludios de la modernidad (más o menos, la Ilustración), pero como Edmund Fawcett escribe: “Gran parte del pensamiento antiutilitario, centrados el los derechos, que ahora se conoce vagamente ‘filosofía liberal’ data de los años cincuenta y no antes”.[7]

 

Paz defendía la libertad artística y desde ella, la libertad tout court. Como lo afirma en su discurso de aceptación del premio Tocqueville: “Pronto descubrí que la defensa de la poesía, menospreciada en nuestro siglo, era inseparable de la defensa de la libertad. De ahí mi interés apasionado por los asuntos políticos y sociales que han agitado a nuestro tiempo”.[8] Esa es la piedra angular de mi argumento en Del Arte a la Política: el compromiso de Paz a la libertad en el arte y la cultura le llevó a abrazar la libertad en el ámbito político y, por lo tanto, explica su acercamiento al liberalismo. No solamente para Paz sino para la mayoría de los liberales y de los analistas, la “libertad” es un ingrediente clave del liberalismo. Por ejemplo, Isaiah Berlin una vez llamó su liberalismo “inevitable” dado su “interés por la libertad individual”. Para muchos, por ejemplo el politólogo Stephen Holmes, no sólo la libertad, sino la democracia es una parte constitutiva del liberalismo.

 

Al contrario, Fawcett afirma que “la libertad es una posición errónea si se asume como punto de partida” del liberalismo, porque casi todos los rivales modernos del liberalismo han buscado, de una u otra manera, “mantenerse del lado de la libertad”. Socialistas, conservadores e incluso fascistas han abrazado a la libertad. El mismo Mussolini una vez llamó a los fascistas ‘libertarios’”.[9] Así que para Fawcett la libertad no es un principio distintivo del liberalismo.

 

Según el politólogo Stephen Holmes las cuatro normas o valores fundamentales del liberalismo moderno son la seguridad personal (el monopolio de la violencia legítima por parte del Estado), la imparcialidad (el estado de derecho), la libertad individual (libertad de conciencia, el derecho a la diferencia, la libertad de viajar y emigrar), y la democracia (elecciones y prensa libre).[10] Todas son esencialmente políticas. Asimismo, para el filósofo político Judith Shklar,

el liberalismo se refiere a una doctrina política, no una filosofía de la vida, como tradicionalmente ha sido proporcionada por las diversas formas de la religión revelada y otra integral Weltanschauungen. El liberalismo tiene un solo objetivo primordial: asegurar las condiciones políticas que son necesarias para el ejercicio de la libertad personal.[11]

 

Para ella, “además de prohibir la interferencia con la libertad de los demás, el liberalismo no tiene preceptos positivos particulares acerca de cómo la gente debe llevar a cabo su vida o qué decisiones personales debe tomar”.[12] En suma, por ambos autores, liberalismo es liberalismo político, y nada más. Al revés de Paz, Holmes y Shklar no lamentan la ausencia de ‘metahistoria’ en el liberalismo, porque el liberalismo tiene muy poco que ver con eso. Lo que Shklar llama “liberalismo del miedo” es una práctica moderna de la política abierta a todas las tendencias políticas y ideológicas, a condición que respetan la separación entre las esferas públicas y privadas.[13]

 

Uno también podría preguntarse si el liberalismo es una ideología o no. Jean-François Revel dice que no. El liberalismo no propone soluciones “finales” y deja muchas cuestiones abiertas. No anhela una sociedad sin conflictos. De hecho, el liberalismo es compatible con varias ideologías opuestas, de la socialdemocracia al conservadurismo y el nacionalismo. Hay que reconocer que, históricamente, el pensamiento liberal ha sido compatible en la práctica con no muy apetecible puntos de vista, como el nacionalismo agresivo, el imperialismo, y aun el racismo. Como lo señala Fawcett, “Hasta bien entrado el siglo XX, los liberales casi no prestaron atención a la democracia política” [Until well into the twentieth century, liberals dragged their feet over political democracy.[14]

 

También me parece interesante la distinción entre el corpus de ideas y prácticas, por un lado, y el temperamento (lo que, después de Bourdieu y Boudon, prefiero llamar “disposiciones”) por el otro lado. Es útil recordar que a principio “liberal” era un adjetivo, para describir una actitud tolerante y quizás un poco ingenua. Es decir, antes de ser reconocido como cuerpo de ideas era sólo un temperamento. Cuando Paz afirma que Cervantes era “el escritor nuestro que encarna mas completamente los distintos sentidos de la palabra liberal“, Paz se refería a su temperamento, no a su pensamiento político. Dice Paz:

Con Cervantes comienza la critica de los absolutos: comienza la libertad. Y comienza con una sonrisa, no de placer sino de sabiduría. El hombre es un ser precario, complejo, doble o triple, habitado por fantasmas, espoleado por los apetitos, roído por el deseo: espectáculo prodigioso y lamentable. Cada hombre es único y cada hombre es muchos hombres que el no conoce: el yo es plural. Cervantes sonríe: aprender a ser libre es aprender a sonreír.[15]

 

El liberalismo de Paz tiene mucho que ver con el temperamento (la libertad) y no tanto con las políticas liberales (las libertades). A eso Enrique Krauze hace alusión cuando afirma que el liberalismo de Paz fue esencialmente “literario” en vez de estrictamente político.[16] El temperamento liberal es compatible, en teoría, con posiciones antiliberales. Por ejemplo, en un momento de locura, creo, Fawcett afirma que Jean-Paul Sartre era un liberal, a causa de su “temperamento” en contra del poder y de la autoridad. Esa característica del liberalismo la encontramos también en su opuesto: el antiliberalismo. Como lo explica Stephen Holmes, “el antiliberalismo es tanto un marco conceptual como una teoría. Siempre es tanto una sensibilidad como un argumento”.[17]

 

En suma, hablar de liberalismo y de antiliberalismo en el pensamiento de Paz supone una cierta suspensión de la incredulidad con respecto a la definición del liberalismo.

 

 

Semillas Antiliberales

 

Para Fawcett, el liberalismo es una práctica de la política guiada por cuatro ideas: la imposibilidad de que exista una sociedad sin conflictos, la resistencia al poder, la fe en el progreso y el respeto a la diversidad.[18] A Paz le falta una: la fe en el progreso.

 

La idea del progreso es central en la tradición liberal. Paz rechaza la fe en un tiempo rectilíneo y infinito, que asocia a la idea del progreso, a pesar de que las dos ideas son distintas: el progreso es múltiple y no tiene que ser rectilíneo o infinito. Por lo tanto, el generalment sutil Paz afirma que “las obras del progreso se llaman hambre, envenenamiento, volatilizacion”.[19] Denuncia “los adoradores de la estúpida y suicida religion del progreso infinito”,[20] y aunque unos de esos adoradores “juren por Ford y los otros por Lenin”, decía Paz en 1977, ambos vertientes de la sociedad industrial moderna “terminan en un impasse“.[21] Para completar la oración, la poesía, es decir el nec plus ultra de la experiencia humana, “ignora el progreso o la evolucion”, dice Paz en El arco y la lira.[22]

 

Aquí tenemos una posicíon nítidamente antiliberal (y antimarxista). Es, quizás, su idea menos acabada y más juvenil. ¿Como negar los grandes avances en áreas como medicina, esperanza y calidad de vida, seguridad personal, tolerancia hacia el ‘otro’ (orientación sexual, divorcio, contracepción, etc.)? ¿Que decir del progreso socio-económico (reducción de la pobreza, políticas sociales, Estado de bienestar) y político (desde al segunda Guerra Mundial, no guerra nuclear, no conflicto directo entre las mayores potencias, declinación relativa de la violencia al nivel planetario), incluso en su propio país? La destrucción del medio ambiente es quizás el único dominio donde progreso rima con regreso, aunque incluso allí la situación es bastante complicada. Las soluciones a la crisis ambiental vienen del progreso tecnológico y de la lucha social y política progresista. A menos que hagamos una equivalencia entre el progreso y el productivismo, parece raro por parte de un hombre tan razonable rechazar completamente la idea de progreso.

 

Otra semilla antiliberal: su crítica del liberalismo económico. Paz piensa que economía de mercado significa consumerismo imbécil, publicidad soporífera (perspectiva muy francesa) y destrucción del medio ambiente (le cuesta mucho comprender el business neo-liberal). En el dominio del arte, el mercado destruye la imaginación y es históricamente el peor patrón de las artes (posición muy debatible). Para mencionar una citación entre mil, dijo en 1966:

El mercado suprime la imaginación: es la muerte del espíritu. El mecenas obtuso o inteligente, el burgués sensible o grosero, el Estado, el Partido y la Iglesia eran, y son, patrones difíciles y que no siempre han mostrado buen gusto. El mercado no tiene ni siquiera mal gusto. Es impersonal; es un mecanismo que transforma en objetos a las obras y a los objetos en valores de cambio: los cuadros son acciones, cheques al portador. Los Estados y las Iglesias exigían que el artista sirviese a su causa y legislaban sobre su moral, su estética y sus intenciones. Sabían que las obras humanas poseen un significado y que, por eso, podrían perforar todas las ortodoxias. Para el mercado las obras solo tienen precio y, así, no impone ninguna estética, ninguna moral. El mercado no tiene principios; tampoco preferencias: acepta todas las obras, todos los estilos. No se trata de una imposición. El mercado no tiene voluntad: es un proceso ciego, cuya esencia es la circulación de objetos que el precio vuelve homogéneos. En virtud del principio que lo mueve, el mercado suprime automáticamente toda significación: lo que define a las obras no es lo que dicen sino lo que cuestan.[23]

 

Más de un cuarto de siglo mas tarde, en Itinerario (1993), Paz reitera: “la sociedad moderna esta lejos de ser un ejemplo: muchas de sus manifestaciones la publicidad, el culto al dinero, las desigualdades abismales, el egoísmo feroz, la uniformidad de los gustos, las opiniones, las conciencias son un compendio de horrores y de estupideces”.[24]

 

Por el otro lado, si el liberalismo es bastante atroz en la economía, la moral y las artes, Paz reconoce su carácter civilizador en el reino de la política. Por ejemplo, en 1991, mirando el colapso del bloque soviético, escribió: “aunque la democracia liberal es un método, el mejor que conocemos, de convivencia social y de gobierno, no tiene respuestas para las preguntas esenciales que nos hacemos los seres humanos. El porqué y el para qué de nuestra presencia en la tierra son temas que no toca ni puede tocar la filosofía democrática liberal”.

 

En suma, a Paz, el ciudadano responsable y algo estatista, le gusta el liberalismo político, pero curiosamente Paz, el ateo, culpa el liberalismo por no ser una religión, o por no jugar el papel de la religión. El liberalismo pragmático de Paz, muy cerca del liberalismo de Holmes o Shklar, no cuadra con la idea que tiene de lo que debe ser un “pensamiento” completo, con ramas filosóficas, morales y estéticas. Ya que nunca separa la política del resto, su relación con el liberalismo es conflictiva y llena de esperanzas incumplidas.

 

 

Una época antiliberal

 

A Paz le toco vivir durante una época de crisis del liberalismo; solamente en la última década de su vida empezó a prevalecer las ideas liberales en el campo intelectual. Quizás la mayoría de los intelectuales públicos famosos durante el siglo veinte eran más o menos antiliberales (Sartre, Benjamin, Heidegger, Schmith, Adorno, Bourdieu, Foucault, etc). Cuando Fawcett escribe que “El siglo XX fue generoso con el liberalismo, al confrontarlo con alternativas como el fascismo y el comunismo”, olvida que estas alternativas eran muy atractivas para los hombres y las mujeres de la generación de Paz.[25]

 

Claro, el campo liberal también contó con figuras destacadas como Ortega y Gasset, quién para muchos (como Vargas Llosa) tuvo un impacto decisivo en el pensamiento de Octavio Paz. Otra gran figura liberal, Isaiah Berlin, era intelectualmente cerca, pero Paz lo ignoró.[26] Muchos de los demás son profesores, ya sean filósofos (Rawls, Nozick y Dworkin, Habermas), economistas (Keynes, Von Mises, Friedman, Hayek y) o politólogos (Aron). Paz tenía poco interés en lo que Bourdieu llama la “visión universitaria del universo”.[27] Él admiraba mucho a los liberales mexicanos del siglo XIX, pero en el siglo viente no fue particularmente influenciado por Cosío Villegas por ejemplo. El tenía su grupo (Plural, Vuelta) de liberales y liberales críticos, y pertenecía a un grupo más amplio no tanto de liberales sino de intelectuales antitotalitarios.[28]

 

En su propia tribú, se destaca la tendencia anti-burguesa en la literatura moderna occidental, y varias formas de “aversiones románticas a todo lo frío e instrumental, impersonal y desagradable”.[29] Ya en el siglo 19 Flaubert decía: “El odio del burgués es el principio de todas las virtudes”. Esta postura anti-burguesa es, de hecho, una posición burguesa: como Francois Furet demostró en su libro El pasado de una ilusión, el odio del burgués para sí mismo es una característica de la civilización burguesa o capitalista.[30] Dice Furet:

el burgués comienza en el siglo XIX su gran carrera simbólica como la antítesis del artista. Mezquino, feo, avaro, limitado, hogareño, mientras que el artista es alto, bello, generoso, genial, bohemio. El dinero encallece el alma y la rebaja, el desprecio del dinero la eleva a las grandes cosas en la vida : convicción que no sólo afecta, al escritor o el artista ‘revolucionario’, sino también el conservador o al reaccionario; no sólo a Stendhal sino a Flaubert.[31]

 

El burgués, “sensualista sin corazón” (Max Weber) es responsable del “desencantamiento del mundo”.[32] La literatura es el lugar privilegiado para explorar este malestar.

 

El temperamento antiliberal y antiburgués, en el mundo literario en particular pero también en la cultura política, es particularmente sobresaliente en Europa continental y sobre todo en Francia, país que Paz llamó su “segunda pátria intelectual”. Probablemente subestimé en mi libro la influencia de lo que Bernard Henri-Levy una vez llamó “l’idéologie française”. Aquí estoy pensando en las posiciones y disposiciones de los intelectuales franceses (o intelectuales que viven en Francia, como Kostas Papaioanou o Cornelius Castoriadis) de su generación. Después de la guerra Francia era un país donde las instituciones y las políticas públicas se hicieron cada vez más liberal en la práctica, pero no ocurrió así con la “superestructura” cultural y política. El mismo Jacques Chirac dijo una vez: “El liberalismo está condenado al mismo fracaso como el comunismo y producirá los mismos excesos ¡El uno y el otro son perversiones del pensamiento humano!” En otras palabras, la extinción del liberalismo fue una “extinción verbal, no factual”, como lo afirma Fawcett. No es preciso explicar en qué mundo se desempeña el artista y el intelectual. Al nivel continental, el antiliberalismo toma la forma del antiamericanismo, el cual Paz suscribe, pero con moderación, en sus ensayos sobre los Estados Unidos. Antiliberalismo y antiamericanismo revelan un desdén común por el consumo masivo y la política de masas.[33] Paz se movía en este tipo de “campo cultural” (Bourdieu) después de la guerra y habría sido difícil escapar completamente a su influencia.

 

El divorcio entre la cultura y política en el país que, supuestamente, era el faro del mundo intelectual occidental no hubiese sido posible en un país como México. Paz y los intelectuales de su generación no pudieron y no quisieron ser completamente divorciado del Estado. Paz fue empleado por el servicio exterior de su país durante décadas y siempre aparece en sus ensayos una cierta ética de la responsabilidad vis-à-vis del estado mexicano. Para encontrar algo parecido en Francia hay que volver a la lucha liberal contra la Restauración, una época de “hombres políticos escritores” y de “escritores hombres políticos”, como Guizot, Thiers, Michelet, Thierry, Villemain, Cousin, Jouffroy o Nisard[34] Quizás la condición necesaria para la brillantez intelectualidad francesa después de la guerra fue su iresponsabilidad.[35]

 

Por último, no hace falta explicar que las tendencias antiliberales en la inteligentsia mexicana y latinoamericana (muy influida por Francia) fueron fuertes a lo largo de la vida de Paz. No puede negarse la presencia significativa de una tendencia liberal en la cultura política de México (incluso dentro de la propia familia de Paz), pero, cuando uno lee a Paz, es imposible pasar por alto que en sus “peleas culturales” y políticas, Paz chocaba con intelectuales antiliberales, y que esas peleas contribuyeron negativamente al acercamiento cada vez más explícito de Paz al liberalismo.[36]

 

En otras palabras, Europa estimuló en Paz su crítica a la modernidad y al liberalismo; México tuvo el impacto contrario: sus muchas polémicas culturales y políticas, y quizás su sentido de la polis, estimularon posiciones cada vez más liberales.

¡Aquí tenemos un caso interesante de sociología geográfica de las ideas!

 

 

Los maîtres du soupçon

 

Si las influencias son omnipresentes en la literatura , también resultan siempre, hemos de subrayarlo, algo secundario en cualquier obra de calidad

Salman Rushdie.[37]

 

 

En muchos de sus textos Paz habla de sus influencias: Freud, Marx, Nietzsche —los maîtres du soupçon (Boudon)— y también Breton, para mencionar los más importantes. Detengámonos aquí para subrayar un punto esencial: Paz nunca fue discípulo de ninguno de ellos. Los cita frecuentemente, les menciona como sus maestros repetidamente, pero al mismo tiempo les utiliza muy poco y à la carte, sin nunca ser un marxista, nietzscheiano, un freudiano y ni siquiera un surrealista de tiempo completo.

 

Para empezar, el filósofo y activista alemán es quizás el autor más citado y comentado en los ensayos sobre las influencias políticas de Paz. Asimismo, Paz cita Marx con frecuencia y admiración, no pocas veces para distinguirlo (favorablemente) de sus discípulos en México y América latina.[38] Sin embargo, hay convergencias reales entre los dos pensamientos políticos en muy pocas áreas. Una es bastante importante aunque matemáticamente limitada: ambos afirman (sin demostrarlo) que las revoluciones son el producto del desarrollo socio-económico. El subdesarrollo, dice Paz, no puede generar más que revueltas. También encontramos esa hipótesis en la llamada teoría de la modernización, por ejemplo en Samuel Huntington’s famoso ensayo Political Order in Changing Societies (1968), publicado en los EEUU un año después de Corriente Alterna. Así que no es una idea específicamente marxista. También podemos identificar ideas o temperamento comunes a Paz, Marx y otros pensadores de izquierda (crítica de la modernidad capitalista), pero resulta difícil identificar una idea fundamental y específica de Marx o incluso del marxismo (no son la misma cosa) adoptada o adaptada por Paz. Paz cita mucho a Marx, pero de paso, para ornamentar una explicación, para confirmar una idea no irremediablemente marxista, o para saludar una formulación dichosa de Marx (i.e. sus “alejandrino[s] perfecto[s]”). Lo hace de la misma manera con Platón, Kant, Tocqueville, Vasconcelos, Reyes, Breton, y demás.

 

Cuando discutamos el tema de la influencia de Marx y del marxismo, nos referimos a residuos marxistas o a disposiciones o prejuicios que vienen de su lealtad a una familia de ideas y de personas de izquierda. No podemos referirnos a (inexistente) escritos marxistas de Paz, propiamente dicho. La adhesión de Paz fue a la “mística revolucionaria” tan íntimamente asociada al arte y la poesía moderna y de vanguardia, que al marxismo propiamente dicho. Le fascina el Marx joven, con su angst bien alemán y romántico, pero no acepta su teoría. Paz rechaza lo que la concepción marxista de la “alienación” debe al determinismo historicismo o a cualquier concepción de la experiencia humana que niega la libertad. Sin embargo, Marx tiene razón, según Paz, cuando condena, en términos “marxista” o no, el rebajamiento de la esencia humana bajo el capitalismo triunfante y el fetichismo de la mercancía. Llama su atención la perspectiva marxista sobre el malaise en la civilización (capitalista), por lo que hace al ser humano, al individuo, no a las clases sociales: en eso Paz es más freudiano que marxista.

 

La obra ensayística de Paz, incluso la más temprana, no se detiene mucho sobre asuntos económicos. En buen romántico, Paz demuestra un supremo desinterés por las cosas materiales. Cuestiones sobre la economía política de la propiedad privada no le preocupa mucho. Paz menciona de vez en cuando problemas de pobreza y desigualdad, pero sin detenerse mucho, y con términos generales que cada quién, de la izquierda al centro y incluso al centro derecha, podría adoptar. Paz nunca aceptó la idea que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, y en realidad habla muy poco de clases sociales. Cuando lo hace (en su libro sobre Sor Juana por ejemplo), es de una manera mucho más weberiana que marxista. Jamás describió el Estado mexicano como un mero instrumento en las manos de la burguesía mexicana. Su interpretación de la Revolución mexicana es populista y romántica (“el encuentro de México consigo mismo”), no marxista.

 

El caso de Nietzsche también es revelador. Paz reconoce continuamente sus deudas con él, pero, de nuevo, su influencia se encuentra en unas disposiciones de Paz (en El Laberinto) pero no tanto en sus posiciones fundamentales. Los dos pensadores tienen en común una cierta aversión a la política, una cierta antipatía (mucho más fuerte en Nietzsche) a los ideales de la Ilustración (en particular, la fe en el progreso), una predilección por lo que podría llamar una filosofía crítica (y estética) de la historia y una crítica de la moral. Quizá lo más importante es la crítica del lenguaje. Dice, por ejemplo,

Nietzsche inicia su critica de los valores enfrentándose a las palabras: que es lo que quieren decir realmente virtud, verdad o justicia? Al desvelar el significado de ciertas palabras sagradas e inmutables precisamente aquellas sobre las que reposaba el edificio de la metafísica occidental mino los fundamentos de esa metafísica. Toda critica filosófica se inicia con un análisis del lenguaje.

 

En Zaratustra Nietzsche llama al Estado “el más frío de todos los monstruos fríos”, una expresión muy paziana. Pero las diferencias saltan a la vista. Ningún rastro de raza superior en la obra de Paz. Su ateísmo es muy privado y respetuoso no solamente de la fe de los demás sino también de la contribución histórica de la religión a las culturas y las civilizaciones. Por supuesto, no rechaza desdeñosamente a la democracia. Quizá, más que todo, Paz es un moralista: no ataca la moralidad y aunque sólo sea por esta razón, no es nietzschiano. En Paz encontramos un cierto individualismo (la libertad, especialmente la libertad poética, es individual), pero no un hyperindividualismo con una voluntad de poder. En los ensayos de Paz hay hechos, no solamente interpretaciones.

 

¿Qué pasa con Freud? Freud era bastante apolítico (más bien: un pesimista respecto de la política), una posición que Paz respetada y quizás envidiaba. La influencia de Freud parece más a la que tuvieron poetas (Mallarmé, por ejemplo) en el pensamiento de Paz; fue una influencia romántica y al mismo tiempo, un recordatorio de que la razón sirve también para criticar a la razón. Fue, en suma, una influencia importante pero difusa y no particularmente liberal o antiliberal. Como tantos poetas y artistas, Paz fue fascinado por la obra de Freud. ¿Como podría ser diferente? Freud fundó una nueva disciplina basada en ideas irresistibles: la sexualidad es el nudo gordiano del ser humano, y los sueños son más revelador de la experiencia humana que la (falsa) conciencia que pretendemos tener. La oposición entre lo visible y lo invisible, lo racional y lo no-racional, la crítica implícita de la razón (es decir: utilizar la razón por criticar la razón), la identidad individual y la alienación, todo eso se encontraba ya en la literatura, especialmente la romántica. Como lo dijo una vez Lionel Trilling, “el psicoanálisis es una de las cumbres de la literatura del romanticismo del siglo XIX”.[39]

 

Finalmente veamos otra influencia “antiliberal” clave: la de André Breton. En la obra de Paz encontramos muchas frases y párrafos sobre el papa del surrealismo, un hombre políticamente a la izquierda, cerca del trotskismo y, por consiguiente, del comunismo, pero más que todo un poeta con una visión original y radical, en la que política y arte, pensamiento y vida, revolución y creatividad, se fusionan. Vale la pena citar Paz en extenso:

 

La personalidad magnética de Breton me atraía y sus ideas me seducían, aunque no lograban convencerme del todo. Me exaltaban la idea de libertad y la del amor único —herencias del romanticismo— pero veía con escepticismo su creencia ingenua en la escritura automática. Tampoco comprendía su hostilidad frente al cristianismo y su fascinación por la ciencias ocultas. Sentía lo mismo ante su indiferencia, a veces verdadera antipatía, ante tradiciones, ideas y creencias que yo veía (y yo veo) como constitutivas no solo de nuestra civilización sino de nuestro ser mismo. Como divorciar al amor del pensamiento de Platon y de los poetas romanos, de los místicos sufíes y de los poetas italianos que representan una tradición que el rechazaba: Cavalcanti, Petrarca? Y no le debemos al cristianismo nuestras ideas de libertad y fraternidad, la condenación de la riqueza y la exaltación de los pobres? Como condenar civilizaciones y épocas enteras: la pintura del Renacimiento, la escultura griega, la novela del siglo XIX, la poesía árabe o china, el teatro de Calderón? Y en un dominio mas limitado, aunque para mi esencial: si se ama a la poesía, se puede despreciar a la prosodia y a la música de verso? Nada de esto enturbiaba mi afecto y mi admiración. Mis afinidades eran mas de orden ético y espiritual que estético y filosófico.[40]

 

Aquí tenemos un intelectual claramente antiliberal repetidamente aclamado en la obra de Paz. Pero como veamos aquí, Paz discrepa abiertamente con Breton sobre casi todas las cuestiones importantes y prácticas. Lo que queda es una creencia en changer la vie a través de la poesía, un temperamento radical pero alejado del mundo real de la política. No parece obvio lo que se entiende por afinidades “de orden ético y espiritual”.

 

Para terminar vale la pena mencionar un autor más, quizás más un amigo que un maître à penser o una influencia: el sociólogo y filósofo griego-francés Cornelius Castoriadis (1922-1997). En su discurso del Premio Tocqueville (1989), Paz menciona Castoriadis como un ejemplo de autor que, a su juicio, propone “el comienzo de una respuesta ” a la pregunta apremiante de cómo renovar la filosofía política. El era un antiguo miembro del Partido Comunista Francés (se afilió en su juventud) y un ex trotskista que, en 1949, se unió a Claude Lefort y Jean -François Lyotard para fundar la revista Socialisme ou Barbarie (1949-1965). Con Castoriadis tenía afinidades: socialismo democrático (sea lo que sea), antileninismo, crítica de la burocracia (un tema importante en la obra de Paz) y de la modernidad capitalista. No sé exactamente adonde podríamos buscar una huella castoriadisiana el la obra de Paz, pero sus trayectorias políticas son bastante paralelas (la de una izquierda antiburocrática y antitotalitaria) y merecen un análisis más a fondo.

 

 

Conclusión

 

El acercamiento de Paz, crítico y entusiasmado, al pensamiento antiliberal es intrigante y algo frustrante. Los maîtres du soupçon le enseñaron las insuficiencias del liberalismo (especialmente en sus ramas económicas y filosóficas), pero sin convencerle de la viabilidad de sus alternativas. Paz advocaba una reconciliación entre liberalismo y socialismo, algo que ya ha ocurrido desde el fin de la Guerra Fría, con la absorción del socialismo democrático por el liberalismo en casi todas las partes (no es el momento de examinar la excepción a la regla: comunismo en Cuba, el populismo radical en Venezuela, neosomozismo en Nicaragua). Quizás sus llamadas a una “nueva filosofía política” una vez se realizara, pero, si crece desde las semillas del pensamiento paziano (románticamente indefinidas, antiutópica), podemos ya predecir que no sera realmente distinta del liberalismo democrático.

 

Si Paz fue seducido por antiliberales y adoptó dos de sus ideas claves (la crítica final del progreso y el rechazo romántico de la racionalidad capitalista y productivista), es importante subrayar que no se sentía atraído por la crítica antiliberal en su conjunto, sino más bien, por la crítica radical de la modernidad.[41] No encontramos en Paz ataques a proto-liberales como Voltaire, Condorcet o Smith; no hay simpatía por los enemigos de la Ilustración, de Herder y de Maistre a Maurras y Foucault (con la importante excepción de Nietzsche). Paz amonesta al liberalismo, a menudo con las mismas fórmulas lapidarias, (y se repite mucho), pero no lo ataca brutalmente como por ejemplo en la obra de un Schmitt o un Heidegger. Estamos hablando de un antiliberalismo a veces ruidoso pero, en realidad, bastante débil (como es a menudo el caso con el comunitarismo por ejemplo). Casi se podría decir de Paz lo que Nancy Rosemblum dice de Thoreau: “no se siente del todo a gusto en la democracia liberal, pero también no se siente perfectamente libre para atacarlo”.[42] En su larga obra y sus muchas intervenciones públicas, en el siglo de lo que Revel llamó “la tentación totalitaria”, brillan por su ausencia esa misma tentación: no encontramos adulaciones a Stalin, Mao, Castro o Jomeini. No lo olvidamos: el antiliberalismo puede conducir fácilmente a tales opciones. Para un hombre que nació en 1914, su único apoyo político controversial fue un apoyo circunstancial y algo tibio al presidente Salinas de Gortari —no un santo, ni mucho menos, pero no un dictador sanguinario—.

 

Eso sugiere que las deudas antiliberales de Paz son muchas y anchas pero no muy profundas y sin gran impacto sobre su temperamento y sus posiciones políticas.

 

NOTAS

[1] Yvon Grenier, Del arte a la política, Octavio Paz y la búsqueda de la libertad, México, Fondo de Cultura Económica, 2004. Traducción del inglés por Ricardo Rubio, inicialmente publicado en EEUU por Rowmann and Littlefield (2001); también “The Romantic Liberalism of Octavio Paz”, Mexican Studies/Estudios Mexicanos 17, no. 1 (Invierno de 2001): 171-91. Mi trabajo ha generado una buena cantidad de discusión y debate sobre el liberalismo de Paz. Ver por ejemplo José Antonio Aguilar, “Vuelta a Paz”, Nexos, 1 de enero, 2014; y Rafael Lemus, “Octavio Paz o las trampas del liberalismo”, El Universal, 29 de marzo, 2014.

[2] Grenier, op. cit., p. 82.

[3] Ibid, p. 84.

[4] George Kateb, “Democratic Individuality and the Meaning of Rights” en  Liberalism and the Moral Life,  N. L. Rosenblum, ed.. Harvard University Press, Cambridge, 1989, p. 185.

[5] Octavio Paz, “La libertad contra la fe”, en El ogro filantrópico y  en sus Obras completas, México, Fondo de Cultura Económica, volumen 9, 1994, p. 261.

[6] Como Harold J. Laski escribió una vez, la evolución del liberalismo “nunca fue directa y rara vez consciente” en Laski, The Rise of Liberalism: the Philosophy of a Business Civilization, New York, Harper & Brothers, 1936, p. 23.

[7] Edmund Fawcett, Liberalism, the Life of an Idea, Princeton University Press, 2014, p. 24.

[8] Palabras al recibir el Premio Alexis de Tocqueville, de manos del Presidente Francois Mitterrand, en Octavio Paz, Obras completas,  “La Casa de la presencia, Poesía e historia”, México, Fondo de Cultura Económica, volumen 1, 1994, p. 522.

[9] Fawcett, op. cit., p. 2.

[10] Stephen Holmes, The Anatomy of Antiliberalism, Harvard University Press, 1993, pp. 3 y 4.

[11] Judith N. Shklar, “The Liberalism of Fear” en Liberalism . . . op. cit, p. 21.

[12] Ibidem.

[13] Ibid, p. 24.

[14] Fawcett, op. cit., p. 21.

[15] Discurso en Alcalá de Henares al recibir el premio Cervantes, 23 de abril de 1982. Fue publicado en Hombres en su siglo, Barcelona, Seixbarral, 1984, [Obras completas, volumen 2, pp. 852 y 853.]

[16] “Paz se consideraba liberal por su genealogía, por su distancia de la Iglesia, por su conocimiento de la Revolución francesa y la lectura de los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, con cuyo personaje central, Salvador Monsalud, se identificaba. Pero en él, la palabra liberal–española, en su origen como sustantivo–aludía a un temple, una actitud, un adjetivo. Su liberalismo era literario más que histórico, jurídico y político. En su visión del liberalismo, como del catolicismo, había una dualidad o, mejor dicho, la misma dualidad planteada desde el extremo opuesto. Enrique Krauze, Redentores, Ideas y poder en América latina (Random House, 2011), 284.

[17] Holmes, op. cit., p. 5.

[18] Fawcett, op. cit., p. 10.

[19] La primera edición de Los hijos del limo es de 1974; el texto de este libro es, modificado y ampliado, el de las conferencias Charles Eliot Norton que Octavio Paz dictó en la Universidad de Harvard durante el primer semestre de 1972. Cito de Obras completas, volumen 1, p. 425.

[20] Octavio Paz, Itinerario, Fondo de Cultura Económica, México, 1993, p. 240. Cito de Obras completas, volumen. 8, p. 1144.

[21] Octavio Paz, “Suma y sigue”en Proceso, números 57 y 58, 5 y 12 de diciembre de 1977. Cito de Obras completas, volumen 8, p. 688.

[22] Octavio Paz, Obras completas, volumen 1, p. 79.

[23] Octavio Paz, “El precio y la significación” en Obras completas, volumen 4, p. 724.

[24] Octavio Paz, Itinerario, op. cit., p. 40. [Obras completas, vol. 5, pp. 29 y 30].

[25] Fawcett, op. cit., 13.

[26] Véase mi artículo “Paz y Berlín: dos conceptos de la libertad” en Gaceta del Fondo de Cultura Económica, número 361, enero de 2001, pp. 37-43.

[27] Pierre Bourdieu, Les règles de l’art, Genèse et structure du champ littéraire, Seuil, Paris, 1992, p. 423.

[28] Sobre la revista Vuelta, ver Malva Flores, Viaje de Vuelta. Estampas de una revista, México, Fondo de Cultira Económica, 2011.

[29] Rosenblum, op.cit., p. 207.

[30] François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, México, Fondo de Cultura Económica, 1995, p. 26.

[31] Ibid, p. 28.

[32] Raymond Boudon, Pourquoi les intellectuels n’aiment pas le libéralisme, París, Odile Jacob, 2004, p. 32.

[33] En Modernity on Endless Trial, Leszek Kolakowski afirma que “las circunstancias que crean una incomodidad incurable para los intelectuales y nutren sus sentimientos contradictorios son omnipresentes. Por un lado, hay desprecio por la gente ordinaria; por el otro, existe un deseo de solidaridad hacia los pobres y oprimidos, que a menudo desemboca en una identificación puramente cerebral con ideologías autoproclamadas defensoras de las demandas de las masas. El desprecio por la gente ordinaria fue, en gran medida, parte del sentimiento antiestadounidense suscitado entre los intelectuales europeos, al que contribuyeron los emigrantes alemanes que por la guerra se trasladaron a Estados Unidos. Esta tendencia podía verse con frecuencia en la Escuela de Fráncfort. Uno casi podía sentir la envidia, mezclada con aversión, hacia la cultura estadounidense de la gente de clase media que había probado ser tremendamente exitosa, tanto en logros tecnológicos como en moldear instituciones democráticas, y que ni leía a Kant ni escuchaba a Bach y que, además, no confería a los intelectuales un estatus de honor sobrehumano, sino que los trataba, si bien les iba, como trabajadores ordinarios o, en el peor de los casos, como holgazanes inútiles e incluso como parásitos”. Leszek Kolakowski, La modernidad siempre a prueba, Vuelta, México, 1990, p. 63.

[34] Bourdieu, op. cit., pp. 187 y 188.

[35] Eso no significa que sus acciones no tengan consecuencias. Durante su charla con los ganadores del Nobel Paz y Claude Simon, Czeslaw Milosz dijó que los intelectuales son responsables de los horrores en Bosnia. Vease Milosz, Paz y Simon, “The Universal is the Particular”, New Perspectives Quarterly, vol. 13, núm. 1, invierno de 1996, p. 56. [Edición en español: Octavio Paz, Claude Simon, Czeslaw Milosz y Derek Walcott, “Particularismos, universalismo y literatura, Vuelta, número 235, junio de 1996, pp. 7-16.]

[36] Véase Armando González Torres, Las guerras culturales de Octavio Paz, Colibrí, 2002.

[37] Salman Rushdie, Step across This Line, Collected Nonfiction, 1992-2002, Toronto, Alfred Knopf, 2002, p. 65.

[38] Véase Yvon Grenier, “El socialismo en una sola persona: el espectro de Marx en la obra de Octavio Paz,” in Anthony Stanton ed., Octavio Paz, entre poética y política, El Colegio de México, México, 2009, pp. 211-234.

[39] Lionel Trilling, The Liberal Imagination, Essays on Literature and Society, The Viking Press, New York, 1951, p. 35.

[40] Octavio Paz, Obras completas, volumen 1, p. 24-25.

[41] Ver el capítulo de Maarten van Delden sobre Paz y modernidad en Van Delden y Yvon Grenier, Gunshots at the Fiesta, Literature and Politics in Latin America, Vanderbilt University Press, 2009, pp. 115-134.

[42] Nancy L. Rosenblum, Another Liberalism, Romanticism and the Reconstruction of Liberal Thought, Cambridge y Londres, Harvard University Press, 1987, p. 111.

Autores

  • Grenier, Yvon

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