Las trampas de la virtud

Octavio Paz

Los hermanos Karamasov, película de 1958.

 

“Es natural que los antiguos guerrilleros y sus actuales exégetas quieran reivindicar, apapachados por el poder político, a sus héroes y mártires”, escribe Christopher Domínguez Michael en “Paradojas guerrilleras”, un artículo pertinente para estos días en que se repiensa el sentido de la valentía.

 

Recordé que Paz escribió varios artículos sobre las tribulaciones políticas e ideológicas que marcaron con su violencia la vida mexicana durante la década de los años setentas. Están recogidos, sobre todo, en la sección “Aterrados doctores terroristas” de El peregrino en su patria. Historia y política de México, octavo volumen de sus Obras completas en la edición que él mismo cuidó para el Fondo de Cultura Económica (1993, 1994, 2006). Escritos en junio de 1973, “Entre Viriato y Fantomas” (8:489), comenta el problema de las guerrillas urbanas y rurales, y “La otra violencia” (8:491), critica la represión gubernamental a la vez que cuestiona el empleo de las universidades “como armas de combate”.

 

Tres meses más tarde, en septiembre de 1973, el empresario Eugenio Garza Sada sería asesinado en Monterrey por un comando de guerrilleros que intentaba secuestrarlo.

 

Paz no escribió directamente sobre el asunto, pero sí de manera alusiva, en una entrada de la sección “Letras, letrilla, letrones” de su revista Plural (número 27, diciembre de 1973) titulada “Entre la espada y la pared”, que no recogió en libro. A raíz de su lectura del ensayo de Isaiah Berlin “Fathers and Children: Turgenev and the Liberal Predicament” Paz celebra al gran ruso, al “crítico social y político, apasionado creyente en los valores democráticos y liberales de Occidente que se enfrentó con clarividencia, aunque sin mucho éxito, a los fanáticos de la derecha y a los de la izquierda” y revisa los problemas del liberalismo ruso del XIX, en especial la polémica entre Mikhail Bakunin y Alexander Herzen, a quien glosa, gustoso:

Detener la ciencia, el ingenio, el progreso de la razón, hasta que los hombres seamos purificados por el fuego de una revolución total, hasta que ‘seamos libres’ no era más que una falacia autodestructiva (…). El salvajismo que clama por cerrar los libros, abandonar la ciencia e iniciar alguna absurda batalla destructiva, que es el tipo más violento y dañino de demagogia, será seguido por la erupción de las más salvajes pasiones (…) Hay que abrirle los ojos al hombre, no arrancárselos.

 

La segunda parte del comentario, “Las trampas de la virtud”, que traslada esa polémica al México de los setentas, es la que reproducimos ahora. (G.S.)


 

Las trampas de la virtud

 

Octavio Paz[1]

 

 

El miedo a ayudar, así sea involuntariamente, a las oligarquías opresoras, ha paralizado la conciencia y la pluma de muchos escritores. En el siglo XX este virtuoso terror ha alcanzado proporciones a un tiempo inmensas y vergonzosas. El estalinismo no sólo exterminó físicamente a miles de intelectuales de Occidente. Se dirá que es de mal gusto recordar el silencio de los “compañeros de viaje” ante los crímenes de Stalin y que es poco piadoso acordarse de las odas a la gloria del “padre de los pueblos”. No lo es: el terror de los intelectuales ha sobrevivido al estalinismo. El miedo a ser denunciado como reaccionario, enemigo del cambio social y cómplice de la burguesía y el imperialismo se ha convertido en uno de los rasgos —verdadero estigma— de la clase intelectual. Pienso no tanto en Occidente como en América Latina, tierra de crudas y simplistas ideologías. Como los contemporáneos de Turguenev, muchos escritores latinoamericanos han caído en la trampa de la ideología enmascarada de virtud revolucionaria. Salvo unas cuantas excepciones —como la del valeroso y lúcido Vargas Llosa— se ha olvidado que la función social e histórica del intelectual no es hacer la revolución sino ejercer la crítica, que es la única función revolucionaria del escritor. Doble abdicación: unos, ante los errores y aun los crímenes de los revolucionarios han preferido callar; otros no han vacilado en mentir para justificar lo injustificable.

 

En México hemos sido testigos, desde hace tres años, del crecimiento de la violencia extremista, primero de las Universidades y ahora en las ciudades. El terrorismo de estos pequeños grupos —lo pronosticamos muchas veces en estas columnas— han provocado no el nacimiento de un movimiento revolucionario sino precisamente lo contrario: una contraofensiva de los conservadores. El peligro es real y grave: el terrorismo de los grupos de izquierda es un irritante mientras que el de la derecha es una amenaza contra las instituciones. No era difícil prever las consecuencias del extremismo de los grupos terroristas; sin embargo, gran número de nuestros intelectuales —escritores, profesores, periodistas— prefirieron hacerse de la vista gorda. El pretexto: “no había que darle argumentos al adversario”. Todavía hace unos meses los ataques de la izquierda intelectual se desencadenaron no en contra las tácticas de temor e intimidación de los llamados “comités de lucha” sino contra el Rector Soberón y los profesores estudiantes que defendían la supervivencia de la vida académica en la Universidad de México. Muchos profesores y periodistas atribuyeron las acciones de los extremistas a grupos de derecha infiltrados en las organizaciones estudiantiles. Algunos dijeron, incluso, que la policía era el secreto autor de los crímenes y atropellos cometidos en las Universidades de Sinaloa, Monterrey, Puebla y México. Con estas hipótesis inverificables —aunque no necesariamente falsas— se pretendió durante cerca de tres años oscurecer el hecho esencial: los grupos extremistas, con o son infiltración de fuerzas reaccionarias, no sólo practican sino que predican la violencia. No obstante, sólo unos cuantos escritores —Gastón García Cantú fue uno de ellos— tuvieron el valor de denunciar no la práctica sino el principio mismo que inspira a los grupos extremistas. Con frecuencia se denuncia la irracionalidad de la violencia. A mi juicio, deberían denunciarse sobre todo sus pretensiones ideológicas. Arrancarle a la violencia la máscara de la ideología: esa es una de las funciones cardinales del pensamiento crítico en México.

 

Hace algún tiempo, en un semanario, unos guerrilleros de café o de salón de té acusaron al autor de estas líneas —y a otros escritores mexicanos— del pecado de “liberalismo”. Al final del proceso nos sentenciaron a “ser expulsados del discurso político mexicano”. Esa fórmula —curiosa aunque no infrecuente, alianza de terrorismo intelectual y pedantería— revelaba una extraordinaria incomprensión de la realidad política mexicana: no se trata de expulsar a nadie del debate público sino, al contrario, de ampliarlo lo más posible. Ese fue el sentido del movimiento de 1968 y los fracasos últimos de la izquierda se deben, más que nada a su incapacidad para formular un programa democrático. Para curarse del terror que los paraliza, los intelectuales deberían meditar sobre este episodio que relata Isaiah Berlin:

 

Para ilustrar la atmósfera política en Rusia durante la década de los setenta y los ochenta, especialmente en lo que se refiere a la creciente ola de terrorismo político, puede resultar interesante el siguiente relato de una conversación del famoso editor A. S. Sovorin con Dostoievsky.

 

El día del atentado de Mlodetsky[2] contra Loris Melikov yo estaba con Fiodor Dostoievsky.

 

Vivía en un pequeño y desaliñado departamento. Lo encontré sentado en la sala, ante una pequeña mesa redonda, liando cigarrillos; su cara era como la de alguien que acabará de salir de un baño ruso, de un anaquel en el que hubiera estado cocinándose al vapor… Probablemente no logré disimular mi sorpresa, porque me miró y, después de saludarme, dijo: “Acabo de sufrir un ataque. Estoy contento, muy contento de verlo”, y siguió liando sus cigarrillos. Ni él ni yo sabíamos nada acerca del intento de asesinato. Pero nuestra conversación giró luego hacia los crímenes políticos en general, y a la [reciente] explosión en el Palacio de Invierno en particular. Mientras hablábamos de esto Dostoievsky comentó la extraña actitud del público ante estos crímenes. La sociedad parecía sentir simpatía por ellos, o, lo que sería más exacto, no sabía a ciencia cierta cómo considerarlos. “Imagínese”, dijo, “que usted y yo estamos parados junto al escaparate de la tienda Datsiaro observando las pinturas. Un hombre está parado cerca de nosotros, y también pretende estar mirándolas. Parece que espera algo y continuamente observa a su alrededor. De repente se le acerca apresuradamente otro hombre y dice, ‘El Palacio de Invierno explotará muy pronto. Ya instalé el mecanismo’. Lo oímos. Debe usted imaginar que lo oímos, que esas personas están tan agitadas que no prestan atención a quienes los rodean o hasta dónde llegan sus voces. ¿Cómo actuaríamos? ¿Nos dirigiríamos al Palacio de Invierno para prevenirlos de la explosión, iríamos a la policía o llamaríamos al guardia de la esquina para que arrestara a esos hombres? ¿Haría usted eso?”

—No, no lo haría.

—Tampoco yo. ¿Por qué no? Después de todo, es espantoso, es un crimen. Deberíamos evitarlo. Esto es lo que estaba pensando antes de que usted entrara, mientras liaba mis cigarrillos. Examiné todas las razones que me habrían impedido hacerlo. Son absolutamente triviales; simplemente el temor a ser considerado un informante. Me imaginé cómo entraría, cómo me mirarían, de qué manera sería interrogado, quizá confrontado a alguien; me ofrecerían una recompensa o, tal vez, sería sospechoso de complicidad. Los diarios dirían que “Dostoievsky identificó a los criminales”. ¿Es asunto mío? Es trabajo de la policía, es lo que ellos deben hacer, para eso les pagan. Los liberales nunca me perdonarían. Me atormentarían, me llevarían a la desesperación. ¿Es esto normal? Todo es anormal en nuestra sociedad; así es como suceden las cosas, y, cuando suceden, nadie sabe cómo actuar; no sólo en las situaciones más difíciles, sino hasta en las más sencillas. Quizá escriba sobre esto. Podría decir mucho que sería bueno y malo tanto para la sociedad como para el gobierno; sin embargo no puede hacerse. Acerca de las cosas más importantes no se nos permite hablar.

 

Habló mucho sobre este tema y habló con un sentimiento inspirado. Y añadió que escribiría una novela, en la que el héroe sería Aliosha Karamazov.”

 

 

NOTAS

[1] Octavio Paz, “Las trampas de la virtud” en Plural,  número 27, diciembre de 1973, pp. 63 y 64.

[2] Ippolit Mlodetsky atentó contra la vida del jefe del gobierno el 20 de febrero de 1880, algunas semanas después de que Khalturin fracasara en su intento de hacer estallar el Palacio de Invierno. Fue colgado dos días después.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Novedades

Lustros

  • 1970-1974
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