Dos artículos inéditos (1933)

Octavio Paz

 

En 1933, Octavio Paz cursaba el segundo año en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Su familia se encontraba en crisis por, entre otras razones, el fallecimiento de su tía Amalia y el alcoholismo de su padre.

En una entrevista con Fernando García Ramírez y Juan José Reyes, Paz explicó la génesis de estas notas: “Me recomendó Julio Torri con Adolfo Best Maugard, el pintor, un hombre de una gran imaginación, que en aquella época era director de publicidad de la Lotería Nacional. Se le ocurrió que sería efectivo propagar la creencia en la fortuna. Así, me puso a redactar artículos sobre […] la suerte y el azar. No me fue difícil: los clásicos están llenos de alusiones a la fortuna. Yo escribí muchos artículos, sin firma. Formé parte de un grupo de escritores fantasmas que contaminó a la ciudad de México con cuentos sobre viejas supersticiones, escribíamos cosas del tipo de ‘Cómo la fortuna le fue adversa a Hidalgo al momento de llegar a la Ciudad de México’, ‘La fortuna en la historia de México’, etcétera” [1]

Paz inició su labor en el  periódico La Prensa, el cual empezó a circular en 1928 con una línea editorial enfocada a las noticias policíacas. Por razones que ignoro, su primer artículo no fue antologado por Enrico Mario Santí en Primeras letras (1931-1943)(AGA) 

 


 

“Los estudiantes y la suerte”

 

Todos los sectores de la sociedad, los más diversos y alejados entre sí, han opinado en este apasionante problema de suerte. Dudando nosotros en un propósito que ya alimentábamos hace tiempo, nos decidimos por fin, dada la innegable popularidad del problema, a interrogar sobre él a los estudiantes.

             Pero, entre la multitud de escuelas y facultades que alimentan y guardan este bullicioso y alegre gremio, ¿cuál escoger? Se nos presentaban ante nuestra vista las facultades universitarias, unas febriles, agitadas de discursos y problemas, como la de Leyes y Preparatoria. Otras, reposadas, dedicadas a la investigación, en que se forman estudiantes exactos, puntuales siempre. Por un lado, la rigidez de las ciencias exactas, por otro lado, la suerte, que es lo imprevisto, lo que obedece a causas desconocidas. ¿Cómo, desde qué particular punto de vista juzgan los matemáticos en ciernes, este problema desconcertante de la suerte?

           Decididos, llegamos a la Facultad Nacional de Ingenieros. La escuela, una de las más bellas seguramente, con su gran escalera monumental, es fría y silenciosa. Extrañamos el bullicio, los gritos, de otras facultades. Grupos de estudiantes, en medio del patio, junto a las grandes columnas. Y empezamos nuestra labor.

            Cuando le preguntamos a A. López su opinión sobre la suerte, nos miró a través de los anteojos, un poco desconcertado y curioso. Nosotros sabemos que es de los alumnos de segundo año más distinguidos. —“¿Que qué opino de la suerte? Pues, según desde el punto de vista en que nos coloquemos. La suerte existe y no existe. Existe, por ejemplo, en la vida diaria, en donde la complejidad de las causas y su número, nos hacen desconocer, en parte, los resultados. Pero en el terreno de la ciencia, la suerte no existe, porque todos los factores que determinan un suceso están ya catalogados de antemano. Así, fatalmente, 5 x 5 serán siempre 25. Pero en la vida no siempre ocurre lo mismo. A veces los mejores cálculos se destruyen y fracasan, sin que sepamos por qué”.

            “La suerte existe, —me dijo otro de los muchachos. Y no hay que discutir ya sobre su existencia. Nosotros perdimos el campeonato de volley ball siendo nuestro equipo el mejor. Un día de mala suerte. Y a mí por poco me reprueban en el examen del año anterior, a pesar de haberme tocado la ficha que mejor me sabía”.

              A un muchacho de chamarra a quien detuve, pues salía rápidamente a jugar foot ball, me contestó aprisa también. “La suerte existe, la buena suerte, sobre todo. Este juego lo ganaremos”. En efecto, y después lo comprobé en los periódicos, la Escuela de Ingenieros ganó ese día, en un match reñido, a Odontológica. Cuando volví a ver al muchacho futbolista, éste, sonriente, me tendió la mano y me dijo: “Ya lo vio. Una corazonada. Todos creían que ese juego lo perdíamos. Y lo ganamos, lo ganamos, a fuerza de fe, de fe en la suerte del equipo”.

             Contra lo que creíamos, la Escuela de Ingenieros, no es una escuela fría, árida, llena de cordura, de la cordura detestable de la ciencia. Está bien el cálculo, la previsión, pero hay que dejar un espacio, una puerta, para que por allá aparezca lo imprevisto, lo maravilloso. Y los muchachos de Ingenieros han dejado esa puerta abierta. son jóvenes vitalizados, llenos de optimismo, de buena suerte. Porque la suerte, más que todo, es un fenómeno de fe, de corazonada. Así como en el juego de foot ball, a fuerza de fe, de confianza en el propio destino, así también se triunfa y se gana en la vida.

La Prensa, 20 de julio de 1933, p.12

 

Fragmento de “Los estudiantes y la suerte”. La Prensa, 20 de julio de 1933.

 

En el mismo tenor, publicó un segundo artículo en Excélsior —tampoco compilado—, entonces dirigido por Rafael Alducín y que se había consolidado como el diario tradicionalista más leído a nivel nacional.

 

“La suerte en la historia de México”

 

En todas las variedades y múltiples peripecias que constituyen una guerra, la suerte tiene gran preponderancia, cuando no influjo decisivo. Las ciudades se ven ya a merced de los ejércitos invasores, los países inermes ante el poder superior, etc., cuando de pronto una coincidencia inesperada, un rápido cambio de fortuna, hace que todo varíe; como ese castillo de naipes, así, muchas veces trágicamente, los deseos y propósitos de los hombres se derrumban, al contacto del azar. En la historia de México se encuentran pruebas de lo que digo.

            En octubre de 1810 marchó Hidalgo hacia México, con un numeroso ejército. En el Monte de las Cruces, combatiendo contra Trujillo, obtuvo una gran victoria. Una vez triunfante se dirigió a la Capital, seguro de tomarla. Casi no había resistencia por parte de los realistas.

            En la ciudad la alarma era muy grande. Todos temían, sobre todo los ricos, un saqueo parecido al de Guanajuato, pues estaban seguros de que la ciudad sería tomada. En esta situación Hidalgo mandó unos emisarios al virrey con ciertas proposiciones, emisarios que fueron rechazados. Por ese motivo y además de que la causa insurgente contaba con gran número de partidarios dentro de la ciudad, teníase por seguro que marcharía seguido contra la Capital. Así se pasaron la noche del 31 y el día 1o. de noviembre, en medio de la intranquilidad pública; anuncióse varias veces que los insurgentes bajarían de los montes, cualquier polvo levantado, relata un historiador, “hacía creer a las imaginaciones exaltadas que era el enemigo que se acercaba”; las gentes corrían despavoridas a encerrarse a sus casas y no se oía otra cosa que el estrépito de las puertas que de golpe se cerraban y atrancaban. Calcúlese el pavor de toda una ciudad atemorizada, en vísperas de un saqueo general o de un combate en donde la derrota era segura.

            Hidalgo, que había establecido su cuartel general en Cuajimalpa, no inició ningún movimiento. Sus partidas, llenas de gente indisciplinada, llegaban hasta Coyoacán y San Ángel. En estas partidas y en todo el grueso ejército venían cantidad de indios, provistos de sacos, dispuestos al saqueo de la ciudad, como antaño los españoles al saqueo de la Gran Tenochtitlán.

            En medio de este temor y zozobra generales, Hidalgo levanta el campo. Había habido un serio disgusto entre Allende e Hidalgo. Estas rencillas se debían a cuestiones de rivalidad de mando, y más tarde debían estallar.

            Ahora bien, ¿no fué una excepcional buena suerte de los españoles que ya próximos a la derrota, la suerte, bien que transitoriamente, los protegiera, salvándolos? La fortuna, en su loco y terrible giro, protege indiferentemente a unos y a otros; ahora los insurgentes vieron a la ciega diosa en contra suya; más adelante veremos cómo los favorece.

Excélsior, 7 de septiembre de 1933, p.7

Fragmento de “La suerte en la historia de México”, Excélsior, 7 de septiembre de 1933, p.7.

 

NOTAS

[1] Fernando García Ramírez y Juan José Reyes, “Itinerarios de un poeta” en El Nacional, 29 de noviembre de 1990, pp. 13-14.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Novedades

Temas

  • Los años en San Ildefonso

Lustros

  • 1930-1934
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