La otra voz: sinfronismos y correspondencias entre Octavio Paz y Aquilino Duque

Adriano Duque

Con Aquilino Duque y Marie José. Década de 1980

 

El objetivo de este artículo es examinar la correspondencia entre los escritores Aquilino Duque y Octavio Paz entre 1968 y 1997. A través de los documentos y de la correspondencia entre los dos escritores, se estudia la importancia del diálogo transatlántico entre los dos escritores y de sus interrogantes sobre las ideas dominantes en la historia de la cultura contemporánea.


 

 

1. Vidas paralelas

 

La relación personal entre Aquilino Duque y Octavio Paz se extiende a lo largo de treinta años, desde 1968 hasta 1998. Durante ese tiempo, y muy concretamente desde mayo de 1981, los dos escritores intercambian una serie de cartas en las que se mezclan reflexiones históricas, políticas y literarias, cuya referencia inicial es, por así decir, el encuentro personal de ambos en la India.

 

Algunos años más tarde, el 30 de agosto de 1982, escribía Octavio Paz a Pere Gimferrer una carta donde le daba cuenta de una reunión de poetas en la Universidad de México, en la que participaron autores como Ted Hughes, Charles Tomlinson, Yehuda Amichai, Hans Magnus Enzensberger y Marin Sorescu y evocaba sus años americanos y su visita a Middlebury College, donde conoció a Jorge Guillén y a don Fernando de los Ríos. También en ese viaje conocería a Robert Frost, de quien hablaría en un artículo aparecido en Sur. De vuelta en Nueva York, conoció a Roberto Usigli y con él fueron a visitar a Castillo Nájera, que acababa de ser nombrado embajador de México, por cuya mediación conoció a Juan Ramón Jiménez y quien le persuadió para que renunciara a una plaza de profesor en Middlebury College, ofrecida por el poeta José Gorostiza, y aceptara en cambio un puesto de tercer secretario en la embajada de México en París. Para Octavio Paz, la elección de viajar a París le abrió la puerta al surrealismo y a su amistad con personalidades como Henri Michaux o Yves Bonnefoy, pero le impidió relacionarse con los escritores americanos de su generación.

 

En la posdata de la carta, Octavio Paz, enterado sin duda de la relación de Aquilino Duque con Pere Gimferrer, le escribía:

Olvidé algo sobre lo que desde hace tiempo quería hablarte. Más bien dicho, alguien: Aquilino Duque. Me visitó hace años en la India, y después de un silencio muy largo, empezó a escribirme y a enviarme sus artículos, algunos con citas mías. Ahora pasó por aquí y me visitó varias veces. Me contó que había sido amigo tuyo y que, aunque ya no se ven, su estimación hacia ti no ha cambiado. Me contó también que tú te habías molestado con él porque en una novela suya había una sátira en contra mía (…). Te confesaré que, a pesar de todo esto, Aquilino Duque me parece inteligente y que encuentro que sus juicios políticos y literarios son, casi siempre, acertados. Es apasionado pero no mezquino—creo. Ahora me ha dejado una colaboración para Vuelta que publicaremos en un número próximo. Pero el personaje me ha interesado y quisiera saber más de él.[1]

 

El primer encuentro entre Aquilino Duque y Octavio Paz se produjo en 1968, cuando Octavio Paz se hallaba de embajador en Nueva Delhi, poco antes de su renuncia por los sucesos de Tlatelolco. Poco antes de su viaje, Jorge Guillén le dirigía a Aquilino Duque una carta, donde le pedía que visitara a “nuestro amigo” Paz. [2] Aquilino Duque llegó con una carta de presentación de María Zambrano, que entonces vivía cerca de Ginebra, donde Duque residía. Tras un largo silencio, Aquilino Duque le escribía en 1981, y se disculpaba por una caricatura que él había hecho de Octavio Paz en su novela La linterna mágica. En el mismo envío, incluía Aquilino Duque un artículo reciente sobre Ortega y Gasset, donde se hacía eco de las ideas de Paz y de algo que en su encuentro en Delhi éste, entonces muy en la órbita budista, le había dicho y que le llamó la atención: que él no creía en la conciencia:

Alguna que otra vez le he enviado algún que otro escrito mío y siempre he tenido la callada por respuesta. Examino mi conciencia, en la que sigo creyendo, a ver qué pecados encuentro por mi parte en esta larga convivencia intelectual, unilateral, por supuesto, que mantengo con Vd. Tal vez me haya excedido en algún claroscuro, se me haya ido la mano en los ácidos de la ironía. La ironía puede ser un mecanismo de defensa frente a las personas a las que admiramos demasiado; es la fuerza que contrarresta la atracción que puede convertirnos en meros satélites. Si es eso, le ruego que disimule. También me acuso de haber dicho las mismas cosas que Vd. y de haber dicho cosas mías con palabras suyas; atribuya lo primero a lo que Ortega llamaba sinfronismo; lo segundo a plagio inconsciente, o subconsciente. Pensar en los toros y en el circo romano ante las teorías teatrales de Artaud y del Living Theater es sinfronismo; titular como La palabra edificante, un ensayo sobre Rosales es plagio subconsciente. Su ensayo sobre Cernuda es de esas cosas que se leen, se creen haber olvidado, pero la realidad es que han quedado enterradas en lo más hondo de nosotros mismos. Alguna vez encontramos una idea o una palabra que creemos nuestra y resulta que no. Debo precisar sin embargo que la idea de edificación la desarrollé a partir de unas palabras de Pablo VI en el nombramiento de Santa Teresa doctora de la Iglesia. Esto no quita para que las palabras sean las de Vd.[3]

 

El sinfronismo lo define Ortega así, en su ensayo sobre Azorín: “Como hablamos de sincronismo o coincidencia de fechas entre hombres y circunstancias heterogéneas – advierte Goethe no sé dónde-, debemos hablar de sinfronismo o coincidencia de sentido, de módulo, de estilo, entre hombres o entre circunstancias desparramadas por todos los tiempos.”[4] La idea de sinfronismo que apuntaba Aquilino Duque se aplica perfectamente a su relación con Octavio Paz y determina, más que una idea literaria, una coincidencia de pensamiento y espíritu que se extendió a lo largo de toda su relación epistolar.[5]

 

Ávido lector de la obra del escritor mexicano, Aquilino Duque no deja de extrañarse de las ideas concomitantes, y las sitúa en un contexto revolucionario que tiene más de inconformismo con las ideologías dominantes, de acuerdo con eso que Fernando Ortiz denunciaba como un intento por “desenmascarar aquellas mentiras y ambigüedades que son parte consustancial de la mentalidad imperante.” [6] Del mismo modo, elogiaba el profesor Ignacio María de Lojendio el inconformismo de Aquilino Duque, cuando describía el manejo que éste hace de “los sórdidos escenarios de la vida cosmopolita que él bien conoce y en los que mueve con rara habilidad los hilos de la intriga.”[7]

 

En 1970, publicaba Aquilino Duque en la Revista de Occidente un ensayo titulado Bacantes y portatirsos, en el que mencionaba algunas de sus concomitancias. A este respecto, refiere Duque:

Yo escribí un ensayo, titulado platónicamente Bacantes y portatirsos, que salió en la Revista de Occidente en 1970 y algunas de cuyas ideas vi con gozo que coincidían con las de alguien que, favorable en principio a las revueltas juveniles, tenía a sus espaldas un historial “revolucionario” algo más importante que el mío: Octavio Paz.[8]

 

Poco tiempo después, estando en Arcos de la Frontera con Jesús de las Cuevas, Octavio Paz preguntaba por Aquilino Duque y éste, que en aquellos días viajaba a Acapulco por motivos de trabajo, le escribió a Paz pidiéndole audiencia en la capital federal. Octavio Paz lo recibió en su casa del Paseo de la Reforma y dio comienzo un intercambio epistolar que duraría varios años. La relación entre Aquilino Duque y Octavio Paz se extendió a varias colaboraciones en la revista Vuelta. Ya en 1982, aparecía en la revista mexicana el artículo “Gramsci o el suicidio de la revolución” (6: 71), comentario a una obra reciente del filósofo Augusto Del Noce, a quien Duque trataba en Roma y en el que el comentarista señalaba concomitancias con ciertos escritos de Paz a la sazón.

 

Precisamente ese mismo año, el 9 de diciembre de 1982, escribía Octavio Paz a Aquilino Duque, acusándole recibo de su artículo La voz de Joyce, que aparecería ese mismo año en Vuelta (7: 73). En aquella misma carta, se quejaba Octavio Paz de la situación actual, y elogiaba las reflexiones de Duque sobre el catolicomunismo.

Dos enfermedades en una: en un caso, una religión contagiada del mal político y, en el otro, una política con delirio religioso. Algo que no había previsto Schopenhauer. La frase aquella sobre la religión de los pocos me sigue maravillando, aunque es más brillante que verdadera. Los pocos –al menos los mejores entre ellos- han vivido la filosofía religiosamente pero buscan en ella certidumbres radicalmente distintas a las que otorga la religión. El objeto de la religión puede ser el mismo de la filosofía (el mundo, el yo, lo otro, el otro) pero el resultado –el objeto filosófico y el objeto religioso- son diferentes. Además, son diferentes también los temples del filósofo y del creyente. Lo que me conturba del mundo moderno es, precisamente, la manera en que la política se volvió pseudo-religión: justamente en el momento en que pretende (y cree) ser ciencia. La naturaleza religiosa del marxismo le viene de su pretensión de ser una ciencia. Extraño “renversement”: la razón y la ciencia hicieron la crítica de la religión y del mito hasta que los destronaron pero ahora, enmascarado de ciencia y de razón crítica, el marxismo se ha vuelto una pseudo-religión. ¡El marxismo venga a la religión! ¡Y se burla de la ciencia![9]

 

 

2. Algunos temas de interés

 

Es innegable que la poesía de Aquilino Duque sigue en buena medida una tendencia de poesía andaluza, denostada por los cultivadores del realismo crítico, y ya José Luis García Martín señaló en su día el componente local y universal de esa poesía, “cantarina y sentenciosa, con mucho empaque retórico y con la desnudez del cante jondo.”[10] Aun cuando hay quien ha querido clasificarlo en la corriente del realismo crítico,[11] Aquilino Duque se ha resistido a toda clasificación, afirmando una independencia que le ha permitido pasar de lo que José Tuvilla Rayo llamaría “espiritualismo en la negación”,[12] al compromiso político y social de su último libro: Entreluces.[13]

 

En esa misma carta, Octavio Paz salía al paso de una “extravagancia” de Aquilino Duque al relacionar con el pensamiento de Bataille ciertos pasajes del libro de Paz sobre Sor Juana Inés de la Cruz. En respuesta a la queja, Aquilino Duque volvía a escribirle el 7 de enero de 1983, en estos términos:

Más que de extravagancia, creo haber pecado de ligereza al aproximarlo a Vd. a Bataille y a ello me indujeron cosas como el conocimiento como transgresión y la literatura como recuperación de la infancia, puntos, a mi juicio, si no de coincidencia, de tangencia por lo menos. (1) Por lo demás, el libro es de lo mejor de Vd., lo cual ya es mucho decir. Aún no lo he terminado y no puedo hacer un “juicio universal”, pero las cuarenta páginas de historia moral, política e intelectual de la Nueva España dicen más que muchas docenas de volúmenes y el capítulo de la segunda parte “Sílabas las estrellas compongan” es además un deleite para la inteligencia, por la identificación de concepto y de forma.[14]

 

En Febrero de 2006, con ocasión de una conferencia sobre Julián Marías en la Universidad de Almería, declaraba Aquilino Duque que, según Octavio Paz, el gran error del siglo XX había sido el de suplantar por la política a la religión y la filosofía, siendo así que la política, a diferencia de la religión, es incapaz de salvar al hombre y, a diferencia de la filosofía, es incapaz de darle sabiduría. Más allá de la deuda intelectual, la relación de Aquilino Duque con Octavio Paz constituye una referencia personal que se extiende a lo largo de más de cuatro décadas y que le sirvió para perfilar, más allá de las afinidades de sensibilidad, sus reacciones ante los poderosos de turno y las ideologías dominantes.

 

En este sentido, escribía el 8 de abril de 1983 Aquilino Duque a Octavio Paz, y le explicaba su postura ante los escritores antifranquistas. Para Aquilino Duque, la ideología política coincidía muy a menudo con el conformismo ideológico, y combatirla se convertía para él en el oficio de escritor:

No comparto del todo lo que dice Vd. de los poetas sociales españoles, que en el fondo y en la forma hicieron esa poesía porque no eran capaces de hacer otra, como luego se vio. Otero fue el que tuvo al parecer más talento y yo en su día lo admiré bastante, pero dejé de admirarlo cuando se puso a hablar con voz propia y se olvidó de sus felices parodias de Quevedo y Hernández. Ya ve usted, a éste, a Hernández, la temática política no le perjudicó en absoluto, sino que lo mejoró, y casi estoy por decir lo mismo de Vallejo cuyos mejores libros, para mí, siguen siendo Los heraldos negros y España, aparta de mí este cáliz. En los años 50 éramos antifranquistas casi todos los plumíferos, lo que pasa es que no todos usamos el antifranquismo para hacer carrera, ya que el antifranquismo, entonces como ahora, es el sucedáneo del talento. Otra cosa que encubría era la nostalgia del bolchevismo, y en ese sentido todos hemos sido alguna vez “objetivamente” algo idiotas. [15]

 

Más adelante, Aquilino Duque salía al paso sobre su falta de conformidad con los franquistas y con los antifranquistas, y su reserva a la hora de aceptar imposiciones ideológicas de cualquier signo. Para Aquilino Duque, el conformismo ideológico era incompatible con el oficio de escritor, y la distancia de Octavio Paz era garantía de objetividad. Por eso, decía Aquilino, “tengo puestas en Vd. esperanzas que no puedo poner en españoles de su generación.”[16]

 

Lejos de ahondar posturas antagónicas, la aparición en 1982 de La idiotez de la inteligencia de Aquilino Duque marcó un cambio de tono en su reflexión política y se hacía eco del pensamiento de Ortega cuando en 1938 reprochaba a los intelectuales de Occidente su frivolidad e irresponsabilidad ante la guerra civil española. En aquel libro, escribía Aquilino Duque refiriéndose al olvido de Ortega y Gasset: “No sé si con su muerte perdió mucho la cultura española; de lo que estoy seguro es de que para la cultura española, para la transmisión del pensamiento de Ortega a las nuevas generaciones, esa muerte fue una pérdida de la que sólo Octavio Paz ha sido capaz de compensar.”[17]

 

Algunos meses después, el 22 de agosto de 1983 Aquilino Duque se dirigía a Octavio Paz, a cuenta de un artículo aparecido en El País ese mismo año.[18] En una alusión a la concesión del premio Cervantes en 1981, Aquilino Duque se hacía eco de la lección “de convivencia.” que Octavio Paz, daba a los españoles. Al hilo de esta reflexión, escribía Aquilino Duque:

Por casualidad ha caído en mis manos, como de costumbre, una página de El País con su estupendo artículo Pacifismo y nihilismo. No tengo que decirle lo que me interesa el tema, pues hace dos veranos le dejé un cuadernito sobre la carrera de armamentos en el que, con fines de mera divulgación, tocaba lo del pacifismo. La segunda parte del suyo plantea además la cuestión grave de nuestro tiempo, que es la de la crítica de la modernidad. Yo me pregunto si la crítica de la ilusión del tiempo no es una crítica de la ilusión de los valores. Hasta Nietzsche el tiempo –cíclico, circular, espiral, rectilíneo- se inscribía en el campo de la geometría plana. Nietzsche lo hizo esférico y negó los valores eternos al verlos convertidos en valores de cambio. Esa negación la recogió Heidegger que frente a la inexistencia de los valores ilusorios afirmó la existencia del Ser. Todo lo contrario del budismo, ¿no? Con esto que le digo sólo trato de averiguar si le he entendido a derechas. Con lo que no estoy muy conforme es con el lugar común progresista con que termina usted. Desde Huizinga para acá no se puede meter a la Edad Media en esa “oscuridad… larga y bárbara”. Esa oscuridad larga y bárbara se produjo, en efecto, pero no a la caída de Roma, sino a la caída de Bizancio. Grecia, a diferencia de Italia, no tuvo Renacimiento porque no tuvo Edad Media. Se lo impidieron los turcos.[19]

 

El acercamiento de Octavio Paz al budismo ha sido suficientemente estudiado por autores como Adriana Hernández Sierra, quien en su trabajo de 2012 destacaba precisamente la importancia de la vía interior como forma de reconciliación humana. A través de sus estancias en Oriente entre 1951 y 1968, Adriana Hernández reconoce precisamente el interés de Paz por “establecer analogías entre el erotismo, la poesía y lo sagrado, no planteándolas sólo como experiencias de reconciliación sino llevándolas ‘más allá’, al plano trascendental, a partir de la unión extática en la vacuidad”[20]

 

La aparición del artículo de Octavio Paz “Pacifismo y nihilismo” en 1983 denunciaba a nivel europeo el paso de un marxismo socialista a una nueva forma de ideología dogmática. Impulsado por los movimientos pacifistas de principios de los 80, Octavio Paz veía en el resurgimiento del pacifismo un síntoma de agotamiento. Los mismos movimientos que habían impulsado el pacifismo, sucumbían a su propia prosperidad, y permanecían ciegos ante la realidad política y social.[21]

 

Ese mismo año, Aquilino Duque respondía a Octavio Paz y publicaba en Vuelta dos colaboraciones, “El retorno a la nada: más sobre nihilismo y pacifismo” (7: 83) y una poesía “Los laureles de Indias” (7:76), escrita en Guanajuato. En una colaboración de Vuelta sobre el nacionalismo y el pacifismo en Alemania, Octavio Paz se refería precisamente a dicha colaboración y auguraba los peligros de un pacifismo que conduciría ineluctablemente a una tercera guerra mundial. “En números pasados de Vuelta –escribía Paz- nos hemos ocupado de este tema y de otro al que está ligado estrechamente la defensa de Occidente o, mejor dicho, la defensa de las instituciones democráticas en Occidente y otras partes del mundo” (8:86).

 

El 10 de enero de 1984, le escribía, poniendo una distancia prudente entre sí mismo y la obra de Aquilino Duque:

Estoy avergonzado: le debo una muy larga carta, en respuesta a las suyas y a sus comentarios. No siempre estoy de acuerdo con usted pero todo lo que dice me interesa o más exactamente, me incita y me provoca. ¿No es ese el propósito del verdadero ensayista?[22]

 

En esa misma carta le agradecía Paz el envío de un artículo sobre Pere Gimferrer y en 1984, dos años después de la carta de Octavio Paz, salía una reseña de Aquilino Duque del Dietari de Gimferrer (8: 92), donde se lamentaba del mal uso que en la época contemporánea se había hecho del catalán, y donde elogiaba la novela Fortuny del escritor barcelonés, como un modelo novelístico de expresión universal, al margen del aldeanismo nacionalista. El 5 de junio de 1984, Octavio Paz se dirigía a Gimferrer y le daba cuenta de dicho escrito:

Recibí unas líneas de Aquilino Duque con un entusiasta e inteligente comentario sobre tu libro. Es un poco polémico como todo lo suyo, pero no contigo sino en contra de las exageraciones del catalanismo à outrance. Son quejas que también te he oído a ti. Lo publicaremos en el próximo número de Vuelta.[23]

 

Impenitente viajero, donde más coincidía Octavio Paz con Aquilino Duque era en su percepción de la tradición y la proyección de una curiosidad que trascendía el localismo y el patrioterismo de las manifestaciones culturales. Estando aún en la India, Octavio Paz le recomendaba a Aquilino Duque la lectura del libro de A. L. Basham The wonder that was India, un recorrido por la cultura del subcontinente indostánico anterior a la llegada de los musulmanes, publicado en 1954 y reeditado en 1963. Pasados algunos años, Aquilino Duque enviaba a Octavio Paz copia de su artículo La llave de bronce de Antonio Mairena, donde relataba, en clave de memoria personal, sus vivencias en el mundo del flamenco y que serviría de base al libro “La era de Mairena”. Al comentar este libro, el entendido Manuel Barrios se apresuró a destacar el esfuerzo por “evocar la identidad fraterna de la poesía y el cante.”[24] Nada más recibir el artículo, Octavio Paz se apresuró a enviárselo a José de la Colina, editor con Eduardo Lizalde de El Semanario Cultural del diario Novedades de México.

No sabe cómo le agradezco el envío del sugestivo y ameno (los dos adjetivos se complementan) ensayo sobre los gitanos. Voy a pedirle a José de la Colina que lo reproduzca en su suplemento: me encantó. Yo creía que los gitanos habían llegado a Europa mucho antes pues según Basham (The wonder that was India) hay noticias de que actores de la India (¿gitanos?) bailaban y cantaban en la corte del Gran Rey. Pero es plausible que los gitanos, tal como los conocemos, hayan salido de la India después del saqueo de Delhi por Tamerlán. ¿Conoce Vd. el relato de Clavijo, el embajador español ante la corte de Tamerlán, en Samarcande? Es un texto apasionante. Yo lo leí, en inglés (!), en Kabul, en la biblioteca de la Embajada Británica, hace ya muchos años. Otra coincidencia turbadora: Sigiriya es una roca enorme y sobre ella un rey parricida construyó una fortaleza casi inaccesible. En Sigiriya, sobre una pared de la roca (es un sitio vertiginoso) hay unos frescos célebres que recuerdan a los de Ajanta y que representan tal vez unas apsaras o divinidades de las nubes- hermosísimas. Abajo de los frescos hay más de un centenar de pequeños poemas en honor de esas enigmáticas muchachas celestes, escritas al correr de los siglos por monjes y visitantes. Otra coincidencia: mientras yo escribía esta carta mi mujer leía un texto de un amigo poeta de Bengala ilustrado con motivos de Sigiriya.[25]

 

La postura de Octavio Paz con respecto a la India se resumía no tanto en una realidad histórica como en un proyecto en ciernes donde las culturas hindú y musulmana se juntaban influidas por la técnica y la economía modernas, sin perder de vista la tradición. Para Octavio Paz, el conflicto entre la tradición y el estado moderno constituía una de las claves esenciales para conocer la realidad india.[26] Aquilino Duque se refirió a la India en un libro muy posterior, La era de Mairena, pero allí donde Octavio Paz había vistos fusión entre musulmanes e hindúes, Aquilino Duque reconocía el legado milenario de un estilo que le llevó a improvisar un espectáculo flamenco con otros funcionarios de Naciones Unidas (60). Años más tarde, en 1995, Aquilino Duque volvía a escribirle a Octavio Paz a cuenta de sus memorias de la India, y se volvía a asombrar de las coincidencias estilísticas. “Tú terminas –escribía él- una enumeración caótica con las palabras “cuervos, cuervos, cuervos” y yo terminaba la mía con las palabras “té, té, té.” Estamos condenados a coincidir; el nuestro es el jardín de los senderos que se entrecruzan.”[27]

 

Aquilino Duque volvería a encontrarse con Octavio Paz en Málaga en 1987, cuando una huelga de controladores franceses lo obligó a viajar a Londres desde Málaga y no desde Sevilla, su lugar de residencia habitual. Según cuenta él, Aquilino Duque llamó por teléfono a María Victoria Atencia para anunciarle su llegada, y ésta le comunicó que Octavio llegaba también a Málaga invitado a una lectura de poesía. Luego supo que lo hacía acompañado de su esposa Marie José y de Gimferrer, y que en realidad venía de Valencia, donde había intervenido en el Congreso de Poetas Antifascistas el 31 de julio de 1987. Según Aquilino Duque, Paz “estuvo en el Congreso de 1987 por haber estado en el de 1937, como una expiación de veleidades juveniles y con el propósito de que el nuevo Congreso fuera todo lo contrario del antiguo.”

 

En una ponencia leída en La Haya el 27 de octubre de 2008, José Manuel Springer denunciaba precisamente la influencia perniciosa de los pintores Rivera y Siqueiros, a los que Octavio Paz acusaba de cerrazón dogmática y de erigirse en obispos de una nueva religión. Para Octavio Paz, seguía Springer, el arte era cuestión de libertad personal, más que de posición política. Impulsados sin duda por esta misma visión, Aquilino Duque y Octavio Paz abordaban con reservas el significado del “Congreso de escritores antifascistas”, al tiempo que concebían el arte en general y la poesía en particular como “práctica y teoría, como objeto poético y lección poética.[28] Del mismo modo, escribía Octavio Paz, refiriéndose a la poesía mexicana contemporánea: “toda actividad poética se alimenta de la historia, quiero decir: del lenguaje, de los instintos, de los mitos y de las imágenes de su tiempo. Y asimismo, (…) el poeta tiende a disolver o a trascender la mera sucesión histórica. Cada poema es una tentativa por resolver la oposición entre historia y poesía, en beneficio de la segunda.”[29]

 

El 3 de mayo de 1988 se volverían a encontrar en los Reales Alcázares de Sevilla, con ocasión del homenaje que la ciudad dedicó a Luis Cernuda, en una lectura de poesía donde participaron el mismo Octavio Paz, Pablo García Baena, Luis Antonio de Villena y Aquilino Duque. A este respecto escribía Aquilino Duque como parte de su artículo “Lo vidrioso y lo cristalino”:

En el triduo que se le consagró [a Cernuda] en el Alcázar sevillano, a mí se me ocurrió hablar de dos facetas en él poco conocidas, que eran la de narrador y la de comediógrafo, y a ello me movió una entrevista con su amigo el escenógrafo Vitín Cortezo en la que esos dos géneros salían a relucir. El asunto que Cernuda había querido tratar como relato era un episodio de la guerra civil que a mí me llegó como ocurrido en Santander y que yo metí en una novela sin precisiones de lugar ni de tiempo. El teatro que quería hacer en cambio estaba en una línea muy grata para mí, que era el del Teatro de Clara Gazul de Mérimée. Sobre estos asuntos versó la ponencia que redacté con prisas y con ayudas de mi amigo Manuel Díez Crespo, y cuál no sería mi sorpresa cuando Octavio Paz habló de lo mismo y además compareció con una comedia escrita y repudiada por Cernuda, que la madre de Paz conservaba.[30] Cualquiera que lea la comedia entiende que la repudiara su autor, aunque sólo sea porque el telón no cae sobre un desenlace, sino sobre un nudo que no augura nada bueno. Se trata, pues, de media comedia, cuyo previsible desenlace el autor no tuvo el valor de afrontar. En cuanto al relato, con el tiempo lo pude ver en Hora de España, sino que lo que yo entendía que pasó en el Santander rojo, él —coyunturas de la propaganda— lo situaba en un puerto de la zona nacional.”

 

Cuatro años más tarde, en 1992, Octavio Paz se dirigía nuevamente a Aquilino Duque, para acusarle recibo de su artículo “Hispanidad y modernidad”, donde hacía algunas reflexiones sobre la Conquista y la modernidad. Para Octavio Paz la identidad americana no se entendía como un estado puro, sino como un acto de mestizaje. Años después de fallecer Octavio Paz, aclaraba Aquilino Duque en su ensayo “Metapolítica y modernidad”: “Decía Octavio Paz – que presumía más de mestizo que de criollo – que lo mexicano incluye lo español, pero no viceversa, y lo mismo viene decir el embajador Robles Piquer cuando afirma que “España no pertenece al continente americano, sino a su contenido”. En su ensayo “El laberinto de la soledad”, Octavio Paz demuestra la contrariedad de la identidad mexicana, y la condición redentora de un nacionalismo que unifique los polos contrarios. Si Vasconcelos y Samuel Ramos reflexionaron sobre la identidad mexicana, Octavio Paz devuelve al mexicano su dimensión histórica y lo sitúa dentro del panorama histórico mundial. En este sentido se expresaba Octavio Paz en la carta que le dirigiera a Aquilino Duque a pocos meses de la celebración del V Centenario.

Gracias por las líneas y gracias por el envío de tu artículo, Hispanidad y Modernidad, inteligente como siempre. Te contesto también en tres o cuatro líneas. Para mí el Descubrimiento y la Conquista son acontecimientos que abren la Modernidad pero solo para, un momento después, cerrarse ante ella (me refiero no al mundo sino a España y sus dominios americanos). Sobre esto me he explicado con cierta claridad en dos textos que tú quizá recuerdes. Uno publicado en Claves (una revista que, me imagino, no debe gustarte), que es una conversación con Todorov y el arqueólogo Bernal sobre la conquista de México; otro, una conferencia que di en Sevilla, en noviembre del año pasado, y en la que me ocupo, en las primeras páginas, de la ambigüedad de la conquista, que es una empresa plenamente moderna pero teñida de medievalismo La idea de la evangelización -el ejemplo máximo es Las Casas- no es moderna sino medieval.

Querido Aquilino: soy mestizo por la sangre. Lo soy también por la historia y la cultura – como todos los hombres, incluso los suecos y los daneses.[31]

 

 

3. Conclusión

 

El 2 de junio de 2010, en un encuentro organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Academia Mexicana de la Lengua, el escritor mexicano Adolfo Castañón afirmaba que “Si bien al final de su vida Octavio Paz no tuvo una filiación definida, se podría decir que profesó una ideología muy subversiva identificada con la filosofía poética más que con cualquiera otra, llámese capitalismo o marxismo.”[32]

 

Para Octavio Paz, al igual que para Aquilino Duque, la filosofía del poeta es la filosofía del hombre que distingue las ideas de las creencias y la realidad de la verdad. El diálogo con el otro presupone el diálogo con uno mismo. No se trata de dictar la última palabra, sino de distinguir las voces de los ecos y reconocer los propios errores de juicio. El que haya una cierta afinidad de gustos estéticos y de recursos retóricos no significa que tenga que haber por fuerza una absoluta identidad de ideas. Aun sabedores de que la poesía es el conocimiento sumo, es innegable la importancia que para ellos tuvo o tiene el pensamiento crítico, un pensamiento que no puede reducirse a un lugar ni a una época y que, cuando enfoca el pasado, lo ha de hacer, como decía Jünger, una de las grandes referencias contemporáneas de Paz y de Duque, de una manera estereoscópica, no estereotípica. Y es que, según sostiene alguno de ellos, una visión plana y unidimensional de la Historia es uno de los estereotipos más funestos de la Modernidad.

 

NOTAS

[1] Octavio Paz, Memorias y palabras. Cartas a Pere Gimferrer 1966-1997. Ed. Pere Gimferrer. Barcelona: SeixBarral, 1999. 231-232.

[2] Carta de Jorge Guillén a Aquilino Duque desde La Joya, 27 enero 1968.

[3] Carta de Aquilino Duque a Octavio Paz. 22 de mayo de 1981.

[4] José Ortega y Gasset, “Azorín, o primores de lo vulgar.” El espectador, Madrid: Biblioteca nueva, 1950. 222.

[5] Ortega y Gasset, José. “Azorín: Primores de lo Vulgar” En Obras Completas (Tomo II). Alianza Editorial. Madrid 1950. 157.

[6] Fernando Ortiz, “Aquilino Duque y los molinos de viento.” El País, 1 de junio de 1996.

[7] Ignacio María de Lojendio, Discurso de contestación, Boletín de la Real Academia Sevillana de BuenasLetras9 (1981): 67-87.

[8] Revista de Occidente 84 (1970), luego recogido en El cansancio de ser libres (Universidad de Sevilla, Colección Bolsillo nº131, 1992).

[9] Carta de Octavio Paz a Aquilino Duque. 9 de diciembre de 1982.

[10] José Luis García Martín, “Poesía incompleta.” EL Cultural. 19 de marzo de 2000.

[11] Francisco Arias Solís, “La voz de tradición poética andaluza,” 12 de mayo de 2009.

[12] José Tuvilla, “Acerca de la poesía andaluza, ”Boletín del Instituto de Estudios Almerienses. Letras. 6 (1986): 67-75.

[13] Enrique García Máiquez, “Por esos mundos con lo puesto,” Alba. 20-26 mayo 2011.

[14] Carta de Aquilino Duque a Octavio Paz. 7 de enero de 1983.

[15] Carta de Aquilino Duque a Octavio Paz. 9 de abril de 1983.

[16] Ibid.

[17] Aquilino Duque, La idiotez de la inteligencia. Madrid: Ediciones Encuentro, 1982. 179.

[18] El País. 8 de agosto de 1983.

[19] Carta de Aquilino Duque a Octavio Paz. 22 de agosto de 1983.

[20] Adriana Hernández Sierra, Erotismo, poema y budismo tántrico: Octavio Paz y los caminos del éxtasis. Tesis Doctoral, Universidad de Montreal, 2012.

[21] Octavio Paz, “Pacifismo y nihilismo,” El País. 11 de agosto de 1983.

[22] Carta de Octavio Paz a Aquilino Duque. 10 de junio de 1984.

[23] Octavio Paz, op.cit. 265.

[24] Manuel Barrios, “La era de Mairena,” ABC de Sevilla, 2 de agosto de 1995.

[25] Carta de Octavio Paz a Aquilino Duque. 1 de marzo de 1985.

[26] Octavio Paz, Vislumbres de la India, Seix Barral Biblioteca Breve, Barcelona 2001. 4.

[27] Aquilino Duque a Octavio Paz, 3 de agosto 1995.

[28] Aquilino Duque, ““La poesía del nihilismo.” Renacimiento 1 (1988).

[29] Octavio Paz, Las peras del olmo, México: Universidad Nacional Autónoma,1957. 33.

[30] Se trata de La familia interrumpida, que Cernuda confió con otros documentos personales a la madre de Paz en 1943.

[31] Carta de Octavio Paz a Aquilino Duque. 18 de mayo de 1992.

[32] “Octavio Paz profesó una ideología subversiva, identificada con la filosofía poética.” La Conaculta. 2 de junio de 2010.

Autores

  • Duque, Adriano

Tipología

  • Conversación
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