Octavio Paz, un educador insustituible

Fernando Savater

1966. The Life Images Collection.

Clase en la Universidad de Cornell, Ithaca, N.Y., 1966. A la izquierda de Paz, Marie José Tramini. The Life Images Collection.

Junto a Paz, el poeta Stephen Spender, que también estuvo ahí en 1937. Fotografía de Andrés Castillo.

 

Texto publicado originalmente en el número 259 de la revista Vuelta, edición monográfica In memoriam Octavio Paz aparecida en julio de 1998.


 

La educación es una cosa demasiado seria para dejarla exclusivamente en manos de los profesores y maestros: también deben comprometerse con ella los medios de comunicación, los artistas y hasta los políticos, cuyo comportamiento público reviste más importancia formadora (o deformadora) de lo que suele creerse. Pero en especial los grandes escritores pueden cumplir una función decisiva en el terreno educativo, porque educarse es ante todo humanizarse de modo más pleno y son los creadores literarios quienes enriquecen hasta hacerla provechosamente compleja la humanidad que compartimos. ¿Tiene acaso la modernidad occidental mejor educador que Shakespeare?

 

Octavio Paz ha sido y es —los autores sobreviven en su obra— uno de los grandes educadores en lengua castellana de nuestro siglo. Lo es en primer lugar por la rara amplitud de sus conocimientos en áreas tan diversas como la historia, la antropología, las literaturas comparadas, todas las ramas de la estética, la filosofía o la teoría política, incluso las indagaciones físicas más avanzadas (fue uno de los escasos grandes poetas contemporáneos sin ignorante animadversión por las ciencias de la naturaleza). Estos conocimientos no se limitaron al área occidental porque estaba familiarizado igualmente con las doctrinas orientales, sobre todo de la India y del Japón, por no mencionar las culturas indígenas precolombinas.

 

Educador lo es también por lo penetrante de su claridad mental, por su capacidad de avecinar temas distintos en líneas continuas de pensamiento, por su nitidez a la hora de separar lo accesorio de lo esencial y sobre todo por su incansable vocación comunicativa. No es lo mismo la mera labor de transmitir informaciones, que cualquier enciclopedia o CD-Rom puede desempeñar, que la de comunicar conocimientos, es decir, ayudar a reflexionar sobre las informaciones que se nos ofrecen acercándolas a la que nos es más inteligentemente vital. Paz fue además capaz de la comunicación más difícil y exquisita de todas, la poética. Por medio de la poesía se comunica de un espíritu a otro no lo genérico y repetitivo sino lo único e irrepetible de cada vida.

 

En el mes de diciembre en que debía acudir a Suecia para recoger el premio Nobel, Octavio me pidió que lo sustituyera en un encuentro —celebrado en Guadalajara, México— sobre la comunicación y tuve honrosa ocasión de hacer su elogio indirecto hablando del poeta como comunicador de lo más precioso: lo aparentemente incomunicable.

 

Escribir buena literatura es un logro estético, pero el oficio de intelectual es cosa ante todo moral y política. Y también como intelectual —uno de los más lúcidos de nuestro tiempo, incluso de los más contradictoriamente lúcidos— Octavio Paz cumplió un importante papel de educador. El intelectual ha de estar convencido del alcance social de su tarea, por muy íntimo que sea el empeño de escribir y la pasión de leer. Por eso Paz promovió empresas intelectuales de tan indudable alcance como la revista Plural y después Vuelta, verdaderos ejemplos de movilización de la palabra reflexiva en cuanto instrumento de análisis histórico, de estímulo literario y de resistencia moral contra las diversas formas de barbarie que se prodigan en nuestro tiempo. En efecto, tal como dijo Paz en cierta ocasión, “un escritor no debe ni puede hablar en nombre de los demás. No es el vocero de una tribu, una colectividad o un gobierno: es la voz de una conciencia particular. Una voz solitaria”. Pero esa voz solitaria que no pretende acallar ni sustituir la de los otros nunca se desentiende de ellos ni de sus problemas. Es la voz que acompaña, la que incita al pensamiento, la que apoya en su búsqueda a las otras soledades fraternas de los demás, incluso cuando los contradice o los desmiente. Sobre todo cuando los contradice o los desmiente. Por eso quienes sueñan con la unanimidad de la voz de mando que los sargentos de turno denominan “colectiva” y quieren ascender a “voz del pueblo” se sienten siempre incómodos ante los intelectuales verdaderos. Les reprochan su aislamiento, o su oposición a la mayoría, o su venalidad, o su arrogancia, o… A fin de cuentas, les reprochan su insumisión. Y les llaman “pseudointelectuales” porque dicen lo que ellos no quieren que las personas libres escuchen.

 

La mayor tentación del intelectual es convertirse en oráculo ambiguo para así contentar a los influyentes de un lado y de otro, es decir para no ser de veras subversivo frente a nadie. Abundan de éstos en España como supongo que en casi todas partes, los que caen bien a la derecha a fuerza de ser declamatoriamente de izquierdas o que son venerados por la izquierda a fuerza de soltar burradas derechistas antisistema. Otros se refugian en lo gratificante para el grupo en el que han decidido cobijarse y se convierten en tuertos voluntarios que sólo miran por el ojo izquierdo o el derecho a la hora de denunciar la brutalidad. A este respecto, Octavio Paz educó también con el ejemplo. No aceptó los campos de concentración, ni los asesinatos patrióticos, ni las mitologías exterminadoras, viniesen de babor o de estribor. Por ello se granjeó muchas antipatías, sobre todo entre quienes antes o después se vieron obligados a darle la razón en sus denuncias pero no le perdonaron el haberse adelantado. Desconfiemos de cualquier intelectual que no despierta abundantes indignaciones a uno y otro lado…

 

Su última lección puede condensarse en estas palabras que escribió hace seis años: “Los escritores de hoy tenemos que aprender, otra vez, la vieja palabra con que comenzó la literatura moderna: el monosílabo No. Siempre he creído que la poesía —sin excluir a la más negra, a la que brota del horror y del desastre— se resuelve siempre en una celebración de la existencia. La misión más alta de la palabra es el elogio del Ser. Pero antes hay que aprender a decir No. Sólo así podremos ser dignos y, tal vez, decir ese gran con que la vida saluda diariamente al día que nace”. Como tantos otros contemporáneos de lengua española, quisiera poder comenzar mi curriculum con un orgulloso “fui educado por Octavio Paz”.

Fecha

1998

Autores

  • Savater, Fernando

Tipología

  • Conversación
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