Jorge Cuesta: la primera crítica

Guillermo Sheridan

El encuentro

 

En marzo de 1935, el joven Octavio Paz vio a Jorge Cuesta en el patio de la escuela preparatoria de San Ildefonso, a donde había acudido para escuchar los debates sobre la situación educativa. En mi libro Poeta con paisaje ya narré ese encuentro:

 

Entre el tumulto, Paz identificó la elevada estatura rubia y los ojos disparatados del poeta Cuesta con su “extraña fisonomía de inglés negroide”, como lo describe en “Contemporáneos. Primer encuentro” (4:69). Ya lo había visto alguna vez en la escuela, acompañando a Aldous Huxley a visitar los frescos de Orozco. Y, naturalmente, lo leía, y se había sentido deslumbrado por sus escritos, los literarios que le simpatizarían y los sociales, que rechazaría, ambos destilados de una inteligencia precisa e impaciente. Paz se le acercó y no resistió lanzarle una impertinencia:

—¿Qué diría su amigo Huxley de este circo?

Cuesta, intrigado, le preguntó si había leído a Huxley y Paz contestó que prefería a Lawrence. Cuesta hizo entonces la pregunta clave:

—¿Pero a usted le interesa la literatura? ¿Escribe?

La respuesta afirmativa del muchacho le valió una invitación a comer. “Mi emoción y mi nerviosismo deben haberle divertido”, dirá Paz. En la mesa continuó el examen: de Huxley y Lawrence pasaron a Gide y a Malraux. “Esas horas fueron mi primera experiencia con el prodigioso mecanismo mental que fue Jorge Cuesta”, una inteligencia que quizás fue el primer enemigo de su dedicación a la escritura, motivo de la parquedad de su obra y de su vida misma. Consumido en la continua, obsesiva urgencia de la razón, Cuesta comenzaría a perderla después. El trato cortés e intenso de las charlas que siguieron, a partir de ese día, le aportaban al muchacho una nueva referencialidad: la de la crítica y la duda sistemática.

 

A partir de esa tarde comenzaron a frecuentarse y Cuesta se convirtió en su tutor hasta que Paz salió rumbo a Yucatán en 1937. Antes de ese viaje, como se recordará, Cuesta y Xavier Villaurrutia lo invitaron, en calidad de padrinos, a una comida para presentarlo con el grupo de los Contemporáneos, como narra Paz en “Contemporáneos. Primer encuentro” (4:69):

 

Un taxi nos llevó a un restaurante que estaba frente a una de las entradas del Bosque de Chapultepec, cerca del mercado de flores: El Cisne. Recuerdo muy bien a los asistentes: Ortiz de Montellano, José y Celestino Gorostiza, Samuel Ramos, Octavio G. Barreda, Jaime Torres Bodet, Enrique González Rojo y el abate Mendoza. Tres ausentes: Pellicer, Novo y Owen. (Este último vivía en Colombia.) Se habló de las opuestas ideas de Goethe y Valéry acerca de la traducción poética, pero, sobre todo, se habló de Gide, el comunismo y los escritores. Eran los días de la guerra civil en España. Todos ellos eran partidarios de la República; todos también estaban en contra del engagement de los escritores y aborrecían el “realismo socialista”, proclamado en esos años como doctrina estética de los comunistas. Me interrogaron largamente sobre la contradicción que les parecía advertir entre mis opiniones políticas y mis gustos poéticos. Les respondí como pude. Si mi dialéctica no los convenció, debe de haberlos impresionado mi sinceridad pues me invitaron a sus comidas mensuales. No pude volver a esas reuniones: al poco tiempo dejé México por una larga temporada —primero estuve en Yucatán y más tarde en España.

 

Los dos años cerca de Cuesta fueron intensos: Cuesta sugiere lecturas (Nietzsche, los autores de la Nouvelle Revue Française, etcétera); el joven y su amigo/tutor se leían mutuamente sus trabajos poéticos, discutían con pasión y —agrega Paz— “aun con encarnizamiento: nos interesaban las mismas ideas y los mismos temas pero desde orillas opuestas. Nuestras coincidencias se situaban en capas más profundas: si nuestras opiniones eran distintas no lo eran nuestros gustos estéticos y nuestras preferencias y animadversiones intelectuales.”

 

Jorge Cuesta. Fotografía de Manuel Álvarez Bravo. @ArchivoMAB

 

 

Paz evoca Raíz del hombre

 

Años más tarde, en 1975, en una de sus conferencias anuales en El Colegio Nacional (Seis conferencias inéditas, que apareció publicado en 2014 por El Colegio Nacional en México y por Atalanta en Madrid), Paz evocó la publicación de su libro Raíz del hombre (México: Simbad, 1937):

 

Mi primer libro, Raíz del hombre, fue, hasta cierto punto, una ruptura con la poesía que se escribía por aquellos días en México. Pero el sentido peculiar de esta ruptura se me escapó a mí mismo. En cambio, no se le escapó a Jorge Cuesta, como se ve en la pequeña nota que dedicó a mi libro. Raíz del hombre es un libro torpe, lleno de repeticiones, ingenuidades, faltas de gusto, un libro que me avergüenza haber escrito. Asimismo es un libro que siento mío, no por lo que dice sino por lo que quiere decir y no llega a decir. El movimiento que impulsa cada línea no es hacia fuera sino hacia dentro. No es una búsqueda de nuevas formas, de la novedad, sino una tentativa fallida, es verdad, por volver a la fuente original primordial. La palabra sangre aparece en cada poema con una insistencia obsesiva, monótona. Me parecía en esos días de mi adolescencia una suerte de emblema mágico. El abanico de sus significaciones se resolvía en una: la sangre designaba para mí el mundo del origen, el mundo del principio, la vida elemental, la verdadera vida, en suma. Era una verdadera constelación de significados. Venía, por una parte, del novelista inglés D. H. Lawrence, que yo leí mucho en mi primera juventud. Venía también del poeta alemán Novalis para el que la sangre tiene un valor, una significación mística, a la vez corporal y espiritual. Confluían con esas ideas las visiones del mundo precolombino, especialmente la visión azteca con su creencia en la sangre como una sustancia mágica que ponía en movimiento al cosmos y que era el alimento sagrado de los dioses. Por último, la palabra, y sus oscuras asociaciones, venía de mí, de la parte más honda de mi ser. Pronto abandoné esa palabra como un gastado talismán verbal, pero el subsuelo psíquico en el que, como una verdadera raíz —raíz del hombre—, se hundía, permaneció intacto. Era y es el fondo, el sustento de mi poesía, la sustancia que la alimenta.

 

 

El comentario de Cuesta

 

A poco de haber aparecido, Cuesta escribió este comentario sobre el librito. Se publicó en la revista Letras de México, que acababa de nacer en México, dirigida por Octavio G. Barreda. Es el primer escrito relevante sobre el nuevo poeta:

 

Raíz del hombre, de Octavio Paz

 

Jorge Cuesta

 

Hace tiempo que el nombre de Octavio Paz me llevó al conocimiento de un joven de 20 años de edad, en quien tuve que advertir la sinceridad apasionada con que sentía inquietudes intelectuales de las que muy pocas personas acaban por considerar que no les son extrañas, y que sólo muy raras, muy excepcionales empiezan por experimentar vivamente como suyas. En el alma indecisa de todo joven, es cierto, encuentran siempre fácil hospitalidad sentimientos extraños, ideas pasajeras; pero no la generosidad, no el abandono que puede convertir difícilmente a la persona en la presa de algo mejor que la consume y vive a expensas [suyas]. Lo que en la juventud de Octavio Paz me llamó la atención, fue la decisión, la voluntad con que era capaz de exponer su entraña a la voracidad de un objeto. Yo sabía que en una palabra, en una exclamación y en ocasiones hasta en un silencio, suele aparecer, pero también fingirse, la señal que distingue a quien está dando ocasión de que un demonio lo arrebate y la fatalidad lo sorprenda indefenso. Y estaba esperando un libro suyo, como Raíz del hombre, que acaba de publicar, para confirmar en su poesía el dominio de un destino sobre él. Ahora estoy seguro de que Octavio Paz tiene un porvenir. Ya no podrá librarse de haberlo provocado y habérnoslo hecho manifiesto.

 

A la divinidad que lo hechiza se refiere ya con la cita de Goethe que sirve de epígrafe al libro:

 

Desciende a la tierra en formas mil.
Flota sobre las aguas y vaga por los campos.
En mi juventud tenía forma de mujer.

 

Los 17 poemas que el libro contiene son la expresión de un amante. Pero este poeta está impaciente por madurar, por crecer, porque no tenga sólo forma de mujer la belleza que lo hiere, y se complace en hacerla imprecisa, obscura, tenebrosa. La señala en el espesor de las sombras, en las corrientes subterráneas de la sangre, en la voz ahogada y confusa de los latidos. Como éstos son un ruido pertinaz y monótono, y parecen no acertar a terminar, a definir el tormento que lo obsede, y dan la impresión de que infatigablemente recomienzan un acto que también infatigablemente interrumpen, la poesía de Octavio Paz no se resiste a una pasión de recomenzar, de repetir, de reproducir una voz de la que no llega a salir la satisfacción esperada por la impaciencia que la golpea. El efecto de esta violencia es que sus sentimientos destrocen las formas que lo solicitan, aunque sin apagarse, y como enloqueciendo. Pues su pasión no parece haber alcanzado su objeto hasta que no lo destruyó, hasta que no pudo vagar, desatada, por las ruinas, por los escombros, por las cenizas de lo que la contiene sin agotarla. Pero quizá es más propio que digamos que es su objeto el que renace incesantemente de sus restos, y el que no deja de absorberlo. Y que la nota más característica de su poesía es una desesperación, que no tardará en precisarse en una metafísica, esto es, en una propiedad, en una necesidad del objeto de la poesía y no en un puro ocio psicológico del artista.

 

La que con las mismas palabras de Octavio Paz puede llamarse “una obscura relación” entre el poeta y su objeto, le permite a este último apoderarse del lenguaje de otros poetas, en donde suele percibirse. Son inconfundibles las voces de López Velarde, de Carlos Pellicer, de Xavier Villaurrutia, de Pablo Neruda, que resuenan en los poemas de Paz. Pero debe advertirse que estas voces extrañas ni ahogan ni suplantan a su propia voz. El amor que tiene por su objeto se ve, precisamente, en que no le niega el derecho de hacerse nombrar por otros labios, cuando los suyos tardan en entregarle la voz más personal en que se logre enteramente la comunicación del poeta con su gusto, y el imperio ilimitado de lo que por fuera lo fascina sobre lo que por dentro al resistir lo ensombrece. No es un accidente que resuenen en sus poemas las voces de otros poetas, las de los más próximos a él. No es un accidente ni es tampoco desafortunado. Porque debe decirse que, si esas voces poseen alguna aptitud para durar, para prolongarse, el hecho de que Octavio Paz las reciba tiene la virtud de ponerlas en posesión del más seguro y del más valioso porvenir que se les puede ofrecer. Una inteligencia y una pasión tan raras y tan sensibles como las de este joven escritor, son de las que saben estar penetrantemente pendientes de lo que el porvenir reclama. Y el porvenir las necesita tanto, que es una fortuna que en Octavio Paz desde ahora las haya comprometido a que le sirvan.

 

 

Sobre el epígrafe

 

Un pequeño agregado: cuando escribía mi libro Los idilios salvajes localicé esa cita de Goethe —tan presente, con Novalis y Hölderlin, en la juventud escritural de Paz— que aparece como epígrafe, supongo que leído en la traducción de José Pérez Bances para Espasa-Calpe de Madrid. No es muy buena. El epígrafe, laboriosamente elegido por el joven Paz, adapta muy libremente unos versos de Pandora (1807) dichos por el estupefacto Epimeteo, esposo de la curiosa, en el hermoso y extraño festspiel que Goethe escribió en 1808 (vv. 675 y ss):

 

Sie steiget hernieder in tausend Gebilden,
Sie schwebet auf Wassern, sie schreitet auf Gefilden,
Nach heiligen Maßen erglänzt sie und schallt,
Und einzig veredelt die Form den Gehalt,
Verleibt ihm, verleiht sich die höchste Gewalt.
Mir erschien sie in Jugend, in Frauengestalt.

 

Paz empleó sólo los dos primeros versos y el último de la estrofa (que no es del todo correcto: la juventud no es la de quien la observa, sino de ella: se me apareció joven, con forma de mujer), saltándose los intermedios que enfatizan los poderes “supremos” de esa divinidad rutilante, cuya “forma enoblece la materia” y, en fin, como la define después Epimeteo “mi paradigma”. Pandora arrebata de amor a Epimeteo, pero también lo abruma de sufrimientos: es apoteosis de la Diosa creadora y destructora, guardiana de “los misterios del mundo” y, a la vez, la única puerta hacia su desentrañamiento… Lo mismo que había significado Isis para Lucio en El asno de oro, lo que significaría Zuleika para Goethe en Diván, Jenny Colon para Gérard de Nerval en Aurelia, Elena Garro para un debutante poeta mexicano y…)

 

“Tenía forma de mujer…” Ilustración para Pandora. Ein Festspiel (Dresden 1923)

Autores

  • Sheridan, Guillermo

Tipología

  • Conversación

Lustros

  • 1935-1939
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