La explotación de los trabajadores 

Aurelio Asiain

 

Hacia el final de “Cuento de dos jardines”, un poema que transcurre entre el jardín de la infancia, en la casa del abuelo en Mixcoac

Yo era niño
y el jardín se parecía a mi abuelo.
Trepaba por sus rodillas vegetales
sin saber que lo habían condenado

y el jardín de la plenitud amorosa, en torno a un árbol nim, en su casa de Nueva Delhi, hay un súbito haiku e, inmediatamente después, unos versos que lo comentan, o que comentan, más bien, su aparición:

Los cormoranes:
sobre un charco de luz
pescan sus sombras.

La visión se disipa en torbellinos,
hélice de diecisiete sílabas
…………………..dibujada en el mar
no por Basho:
…………por mis ojos, el sol y los pájaros,
hoy, hacia las cuatro,
…………a la altura de Mauritania.

 

En la versión que aparece en la primera edición de Ladera este el haiku era otro:

Sombras girando
sobre un charco de luz.
Mergos y ¿peces?

 

El verbo “girando” asimilaba el movimiento de las sombras al movimiento helicoidal de las sílabas: la espiral del poema. Ese reflejo —inmediato, porque no existía el verso “La visión se disipa en torbellinos”— desaparece en la nueva versión. Pero la sustitución de los mergos por cormoranes, que baja las aves del aire al agua, y el ascenso de los peces dudosos a implícitos, aclara la visión —el verso añadido lo señala: visión, no idea— y la enlaza ya no a la forma abstracta del haiku sino al concreto Bashô, que no escribió nunca sobre mergos pero sí, célebremente, sobre cormoranes.

Haikú de Bashô

Interesante
y pronto triste —barca
de cormoranes.

 

Es un comentario sobre la crueldad del espectáculo, pero además encierra una alusión literaria. El poema evoca un pasaje de una obra de teatro noh: Ukai, de Enami Sayemon (ukai es el nombre de la pesca con cormoranes en japonés):

La visión de los cormoranes que atrapan un pez tras otro en rápida sucesión es tan emocionante que las ideas de pecado, retribución y vida más allá de la vida desaparecieron de mi mente.

Qué triste es la oscuridad cuando las antorchas de los botes desaparecen.

 

Se refiere a la práctica del ukai.[1] Al crepúsculo, a la luz de las antorchas, las barcas pescadoras salen al río y lanzan al agua a los cormoranes. Las aves, sujetas a la barca con tiras de fibra de cedro, largas, de tres metros (te-nawa), se sumergen y, tras capturar la presa, vuelven a la superficie y la engullen entera, siempre empezando por la cabeza. Si es convenientemente grande, el pescado no llega al estómago de las aves, pues un cordel de cáñamo (kubiyubi) les cierra la base del pescuezo, donde lo alojan hasta que el pescador lo obliga a soltarlo.

 

Siete siglos antes que Bashô, las memorias de una dama de la corte Heian que conocemos como Kagerô Nikki (Diario de la efímera, 794) mencionan el ukai. Pero ya en un famoso himno de Kakinomoto no Hitomaro, en ocasión de la visita de la Emperatriz Jito a Yoshino (no se sabe si la de 689, 690 o 691), aparece la pesca con cormoranes. Como tantas cosas en Japón, esto es de origen chino. Y como tantas actividades del Japón antiguo que se conservan, ha perdido sentido económico si bien, resuelta en atracción turística del verano, conserva cierta atmósfera ritual. Puede verse en muchos lugares, en fechas variables; en el río Uji, desde julio hasta septiembre.

 

No sólo la pesca con cormoranes se llama en japonés ukai: por razones evidentes, la explotación de los trabajadores lleva el mismo nombre. Pero supongo que esto último Paz no lo sabía. 

 

NOTAS

[1] Aprovecho aquí “Los animales y la cultura japonesa”, de Kani Hiroaki, un artículo de Nipponia.

Autores

  • Asiain, Aurelio

Tipología

  • Conversación
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