La desaparición de Emilio Uranga

Ángel Gilberto Adame

Alí Chumacero, Alfonso Reyes, Juan Soriano, Octavio Paz, José Alvarado y Emilio Uranga; México, ca. 1953.

Juan Soriano, Octavio Paz, José Alvarado y Emilio Uranga. México, ca. 1953.

Alí Chumacero, Alfonso Reyes, Juan Soriano; y de espaldas José Alvarado y Emilio Uranga. México, ca. 1953.

 

La primera fotografía que aparece a la cabeza de este artículo fue tomada en 1953, en un convite que se organizó en abril de ese año en homenaje a Alfonso Reyes. En ella figuran, de izquierda a derecha, Alí Chumacero, el propio Reyes, Juan Soriano, Octavio Paz, José Alvarado y Emilio Uranga.[1]

 

La imagen se publicó por vez primera en 1998, en la edición de Anthony Stanton de la correspondencia entre Reyes y Paz. Su procedencia se atribuyó al archivo de Marie José Paz y fue difundida con una particularidad distintiva: Uranga había sido recortado. Ese gesto significó el punto final de una suma de desencuentros entre Paz y Uranga que derivaron en su mutua, aunque a veces disimulada, animadversión. ¿Cómo fue construyéndose esa enemistad?

 

Emilio Uranga fue uno de los intelectuales más controvertidos y beligerantes de la segunda mitad del siglo XX en México. Filósofo y discípulo de José Gaos, formó parte del Grupo Hiperión, un círculo intelectual  cuyo interés principal fue el estudio del “ser del mexicano”.[2]

 

Aunque radicaba en Francia, Paz compartía las inquietudes concernientes a “la mexicanidad”, mismas que en 1950 cristalizaron en El laberinto de la soledad, en el cual anotó:

Otros escritores jóvenes se ocupan en desentrañar el sentido de nuestras actitudes vitales. Una gran avidez por conocernos, con rigor y sin complacencias, es el mérito mayor de muchos de estos trabajos. Sin embargo, la mayor parte de los componentes de este grupo —especialmente Emilio Uranga, su principal inspirador— ha comprendido que el tema del mexicano sólo es una parte de una larga reflexión sobre algo más vasto: la enajenación histórica de los pueblos dependientes y, en general, del hombre.[3]

 

Dos años más tarde, Uranga publicó sus meditaciones filosóficas sobre el mismo tema en su Análisis del ser del mexicano, que dedicó a Paz: “Las contribuciones de los poetas —como la de Octavio Paz […]— al análisis del ser del mexicano [son] de un inapreciable valor”.[4]

 

Estando Paz de vuelta, estrecharon sus vínculos, tal como consta en los testimonios de Elena Poniatowska y Alejandro Rossi, quienes departieron con ellos en las fiestas de aquellos años, y en su apoyo a la candidatura presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, pues el primero de julio de 1952, sus nombres figuraron entre los firmantes de un “Manifiesto a la Nación”.[5]

 

El reconocimiento intelectual de Uranga creció a su regreso de Europa a principios de 1957, pues había estudiado con éxito en las facultades de filosofía más notables de Alemania y Francia.  Ricardo Garibay escribió sobre él: “Su comprensión de la filosofía, del arte, de la literatura, de la poesía, parecía no tener barreras. Su actividad intelectual era rigurosamente incesante”.[6] A la par de su crecimiento, su distanciamiento público de Josè Gaos le ganó una reputación de maledicente. Javier Wimer escribió: “Durante aquellos días Emilio estaba de moda pues sus prestigios europeos se fortalecían con el escándalo que suscitaron las cartas que le dirigió a Gaos, publicadas por La Gaceta del Fondo de Cultura Económica y donde el discípulo en rebeldía acusaba a su maestro de haberlo engañado con imágenes idílicas de la universidad alemana”. En la víspera, Paz le escribió a Carlos Fuentes:  “Esperemos el regreso de Uranga y demás ‘salvadores’ de la nación”.

 

El 19 de junio de 1958, Paz y Uranga se reencontraron. Ambos fueron invitados a una convite que un grupo de intelectuales —encabezados por Alfonso Reyes— le ofrecieron al entonces candidato presidencial Adolfo López Mateos. En dicho evento, se hizo un “llamado a la unidad de todos los que aman a México y confían en su sino”.

Emilio Uranga junto a otros comensales en el banquete organizado para Adolfo López Mateos, 19 de junio de 1958.
Octavio Paz sentado en una mesa diferente que la de Emilio Uranga en el banquete para Adolfo López Mateos, 19 de junio de 1958.

Para 1959,  Eulalio Ferrer, que había llegado a México tras la Guerra Civil española, pensó en Uranga para dirigir un nuevo suplemento cultural. Como editor, Ferrer ya contaba con experiencia, pues justo en el año en que llegó al país trabajó en la revista Mercurio. Según palabras de Tomás Segovia, Ferrer era “un famoso publicista hispanoamericano, que era muy rico y muy patrocinador, compró un periódico que se llamaba Claridades. Había dos o tres periódicos muy conocidos entonces, uno se llamaba La Afición y otro Claridades; entonces Eulalio compró ese periódico y decidió hacer un suplemento, Claridades Literarias”.

 

Ya como director de la revista, Uranga armó su equipo editorial. Segovia fue el secretario de redacción y el gerente general Guillermo Olvera. La nómina de colaboradores incluía, además de Paz, a Fuentes, Blanco Moheno, Luis Spota, Ramón Xirau, Juan García Ponce, Rafael Alberti, Juan José Arreola y Marco Antonio Montes de Oca, entre otros. El primer número apareció el jueves 30 de abril, con la siguiente presentación de Uranga:

Claridades Literarias ofrece a sus lectores un suplemento cultural que responde, lo más exactamente posible, al desarrollo social que ha alcanzado el país. Por vez primera en su historia  México es una sociedad plenamente moderna y los problemas de tal tipo de comunidad han subido al primer plano relegando sin piedad a un segundo lugar intereses y preocupaciones de organizaciones rezagadas en cuanto su evolución moderna. […] Claridades Literarias está por un libre cambio y no por un proteccionismo que afecte a la cultura. Los monopolios, las sublevaciones, los favores otorgados a diversos grupos promotores de las actividades culturales, han terminado por ahogar la espontaneidad de nuestra creación literaria, haciéndola pasar por la intolerable aduana de un servilismo como condición de las ediciones, de la publicidad y de la consagración en el mercado local o inclusive dominical. Quien no está bien con la maffia sufre de una minusvalía sistemática, de una desvalorización que a la larga lo desanima y lo estigmatiza con una marginalidad deprimente. Los autores tienen que acostumbrarse a funcionar fuera de los cuadros de su grupo, a perder la angustia de no verse amparados por los jefes de capilla. Hay que convencer a nuestros literatos de que el favor de sus editores no es la instancia suprema de la calidad de su obra. En un mercado amplio los valores literarios encontrarán su justificación adecuada y no en el estrecho marco de los boletines de las casas editoriales. La comercialización de la literatura no hay que identificarla con la sumisión a un monopolio editorial ya establecido, es otra cosa, algo más amplio, menos sectario.

 

El mismo día del lanzamiento, Uranga organizó a un concurrido festejo en el restaurante Montecristo el que se pudo ver, además de Paz, a Leonora Carrington, Juan García Ponce, José Pichel, Segovia y Amparo Dávila. Paz estaba tan interesado en el proyecto que, aunque ya estaban separados, buscó incluir a Elena Garro:

El cuento de tu mamá: lo vendí, inmediatamente, a Claridades Literarias (la revista de Uranga, de próxima, inminente aparición). Excepcionalmente pagarán 500 pesos. Me indicaron que no podrían seguir pagando esas sumas y que esto era sólo por una vez y para demostrar el gran aprecio que le tienen. Segovia (el Secretario de Redacción) me dijo que tendrían interés en recibir colaboración de tu mamá aunque, por razones de espacio, de menor extensión (artículos y comentarios: 3 a 4 cuartillas; cuentos: 6 a 8). Les gustaría una colaboración fija (mensual o quincenal, una suerte de “Carta de Nueva York”, crónica de libros, espectáculos, vida neoyorquina, etc.) Pagarían entre 200 y 300 pesos por esos artículos. Sería conveniente que tu mamá escribiese a Uranga, si le interesa la proposición. En mi próxima [carta] enviaré su dirección. [7]

Octavio Paz, Leonora Carrington y Emilio Uranga en el banquete por el lanzamiento de Claridades Literarias, 30 de abril de 1959.

Paz colaboró en los dos primeros números con un “comentario semanal de la vida literaria y artística”. En el número tres, respondió a la pregunta ¿qué es la claridad? A partir del cuarto ejemplar ya no apareció. Uranga no publicó el cuento de Elena Garro. Así, el 9 de junio, Paz le escribió a su “muy querido Emilio”:

Parto dentro de unos días hacía París. Quiero arreglar lo de mis colaboraciones en Claridades Literarias. He visto que ha cambiado el proyecto original y no sé cuáles sean sus nuevos planes. Por mi parte no he podido continuar con mi colaboración por los preparativos del viaje. No quiero despedirme sin repetirle cuánto aprecio su clara inteligencia y cómo espero que usted nos dé pronto la obra que todos esperamos.

 

El suplemento tuvo escasos nueve números. Se publicó semanalmente los jueves y finalizó el 28 de junio. Segovia menciona algunos factores que contribuyeron a la desaparición de Claridades, tales como la inasistencia de Uranga y la escasa venta:

Una vez más yo hacía toda la talacha y Emilio se paseaba por ahí diciendo ideas. Había regresado con la idea de que los intelectuales debían apoderarse de los medios de comunicación para dirigir la sociedad, y el primer paso era hacer ese periódico con calidad literaria: un periódico que no se vendía casi. Ahí estuve trabajando, aprendiendo el oficio, porque trabajábamos en los talleres de Excélsior; yo estaba en un taller con los linotipistas, con los fotógrafos y con los formateadores, aprendiendo. El suplemento duró tan pocos números que empezó a perder, y Ferrer se asustó. Uranga casi nunca se aparecía por la redacción y yo, un formador y un técnico trabajábamos como energúmenos la noche entera. Nos prestaban unos talleres de Excélsior cuando no los usaban ellos, normalmente de 10 de la noche a ocho de la mañana. Como iba perdiendo, los profesionales que trabajaban con Ferrer le dijeron: “La única manera es que le meta más dinero; si no, se va a morir la revista”, y para tratar de que no, decidieron hacerla a color y mucho más elegante. Hicimos un número así; pero como sea, no sé por qué, después de haber decidido arriesgar capital en ese número caro, cerró. [8]

 

Un año después, Paz quiso retomar el proyecto que inició en Claridades, y así se lo propuso, sin éxito, a Jaime García Terrés, que para 1960 era director de Difusión Cultural de la UNAM:

Y ahora te expongo mi proyecto. No sé si recuerdas aquella sección que inicié en el fracasado semanario de Uranga (Claridades más bien confusas, a fe mía): Andando el Tiempo… Podría reanudarla ahora en la Revista de la Universidad, sólo que, puesto que se trataría de una colaboración mensual, tendría una extensión mayor (10 páginas a máquina y doble espacio) ¿Estás de acuerdo? [9]

 

En la década de los sesenta, Uranga se consolidó como asesor de la presidencia y su pluma aumentó en mordacidad. En 1963 Paz lo elogió afirmando que Uranga demostró que “el ensayo puede ser brillante sin dejar de ser riguroso”. [10]

 

A pesar de la admiración que antes había afirmado profesarle, Uranga convirtió a Paz en blanco de sus críticas. Una de las primeras descalificaciones llegó en 1967, año en que Paz ingresó en El Colegio Nacional: “Cuando Octavio Paz ha celebrado que los escritores jóvenes no vivan del gobierno como un signo de salud, el consejero en este caso no se pone al nivel de los aconsejados”. [11]

 

Para 1969 la relación del filósofo con el poeta y con otros escritores ya estaba muy deteriorada. Así lo expresó Fuentes que, en carta a Paz, se quejó de la persecución y condena de los buenos autores en favor de los abyectos:

El 24 de julio me llamaron de Excélsior para decirme que había llegado a la dirección la noticia de que estaba aprehendido o a punto de serlo. Falso, por supuesto, pero, sin duda, parte de una campaña de terror. A Benítez, a Rosario Castellanos, a muchos amigos, les rondan las casas; a las mujeres las llaman a la medianoche para injuriarlas por teléfono. En cambio se publican y promueven los ascos como “El Móndrigo”, un folleto obra de la cucaracha llamada Uranga (que dedica sus domingos en la prensa a injuriarnos en tandem). [12]

 

En 1970 Uranga criticó a Paz aún con mayor ferocidad, desde el punto de vista intelectual y político, en tres artículos que publicó en la revista América. En el primero y más famoso de ellos, que tituló “La poca paz de Octavio”, escribió:

Sería poco penetrante decir que Octavio Paz es influenciable, que se dedica a depositar en papel lo que el viento de la cultura, en todo el mundo, le acarrea de ecos, de murmullos, de ocurrencias de otros, siempre de otros, no de sí mismo. Esto lo hace un periodista y está en su papel. Recoge información y la transmite. Lo mismo acontece con el locutor. Octavio Paz ha sido magnífico periodista y ahora nos demuestra que es también un excelente locutor. Pero hay en él algo más hondamente receptivo y repetitivo. Se ha vuelto dogmático y fanático. Se revuelve furioso contra los filósofos, los psicólogos, los economistas y los historiadores. [13]

 

El segundo, “El ideal de Octavio es Paz”, lo escribió como una denuncia a su proceder después de lo ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas, afirmando que su separación del Servicio Exterior obedeció más a su deseo de fama que a sus convicciones morales:

Desde los acontecimientos de Tlatelolco, Octavio Paz, como su admirado Albert Camus, a cada rato nos restriega las víctimas de esa trágica jornada. Y hay que responderle como hizo Sartre a Camus: ‘hable por su cuenta y no con la larga cola de los franceses muertos en la resistencia’. Sacarle raja, para beneficio personal, a los inmolados de julio a octubre de 1968 no es muy moral que digamos. Considerando las cosas desde este punto de vista carece Octavio Paz de cualquier autoridad para criticar a Martín Luis Guzmán, que desde la barricada de enfrente, ha procedido de la misma manera, y que tantas censuras justas se ha acarreado por su exceso de celo en la defensa del gobierno. Pero Martín Luis Guzmán no se ha dejado llevar por el oportunismo, y Octavio Paz sí, rotundamente sí. [14]

 

En el último, “Octavio no quiere la Paz en México”, describió a un escritor hambriento de protagonismo político y concluyó: “Una cosa es Octavio Paz hablando de México como funcionario del servicio exterior, y otra muy distinta su adicción —no su adición o adhesión— a la disidencia, a lo que en la época de López Mateos se llamaba la izquierda delirante”. [15]

 

Ante estos roces y conflictos, la reacción de Paz no fue pública, sin embargo escribió a Arnaldo Orfila el 1° de junio de 1970: “[…] Leí los artículos que usted me envió —me refiero a los de Uranga. Me quedé estupefacto: conocía su mala leche pero no sabía que se había vuelto tonto. Su degradación mental no es menos total que su abyección moral… Qué lástima que la discusión intelectual no sea posible ya en México. […] La contrapartida de la ausencia de crítica racional es el recurso a la injuria personal y, en lo privado, al rumor”. [16]

 

Uranga no desistió en sus ánimos de desacreditar la obra y la conducta de Paz. Así lo dejó ver en sus artículos de Novedades. En 1976, al enterarse que Paz sería reconocido con el premio Jerusalén, lo acusó de ser un escritor protegido por los grupos sionistas radicados en México. También se refirió a él como “un mafioso, un Padrino, si cabe decirlo así, la mosca en la leche. […] No ha sabido defenderse de una vengativa vanidad herida, tal es su debilidad. En esto es endeble, de la misma manera que como artista es fuerte. He admirado siempre su talento y deplorado su susceptibilidad”. [17]

 

En otra colaboración, titulada “Semana Santa con Paz”, además de referirse a él como su ‘examigo’ y criticar sus estancias en la Universidad de Harvard, añadió: “Octavio Paz es nuestro mejor escritor no por sus anécdotas, sino por… por su fama. Por lo que hacemos por él todos sus admiradores. De esto debemos hacernos muy conscientes para medir el peso y la autoridad de la opinión pública”. [18]

 

Paz, por su parte, comentaba con Fuentes lo complicado de la situación cultural del país: “Vivimos entre el aullido de los Uranga y el silencio de los otros”. [19]

 

Si bien la relación entre ambos fue tensa, la voluntad crítica de Uranga, aunque excesiva, fue congruente con su concepción de esta actitud:

Lo que debemos realmente estimar es un juicio sobre nuestros escritos que se haya tomado el trabajo de meditarlos. Procurar la alabanza no es equivalente a comprobar que se ha reflexionado en serio sobre lo que hemos autorizado publicar. Pero cada día cunde más la pereza de las famas tributadas sin lectura previas del autor, y la ausencia casi total de espíritu crítico para calibrar y justipreciar nuestras opiniones. Nunca hay que aceptar que la alabanza, por unánime que sea, suplante a los juicios de los que efectivamente se han dado la pena de seguirnos en los meandros fatigosos de la expresión y el análisis. [20]

 

Pese a la severidad de las objeciones de Uranga, tras su muerte, Paz aconsejó a Juan José Reyes —hijo de Salvador Reyes Nevares: “Hay que volver a poner en circulación a aquel personaje”. [21]

 

Luis Ignacio Helguera recuperó, en un artículo publicado en Vuelta, un comentario de Paz que sintetizó su sentir acerca de uno de sus detractores más insistentes: “Una inteligencia aguda y osada. […] Lástima que haya escrito tan poco. Hubiera podido ser el gran crítico de nuestras letras. Tenía gusto, cultura, penetración. Tal vez le faltaba otra cualidad indispensable: simpatía”.

Emilio Uranga

 

NOTAS

[1] Este artículo está antecedido por otro: “El que se mueve no sale en la foto”, publicado en Letras Libres.

[2] En el periodo comprendido entre 1948 y 1951, Jorge Portilla, Luis Villoro, Ricardo Guerra, Joaquín Sánchez McGregor, Salvador Reyes Nevares, Fausto Vega y Gómez y el mismo Uranga fueron conocidos como los “hiperiones”.

[3] Octavio Paz, El laberinto de la soledad, México, Fondo de Cultura Económica, 1992, p. 71.

[4] Emilio Uranga, Análisis del ser del mexicano, México, Porrúa, 1952, p. 16.

[5] “Manifiesto a la nación”, en El Universal, 1° de julio de 1952.

[6] Ricardo Garibay, “Emilio Uranga” en Proceso, número 628, 12 de noviembre de 1988.

[7] Octavio Paz a Helena Paz, México, 9 de abril de 1959.

[8] “Entrevista con Tomás Segovia: “Al final de la vida de Octavio Paz, tuvimos divergencias políticas, por los zapatistas” en Milenio, 12 de noviembre de 2011.

[9] Octavio Paz a Jaime García Terrés, París, 26 de enero de 1960.

[10] Octavio Paz, “El precio y la significación” en Obras completas, México, Fondo de Cultura Económica, volumen 7, 1994, p. 330.

[11] Emilio Uranga, “Examen de Octavio Paz” en La Prensa, 15 de agosto de 1967.

[12] Carlos Fuentes a Octavio Paz, Cuernavaca, 3 de agosto de 1969.

[13] Emilio Uranga, “La poca Paz de Octavio” en América, 4  de abril de 1970.

[14] ____________, “El ideal de Octavio es Paz” en América, 11 de abril de 1970.

[15] ____________, “Octavio no quiere la paz de México”, 18 de abril de 1970.

[16] Anardo  Orfila y Octavio Paz, Cartas cruzadas, México, Siglo XXI, 2005, p. 252.

[17] Emilio Uranga, “Paz en Jerusalén” en El tablero de enfrente (artículos), México, Federación Editorial Mexicana, 1978, pp. 132-133.

[18] ____________, “Semana Santa con Paz” en El tablero de enfrente (artículos), México, Federación Editorial Mexicana, 1978, p. 191

[19] Octavio Paz a Carlos Fuentes, México, 15 de abril de 1977.

[20] Emilio Uranga, “Mis preferencias” en El tablero de enfrente (artículos), México, Federación Editorial Mexicana, 1978, pp. 209-210.

[21] Juan José Reyes, El péndulo y el pozo, México, Consejo Nacional para Cultura y las Artes, 2004, p. 7.

Autores

  • Adame, Ángel Gilberto

Tipología

  • Conversación

Lustros

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