Nissen evoca un Octavio

Guillermo Sheridan

El londinense Brian Nissen (1939) llegó a México hace muchos años, uno más de los muchos grandes artistas que —como Roger Von Gunten, Joy Laville, Vicente Rojo, Jan Hendrix o Pedro Friedeberg— han firmado con México un contrato de mutua necesidad y fascinación. Aquí maduró como artista —si bien pasa temporadas en Nueva York y en Barcelona— y aquí orbita hasta la fecha alrededor del misterioso exoplaneta hecho de risa y gozo llamado Montserrat Pecanins. Es autor de una extensa, compleja y variada obra de la cual él mismo aporta una guía en su sitio web.

 

 

Caleidoscopio

 

Hace un año Brian publicó un nuevo libro, Caleidoscopio. Facetas y flashbacks (Madrid: Lumen, 2017) —del que Naief Yehya hizo una justa reseña que puede leerse aquí— en el que, entre muchos otros asuntos, evoca esta historia:

 

En octubre de 1990 invitamos a Octavio Paz y a su mujer, Marie Jo, a comer en casa con unos amigos. Era un día de indian summer, el verano indio, como lo llaman los neoyorquinos, cuando en el otoño hace calor. Decidimos comer en la terraza. Montse había preparado una suculenta paella. Octavio siempre se mostraba encantado con Montse; lo intrigaban sus dichos juguetones y originales, y preguntaba cómo podía inventarlos de forma tan espontánea.

Estábamos bromeando con Octavio, diciéndole que se veía muy tranquilo, puesto que cada octubre, cuando anunciaban al ganador del Premio Nobel de Literatura, se ponía algo inquieto. Desde hacía algún tiempo Octavio era un candidato fuerte para el premio, y cada año pensábamos que lo ganaría. Era evidente que intentaban repartir el galardón entre continentes e idiomas. El inglés era el que ganaba con frecuencia; en cambio, los escritores en lengua española solían triunfar cada cinco años. Puesto que el año anterior se lo habían dado a Camilo José Cela, Octavio debería esperar unos años más.

Días después estaba escuchando las noticias de la BBC a las seis de la mañana cuando oí que le habían dado el premio a Octavio. Nunca lo habían otorgado dos veces seguidas a las letras en español. Inmediatamente llamé al Hotel Drake, donde se alojaban, y hablé con Marie Jo. Me dijo que la mía había sido la tercera llamada del día. Dos horas antes había llamado un reportero y pensaron que se trataba de una broma. A las cinco de la mañana llegó la llamada del Comité Nobel de Suecia.

 

Al leer lo anterior recordé que alguna vez Brian me había mostrado la foto de esa comida en su estudio, en la legendaria calle St. Mark’s Place de Nueva York. En ese tiempo, el estudio estaba lleno de limulus (un limulus polifemus es una anómala, hermosa criatura, un “fósil vivo”, que suele zozobrar en las playas de la Nueva Inglaterra, al que la gente llama horseshoe crab: cangrejo herradura) y de las muchas variaciones e investigaciones que estaba haciendo Brian sobre ella, que culminarían en una exposición y en un libro: Limulus. Le pedí a Brian la foto para la hemeroteca de la Zona Paz y la envió de inmediato, generosamente, como todo lo que hace. Supongo que la tomó la Montse Pecanins:

 

De izquierda a derecha: Eliot Weinberger, Paz, Colette Rossant, Arakawa, Nina Subin, James Rossant, Madeline Gins, Arthur Danto, Brian Nissen y, de espaldas, Marie Jo Paz. Octubre de 1990.

 

 

La Mariposa de Obsidiana

 

A inicios de los ochentas, Nissen invitó a Paz a colaborar con él en la creación de un códice que fuese expresión del interés de ambos en esos documentos precolombinos. Paz le sugirió su poema en prosa “Mariposa de Obsidiana”, que forma parte de ¿Águila o sol? (1951), y que va precedido de esta nota:

 

Mariposa de Obsidiana: Itzpapálotl, diosa a veces confundida con Teteoinan, nuestra madre, y Tonantzin. Todas estas divinidades femeninas se han fundido en el culto que desde el siglo XVI se profesa a la Virgen de Guadalupe.

 

El poema (8:183) es este:

 

Mariposa de obsidiana

 

Mataron a mis hermanos, a mis hijos, a mis tíos. A la orilla del lago de Texcoco me eché a llorar. Del Peñón subían remolinos de salitre. Me cogieron suavemente y me depositaron en el atrio de la Catedral. Me hice tan pequeña y tan gris que muchos me confundieron con un montoncito de polvo. Sí, yo misma, la madre del pedernal y de la estrella, yo, encinta del rayo, soy ahora la pluma azul que abandona el pájaro en la zarza. Bailaba, los pechos en alto y girando, girando, girando hasta quedarme quieta; entonces empezaba a echar hojas, flores, frutos. En mi vientre latía el águila. Yo era la montaña que engendra cuando sueña, la casa del fuego, la olla primordial donde el hombre se cuece y se hace hombre. En la noche de las palabras degolladas mis hermanas y yo, cogidas de la mano, saltamos y cantamos alrededor de la I, única torre en pie del alfabeto arrasado. Aún recuerdo mis canciones:

 

Canta en la verde espesura
la luz de garganta dorada,
la luz, la luz decapitada.

 

Nos dijeron: una vereda derecha nunca conduce al invierno. Y ahora las manos me tiemblan, las palabras me cuelgan de la boca. Dame una sillita y un poco de sol.

En otros tiempos cada hora nacía del vaho de mi aliento, bailaba un instante sobre la punta de mi puñal y desaparecía por la puerta resplandeciente de mi espejito. Yo era el mediodía tatuado y la medianoche desnuda, el pequeño insecto de jade que canta entre las yerbas del amanecer y el cenzontle de barro que convoca a los muertos. Me bañaba en la cascada solar, me bañaba en mí misma, anegada en mi propio resplandor. Yo era el pedernal que rasga la cerrazón nocturna y abre las puertas del chubasco. En el cielo del Sur planté jardines de fuego, jardines de sangre. Sus ramas de coral todavía rozan la frente de los enamorados. Allá el amor es el encuentro en mitad del espacio de dos aerolitos y no esa obstinación de piedras frotándose para arrancarse un beso que chisporrotea.

Cada noche es un párpado que no acaban de atravesar las espinas. Y el día no acaba nunca, no acaba nunca de contarse a sí mismo, roto en monedas de cobre. Estoy cansada de tantas cuentas de piedra desparramadas en el polvo. Estoy cansada de este solitario trunco. Dichoso el alacrán madre, que devora a sus hijos. Dichosa la araña. Dichosa la serpiente, que muda de camisa. Dichosa el agua que se bebe a sí misma. ¿Cuándo acabarán de devorarme estas imágenes? ¿Cuándo acabaré de caer en esos ojos desiertos?

Estoy sola y caída, grano de maíz desprendido de la mazorca del tiempo. Siémbrame entre los fusilados. Naceré del ojo del capitán. Lluéveme, asoléame. Mi cuerpo arado por el tuyo ha de volverse un campo donde se siembra uno y se cosecha ciento. Espérame al otro lado del año: me encontrarás como un relámpago tendido a la orilla del otoño. Toca mis pechos de yerba. Besa mi vientre, piedra de sacrificios. En mi ombligo el remolino se aquieta: yo soy el centro fijo que mueve la danza. Arde, cae en mí: soy la fosa de cal viva que cura los huesos de su pesadumbre. Muere en mis labios. Nace en mis ojos. De mi cuerpo brotan imágenes: bebe en esas aguas y recuerda lo que olvidaste al nacer. Yo soy la herida que no cicatriza, la pequeña piedra solar: si me rozas, el mundo se incendia.

Toma mi collar de lágrimas. Te espero en ese lado del tiempo en donde la luz inaugura un reinado dichoso: el pacto de los gemelos enemigos, el agua que escapa entre los dedos de hielo, petrificado como un rey en su orgullo. Allí abrirás mi cuerpo en dos, para leer las letras de tu destino.

 

 

Nissen a la obra

 

Nissen se puso a investigar denodadamente, como suele hacerlo, percolando ideas mientras las imágenes comienzan a brotar de su imaginación formidable. En la sección “Textos” de su página web, narra el proceso:

 

Este proyecto nació de conversaciones que tuve con Octavio Paz en las que mencioné mi gran interés en los códices prehispánicos, sobre todo en su relación simbiótica entre dibujo y escritura, y por el hecho de que ya había realizado algunas versiones de códices basadas en los formatos antiguos. Pregunté a Octavio si estaba dispuesto a colaborar en la elaboración de un códice: sugirió entonces que su poema “Mariposa de Obsidiana” podía ser un vehículo adecuado. En una estrofa, la diosa mariposa dice “imágenes brotan de mi cuerpo”. Bueno, pues qué mejor que hacer visibles esas imágenes.

El gran poema en prosa de Octavio es un lamento de la diosa Itzpapálotl, la Mariposa de Obsidiana —diosa de la guerra y a la vez diosa del parto. Se representa como una mariposa con garras de jaguar: curiosa encarnación de vida y violencia. En el poema canta su derrota, eclipsada por la llegada de una nueva religión. Aún quedan huellas de su presencia. Todavía hay mujeres en el norte de México que ponen un trozo de obsidiana debajo de su lengua cuando dan a luz, para salvar a sus hijos de posibles deformidades, sin saber realmente nada del origen de la costumbre. Los mitos asociados con la obsidiana son dos. Por un lado la obsidiana bien pulida se usaba como espejo y se creía que era el alma cristalizada en roca caída del cielo; por otro, la obsidiana labrada sirvió como punta de flechas, hachas y cuchillos usados en los ritos de sacrificio.

Esa diosa-mariposa, viene de un especie nocturna: Rothschildia Orizaba de la familia Saturniidae. Fue metamorfoseada en la diosa Itzpapálotl (itztili, obsidiana; papálotl, mariposa), también llamada “mariposa cuatro espejos” por las zonas transparentes de las alas que, por ser triangulares, evocan puntas de flecha.

El códice empezó a tomar forma como complemento visual del poema, yuxtaponiendo signos e imágenes, incorporando símbolos antiguos y contemporáneos. Octavio hizo una grabación especial leyendo el poema y el disco se publicó junto con el códice. Eché mano de formatos de diferentes códices para desarrollar iconos e imágenes que, me pareció, debían ser explorados en otros medios, por lo que comencé a hacer versiones en escultura, luego en pintura, en collages y relieves.

Eso me obligo a ponderar la relación entre el arte del pasado con el actual —uno de los grandes temas que preocupa al arte contemporáneo. ¿Qué era el Arte? ¿Qué es? ¿En qué se convertirá? ¿Hay tal cosa como el progreso en el arte? Desde luego los idiomas visuales van y vienen y hay que tomar en cuenta que el concepto de Arte es bastante reciente en nuestra historia como hacedores de imágenes. Podemos hablar de progreso en la historia de las ideas y en muchas otras cosas, pero ni el arte ni las emociones ni nuestro sentido de la maravilla son sujetos de ese concepto. El arte es propenso a transformaciones, mutaciones. Interpreta, sublimando y expresando el mundo que le rodea. Nuestra visión del pasado es forzosamente una interpretación vista a través de un lente teñido de la traducción, no muy nítido y a menudo desenfocado. El contexto original se nos escapa y aunque su luz nos envuelve, difícilmente distinguimos bien las cosas que ilumina.

“El pasado es un país extranjero”, decía L.P. Hartley. Un sentimiento muy de la época moderna. En el mundo ancestral no había tal distinción. El pasado era una cosa actual. La obra que hice alrededor de Mariposa de Obsidiana era una evocación de un pasado visto desde el presente, y una búsqueda de la manera inesperada que uno se filtra en el otro. Encontraba imágenes parecidas a símbolos del dios de la lluvia Tláloc en baterías de coche y miembros de insectos que parecían plasmados en placas de circuitos electrónicas.

Dormitando temprano una mañana pensaba en las imágenes de Itzpapálotl talladas en las columnas del templo dedicado a la diosa mariposa en las ruinas de Teotihuacán. Cada imagen de la mariposa tiene dos círculos de obsidiana encajadas en sus alas. Comenzaba a trabajar en grandes piezas con formas de mariposas, y entonces pensé que los círculos de vidrio negro que son la obsidiana podrían renacer como objetos contemporáneos, usando como metáfora los círculos negros de los discos de la música. Esa misma mañana fui corriendo a la tienda de discos más cercana, y pedí al tendero unos 80 o 100 discos cualquiera. Él insistió en preguntarme qué clase de música deseaba, que debía saberlo, que no se compraban discos así. Le dije que me daba igual la música pero sí quería que las etiquetas fueron de colores brillantes. Tal respuesta lo molestó bastante, pensando que le tomaba el pelo, así que me sentí obligado a darle una explicación amplia del por qué necesitaba aquellos discos. Sólo así pude calmarlo. Después, como lo había pensado, incorporé los discos en la obra de las mariposas; además me encantó la idea de que los discos, ya rotos, escondieran adentro sonidos irrescatables. Mensajes ocultos enterrados. Oráculos mudos.

Las obras hechas en torno de este tema fueron expuestas en el Museo Tamayo de la Ciudad de México. Quería que la lectura grabada de Octavio tuviera una presencia importante en la exposición, junto a la música compuesta especialmente por Carles Santos. Por eso decidí coreografiar una danza para acompañarlas, que se ejecutaría en intervalos regulares durante la exposición. La danza, la voz de Paz y la música —un canto con voces sobrepuestas— era un arreglo para cuatro bailarines que efectuaban secuencias de poses que se disolvían en otras poses, creando entre ellas las formas simétricas del insecto, mientras arriba de ellas un contorsionista hacía nudos con su cuerpo envolviéndose y desenvolviéndose como si se moviera en cámara lenta.

La exposición resultó una manera de interpretación visual y una manifestación física del poema de Paz. Un encuentro de texto y contexto, fuera del tiempo y reinventado en el presente. La primera vez que Paz visitó la exposición, expresó su encanto y su sorpresa por una muestra compuesta de tantas obras diferentes hechas alrededor de su poema, y que sin embargo lograba ser un conjunto orgánico, captado como si fuera una sola obra.

 

Nissen y una Mariposa de obsidiana (1983). Tomada de http://www.briannissen.com/

 

Años más tarde, Brian filmó un video de ese hermoso espectáculo plástico, musical y coreográfico en el que se escucha la grabación del poema en la voz de Paz, junto al canto de Betsy Pecanins y Carles Santos. Se titula Itzpapalotl, y puede (debe) observarse aquí.

 

 

Un artista que hace lo que se le da la mano

 

A mí me deleita y me interesa mucho el arte de Brian, sus óleos portentosos, dibujos gimnásticos, esculturas, documentos, cerámica, videos… También me deslumbran sus libros (el hondo y prodigioso Codex Itzpapalotl; el divertido y cachondo Codex Pipixqui), sus esculturas llenas de íntimos recovecos, la natación visual en el enorme Mar Rojo que se abre, inmóvil y agitado, en el Centro Maguen David de Cuajimalpa (que, supongo, tendrá horario de visitas al público).

 

La marca de agua de su arte me parece que la pone su esencial entusiasmo, un neto regocijo que, más que un don, obedece a una experiencia emocional bien administrada. La proliferación de sus mariposas, sus cangrejos, sus criaturas humanomorfas, esos nissenseres en eterno jolgorio, ebrios de su colorido, maromeros y voladores, remolinos de gracia cromática y deseo erótico, sonrientes y provocadores de sonrisas, todo está lleno del “soplo entusiasta”, que celebró Octavio Paz.

 

Y sí, el estado de gracia que surte el arte de Nissen algo tiene de soplo, del aliento en acción que infunde la sorpresa de vivir en todo lo que toca, moldea, interroga, canta. Sus dibujos al voleo están extrañamente insuflados de animación, tocados de ánima, soplados desde un alma feérica y multicolor hacia sus sedes de papel, tela o metal. Quizá su alegría radique más en el vértigo de la mano que traza y colorea que en su mente creadora, más en el cuerpo que en la imaginación, como si esa, “la reina de las facultades”, se hubiera corporeizado entera en el trance artístico. Brian Nissen es un artista que hace lo que se le da la mano.

 

Hay una suficiencia infantil en la libertad con que la mente, la mirada y la mano conciertan su lenguaje de garabatos y la variedad inabarcable de su paleta.  Los óleos y los dibujos —por los que tengo una particular predilección— poseen un aire fortuito que les permite ser del todo vistos e imprevistos a la vez. Un arte perfectamente acabado, invariablemente surgido de una eficiencia técnica superior, que a la vez induce cierta sensación fortuita, de veloz precariedad, lúdica y gimnástica, que explota en colores y se fija en la forma.

 

Un entusiasmo que no viene necesariamente del dibujante; un gozo que quizás lo precede: el regocijo de multiplicarse en un limbo larvario de párpados, pezones, perros, penes, parejas de regreso a su origen batracio. Nissen es un privilegiado huésped de esa li­bertad en ebullición. Sumergido en el arroyo del entusiasmo, regresa con delicadas pintu­ras y nutridas esculturas; a veces, con ingeniosos libros anfibios. A veces, con estos cuadros que nos llevan de la mano, como a él, hacia ninguna parte, hacia esa “ninguna parte” que sólo el gran arte habita y donde, hospitalario, nos espera sin sermones, sin sociología, sin propaganda, pero con el enorme reto de ameritar, al tú por tú, su inherente libertad.

Autores

  • Sheridan, Guillermo

Tipología

  • Conversación

Lustros

  • 1990-1994
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