Dos cántaros rotos

César Alain Cajero

La estación violenta (1958)

El 26 de diciembre cumpliré —cumplí ya ahora— treinta y seis años y no sé leer alemán. Entiendo el inglés, un poco del portugués y de alguna lengua del sureste, un poco de italiano de manual. Hasta ahí. Tuve que renunciar a una edición de los Eloges de Saint John Perse en francés porque no paso del mercy, Godard, adieu y Eluard.

Lo menciono porque me di cuenta de que en 1958, cuando Octavio Paz contaba con cuarenta y cuatro años, apareció su libro La estación violenta. Me pregunté cuál exactamente era en esos momentos su relación con la lengua alemana y con la obra de Heinrich von Kleist. ¿Lo leía en español o en francés? ¿Lo leyó adolescente o cuando entró en contacto con los surrealistas?

En La estación violenta aparece “El cántaro roto” (1955), quizá el texto poético de Paz más cercano a lo que podría ser una declaración de principios políticos, incluso un manifiesto, ante la tierra seca, desangrada, violenta; un vasto territorio cubierto de espinas en el que vagamos perdidos. A lo largo del poema se revela la oscuridad de la historia, la condena de quien escucha a

 

los dientes chocar uno contra otro,
oye a los huesos machacando a los huesos,
al tambor de piel humana golpeado por el fémur,
al tambor del pecho golpeado por el talón rabioso,
al tam-tam de los tímpanos golpeados por el sol delirante

 

Luego, con la aparición de la mujer, ese mundo se transforma por la pasión y la imaginación; se remonta el tiempo y se escapa de ese destino:

 

el día y la noche se acarician largamente como un hombre y una mujer enamorados,
como un solo río interminable bajo arcos de siglos fluyen las estaciones y los hombres,
hacia allá, al centro vivo del origen, más allá de fin y comienzo

 

Estos temas e ideas aparecen una y otra vez a lo largo de La estación violenta, pero nunca con tal enjundia. Quizás esto hace que la tensión lírica de este poema sea menor a la de otros textos del periodo, y sin embargo la destreza metafórica, los logros rítmicos y la “narrativa” hacen de “El cántaro roto” una obra fundamental en la poesía de su primera madurez.

¿Y Von Kleist? Bueno, pues que en 1808 escribió una famosa comedia titulada El cántaro roto (Der zerbrochne Krug) que estrenó su amigo Goethe en Weimar (luego del estreno se pelearon casi a muerte) y en la que se basó una película famosa con el mismo título, que se filmó en 1937, con Emil Jannings.

Registro algunos lazos y diferencias entre ambos textos: en la comedia de Von Kleist alguien ha roto un cántaro que estaba en la habitación de Eva. El cántaro representa la inocencia perdida, la virginidad, el primer pecado. Al final de la pieza, y tras diversas indagaciones, se descubre que el culpable de la falta es el propio juez, el autoritario y torvo Adán, lo que exculpa al resto de los personajes, incluyendo a Eva misma, y a su novio.

En ambos textos el agua es sustancia emblemática de la pureza, la que redime de la caída, aquello anterior al “pecado original”. En Von Kleist el cántaro es alegoría de la inocencia de Eva y del género humano, además de denuncia contra la hipocresía de los jueces e inquisidores. Una alegoría que resuena en el poema de Paz. El juez Adán equivale al «sapo verduzco»; los hijos de Adán heredamos el primer crimen del relato bíblico.

Claro, en el poema no hay relación entre la ruptura del cántaro y la virginidad. En el poema el énfasis es en la inocencia. El yerro adquiere un rasgo ontológico y la pena un valor histórico. No se trata de un pecado sexual —en la obra de Paz la sexualidad nunca es “pecado”— sino de una carencia de ser: la carencia que nos hace humanos, la que nos hace estar conscientes de la historia. Los siglos de tiempo humano que se presentan en el poema como un desfile de tiempos/sequías. La culpa no es de un solo juez: el hombre es el Adán «…que cae y se levanta y come polvo y se arrastra…».

En ambos autores el cántaro tiene una función análoga: es el recipiente que contiene las aguas originarias, la inocencia anterior al pecado. En Paz se acentúa el hecho de que el vaso roto no se ha perdido completamente, contiene el agua de la pureza que es, también, el agua sexual. Y el recipiente sagrado es el cuerpo de la mujer que resguarda el secreto del origen. Sólo en ella desaparece el mundo perdido y de ella nace el nuevo. (Ya se vio que en el poema de Paz, el regreso a la inocencia no excluye la sexualidad.)

Estas implicaciones simbólicas no están ausentes en la comedia de Kleist, si bien su atención principal se fija en otros aspectos de la alegoría. Pero ambos comparten, desde distintos intereses y momentos, una misma certeza: es de la inocencia del cuerpo y la figura de la mujer de donde renace el mundo; la confianza en un nuevo comienzo tras el fin de la historia del hombre corrupto: el juez Adán de Von Kleist y el cacique gordo de Cempoala de “El cántaro roto”.

No tengo seguridad del cuándo o cómo se haya dado el acercamiento de Paz a la obra de Von Kleist, pero supongo que habrá sido durante su juventud, en esos años (por 1935) cuando –como ha documentado Sheridan en Los idilios salvajes— leía maniáticamente a Goethe, Novalis, Heine, Hölderlin. Paz menciona a Kleis una sola vez, en “El mundo heroico”, sección del capítulo “Poesía e historia” de El arco y la lira (1956), cuando –en el contexto de su análisis de la forma en que la tradición romántica explora desde el subjetivismo el ingreso del hombre en “la zona ambigua, oscura, verdadera boca de sombras”— escribe:

 

Los personajes de Kleist viven en un mundo en el que la realidad se ha vuelto atroz, porque el sueño y la subjetividad no pueden penetrar en ella: son prisioneros cuya única puerta de salida es la muerte.

 

Las coincidencias entre las dos obras (o mejor dicho, las resonancias de una en la otra, conscientes o no) están ahí, símbolos y ecos que trascienden los tiempos, las fronteras y los idiomas.

¿Tendré tiempo para aprender alemán?

Autores

  • Cajero, César Alain

Tipología

  • Conversación
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