La gran revuelta

Christopher Domínguez Michael

 

En 2014 Christopher Domínguez Michael publicó su biografía Octavio Paz en su siglo (México. Editorial Aguilar). Con su autorización, reproducimos algunas páginas actualizadas sobre el papel de Paz ante los sucesos de Tlatelolco en 1968.  Octavio Paz en su siglo (Mapa de las lenguas)


 

El 17 de junio Paz, al pie de los Himalayas, le escribe a Tomlinson (y el 19 de agosto le escribirá a Lambert casi la misma carta: “Se bambolea el mediocre orden del mundo desarrollado”. Me emociona y exalta la reaparición de mis antiguos maestros: Bakunin, Fourier, los anarquistas españoles. Y con ellos el regreso de los videntes poéticos, Blake, Rimbaud, etc. La gran tradición que va del romanticismo alemán e inglés al surrealismo. Es mi tradición, Charles: la poesía entra en acción. Creo que estamos a punto de salir del túnel que empezó con la caída de España, los procesos de Moscú, el ascenso de Hitler, el túnel cavado por Eisenhower, Johnson y las tecnocracias capitalistas y comunistas nos dijeron que era el camino del progreso y el bienestar. Cualquiera que sea el resultado inmediato de la crisis francesa”, Paz aventura que la historia mundial está en los albores de un cambio decisivo.[1]

 

No es muy distinto lo escrito en 1968 a su recapitulación de 1995: “El último año de mi estancia en la India coincidió con las grandes revueltas juveniles. Las seguí, desde lejos, con asombro y con esperanza”, felicitándose Paz de que esos acontecimientos —cuyo significado él “no comprendía” tan claramente como lo presumía Fuentes— estuviesen dirigidos no por los viejos comunistas sino por “un ánimo libertario”. [2]

 

“La rebelión estudiantil de París”, continúa Paz en Vislumbres de la India, “en 1968, fue la más inspirada y la que más me impresionó. Los dichos y los actos de aquellos jóvenes me parecían la herencia de algunos grandes poetas modernos, a un tiempo rebeldes y profetas: un William Blake, un Victor Hugo, un Walt Whitman. Mientras cavilaba sobre estos temas, el verano de 1968 se nos echó encima. El calor excesivo nos obligó, a Marie José y a mí, a buscar un retiro temporal en un pequeño pueblo en las estribaciones de los Himalayas, un antiguo lugar de veraneo de los ingleses: Kasauli. Nos instalamos en un hotelito, el único del pueblo, todavía regenteado por dos viejas señoras inglesas, sobrevivientes del British Raj. Llevé conmigo un excelente aparato de radio que me permitía oír diariamente las noticias y comentarios de la BBC de Londres”.

 

Mientras se paseaba con Marie José por Kasauli, Paz no se podía concentrar ni en las montañas inmensas ni en las llanuras de la India. Mentalmente vagaba por el París de la revuelta: “Durante esas semanas sentí que mis esperanzas juveniles renacían: si los obreros y los estudiantes se unían, asistiríamos a la primera y verdadera revolución socialista. Tal vez Marx no se había equivocado: la revolución estallaría en un país avanzado, con un proletariado madurado y educado en las tradiciones democráticas”. Desde allí, confiaba el poeta, se derrumbarían, después del capitalismo, “los regímenes totalitarios que habían usurpado el nombre del socialismo en Rusia, China, Cuba y otros países”.

 

En el siguiente párrafo, la reflexión de Paz toma un extraño rumbo, como si el mayo francés lo hubiera confirmado como surrealista, confirmación que creíamos, no requería de ninguna nueva prueba: “La poesía, heredera de las grandes tradiciones espirituales de Occidente, entraba en acción” porque realizaba los sueños de los románticos decimonónicos y de los surrealistas. “A mí nunca”, dice después en ese párrafo de 1995, “me habían conquistado enteramente la poética y la estética del surrealismo. Practiqué en muy raras ocasiones la ‘escritura automática’; siempre creí —y lo sigo creyendo— que en la poesía se combinan, de manera inextricable, la inspiración y el cálculo. Lo que me atrajo del surrealismo, sobre todo, fue la unión entre la poesía y la acción. Esto era, para mí, la esencia o sentido de la palabra revolución”.

 

“Los acontecimientos pronto me desengañaron”, dirá el poeta que veía en el mayo francés a la revolución surrealista, todavía. “La explicación del fenómeno no estaba en el marxismo, sino quizá, en la historia de las religiones, en el subsuelo psíquico de la civilización de Occidente. Una civilización enferma; las agitaciones juveniles eran como esas fiebres pasajeras pero que delatan males más profundos. Regresamos a Delhi y allí me esperaba otra noticia: en la ciudad de México había estallado otra revuelta estudiantil”.[3]

 

***

 

Jorge G. Castañeda, un antiguo comunista convertido a posiciones liberales que le permitieron ser canciller en el gobierno de Vicente Fox, ha dicho que exagerar el número de víctimas fue conveniente, durante décadas, para ambas partes: a los gobiernos del PRI, esa reputación genocida les permitía hacerse temibles ante una izquierda dispuesta a llevar el luto eternamente y sedienta de martirologio.[4] Paz, con su polémica interpretación sacrificial del 2 de octubre en Postdata, contribuyó paradójicamente al poderoso mito regenerador del 68. Caricaturizando esa visión de Paz no faltó quien dijera que la sangre derramada en Tlatelolco alimentaría un nuevo ciclo, un nuevo sol. Lo que no es un mito es que las Olimpiadas se desarrollaron en paz.

 

El CNH decretó una “tregua olímpica” y al terminar ésta, con los juegos, aumentaron las denuncias públicas del crimen de Estado al tiempo que el movimiento se descubría del todo derrotado.

 

El gobierno, pese a que hubo protestas frente a algunas de sus embajadas, no pagó, como dice Castañeda, mayor costo político internacional por la represión y Díaz Ordaz murió convencido de que había salvado a México de una conjura comunista. En su siguiente informe, el 1 de septiembre de 1969, en un gesto inusual entre los autócratas latinoamericanos, asumió toda la responsabilidad por la represión. Al inaugurar los juegos, recibió una fuerte rechifla en el estadio olímpico y algunos estudiantes se las ingeniaron para que el papalote de una paloma negra de papel sobrevolara el palco presidencial en muda señal de luto.

 

El embajador Paz no pensaba lo mismo del 68 mexicano que el poeta Paz del 68 francés. A fines de agosto, recibe en Nueva Delhi, por órdenes del secretario de Relaciones Exteriores, Antonio Carrillo Flores, la instrucción de elaborar un informe sobre qué medidas tomaría la India en caso de enfrentarse a agitaciones estudiantiles como las que sufría México. El 6 septiembre, Paz contestó con un informe oficial y una reflexión personal, que como bien dice Sheridan, será el germen de Postdata. En aquel informe, Paz le dice a su jefe “el problema me preocupa y me angustia” y se atreve a enviarle “reflexiones que nadie me ha solicitado” porque “si me he excedido como funcionario, creo que he cumplido mi deber de ciudadano”. “Los disturbios estudiantiles”, apunta el poeta, “forman parte de nuestro desarrollo y no son “una crisis social sino política” iniciada hace más de diez años con los movimientos sindicales magisteriales y ferrocarrileros. “En el fondo”, dice el embajador Paz, “el problema consiste en introducir un equilibrio entre el desarrollo económico, el social y el político. Agrego que la reforma de nuestro sistema político aceleraría el progreso social” y sería benéfico para la economía. “La reforma de nuestro sistema político”, concluye, “requiere no sólo realismo sino imaginación política”.[5]

 

En la nota manuscrita, personal, que acompaña ese oficio confidencial, rescatada por Krauze de los archivos de Carrillo Flores, dice Paz: “La segunda parte de mi informe contiene apreciaciones personales sobre la situación mexicana porque no pude ni quise contenerme” y le reafirma que las nuevas clases mexicanas, hijas de nuestra propia versión de la abundancia, son grupos que “de un modo intuitivo encuentran que nuestro desarrollo político y social no corresponde al progreso económico. Así, aunque a veces la fraseología de los estudiantes y otros grupos recuerde a la de los jóvenes franceses, estadounidenses o alemanes, el problema es absolutamente distinto. No se trata de una revolución social, aunque muchos de los dirigentes sean revolucionarios radicales, sino de realizar una reforma en nuestro sistema político. Si no se comienza ahora, la próxima década será violenta…”

 

Desde que comenzó el movimiento, Paz contempló la posibilidad de renunciar y volver a México en noviembre a buscar trabajo en la universidad, en El Colegio de México. Así se lo confiaba, por carta, a Charles Tomlinson, el 3 de agosto: “Parece que la represión en México es severa, brutal… Temo que estos disturbios fortifiquen aún más a la derecha. La herencia revolucionaria se disipa. Desde hace bastante tiempo proyecto renunciar a mi puesto y lo que ahora ocurre contribuye o disipa mis últimas dudas”.[6]

 

Días después, el 27 de septiembre, insiste con Tomlinson sobre la incongruencia moral que significa para él permanecer en la diplomacia mexicana y le precisa que ya había: “iniciado el trámite para obtener mi retiro. Lo que pasa ahora me revela que lo debería yo haber hecho antes. Todo esto me tiene apenado, avergonzado y furioso —con los otros y, sobre todo, conmigo mismo”.

 

En agosto, también, Paz escribe una primera versión de su famoso poema sobre el 68, “México: Olimpiada del 68”, aquel que le enviará el 7 de octubre a los organizadores de la paralela olimpiada cultural que le habían pedido, meses antes del inicio de la agitación estudiantil, un poema de tema olímpico. Considerándolo una cursilería, Paz se había negado a participar en un certamen de esa naturaleza, pero ocurrida la matanza de Tlatelolco reconsidera, y como un gesto de ironía envía aquel poema que dice, en el paréntesis más célebre de nuestra poesía: “(Los empleados/ municipales lavan la sangre/ en la Plaza de los Sacrificios)”.[7]

 

Ocurre, según averiguó Perales Contreras en la Biblioteca de la Universidad de Amory, que la primera versión del poema se titulaba “Agosto de 1968” y reflejaba la indignación del poeta al saber que los tanques habían ocupado el Zócalo en la Ciudad de México, como estaban en las calles tanto de Praga o de Chicago.[8] Esa primera versión, como la segunda, estaba dedicada al pintor Adja Yunkers (ilustrador de Love Poems for Marie Jose y de una edición de lujo de Blanco) y a su esposa, la crítica de arte Dore Ashton. Paz les explica que los versos en cursivas (“La vergüenza es ira/ vuelta contra uno mismo:/ si Una nación entera se avergüenza/ es león que se agazapa/ para saltar”) los había tomado de una carta de Marx a Arnold Ruge en 1843. El poema hizo escuela y muy pronto Juan Bañuelos, José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid (autor de una oportuna relectura del soneto 66 de Shakespeare), entre otros, publicaron sus memoriales de Tlatelolco.

 

La renuncia de Paz a la embajada, con estos antecedentes, pierde todo carácter caprichoso o intempestivo. Fue el resultado de una reflexión de días y semanas, como se lo hace saber a Carrillo Flores (canciller estimado por algunos intelectuales por su “pragmatismo”, lo cual en un régimen autoritario podía ser hasta una bendición) en la carta de renuncia del 4 de octubre de 1968. “Anoche, por la BBC de Londres”, le dice con toda franqueza a Carrillo Flores, “me enteré de que la violencia había estallado de nuevo. La prensa india de hoy confirma y amplía la noticia de la radio: las fuerzas armadas dispararon contra una multitud, comprendida en su mayoría por estudiantes. El resultado: más de veinticinco muertos, varios centenares de heridos y un millar de personas en la cárcel. No describiré a usted mi estado de ánimo. Me imagino que es el de la mayoría de los mexicanos: tristeza y cólera”.[9]

 

Le recuerda al canciller en su carta, sus veinticuatro años en la diplomacia mexicana y le dice “no siempre, como es natural, he estado de acuerdo con todos los aspectos de la política gubernamental pero esos desacuerdos nunca fueron tan graves o tan agudos como para obligarme a un examen de conciencia. Cierto, desde hace diez años, precisamente al final del periodo presidencial de Ruiz Cortines y ante ciertos desórdenes y manifestaciones obreras y estudiantiles, expresé públicamente que era necesaria una reforma de nuestro sistema político, si queríamos evitar nuevos trastornos y el regreso de la violencia —esa violencia que ha ensombrecido nuestra historia”.

 

Por primera vez con toda claridad, Paz dice que el régimen del partido revolucionario fundado en 1929 entrañaba un “compromiso” que habiendo sido “saludable en su origen” para la nación, ya no lo era. Era el mexicano un régimen ogresco, como lo caracterizaba la década siguiente en El ogro filantrópico. Comienza Paz una travesía que aun en 1985 cuando publica “Hora cumplida (1929-1985)”, en Vuelta, y afirma que el PRI ha terminado su misión histórica, causó escándalo en el partido oficial.

 

Entonces, en octubre de 1968, lo que parecía abrirse para el país era una nueva eternidad, que ya no transcurriría en la paz autoritaria sino en la zozobra civil: “Basta leer a la prensa diaria y semanal de México en estos días para sentir rubor: en ningún país con instituciones democráticas puede encontrarse ese elogio casi totalmente unánime al Gobierno y esa condenación también unánime de los críticos. No sé si estos últimos tengan la razón en todo”, concluye Paz, seguro, en cambio, de que la oposición tiene casi del todo cerrada la libertad de expresión, información y discusión.

 

La solicitud de renuncia, lo explican Andrés Ordóñez y Guillermo Sheridan, burocráticamente no podía tener otra forma que la de “puesta en disponibilidad”, pues el reglamento diplomático mexicano no contemplaba la posibilidad de renunciar. La palabra “disponibilidad” fue utilizada maliciosamente no sólo por los gacetilleros gubernamentales. Al día siguiente de abandonar la presidencia, el 2 de diciembre de 1970, lo primero que hizo Díaz Ordaz fue denigrar a Paz insistiendo, en unas declaraciones ante la televisión, en que no había sido un renunciante sino un despedido.[10]

 

La renuncia de Paz presentada a Carrillo Flores decía así: “Ante los acontecimientos últimos, he tenido que preguntarme con lealtad y sin reservas mentales al Gobierno. Mi respuesta es la petición que ahora le hago: le ruego que se sirva ponerme en disponibilidad, tal como lo señala la Ley del Servicio Exterior Mexicano. Procuraré evitar toda declaración pública mientras permanezca en territorio indio. No quisiera decir aquí, en donde he representado a mi país por más de seis años, lo que no tendré empacho en decir en México: no estoy de acuerdo en lo absoluto con los métodos empleados para resolver (en realidad: reprimir) las demandas y problemas que ha planteado nuestra juventud”.[11]

 

El 16 de octubre, Carrillo Flores le responde amablemente, invitándolo a tomarse unos días para reflexionar y consultar con otros colegas del servicio exterior. Inclusive le dice que su informe anterior lo había comentado con el presidente. Díaz Ordaz le habría dicho sibilinamente a su canciller que “la intuición de los poetas es a veces la más certera”. El canciller, por cierto, no estaba en México en su oficina, en esa Torre de Relaciones Exteriores situada a pocos metros de la Plaza de las Tres Culturas (torre que según la fabulación de Díaz Ordaz iba a ser tomada por el CNH el 2 de octubre), pero le dice a Paz lo que le contaron: “No es exacto en cambio que el Ejército haya hecho los primeros disparos ni menos sobre una reunión pacífica. Los soldados empezaron a hacer fuego cuando su comandante ya había sido herido por la espalda. Y el grupo que se hallaba en el Edificio Chihuahua tenía y usaba armas de alto poder. Ésa era la razón por la que se iba a proceder a su detención”.

 

Lo que Carrillo Flores no sabe o no cuenta es que ese grupo que “tenía y usaba armas de alto poder” era el paramilitar Batallón Olimpia que había disparado a mansalva contra soldados y estudiantes para destruir, en una sola tarde de sangre, física y moralmente, al movimiento democrático.

 

La renuncia de Paz a la embajada de México en la India fue, como dijo Krauze, “su hora mejor”, una decisión histórica que puso “un límite histórico al poder imperial de la Presidencia de México”,[12] uno de esos momentos que lo convirtieron, a cabalidad, en “un hombre en su siglo”, el ciudadano que toma la decisión más sabia en la circunstancia más ardua. De los miles y miles de funcionarios que el Estado mexicano tenía el 2 de octubre nadie, salvo Paz, renunció a su puesto. Ningún otro.

 

El mismo día en que amablemente le pedía reflexión, Carrillo Flores aceptó la renuncia de Paz y lo puso en disposición. De inmediato le llegará al presidente de la India, una carta de Díaz Ordaz informándole que ha decidido poner fin “a la misión que el señor Octavio Paz venía desempeñando”. En Vislumbres de la India leemos que discreta y amable “Indira Gandhi, que ya era primera ministra, no podía despedirme oficialmente pero nos invitó, a Marie José y a mí, a una cena íntima, en su casa, con Rajiv, su mujer, Sonia, y algunos amigos comunes”. Hubo un homenaje de despedida en The Intenational House y el corresponsal de Le Monde, Jean Wetz, publicó un “extenso comentario sobre el caso”.[13]

 

“Las semanas que me esperan (después de ‘la fatal decisión’) son horribles —revisar papeles, guardar libros, deshacerse del pasado o, mejor dicho, rehacerse frente a lo pasado”, le escribió Octavio a Juan Almela, que todavía no usaba su nombre de pluma como poeta, el de Gerardo Deniz. Finalmente, los Paz tomaron el tren hacia Bombay, donde se embarcaron en el Victoria, un barco que hacía el servicio entre el Oriente y el mediterráneo, obligado a tornear África porque el canal de Suez estaba cerrado por el conflicto árabe-israelí. “El viaje de Delhi a Bombay fue emocionante, no sólo porque me recordaba el que había hecho unos veinte años antes, sino porque en algunas estaciones grupos de jóvenes estudiantes abordaban nuestro vagón, para ofrecernos las tradicionales guirnaldas de flores”.

 

En México, pese a los acontecimientos de Tlatelolco —de los cuales millones de mexicanos que no leían la prensa no tuvieron otra noticia que las del rumor— se respetó la llamada “tregua olímpica” ofrecida por el propio CNH. El 19 de octubre, Excélsior anuncia, como noticia secundaria, CESA RELACIONES A OCTAVIO PAZ y días después, los cuatro principales hacedores de La cultura en México, Benítez, Pacheco, Monsiváis y Rojo, al desmenuzar los comunicados oficiales donde se anunciaba el “despido” de Paz en contraste con el ya difundido poema “México: Olimpiada de 1968” dicen: “Allí queda, por un lado, la prosa burocrática de los que no dimiten nunca, punto final a una honrosa trayectoria de veinticinco años, y por el otro, un breve poema donde la ira y el desprecio han sido expresados con una claridad deslumbradora. Su terrible peso ha inclinado la balanza a favor de la justicia y de la verdad sin equívocos y ya de una manera definitiva, pues tal es el privilegio de un gran poeta”.[14]

 

Al de La cultura en México siguieron otros dos desplegados donde la inmensa mayoría de los intelectuales mexicanos respaldaban, orgullosos, a Paz. Pero entre las excepciones había un par, dolorosísimas y estridentes, que hacían del drama nacional, un drama familiar: Elena Garro y Laura Helena Paz Garro.

 

REFERENCIAS A LAS OBRAS COMPLETAS DE OCTAVIO PAZ:

En este trabajo se citan dos volúmenes de las Obras completas editadas por Octavio Paz:

10: Ideas y costumbres II. Usos y símbolos (México. Fondo de Cultura Económica, 1996).

11: Obra poética I (1935-1970) (México. FCE, 1997).

 

NOTAS

[1] Sheridan, “My dear Charles, Paz le escribe a Tomlinson”, en Habitación con retratos. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, volumen 2 (México. Ediciones Era, 2015)

[2] En Vislumbres de la India, “Despedida” (10:483). Las siguientes citas provienen del mismo texto.

[3] [Nota del editor: Hasta aquí, se reprodujeron las páginas 301 y 302 de Octavio Paz en su siglo. Las siguientes van de la página 308 a la 313].

[4] Jorge G. Castañeda, en Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos (México. Vintage, 2011).

[5] En Un sueño de libertad: Cartas a la Cancillería, precedidas de una nota de E. Krauze. Vuelta número 256 (México, marzo de 1998), p. 7.

[6] Krauze: Octavio Paz. El poeta y la revolución (México. Debolsillo, 2014) p. 162; Sheridan, “My dear Charles…”, p. 52

[7]  “México: Olimpiada de 1968”, en 11:374.

[8] En Octavio Paz y su círculo intelectual (México. Ediciones Coyoacán, 2013), p. 108.

[9] “Cartas a la cancillería”, p. 11.

[10] Sheridan, Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz (México. Ed. Era, 2004), p. 487.

[Nota del editor: sobre este asunto véase Adame, “Octavio Paz en 1968: perspectivas históricas y jurídicas”, en Octavio Paz: El misterio de la vocación (México. Aguilar, 2015), pp. 177 y ss.

[11] Sheridan, en Poeta con paisaje, pp. 487-489.

[12] En su nota a las “Cartas a la cancillería”, p. 6.

[13] En Vislumbres de la India, 10:486.

[14] Jorge Volpi: La imaginación al poder. Una historia intelectual del 68, (México. Ed. Era, 1998) p. 380.

Autores

  • Domínguez Michael, Christopher

Tipología

  • Conversación

Temas

  • 1968 Año axial: Olimpiada y Tlatelolco

Lustros

  • 1965-1969
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