La profanación consagrada: Octavio Paz y las revueltas del 68

Fabienne Bradu

Las protestas estudiantiles desatan una huelga general de ocho millones de trabajadores franceses. Fotografía de Jacques Marie / AFP / Getty Images

 

A la altura del número 120 del Boulevard de Clichy en París, desde 2011, sobre un pedestal cubierto de vidrios de colores, hay una manzana de metal pulido a punto de convertirse en un espejo. Es probable que los transeúntes vean una alusión a la ciudad de Nueva York o a la marca de computadoras Apple en la escultura de Franck Scurti. Pero, ¿cuántos sabrán que se trata de la “Cuarta Manzana” del utopista Charles Fourier (1772-1837), que así encarnó su crítica del sistema capitalista? La anécdota data de una noche en que Fourier cenaba en París y pidió como postre una manzana, por la que le cobraron el mismo precio de varios kilos de fruta de su provincia normanda. El hecho le hizo comprender los vicios del capitalismo y por ello la bautizó simbólicamente la “Cuarta Manzana” (la primera sería la que Eva dio a Adán; la segunda, la que dio Paris a Venus; la tercera, la de Newton). Asimismo la historia de la estatua del autor de El Nuevo Mundo Amoroso cifra un simbólico concentrado de la historia contemporánea de Francia.

 

En 1899, en ese mismo cruce del boulevard de Clichy, no muy lejos del departamento de André Breton en la rue Fontaine, un Charles Fourier de bronce se sentó sobre un pedestal de piedra, con la intención de meditar eternamente acerca de una transformación radical de la sociedad, gracias a la ley de atracción y la primacía de las pasiones. Pero, en 1942, al igual que otras estatuas de notables franceses, fue fundida por los ocupantes nazis y transformada en cañón de guerra. Un triste destino para un pacífico utopista que luego no tuvo más presencia que un vacío sobre un pedestal. En enero de 1969, un grupo situacionista colocó sobre el pedestal una réplica de yeso cubierto de bronce del Charles Fourier finisecular con la siguiente leyenda: “En hommage à Charles Fourier. Les barricadiers de la rue Gay-Lussac”. Quienes levantaron barricadas en mayo del 68 pretendían así rendir homenaje a un pensador que algunos artistas revolucionarios de la Internacional Situacionista habían desenterrado de abajo de los adoquines con el objeto de reivindicar su temple libertador. Dos días después, la prefectura de París mandaba destruir la estatua, como si Fourier fuera tan peligroso para el orden social recién reinstalado como los subversivos interventores del urbanismo capitalino.

 

Cabe recordar con Octavio Paz que “Harmonía”, la sociedad utopista de Fourier, “tiene sus santos y sus héroes, muy distintos a los nuestros: son santos los campeones en el arte del amor, son héroes los hombres de ciencia, los poetas, los artistas” (Paz, 1979: 215). Tal vez así se comprenda mejor su carácter subversivo para una sociedad que considera a los poetas unos perniciosos heterodoxos o algo peor aún. Para completar la escabrosa historia de la estatua, falta contar que en 2007, cuando el pedestal había recobrado su devoción al vacío, un colectivo denominado “Le Collectif Aéroporté” instaló allí una caja de vidrio a la que se subía por una escalera, que figuraba una cabina telefónica pero sin teléfono, para significar que la comunicación estaba interrumpida entre Fourier y los franceses del tercer milenio.

 

 

La consagración de la primavera francesa

 

La historia de la estatua del generoso idealista revela que el nombre y la obra de Fourier turbaban por igual a los revolucionarios y a las autoridades de hace medio siglo. Marx reconocía en él a un maestro, Stendhal lo bautizó el “soñador sublime” y André Breton le dedicaría su célebre “Oda a Fourier”. El libertario francés también exaltó la mente de Octavio Paz cuando, desde la India, el 17 de junio de 1968, le escribió a su amigo y poeta, Charles Tomlinson:

 

Se bambolea el mediocre orden “del mundo desarrollado”. Me emociona y exalta la reaparición de mis antiguos maestros: Bakunin, Fourier, los anarquistas españoles. Y con ellos el regreso de los videntes poéticos, Blake, Rimbaud, etc. La gran tradición que va del romanticismo alemán e inglés al surrealismo. Es mi tradición, Charles: la poesía entra en acción. Creo que estamos a punto de salir del túnel que empezó con la caída de España, los procesos de Moscú, el ascenso de Hitler, el túnel cavado por Eisenhower, Johnson y las tecnocracias capitalistas y comunistas cuando nos dijeron que era el camino del progreso y del bienestar (Domínguez, 2014: 301).

 

Lo tenía presente cuando seguía con entusiasmo y sumo interés los acontecimientos del 68 francés desde Kasauli, un refugio al pie de los Himalayas para resguardarse del calor de Nueva Delhi, gracias a un buen aparato de radio para escuchar la BBC de Londres, y también en octubre de 1971 cuando en Cambridge (Massachusetts) escribía “La mesa y el lecho”, ensayo que el poeta integraría, junto con otras reflexiones sobre el 68 mexicano, en El ogro filantrópico. (El título del ensayo se debe a que “El erotismo es la pasión más intensa y la gastronomía la más extensa”). Allí Octavio Paz confrontó las tesis de Fourier con los cambios en la sociedad norteamericana promovidos por la generación del 68:

 

Las analogías entre el mundo norteamericano y el imaginado por Fourier no son menos reveladoras que las diferencias. Entre las primeras: la abundancia material y la libertad erótica, esta última total en Harmonía y relativa en los Estados Unidos. La diferencia mayor es que la sociedad de Fourier, como su nombre lo indica, ha alcanzado la armonía –un orden social que, a semejanza del que gobierna a los cuerpos celestes, está regido por la atracción que une a las oposiciones sin suprimirlas–, mientras que en los Estados Unidos, abierta o disimuladamente, imperan el lucro, la mentira, la violencia y los otros males de la sociedad civilizada (Paz, 1979: 214).

 

Puede parecer sorprendente que Paz escogiese a Fourier para sopesar las conquistas y los límites del movimiento de liberación norteamericano. Así lo subrayó:

 

la palabra placer no había aparecido antes en el vocabulario de los disidentes. Es natural: no es una palabra que pertenezca a la tradición filosófica y moral de los Estados Unidos. Fueron fundados por otras palabras, las opuestas: deber, expiación, culpa, deuda. (Paz, 1979: 221)

 

En ningún momento del ensayo mencionó a Herbert Marcuse que podría considerarse como un inspirador más cercano a los movimientos de liberación norteamericanos. Sería falso afirmar que el Fourier del siglo XIX francés fuese equiparable al alemán Marcuse del XX. Sin embargo, si algo une a estos dos pensadores es que inspiraron a aquellos que, en 1968, buscaban un camino de transformación social fuera de los cauces de los partidos políticos tradicionales, más allá del marxismo puro y duro y más acá de la poesía, en aras de cambios en las mentalidades, de inéditas formas de vida y nuevas relaciones entre los sexos. A este tipo de buscadores pertenecía Paz, quien refutaba en Posdata (1970) los modelos de desarrollo del este y del oeste, “compendios de horrores” y se preguntaba si seríamos capaces de imaginar modelos más humanos. Aspiraba a inventar una sociedad que “no termine ni en los helados paraísos policiacos del este ni en las explosiones de náuseas y odio que interrumpen el festín del oeste (Paz, 1997: 238).

 

En 1967, el editor francés Jean-Jacques Pauvert publicó una nueva edición de la inconseguible Théorie des quatres mouvements, aumentada de El Nuevo Mundo Amoroso, de Charles Fourier, establecida por Simone Debout, de la cual se congratuló Octavio Paz en el ensayo mencionado.

 

En un lapso de meses, algunos hechos parecieron concurrir para pintar el clima intelectual que antecede la revuelta estudiantil en México. En 1966, el director de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, Enrique González Pedrero, invitó a Marcuse a dar una serie de conferencias que se editaría dos años después en la editorial Siglo XXI, conjuntamente con textos de Erich Fromm e Irving L. Horowitz, bajo el título de La sociedad industrial contemporánea. La juventud estudiantil había comenzado a leer a Marcuse gracias a Eros y civilización, El hombre unidimensional, un ensayo sobre la liberación que, en la traducción de Juan García Ponce, la editorial ERA comenzó a publicar en 1965. También en 1966, Arnaldo Orfila fundó la editorial Siglo XXI, luego de su despido de la dirección del Fondo de Cultura Económica por haber publicado Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis. Entre los intelectuales que lo siguieron en su nueva aventura, estuvo Octavio Paz, que así se volvió autor y socio de la editorial.

 

En ese nervioso 1966, bajo la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz, el rector de la UNAM, Dr. Ignacio Chávez, presentó su renuncia a raíz de una serie de vejaciones por parte de jóvenes estudiantes fascistas que, en su mayoría, se volverían diputados o gobernadores priístas en recompensa por sus “servicios a la patria”. Octavio Paz, desde Ithaca, donde daba un curso en la Universidad de Cornell, manifestó su solidaridad y exclamó en una carta fechada el 2 de mayo de 1966: “¡Qué vergüenza! Vergüenza y asco. No sé qué me abochorna más, si la villanía de los ‘estudiantes’ que se apoderaron de la Universidad o el saber que la pasividad general ha permitido (por lo menos hasta ahora) la impunidad de los truhanes” (Chávez, 1997: 297). Como era de esperarse, el presidente Díaz Ordaz negó su apoyo al rector quien, con gran clarividencia, le replicó en una carta que, sin embargo, no mandó:

 

Si no se actúa hoy, a tiempo, dentro de la ley, se corre el riesgo de tener que hacerlo mañana, fuera de la ley (…). El golpe que parece dirigido a mí, en realidad es contra usted. Si los acontecimientos me rebasan, yo tendré que irme. Personalmente, yo quedaré liberado de tener este dolor de cabeza; pero a partir de ese momento, usted sufrirá la jaqueca.” (Chávez, 1997: 308)

 

Vaya jaqueca la que lo esperaba meses después…

 

 

La estación violenta

 

Paz escribió, obviamente, más sobre el 68 mexicano que sobre el francés, pero no ocultó a sus distintos corresponsales su entusiasmo por el levantamiento en Francia y su inquietud con respecto al desenlace del mexicano. Por ejemplo, comentó a José Luis Martínez, desde Kasauli el 6 de junio de 1968, la:

 

admirable actitud de los estudiantes en Francia, Yugoslavia y otras partes: ocurra lo que ocurra, avanza la profanación consagradora. [El subrayado es mío y da título al presente ensayo]. La revuelta juvenil es uno de los signos más seguros de la mutación de nuestra sociedad –a veces me parece que regreso a los años treinta (Paz, 2014: 78)

 

Pero es a Orfila a quien confió una visión más amplia el 21 de junio 1968:

 

La revuelta, además de hacer trizas las ilusiones del gaullismo, ha desenmascarado a los partidos comunistas y, sobre todo, ha revelado que asistimos al principio de una nueva oleada revolucionaria. Tengo mucha fe –después de cerca de 20 años de escepticismo y de esperanzas aplazadas– en la actitud de la nueva generación: estos muchachos realizan en la práctica lo que hasta hace poco era un mero punto de vista ideológico: la unión de la tradición libertaria y la rebelión “poética” con la herencia marxista. Me refiero a los países desarrollados. En los subdesarrollados los problemas son otros, lo cual implica no una renuncia a la revuelta sino una forma distinta de revuelta (Paz, 2016: 247).

 

El entusiasmo reiterado del Embajador de México en la India por la revuelta francesa se transformó rápidamente en cautela cuando, a fines de julio, se prendió la mecha mexicana e intervino el Ejército en el Instituto Politécnico Nacional y en la Universidad Nacional Autónoma de México. En este momento, las noticias llegaron mal y tardíamente a la India: hubo una huelga de periódicos en New Delhi, Le Monde de París y The Times de Londres, y no se extendieron sobre el caso mexicano porque aún no se veía muy claro lo que estaba sucediendo. Sin embargo, Paz le comentó a Orfila: “Tengo la impresión de que el movimiento estudiantil mexicano, en esta etapa, difiere del movimiento de ‘contestación’ en Francia. Por ejemplo, no ha habido huelgas. Pero no haga mucho caso de lo que digo: son impresiones superficiales” (Paz, 2016: 253).

 

Esto no le impidió, desde los inicios de septiembre del 68, a través de los informes sobre los disturbios estudiantiles en la India que mandó al canciller Carrillo Flores, anticipar entre líneas las soluciones que preconizó al gobierno de México para encarar las demandas estudiantiles. Gracias a “una gran habilidad política”, relató la primera ministra Indira Gandhi:

 

logró restablecer el diálogo con los estudiantes y tranquilizó los ánimos. Es particularmente notable que en esa ocasión el gobierno de la India no haya vacilado en hacer una autocrítica de los medios de represión empleados y de su política educativa. Es indudable que esa actitud contribuyó al restablecimiento del orden y desarmó ideológicamente a los grupos extremistas (Paz, 1998: 7).

 

Después de un largo preámbulo que habría que leer como una advertencia al gobierno de México y una suerte de anticipación del desenlace, todavía de manera moderada Octavio Paz insistió en la urgencia de una reforma política en México que argumentaba aduciendo los propios intereses del sistema:

 

Agrego que la reforma de nuestro sistema político aceleraría el progreso social –o sea: la mejor distribución de la riqueza– sin que esto dañase al desarrollo económico, ya que aumentaría el número y el poder adquisitivo de los consumidores (Paz, 1998: 9).

 

Y prosiguió con cautela: “Tal vez mi lealtad y mi franqueza contribuyan a disculpar mi atrevimiento”…

 

Es una tarea que requiere, al mismo tiempo que un gran realismo, una imaginación política no menos grande. Digo imaginación porque se trata de problemas que piden soluciones originales y, hasta cierto punto, inéditas. Me explicaré. Es evidente que nuestros jóvenes –y en esto se hacen eco de la actitud de los estudiantes europeos y norteamericanos– no tienen gran fe en la democracia representativa tradicional y tampoco en el parlamentarismo a la europea. No les falta razón.

 

Y, sin perder los modales ni la mesura diplomática: “Aunque el régimen mexicano ha demostrado hasta ahora poseer una gran flexibilidad, es natural que, al cabo de cuarenta años, el sistema presente ya ciertos síntomas de rigidez”. Y ya en la despedida de este informe tan lleno de sobreentendidos:

 

Ruego a usted, una vez más, que disculpe mi audacia al presentar, en la última parte de este oficio, reflexiones que nadie me ha solicitado. Diré en mi abono que si me he excedido como funcionario, creo que he cumplido mi deber como ciudadano.

 

 

El trágico otoño: la renuncia de Octavio Paz

 

La distinción entre “el funcionario” y “el ciudadano” fue la que rigió la renuncia de Octavio Paz a su cargo de Embajador en la India luego de la masacre del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas. La carta “confidencial y personal” que mandó el 4 de octubre al canciller Antonio Carrillo Flores es conocida en sus fragmentos esenciales:

 

Anoche, por la BBC de Londres me enteré de que la violencia había estallado de nuevo. La prensa india de hoy confirma y amplía la noticia de la radio: las fuerzas armadas dispararon contra una multitud, compuesta en su mayoría por estudiantes (…). No describiré a usted mi estado de ánimo. Me imagino que es el de la mayoría de los mexicanos: tristeza y cólera (Paz, 1998: 11).

 

Y, después de un análisis que retomó esencialmente los argumentos de la carta del 6 de septiembre, Octavio Paz concluyó:

 

Ante los acontecimientos últimos, he tenido que preguntarme si podía seguir sirviendo con lealtad y sin reservas mentales al Gobierno. Mi respuesta es la petición que ahora le hago: le ruego se sirva ponerme en disponibilidad, tal como lo señala la Ley del Servicio Exterior Mexicano. (Paz, 1998: 11)

 

El 7 de octubre, mandó el poema “México: Olimpiada de 1968” al comité coordinador del programa cultural de la XIX Olimpiada, como una justificación contundente a su rechazo de participar en el programado Encuentro Mundial de Poetas. La adhesión entusiasta al gesto moral del “ciudadano” Paz constó en la larga lista de firmas de artistas e intelectuales que aparecen al pie del “Cable a Octavio Paz” que Guillermo Ochoa publicó el 30 de octubre en el periódico Excélsior; en él agradecen: “…su valerosa actitud y alto ejemplo de dignidad humana, que merece nuestro más cálido elogio y afectuosa solidaridad” (Adame, 2015: 183-184).

 

Pese a la contundencia del gesto y de las reacciones, un debate posterior enturbiará el suceso. ¿Renuncia o puesta en disponibilidad? ¿Qué significa cada figura de ley? La discusión se originó en la descalificación del presidente Díaz Ordaz quien afirmó a la prensa mexicana (y por extensión, a la extranjera) que Octavio Paz no había renunciado sino que había sido relevado de su cargo por el mismo gobierno. Luego, Díaz Ordaz declaró en una entrevista televisiva reproducida el 17 de noviembre de 1970 en el periódico El Universal: “¡Ése que va a renunciar! Mire usted, muy cómodamente, pidió que se le pusiera en disponibilidad, es decir, acudió al expediente burocrático de asegurar la chamba y prácticamente estar con licencia indefinida. Eso es todo.” (Adame, 2015: 191) Debido a estas afirmaciones, Octavio Paz rompió su promesa de no hacer declaraciones mientras no abandonara la India, y denunció la calumnia a la agencia de prensa AFP, desde Delhi, el 20 de octubre: “¡No me despidieron, renuncié!”.

 

Desde meses antes del trágico suceso del 2 de octubre, Octavio Paz había comentado a sus amigos su intención de separarse del Servicio Exterior. Así se lo escribió a Carlos Fuentes el 30 de agosto de 1968:

 

Desde hace más de un año tramito mi jubilación y espero concluir ahora este latoso proceso. Ya no soporto más –no a la India, que amo, sino a la idea de servir a un gobierno, cualquier gobierno sea el del Gran Mongol o el del Hijo del Cielo. Buscaré un reacomodo en la Universidad o en el Colegio de México (Adame, 2015: 180).

 

El 27 de septiembre, reiteró a Charles Tomlinson:

 

Es incongruente, desde un punto de vista moral tanto como sentimental, mi permanencia en el Servicio Exterior. Precisamente había ya iniciado el trámite para obtener mi retiro. Lo que pasa ahora me reveló que lo debería haber hecho antes. Todo esto me tiene apenado, avergonzado, furioso con los otros, y sobre todo conmigo mismo (Adame, 2015: 180).

 

Si Díaz Ordaz no logró descalificar del todo a Paz, la izquierda mexicana se encargó de prolongar el empeño insistiendo en que una “puesta en disponibilidad” no es, legalmente, sinónimo de renuncia, y que así el autor de Postdata se garantizaba los beneficios de la carrera diplomática. El mismo poeta parece confirmarlo en una carta a Carlos Fuentes del 16 de octubre de 1968:

 

Aún espero el telegrama de Carrillo Flores, yo pedí la disponibilidad (para no perder mis legítimos derechos de retiro y pensión) aduciendo como única causa mi imposibilidad de representar al gobierno de México […] Después recibí un telegrama de González de León […] en el que me pedía que reflexionase. Contesté que mi decisión era irrevocable y que si me negaba lo que pedía, mi respuesta sería la renuncia (Adame, 2015: 186).

 

Estas líneas indicarían que, en efecto, Octavio Paz habría sopesado la solicitud administrativa en dos etapas: primero, la puesta en disponibilidad para salvar “sus legítimos derechos de retiro y pensión” y, si esto no funcionara, renunciar simple y llanamente al Servicio Exterior Mexicano. El cálculo le parece “amoral” a ciertos intelectuales marxistas, indispuestos hacia el poeta a causa de las críticas a la oposición de izquierda que él formula en Postdata y en El ogro filantrópico. Nadie, ni entre sus detractores ni entre sus defensores, advierte que una cosa es separarse del gobierno de Díaz Ordaz y otra renunciar a los derechos que le garantiza la ley del trabajo y el Estado mexicano a través de sus instituciones. Por lo demás, el “poeta estrictamente cesante” –para tomarle prestado a Gonzalo Rojas el título de un poema–, tiene que mantener a varias personas, entre ellas, a su ex esposa Elena Garro y a su hija Helena Paz quienes le corresponden con calumnias y cartas públicas en las que lo acusan de encabezar, junto con otros 500 intelectuales, una conjura contra el gobierno mexicano.

 

El escrupuloso Ángel Gilberto Adame intentó obtener de la Secretaría de Relaciones Exteriores una declaración oficial sobre la disyuntiva entre “renuncia” y “puesta en disponibilidad”. La respuesta “oficial” fue la siguiente:

 

Al C. Octavio Paz Lozano se le otorgó una disponibilidad a partir del 17 de octubre de 1968, la cual tuvo una vigencia de tres años, concluyendo el 1º de septiembre de 1971, fecha en la que renunció a ésta, tal y como se menciona en el aviso de cambios de situación del personal. (Adame, 2015:189)

 

Hasta aquí, nada fuera de lo normal, puesto que el lapso de tres años es el tiempo considerado por la ley del Servicio Exterior Mexicano para dar de baja a un diplomático en disponibilidad si no reintegra sus funciones entre tanto. Por lo demás, a su regreso a México en enero de 1971, Paz respondió a la pregunta de Julio Scherer sobre si estaría dispuesto a volver al servicio diplomático: “En primer lugar no me lo han pedido; en segundo lugar, si me lo pidiesen, no volvería.” (Adame, 2015: 184) Pero, a continuación, Adame aclara: “En cuanto a los importes y cobros que se le pudieron haber hecho en ese lapso, se me informó que sólo conservan archivos de nómina a partir de 1994, por ello no es posible confirmar si recibió todas las prestaciones económicas a las que tenía derecho, incluso una posible jubilación.” (Adame, 2015: 189) Así, estamos de vuelta al punto de partida y el gobierno mexicano de hoy, sea o no verdad el asunto de los fantasmales archivos, sigue alimentando con su falta de transparencia la misma sospecha sobre la renuncia de Octavio Paz. Información más reciente (que Adame explica en esta misma Zona) ha revelado, además, que Paz en efecto había cumplido en 1967 los necesarios treinta años de servicio para solicitar su jubilación de ley, trámite que le tomó tres años culminar. Si fuera necesario aportar una prueba de la probidad moral de Paz, entre varios otros rechazos de canonjías, ministerios, embajadas y otras prebendas que le ofreció el gobierno mexicano posterior al de Díaz Ordaz, quizá bastaría recordar que bajo la presidencia de Luis Echeverría le preguntaron si aceptaría el Premio Nacional de Literatura: “Respondí que después del atentado contra Excélsior y Plural, la pregunta me parecía una broma lúgubre” (Paz, 1979: 334).

 

 

La persecución como postdata a la renuncia

 

André Breton escribió en L’amour fou:

 

Todavía hoy no espero nada excepto de mi sola disponibilidad, de esta sed de errar al encuentro de todo, la única capaz de mantenerme en comunicación misteriosa con los demás seres disponibles, como si estuviéramos llamados a reunirnos de repente (Breton, 1992: 697).

 

De esta manera le dio un giro poético más adecuado a la condición de Octavio Paz cuando éste llegó a Francia en diciembre de 1968. Tenía todavía recursos para aguantar unos tres meses en París antes de aceptar una invitación para enseñar en una universidad extranjera. Comentó a Orfila el 12 de diciembre de 1968:

 

Oxford y Cambridge me han invitado por un semestre, la primera como Overseas Fellow y la otra como Fellow del [colegio] All Souls. También me han propuesto una cátedra en la nueva Facultad de Vincennes, pero no he aceptado porque se trata de un puesto permanente y yo prefiero, hasta no saber qué dirección toman los acontecimientos mexicanos, no contraer compromisos que excedan un semestre. En realidad he recibido más de quince proposiciones de distintas universidades… (Paz, 2016: 267).

 

Pese a que el porvenir laboral quedó semestralmente resuelto, se percibía una profunda inquietud en cuanto al futuro de México. Desde la cárcel de Lecumberri, su amigo José Revueltas lo llamó “gran prisionero en libertad, en libertad bajo poesía”. (Volpi, 1998: 380) Christopher Domínguez Michael comentó en su biografía de Paz:

 

En el clima ominoso de 69, hasta que el candidato Echeverría no guardó aquel minuto de silencio por las víctimas del 2 de octubre en Morelia, se temía la eminente imposición de una dictadura cívico-militar en el país, como puede verse en las cartas cruzadas de Carlos Fuentes y Orfila Reynal con Paz. (Domínguez, 2014: 333).

 

Paz regresó a México después de que Díaz Ordaz dejó la presidencia el 30 de noviembre de 1970 y de que el candidato electo dio una aparente señal de buena voluntad. Sin embargo, a diferencia de Carlos Fuentes y de Fernando Benítez, entre otros intelectuales, Paz dejó de creer rápidamente en las (falsas) promesas de Luis Echeverría de esclarecer el 2 de octubre y el posterior 10 de junio de 1971.

Entretanto, el embajador de México en Francia, el historiador Silvio Zavala, se encargó de poner su grano de arena en el clima de terror que reinaba en México y en el extranjero. Domínguez Michael comentó que convirtió la Embajada de México en “una comisaría abiertamente dedicada a la persecución de disidentes mexicanos en Europa”, mandó a imprimir la oprobiosa carta de Helena Paz a su padre en un folleto que simuló salir de la editorial Siglo XXI, y comenzó a

 

hacer averiguaciones sobre la posibilidad de demandar a Paz, tan pronto pisase suelo del hexágono, por supuestas injurias al jefe de Estado mexicano, pretensión que los abogados franceses consultados y los no pocos amigos que Paz conserva en la Secretaría de Relaciones Exteriores, desechan por notoria improcedencia legal y política (Domínguez, 2014: 324).

 

Pero, faltaría mucho más para disuadir a Octavio Paz de ponerse a escribir su interpretación de los hechos que culminaron en Tlatelolco aquella siniestra tarde del 2 de octubre.

 

 

Postdata

 

El 19 de febrero de 1970, llegó al escritorio de Orfila el primer tiraje de Postdata en edición de 6000 ejemplares. Paz, semestralmente anclado en Cambridge (Inglaterra), recibió los 20 ejemplares que le correspondían el 11 de marzo. Se alegró porque rápidamente, en junio del mismo año, estaba a punto de salir la tercera edición. En postdata a su carta, le anuncia a su editor: “Espero ir a México a principios de 1971 ¿definitivamente? Todo depende…” (Paz, 2016: 333) Los puntos suspensivos son previsibles si se piensa en la bomba crítica que encierra Postdata y las reacciones que provocó en México.

 

“¿Puede enviarme lo del Presidente del PRI?”, le pidió Octavio Paz a Orfila al comentar las reacciones publicadas en la prensa.

 

Me cuentan que un diputado me acusó de ‘traición a la patria’. ¿Es verdad? Todo esto sería divertido si no revelase la incapacidad del régimen ante la crítica, su creciente anquilosis y, por tanto, su miedo y temor ante cualquier contradicción. Ese miedo los ha llevado (y los llevará cada vez más) a la violencia: no tienen otra arma que las armas… Lo inquietante es la dificultad de los llamados intelectuales para aceptar también la crítica de nuestros mitos y de nuestras creencias y sus raíces inconscientes. ¡Que Marx y Freud me amparen! (Paz, 2016: 340)

 

Como lo afirmaría en otras ocasiones, no es suficiente la indignación inmediata ante la barbarie, hay que dar un paso más, arriesgar una reflexión crítica y, sobre todo, autocrítica sobre lo sucedido. “Nosotros todavía no aprendemos a pensar con verdadera libertad. No es una falla intelectual sino moral: el valor de un espíritu, decía Nietzsche, se mide por su capacidad para soportar la verdad” (Paz, 1997: 239). Un poco más adelante, insistió en el punto: “En México hay un horror, que no es excesivo llamar sagrado, a todo lo que sea crítica y disidencia intelectual; una diferencia de opinión que se transforma instantánea e insensiblemente en una querella personal.” (Paz, 1997: 259)

 

La dimensión moral que Octavio Paz imprimió al análisis de Postdata no debe obviarse, ni olvidarse, si se quiere comprender lo que guía la conducta del poeta en ese año de 1968 y en su vida posterior: “Las crisis políticas son crisis morales”, escribió sin ambages (Paz, 1997: 273). Desde una perspectiva ética y a ratos poética, valora los hechos desde esta distinción mayor:

 

A diferencia de los estudiantes franceses en mayo de ese mismo año, los mexicanos no se proponían un cambio violento y revolucionario de la sociedad ni su programa tenía el radicalismo de los muchos grupos de jóvenes alemanes y norteamericanos. Tampoco apareció la tonalidad orgiástica y pararreligiosa de los hippies. El movimiento fue reformista y democrático (Paz, 1997: 249).

 

Vicente Lombardo Toledano, sindicalista y fundador del Partido Popular Socialista, retomó la distinción entre Francia y México, pero para descalificar lo que Octavio Paz enalteció:

 

Lo que está ocurriendo en la ciudad de México –afirma el líder obrero– es una burda imitación de París. La verdadera izquierda nada tiene que ver con los disturbios y borlotes estudiantiles que carecieron de sentido ideológico; la reacción y el imperialismo fueron los únicos favorecidos con el espectáculo que se ofreció (Domínguez, 2014: 304).

 

Si bien en Francia, la huelga nacional –prueba de la alianza entre obreros y estudiantes– duró los 20 días que hicieron temblar al general De Gaulle, en México no se produjo semejante acercamiento.

 

La caracterización del movimiento estudiantil por Octavio Paz –“Nadie quiere una revolución sino una reforma: acabar con el régimen de excepción iniciado por el PRI hace cuarenta años”– resaltó, en contraste, “lo discordante, lo anómalo y lo imprevisible de la actitud gubernamental”: “Ningún gobierno tuvo la ferocidad, no hay otra palabra, de la represión mexicana.” (Paz, 1997: 258) Pero le importa sobre todo ceñir la naturaleza del sistema mexicano:

 

El PRI es un organismo burocrático que cumple funciones político-administrativas. Su misión principal es la dominación política, no por la fuerza física sino por el control y la manipulación de los grupos populares, a través de las burocracias que dirigen los sindicatos obreros y las asociaciones de los campesinos y la clase media (Paz, 1997: 257).

 

También le importaba recordar los “pocos” beneficios que había aportado el PRI a la vida de México a partir de la creación del Partido Nacional Revolucionario en 1929, que puso fin a los mandos militares y a la guerra entre facciones revolucionarias. “El PRI no es un partido ideológico sino de grupos e intereses, circunstancia que, si ha favorecido la venalidad, nos ha salvado de los terrores de una ortodoxia cualquiera” (Paz, 1997: 257). Otra de sus “virtudes” es su independencia del poder militar y, si no es de obediencia capitalista, “está inscrutado en el capitalismo mexicano”. Hasta aquí la lista de “virtudes” del PRI. La caracterización del régimen era implacable y sin ambivalencia alguna: “En México no hay más dictadura que la del PRI y ni hay más peligro de anarquía que el que provoca la antinatural prolongación de su monopolio político” (Paz, 1997: 261). Si antes, en sus informes diplomáticos, Paz hablaba con prudencia de “rigidez” del PRI, ahora, en Postdata, no temía recurrir a los términos de “petrificación” y de “dictadura”. Carlos Monsiváis coincidió con Octavio Paz al desglosar las características del régimen priísta de la siguiente manera:

 

En México, donde no hay poder obrero (sindicalismo blanco), ni poder campesino (fracaso de la reforma agraria), ni poder periodístico (prensa mediatizada y ramplona), ni poder indio (41 millones de indígenas en manos de Dios y la filantropía), donde no hay siquiera poder legislativo (unipartidismo y dedocracia), el poder estudiantil es todavía una meta distante y lejana y necesaria como la existencia misma de esa nuestra vida política y esa nuestra dignidad social” (Volpi, 1998: 171).

 

Paz fue todavía más categórico que Monsiváis en su descripción del “poder periodístico”: “la radio y la televisión están en manos de dos o tres familias más interesadas en ganar dinero anestesiando al público con sus programas que en analizar con honradez y objetividad los problemas del país” (Paz, 1997: 260).

La reforma que Paz quería para México coincidió con la reforma por la que luchó el movimiento del 68 y no hubo más disyuntiva que “democratización o dictadura” (Paz, 1997: 269). En el prólogo a la edición inglesa del libro de Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, libro que Paz calificó como un “testimonio apasionado pero no partidista”, se lee el siguiente diagnóstico sobre el desempeño ejemplar de los jóvenes mexicanos:

 

Desde el principio los estudiantes revelaron una notable habilidad política. Su instantáneo descubrimiento de la democracia directa como un método para rejuvenecer al movimiento y no alejarlo de su fuente original, la colectividad; su insistencia en sostener un diálogo público con el gobierno, en un país acostumbrado a las componendas entre bastidores y a la corrupción palaciega; la moderación de sus demandas, englobadas en la palabra democratización, aspiración nacional de los mexicanos desde 1910 –todo esto es un ejemplo de madurez y aún de sabiduría política (Paz, 1979: 144).

 

Y si sus críticas al sistema mexicano fueron recias y claras, las que dirigió a la izquierda fueron del mismo tenor. Hay que recordar que Octavio Paz nunca mostró simpatías hacia la Revolución cubana por lo que en una carta de 1967 le escribió a Roberto Fernández Retamar: “Soy amigo de la revolución cubana por lo que tiene de Martí, no de Lenin”, a lo cual añadía: “pero el régimen cubano se parecía más y más no a Lenin, sino a Stalin” (Volpi, 1998: 69). En Postdata, retomó sus reticencias iniciales y escribe:

 

…toda revolución sin pensamiento crítico, sin libertad para contradecir al poderoso y sin la posibilidad de sustituir pacíficamente a un gobernante por otro, es una revolución que se derrota a sí misma. Un fraude. Mis palabras irritarán a muchos; no importa, el pensamiento independiente es casi siempre impopular. Hay que renunciar definitivamente a las tendencias autoritarias de la tradición revolucionaria, especialmente de rama marxista (Paz, 1997: 286).

 

La segunda parte de Posdata se dedicó a mostrar cómo, el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, se jugaban simultáneamente dos caras de la Historia: la primera fue la de los hechos trágicos, y la segunda, “una representación simbólica de nuestra historia subterránea o invisible (…) un acto ritual: un sacrificio” (Paz, 1997: 291). El que habló en este segundo momento, fue el poeta y visionario de El laberinto de la soledad, el más discutido y discutible: “Reducir el significado a un hecho de la historia visible es negarse a la comprensión e inclusive, someterse a una suerte de mutilación espiritual” (Paz, 1997: 314). En el prólogo a la edición inglesa de La noche de Tlatelolco, precisó su manera de expresar la cara invisible de la historia subterránea:

 

La operación militar contra [los estudiantes] no fue una acción política únicamente sino que asumió la forma casi religiosa de un castigo de lo alto. Una venganza divina. Había que castigar ejemplarmente. Moral de Dios padre colérico. (Paz, 1979: 145)

 

Comparó los sucesos de 1968 con la rebelión popular de 1692 por la escasez de maíz, igualmente reprimida por el poder virreinal. En ambos momentos de la historia de México, sostuvo que no existía una propuesta de sustitución del régimen si éste cayera. Monsiváis, a la par de otros participantes en el movimiento del 68, se opuso a la interpretación de Paz: “Convertir la protesta estudiantil del 68 de un acto sacrificial a uno de los más grandes agravios a los derechos humanos, ha sido una de las más importantes victorias de los sobrevivientes a esa represión” (Domínguez, 2014: 336). El mismo Octavio Paz, en entrevista de 1993 con Julio Scherer, aceptó que sus ideas habían sido criticadas con dureza por los voceros del gobierno y los intelectuales de izquierda. Sin embargo, adujo en su defensa: “Fue una interpretación arriesgada pero no insensata ni carente de fundamento. Hay una continuidad en la historia de México (como en la de todos los pueblos) y esa continuidad es secreta: está hecha de imágenes, creencias, mitos y costumbres” (Domínguez, 2014: 337).

 

La incapacidad para elaborar un programa viable de reformas cinco años después del 2 de octubre 68, es un reclamo que Paz dirige a la sociedad mexicana ilustrada:

 

La verdad es que el primero y casi el único que ha aprovechado la experiencia de 1968 es el régimen mismo que, en los últimos años –no sin contradicciones y recaídas como la del 10 de junio de 1971– se ha embarcado en un programa de reformas tendientes a liberalizarlo. Sería inmoral ignorarlas o minimizarlas; sería falso decir que son suficientes. No, el remedio no puede venir de una reforma desde arriba sino desde abajo, impulsada por un movimiento popular independiente (Paz, 1979: 151).

 

Hay que recordar que el movimiento del 68 fue diezmado, encarcelado, exiliado, por la represión del gobierno, pero la crítica de Paz fue más allá del recuento de fuerzas inmediatamente posterior a la masacre. “Los grupos que desean el cambio en México, escribe, deberían empezar por autodemocratizarse, es decir, por introducir la crítica y el debate dentro de sus organizaciones” (Paz, 1979: 151). También cabe recordar que no ahorró sus saetas a la derecha mexicana de entonces: “En cuanto a la derecha: hace mucho que la burguesía mexicana no tiene ideas –sólo intereses” (Paz, 1979: 151). Por supuesto, como se volvería una costumbre entre los intelectuales de izquierda, el resentimiento producido por las observaciones de Paz tendería a borrar sus críticas a la derecha mexicana y a reducir sus textos a una visión unilateral –y casi obsesiva– de la realidad política y social.

 

Las palabras finales de esta Postdata, pionera y única en el panorama intelectual del México inmediatamente posterior a la represión del 2 de octubre, se refieren a la urgencia de la crítica, una práctica imprescindible para “modernizar” al país, mucho más imprescindible que el progreso económico y un bienestar remitido a un futuro siempre aplazado por las clases dominantes. La crítica, aseguraba Paz, era una de las manifestaciones de la imaginación, el otro ingrediente que debía intervenir en el cambio social y político, porque:

 

la crítica es el aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo. La crítica nos dice que debemos aprender a disolver los ídolos: aprender a disolverlos dentro de nosotros mismos. Tenemos que aprender a ser aire, sueño en libertad” (Paz, 1997: 318).

 

Antes de terminar con el recuento de Posdata, escrito al calor de los acontecimientos y con el fuego de la pasión, me gustaría subrayar una pequeña frase del libro que, a mi juicio, resume mejor que cualquier otra el pensamiento social de Octavio Paz si se la medita con detenimiento y profundidad: “…en mi utopía política no todos somos felices pero, al menos, todos somos responsables” (Paz, 1997: 286).

 

 

La constelación paciana

 

Sería injusto otorgarle a Octavio Paz todo el protagonismo de la discusión en torno al 68 francés y mexicano. Los jóvenes escritores agrupados en el suplemento La Cultura en México, bajo la tutela de Fernando Benítez, se mostraron como unos perspicaces analistas de lo que sucedía aquí y allá. José Emilio Pacheco fue un lúcido observador del 68 francés, ya que en esa época vivía en París, donde a veces se encontraba con Carlos Fuentes, quien residía en Londres. En junio y julio, Pacheco mandó reportajes regulares sobre las revueltas en el Barrio Latino a La Cultura en México y el 6 de noviembre de 68, publicó su primer poema alusivo a la masacre de Tlatelolco: “Cantares mexicanos”, escrito con frases extraídas de La visión de los vencidos de Miguel León-Portilla. Diez años después, en su conocida columna “Inventario”, haría lo mismo en el poema “Las voces de Tlatelolco” que se entretejía con frases de La noche de Tlatelolco (Negrín, 2014: 179). Extrañamente, hasta ahora, sus crónicas del 68 francés nunca fueron recogidas en libro.

 

Juan García Ponce participó en el movimiento estudiantil. En Días de guardar (1970), Monsiváis reunió sus crónicas sobre el 68 y la vida en el México de los sesenta y se ganó el fervor y el respeto de la juventud mexicana. José Carlos Becerra, Jaime Reyes y Gabriel Zaid también publicaron poemas alusivos al movimiento. Vicente Rojo participó activamente desde la editorial ERA. Carlos Fuentes escribió relatos-crónicas-reportajes, una suma vanguardista pero algo desaliñada, sobre París, Praga y México que reuniría en la editorial Debate muchos años después.

 

Estos jóvenes escritores –que no regatearon su adhesión a la crítica social, política y poética de Paz– fueron los que, poco después, se comprometerían con la revista Plural creada y dirigida por el autor de El ogro filantrópico. Lo acompañarían con mayor o menor cercanía, continua o intermitentemente, a lo largo de las aventuras de Plural y de Vuelta, junto con otros intelectuales que poco a poco se sumaron al proyecto de reconciliar el “transformar el mundo” de Marx y el “cambiar la vida” de Rimbaud.

 

Como decía al principio, Charles Fourier defendió la ley de la atracción apasionada entre las personas, en analogía con la ley de atracción física de Newton. No sería aventurado concebir el encuentro entre poetas y pensadores en el espacio público de una revista animada por el libre curso de las pasiones intelectuales como una suerte de falansterio del siglo XX mexicano. Helvétius (1715-1771), filósofo francés levemente anterior a Fourier pero de la misma familia espiritual, escribió en un capítulo de De l’esprit, titulado “De la superioridad de la gente apasionada sobre la gente sensata”:

 

…la gente sensata, los ídolos de la gente mediocre, siempre son muy inferiores a la gente apasionada, porque las pasiones fuertes que nos arrancan a la desidia, son las únicas que pueden dotarnos de esta continuidad de atención de la que depende la superioridad del espíritu.[1]

 

De haber aún quien dudase de que “las pasiones son el fuego celeste que aviva el mundo moral”, puede remitirse al capítulo VIII del mismo tratado: “Cuando alguien deja de apasionarse se vuelve estúpido”…

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

Adame, Ángel Gilberto, Octavio Paz. El misterio de la vocación, prólogo de Christopher Domínguez, México, 2015, Aguilar, 246 pp.

Breton, André, L’amour fou, édition de Marguerite Bonnet, París, 1992, Ed. La Pléiade, tomo II.

Chávez, Ignacio, Epistolario selecto (1929-1979), edición de Fabienne Bradu y Guillermo Sheridan, México, 1997, El Colegio Nacional, 443 pp.

Domínguez Michael, Christopher, Octavio Paz en su siglo, México, 2014, Aguilar, 651 pp.

Negrín, Edith, “Huellas del 68 en textos de José Emilio Pacheco” en José Emilio Pacheco, reescritura en movimiento, editora Yvette Jiménez de Báez, México, 2014, El Colegio de México.

Paz, Octavio, Postdata, México, 1997, Fondo de Cultura Económica, Colección Popular, 351 pp.

________, El ogro filantrópico, Historia y política 1971-1978, México, 1979, Joaquín Mortiz, 348 pp.

________, Martínez, José Luis, Al calor de la amistad, Correspondencia 1950-1984, Edición de Rodrigo Martínez Baracs, México, 2014, Fondo de Cultura Económica, 219 pp.

________, Orfila, Arnaldo, Cartas cruzadas 1965-1970, Introducción y notas de Adolfo Castañón, México, 2016, Siglo XXI editores, 639 pp.

________, El tráfago del mundo, Cartas de Octavio Paz a Jaime García Terrés, 1952-1986, Compilación, prólogo y notas de Rafael Vargas, México, 2017, Fondo de Cultura Económica, 194 pp.

________, “Un sueño de libertad: cartas a la Cancillería”, México, Vuelta núm. 256, marzo de 1998, pp. 6-14.

Volpi, Jorge, La imaginación y el poder, una historia intelectual de 1968, México, 1998, ERA, 455 pp.

 

NOTAS

[1] Véase en Gallica.

Autores

  • Bradu, Fabienne

Tipología

  • Conversación

Temas

  • 1968 Año axial: Olimpiada y Tlatelolco

Lustros

  • 1965-1969
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